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Desde los Reyes Edo.Mex

Los hechos que se narran a continuación son completamente reales. Para preservar la intimidad de una de las personas implicadas, su identidad ha sido sustituida por el nombre de Diana, a petición expresa suya. Salvo ese cambio y algunos pequeños ajustes narrativos para facilitar la lectura, todo ocurrió de forma similar a como aquí se cuenta. Esta historia es la primera de muchas que he vivido, si veo que gusta seguiré actualizando.
Era una de esas tardes de junio en las que el calor parecía haber detenido el tiempo. En Los Reyes, Estado de México, el aire apenas se movía y hasta las persianas parecían resignadas a dejar pasar la luz de un sol que llevaba horas castigando el asfalto.
Nadia y yo tampoco teníamos mucho que hacer.
Llevábamos un buen rato saltando de una aplicación a otra en el móvil, incapaces de entretenerme con nada. A mis sesenta años, y compartiendo mi vida con Nadia, ya no buscábamos lo mismo que los demás. Al final terminamos abriendo una de esas aplicaciones para hablar con desconocidos, buscando una tercera pieza para nuestro tablero. No era algo que hiciéramos habitualmente de esa forma. Pero aquella tarde buscábamos algo distinto. Una conversación que rompiera la monotonía. Una chispa inesperada. Una sumisa.
Los primeros minutos fueron exactamente lo que esperábamos.
Perfiles vacíos.
Gente que no sabía lo que quería.
Conversaciones que apenas duraban unos segundos antes de deslizar el dedo y pasar a la siguiente.
Cuando empezábamos a plantearnos cerrar la aplicación apareció un simple mensaje.
—Hola.
No tenía nada de especial. Ni una frase ingeniosa ni una fotografía llamativa. Solo un saludo. Sin embargo, bastaron un par de intercambios para que nuestra intuición de años nos dijera que, esta vez, al otro lado sí había una chica de verdad.
Las presentaciones tuvieron que poner las cartas sobre la mesa.
—Gilberto y Nadia. Sesenta años. Somos de Los Reyes, EdoMex.
Ella respondió con una mezcla de sorpresa y naturalidad.
Era una joven de Toluca, de piel blanca y cálida, muy bonita y con un cuerpo bellísimo que contrastaba con nuestra madurez. Por motivos de privacidad, en este relato la llamaré simplemente Diana.
No sabíamos prácticamente nada más de ella.
Y, aun así, había algo en su timidez que hacía que no quisiéramos pasar al siguiente chat.
Nunca nos han gustado las conversaciones eternas para llegar al mismo sitio. Preferimos que la otra persona sepa desde el principio quién tiene delante y qué buscamos.
Así que fui directo, con Nadia leyendo a mi lado.
—¿Te apetece jugar con nosotros?
Su respuesta tardó unos segundos.
No dijo que sí.
Tampoco dijo que no.
Contestó que no era algo que soliera hacer, mucho menos con una pareja mayor y desconocida. Después añadió una pregunta.
—¿Qué clase de juego buscan?
Nadia y yo sonreímos sin darnos cuenta.
Era justo la pregunta que esperábamos.
Respondí con sinceridad, sin adornos, hablando en nombre de los dos. Le dije que buscábamos a una chica sumisa con ganas de correrse para nosotros, me confesé como un hombre dominante que, junto a su mujer, tenía ganas de disfrutar de una puta joven y obediente.
La conversación volvió a quedarse en silencio.
Un silencio breve.
Pero suficiente.
Finalmente apareció una única palabra.
—Joder.
Aquella respuesta decía mucho más que cualquier explicación.
No era una negativa.
Era sorpresa.
Era curiosidad.
Y, quizá, también el reflejo de una puerta que Diana llevaba mucho tiempo cerrada y que acababa de entreabrirse ante la madurez y la autoridad de nuestra propuesta.
Con el paso de los minutos comprenderíamos que Diana siempre había sido una mujer tímida, pero con un auténtico volcán entre sus piernas. Su piel blanca y cálida escondía una curiosidad enorme por descubrir partes de sí misma que nunca había tenido ocasión de explorar, y la idea de someterse ante una pareja experimentada la descolocaba tanto como la excitaba.
