El ritmo de la respiración de Penélope se volvió lento y pesado, su cuerpo voluptuoso y blando se relajó completamente sobre el pecho de Juan. Sus enormes pechos, todavía sensibles por el uso reciente, se aplastaban contra la piel de él, buscando el calor de su torso. Juan sintió el peso de su esposa adormilada, su aliento caliente acariciando su piel, pero él no podía dormir. Sus ojos estaban fijos en el techo, pero su mente estaba afilada, girando con una necesidad punzante de venganza y control. Con un movimiento suave a fin de no despertarla, alcanzó su teléfono en la mesita de noche. La luz de la pantalla iluminó su rostro en la penumbra.
Sus dedos se movieron con rapidez y precisión, escribiendo el nombre de Mario en la barra de búsqueda de las redes sociales. Necesitaba encontrar un punto débil, una forma de nivelar el terreno de juego donde Mario parecía tener todas las cartas. Tardó poco en dar con el perfil. Mario no era precisamente cuidadoso con su privacidad. Juan deslizó el dedo hacia arriba, pasando por fotos de comidas familiares y quejas políticas, hasta que algo capturó su atención. Una etiqueta en una foto reciente: "Con mi princesa". Juan hizo clic en el perfil de la usuaria.
Yasmin. La hija de Mario. Juan estudió la foto con interés predatorio. Era morena, con el cabello oscuro y ondulado cayendo sobre sus hombros. Bajita, de complexión pequeña pero con un cuerpo que parecía bien proporcionado a su estatura: Unas tetas normales pero que ameritaban mirarlas y unas caderas amenas. Tenía unos treinta años. En la foto, sonreía a la cámara, pero había algo en sus ojos, en la curvatura de sus labios, que gritaba una disponibilidad casi instintiva. Tenía cara de mamavergas increíble, una mezcla de inocencia fingida y una experiencia latente que Juan reconoció al instante. Un plan tomó forma en su mente, sólido y retorcido.
Durante los siguientes días, Juan se movió como un fantasma, manteniendo una fachada de normalidad mientras Penélope cumplía con sus encuentros con Mario, ignorante de la telaraña que se tejía a su espalda. Desde la cuenta falsa que creó específicamente para esto, Juan comenzó a bombardear a Yasmin con mensajes. No fue directo al principio; sembró el terreno con cumplidos sobre sus fotos, comentarios ingeniosos que despertaron su curiosidad. Yasmin respondió. Al principio con cautela, luego con emojis, y finalmente con textos largos y coquetos. Juan supo cómo leerla; le gustaba la atención, le gustaba el peligro de un desconocido que parecía entenderla mejor que nadie.
La conversación escaló rápidamente. Juan usó toda su astucia, describiendo cosas que le harían a ella, pintando escenarios que la dejaban sin aliento al otro lado de la pantalla. La seducción fue un juego de ajedrez rápido, y Juan dio jaque en menos de una semana. Quedaron en verse. Yasmin sugirió un bar, pero Juan, calculador, propuso que fueran directo a su departamento. "Para estar solos", escribió, y ella aceptó con un "jajaja, atrevido". Sabía que esa noche Mario tenía planeado estar con Penélope, sumiéndose en la carne de la esposa de Juan, lo que le daba a él la coartada perfecta y la ironía culminante.
La noche de la cita, el ambiente en el departamento de Yasmin era denso, cargado por el alcohol y la anticipación. Llegaron con una botella de whisky de calidad que ya estaba medio vacía. Yasmin se movía por su pequeña sala con torpeza ebria, riendo por nada, su falda corta subiendo un poco más con cada paso. Juan la observaba, sentado en el sofá, con la cámara de su teléfono ya grabando, apoyada discretamente sobre una almohada en la mesa de centro, encuadrando el sofá donde ella se dirigía hacia él.
Yasmin cayó sobre él, besándolo con un hambre desesperada, su lengua bailando con la de Juan mientras sus manos luchaban por abrir el cinturón de él. Juan la dejó tomar el control por un momento, disfrutando de la vista de la hija de su enemigo desesperada por su verga. Luego, la agarró por la cintura y la giró, colocándola a cuatro patas sobre el sofá, exactamente en la misma posición que Mario usaba con Penélope. La ironía no se perdía en él; esto era un espejo perverso.