No necesitábamos preguntárselo, se notaba en la forma en que elegía cada palabra, en las pausas. En los mensajes que escribía y borraba antes de enviarlos.
Había interés, pero también miedo.
La conversación fue avanzando con una naturalidad que ninguno de los tres esperaba. Entre una pregunta y otra acabamos describiéndonos más a fondo. Ella nos detalló su hermoso cuerpo, esa juventud que a nosotros nos encendía la sangre. Poco a poco fui marcando los ritmos, bajo la mirada cómplice de Nadia. Le pedí a Diana que acariciase su coño por encima de sus bragas; no quería que aún se las quitase, quería que se sintiese sucia, que su entrepierna notase todo ese calor contenido, toda esa humedad deseando ser sometida por dos adultos que sabían perfectamente lo que hacían.
Diana, usando un par de dedos, dirigió su mano directamente hasta su clítoris. Rozar la tela de su tanga negro contra su piel blanca fue una auténtica descarga. No era la primera vez que se tocaba, ni era la primera vez que imaginaba que era sometida, pero esta sí era la primera vez que obedecía de verdad a una pareja, que no tenía que pensar nada, solo leer la pantalla del teléfono y acatar lo que una mujer y un hombre de sesenta años le ordenaban desde el otro lado del Estado. A estas alturas su coño era ya un río. Diana nos confesó que notaba cómo palpitaba, cómo tenía pequeñas contracciones. Ella no es de alcanzar un orgasmo así fácilmente, pero habíamos sabido encontrar cada palabra para hacer que se sintiese sucia y eso era exactamente lo que necesitaba; llevaba años reprimiendo su verdadero yo.
Le pedí que se quitase las bragas, que nos contase cómo sentía su coño. Diana confesó que estaba empapada, que su mano resbalaba sin problema por su piel cálida. Le hice meterse un par de dedos; la respuesta fue un: *"pffff qué bien entran, está todo tan mojado"*. Mi polla a estas alturas estaba completamente dura, llena de líquido preseminal, y Nadia me acariciaba con impaciencia. Ya hacía tiempo que habíamos decidido que nos correríamos para ella.
Quise dar un paso más y, con el respaldo de Nadia, le ordené azotar su coño. Creo que ese fue el antes y el después de todo. En ese momento Diana empezó a comprender que ya no era solo un juego de chicos de su edad. Sin pensarlo mucho, levantó una mano y tímidamente se azotó. Yo, que estaba convencido de que ese azote no había sido el más fuerte que podía soportar, sin verla, le dije que no; que queríamos que se azotase de verdad, que obedeciera a sus mayores.
En ese segundo azote no lo dudó. Levantó el brazo y con la palma de su mano golpeó con violencia su coño. El sonido de su mano impactando contra su carne abierta y mojada, el dolor que poco a poco se transformó en placer, le hizo perder el sentido. Siguiendo las órdenes de dos desconocidos, Diana empezó a azotar su coño con violencia, entregándole su juventud y su sumisión a nuestra experiencia. Sentía su entrepierna ardiendo; su clítoris completamente hinchado recibía cada manotazo con ganas.
Diana ya no lo soportó más y me confesó que iba a correrse, que no podía más. Pero aún no era su momento. Le dije que si quería correrse nos tendría que pedir permiso a ambos, que para eso en ese momento era nuestra puta. Simplemente esperé, ordenando que no parase de tocar su clítoris, que siguiese, pero que ni se le ocurriese correrse aún. No teníamos ninguna prisa.
Al final nos apiadamos de ella. Se había portado bien y, para una chica tan joven y poco acostumbrada a estas cosas, se había ganado su recompensa. Le di vía libre y su coño no tardó en empezar a contraerse, corriéndose como una puta perra en celo, jadeando, con las piernas temblando y faltándole el aire en su habitación allá en Toluca. En ese instante, cuando no habían terminado sus espasmos, le pedí una foto de su bello cuerpo para correrme encima de ella.
Presa aún de la excitación y el orgasmo que acababa de tener, nos la mandó sin dudar. En ese momento encendí mi cámara, y con Nadia a mi lado contemplando la belleza blanca de Diana en la pantalla, sostuve mi polla. Dejamos que Diana viera cómo poco a poco mis huevos de sesenta años iban soltando latigazos de leche inundando su foto: su cara, sus tetas y todo su cuerpo juvenil. Diana, aún con el coño empapado, recibió aquel vídeo sin esperarlo. Ver su imagen llena de la leche de un hombre maduro, con el consentimiento de su mujer, hizo que una nueva descarga la inundase. Las ganas de tener toda esa experiencia dentro de ella la hicieron volver a ponerse muy cerda.
La cosa ya había llegado a su fin y la comunicación se iba a terminar. Ambos lados sabíamos que una vez desconectáramos quizás no nos volveríamos a encontrar, pero Diana no podía permitirlo. Por primera vez se había sentido viva, entregada a una madurez que la dominaba sin juzgarla. Antes de desconectar, nos dejó su contacto; no nos pidió nada, solo lo dejó por si alguna vez Gilberto y Nadia querían volver a tener una sumisa joven para ellos en el Estado de México.
Yo apunté el contacto mientras Nadia sonreía a mi lado. Debíamos esperar y dar su tiempo. Si queríamos conocer y moldear de verdad a Diana, tendríamos que hacerlo despacio.
Muy despacio.


### El Ingreso y las Nuevas Reglas
El viaje desde Toluca había sido un trayecto lleno de silencios y pulsaciones aceleradas. Diana llegó a Los Reyes vistiendo aún el uniforme de la escuela que acababa de abandonar: la falda tableada, la blusa blanca bien fajada y las calcetas escolares. Ese uniforme representaba todo lo que estaba dejando atrás: las clases, las expectativas de su familia y el futuro que otros habían planeado para ella. Al cruzar la puerta de la casa de Gilberto y Nadia, el peso de su decisión la hizo temblar, pero su piel blanca y cálida ya acusaba los estragos de una excitación sumisa que no podía contener.
Gilberto y Nadia la esperaban. A sus sesenta años, la pareja irradiaba una autoridad tranquila, curtida por la experiencia y los años de trabajo. Ellos se ganaban la vida en los tianguis de la zona, vendiendo lencería y ropa interior, un negocio que les daba no solo el sustento, sino un ojo clínico absoluto para las tallas, las telas y los cuerpos.
—Quítatelo —ordenó Gilberto, rompiendo el silencio en cuanto cerró la cerradura con doble vuelta.
Diana parpadeó, intimidada por la presencia física de ambos. Nadia se acercó, dio una vuelta alrededor de ella evaluándola con la mirada y asintió.
—Ya no eres una estudiante, Diana. Esa ropa ya no te pertenece, ni la vida que representa —dijo Nadia con voz firme pero calmada—. Desvístete. Aquí empiezas desde cero.
Con las manos temblorosas y bajo la estricta mirada de sus amos, Diana comenzó a desabotonar la blusa. Dejó caer la falda y las calcetas al suelo, quedando en ropa interior en medio de la sala. Gilberto recogió el uniforme escolar, lo metió en una bolsa de basura negra y la amarró con fuerza. El despojo era absoluto.
Nadia regresó de la habitación con una caja de plástico mediana. Era mercancía del tianguis: prendas de saldo, saldos de lencería que no se habían vendido por pequeños detalles o piezas seleccionadas especialmente para el cuerpo de la joven.
—Este va a ser tu uniforme de ahora en adelante —dijo Nadia, sacando un conjunto de encaje negro, un camisón de tirantes bastante ajustado y un par de sandalias sencillas—. En esta casa no necesitas ropa de calle. Usarás lo que nosotros vendemos, lo que nosotros escojamos para ti.
Diana se colocó las prendas de saldo bajo la supervisión de Nadia, quien le ajustó los tirantes con brusquedad profesional. El encaje barato pero provocativo contrastaba con la calidez de su piel blanca. Se sentía expuesta, marcada como una posesión. Gilberto, sentado en su sillón, contemplaba la estampa con profunda satisfacción; la juventud de Diana encajaba perfectamente en el molde que ellos habían diseñado.
Fue entonces cuando Gilberto sacó unas hojas impresas y las puso sobre la mesa.
—Acércate de rodillas, Diana. Es hora de que conozcas el reglamento y tus labores —ordenó el Amo.
La joven no lo dudó. Apoyó las rodillas en el piso y avanzó hasta los pies de Gilberto, con la mirada baja, asimilando su nuevo papel. Nadia se colocó de pie junto a su esposo, cruzando los brazos.
Gilberto comenzó a leer las reglas con voz pausada:
* **Primero: La Identidad.** Tu vida anterior en Toluca está muerta. No hay teléfono celular, no hay redes sociales, no hay llamadas a la familia sin supervisión y permiso previo.
* **Segundo: La Palabra.** Tienes prohibido hablar a menos que se te pregunte algo directamente o debas reportar el cumplimiento de una tarea. Te dirigirás a nosotros como 'Amo Gilberto' y 'Ama Nadia'.
* **Tercero: La Postura.** En la intimidad de la casa, te mantendrás desnuda o vistiendo únicamente la lencería de saldo que la Ama Nadia te asigne. Tu cuerpo está disponible para el placer del Amo en el momento en que él lo decida.
Nadia tomó la palabra para explicar las labores del hogar, el precio que Diana debía pagar por su estancia y su protección:
—Nosotros salimos muy temprano al tianguis a poner el puesto. Tus obligaciones empiezan a las cinco de la mañana —sentenció Nadia—. Te encargarás de la limpieza absoluta de la casa: barrer, trapear, sacudir y tener la comida lista para cuando regresemos. Además, tú misma te encargarás de lavar, remendar y doblar la ropa de saldo y la lencería que traigamos del tianguis para la venta del día siguiente. Si una sola prenda se maltrata bajo tu cuidado, habrá castigo.
Diana, con el pecho agitado por la sumisión y el camisón de saldo rozando sus curvas, asintió desde el suelo.
—¿Entendiste las reglas, Diana? —preguntó Gilberto, extendiendo su mano para que ella depositara un beso en sus dedos en señal de sumisión.
—Sí, Amo Gilberto. Sí, Ama Nadia —respondió con un hilo de voz, sintiendo que el volcán en su entrepierna volvía a encenderse, totalmente entregada a la madurez de sus nuevos dueños en Los Reyes.


### El Primer Día y la Disciplina del Cinturón
La madrugada en Los Reyes se sintió gélida para Diana, acostumbrada al clima de Toluca, pero el frío no era nada comparado con el vuelco que dio su vida en menos de veinticuatro horas. A las cinco de la mañana, Nadia la despertó con un toque firme en el hombro. No hubo buenos días. Nadia, actuando como una mentora severa y absoluta, libre de cualquier atisbo de celos, comenzó la educación de su nueva sumisa.
—Hoy aprenderás a servir, Diana. Un cuerpo hermoso no sirve de nada si no sabe ser útil —sentenció Nadia mientras le entregaba un camisón de saldo de encaje blanco, tan corto que apenas cubría sus glúteos de piel clara y cálida—. Primero, el café. El Amo Gilberto lo toma cargado; yo, con un toque de leche. Manten la mirada baja. No tienes derecho a mirarnos a los ojos a menos que te lo ordenemos.
Minutos después, la cocina se llenó del aroma del café. Con las piernas temblando por el frío de la mañana y los nervios a flor de piel, Diana se arrodilló frente al sillón donde Gilberto, el patriarca y amo absoluto, esperaba con su imponente presencia de sesenta años. Con las manos trémulas, Diana se inclinó para limpiar los zapatos de trabajo de Gilberto con un paño, sintiendo la mirada fija del hombre sobre su nuca. Al terminar, se puso de pie para servir las tazas en la mesa donde Nadia observaba cada movimiento con rigidez maternal, evaluando la postura de la joven, asegurándose de que mantuviera los hombros caídos en señal de sumisión.
—Vayan al tianguis tranquilos. La casa estará impecable —susurró Diana, con la voz baja como se le había ordenado.
Durante todo el día, mientras los amos trabajaban en el puesto vendiendo lencería, Diana se entregó a las labores del hogar. Lavó a mano montañas de ropa de saldo y lencería que la pareja había traído para remendar. Sus manos, antes acostumbradas a los lápices y cuadernos de la escuela, se desgastaron con el jabón de barra. Limpió, trapeó y preparó la comida, manteniendo el camisón de saldo que la hacía sentirse completamente expuesta en la casa vacía. El volcán en su entrepierna palpitaba con fuerza; el miedo a fallar y el deseo de complacer a sus maduros amos se mezclaban en una sumisión que la consumía.
A las siete de la tarde, la puerta se abrió. Gilberto y Nadia regresaron arrastrando el cansancio del tianguis, exigiendo de inmediato su recompensa: ser atendidos y venerados por su sumisa.
Diana corrió a la cocina a servir el café caliente para aminorar el cansancio de sus dueños. El agotamiento y los nervios le jugaron una mala pasada. Al acercarse al sillón familiar, su mano tembló de más y un par de gotas de café hirviendo saltaron de la taza, derramándose directamente sobre el pantalón de Gilberto y la falda de Nadia.
El silencio que inundó la sala fue sepulcral.
—¡Eres una inútil! —exclamó Nadia, cuya disciplina maternal se transformó en pura severidad—. ¿Así es como cuidas a quienes te dan un techo? Te falta aprender respeto y cuidado.
Gilberto no dijo una palabra. Se puso de pie con la pesadez y la autoridad de sus sesenta años, se desabrochó el cinturón de cuero grueso y el sonido de la hebilla metálica al salir de las presillas hizo que Diana cayera de rodillas, sollozando, con la piel blanca erizada por el terror.
—Acomódate sobre el sillón, Diana. Boca abajo —ordenó Gilberto con una voz gélida, sádica, que no admitía réplica.
Diana obedeció de inmediato, subiendo al mueble y levantando el corto camisón de saldo, dejando sus glúteos blancos, limpios y firmes completamente al descubierto. Nadia se colocó al frente, tomándole las manos para mantenerla fija en la posición, observando y dirigiendo la escena con un brillo de control absoluto en los ojos.
El primer cinturonazo rasgó el aire y se estrelló con violencia contra las nalgas de Diana.
—¡Ahg! ¡Perdón, Amo! —gritó la joven, arqueando la espalda mientras el dolor ardiente se expandía por su piel, dejando una marca roja instantánea.
—Silencio. No te di permiso de hablar —bramó Gilberto antes de descargar el segundo golpe, seguido de un tercero y un cuarto.
El castigo fue implacable. El cinturón de cuero castigaba la juventud de Diana, transformando el dolor en una humillación tan profunda que terminó por encender su sumisión de forma masoquista. Sus glúteos ardían, cubiertos de líneas rojas y calientes, mientras Nadia la obligaba a quedarse quieta, recordándole con voz pausada por qué merecía cada golpe. Cuando Gilberto terminó, Diana estaba jadeando, con lágrimas corriendo por sus mejillas y el coño completamente empapado, habiéndose corrido del puro dolor y el sometimiento ante la madurez de sus amos.
—Esto te mantendrá atenta —dijo Gilberto, guardando el cinturón—. Ahora, a tu lugar.
Nadia la tomó del brazo y la guió hacia el patio trasero. La noche había caído en Los Reyes. En una esquina del concreto, bajo el cielo frío, Nadia había acomodado una casita pequeña de plástico, de esas de juguete para niños.
—Este es tu espacio a partir de hoy, Diana —le dijo Nadia, señalando la pequeña estructura de plástico donde apenas cabría hecha un ovillo—. Las perras que no saben servir no duermen bajo el mismo techo que sus amos. Entra.
Diana, con los glúteos adoloridos por los cinturonazos de Gilberto y vistiendo solo el camisón de encaje arruinado, se arrastró a gatas hacia el interior de la casita de plástico. Se acurrucó contra el suelo frío del patio, tiritando, pero con el corazón latiendo desbocado. Sabía que su vida en Toluca había desaparecido para siempre; ahora era solo una pertenencia, la sumisa de Gilberto y Nadia, lista para ser moldeada a golpes y lencería de saldo.


Esta historia es real, es más una especie de anecdota.
Si te agrado puedes escribirme a srnorbertovelazquez@gmail.com

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