Sin previo aviso, Juan se hundió dentro de Yasmin. Ella gritó, una mezcla de dolor y placer que se ahogó en el cojín del sofá. Juan no tuvo piedad. La cogió como un semental, con la misma furia bruta que imaginaba que Mario usaba con Penélope. Cada embestida era profunda, haciendo temblar las nalgas pequeñas y firmes de Yasmin, golpeando su pelvis contra la de ella con una fuerza rítmica y ensordecedora. La cámara capturaba todo: la expresión de placer distorsionado de ella, el vaivén de sus muslos, y la mirada fría y vengativa de Juan mientras la usaba.
- ¡Así! ¡Más duro, cabrón! ¡¡Tienes una verga enorme, me estás partiendo!! - gritó Yasmin, clavando las uñas en el tejido del sofá, totalmente perdida en el acto, ignorante de que estaba siendo grabada, ignorante de que era un peón en la guerra de su padre.
Juan aumentó el ritmo, sintiendo la presión subiendo en sus testículos. Se agarró fuerte a su cabello oscuro, tirando de su cabeza hacia atrás para arquear su espalda, y que su cara se vea bien en el video que grababa en secreto, penetrándola aún más profundo. El pensamiento en Mario, en ese momento probablemente dentro de Penélope, le dio un empuje final. Con la vista fija en la lente de la cámara, Juan soltó toda su rabia y lujuria. Se retiró casi hasta la punta y se hundió con un golpe final, vaciando una cantidad enorme de semen caliente dentro del vientre de Yasmin, llenándola sin protección, marcándola por dentro. Ella se estremeció bajo él, gimiendo mientras sentía las contracciones de su miembro liberando la carga.
Una vez que el aliento volvió a sus cuerpos, Juan se arregló la ropa rápidamente. Yasmin se quedó revolcada en el sofá, medio inconsciente por el alcohol y el orgasmo, sonriendo tontamente. Él detuvo la grabación, guardó el video y salió del departamento sin mirar atrás.
Subió a su auto y se dirigió a casa, pero se detuvo una cuadra antes. Con las manos temblando ligeramente por la adrenalina, abrió el chat de Mario en su teléfono. Sin escribir una sola palabra, adjuntó el video. Le dio a enviar. El archivo partió hacia el hombre que creía tener el control.
Juan llegó a la puerta de su departamento. Antes de poner la llave, escuchó el sonido de la puerta principal de su edificio abriéndose de golpe al final del pasillo. Mario salió corriendo de su propio piso, pálido, con los ojos inyectados en sangre. Se detuvo en seco cuando vio a Juan parado allí. Los dos hombres se encontraron cara a cara en el pasillo iluminado tenuemente. Mario llevaba la camisa medio abrochada, el pantalón puesto con prisa. Su pecho se agitaba, no por el ejercicio, sino por la furia pura y absoluta. Miró a Juan, luego al teléfono en su mano, y comprendió todo. No dijo nada. No hubo gritos, ni insultos. No era el lugar ni el momento. Solo un silencio pesado y cargado de violencia contenida. Mario apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos, giró sobre sus talones y se dirigió hacia el ascensor que lo llevara a su departamento, desapareciendo como un animal herido.
Juan esperó unos segundos hasta que el eco de los pasos de Mario se desvaneció. Subió a su piso, abrió la puerta de su casa y entró. El departamento estaba en silencio, excepto por los sonidos provenientes de la habitación principal. Sonidos que conocía bien. Caminó hacia el dormitorio y se quedó en el umbral.
Penélope estaba en la cama, a cuatro patas, con la cara enterrada en la almohada y las nalgas en alto, temblando. Mario se había ido en medio del acto, dejándola a medio coger, frustrada y llena de una necesidad insatisfecha. Su concha estaba abierta, húmeda y esperando, brillando con la lubricación. Al ver a Juan en la puerta, Penélope levantó la vista, sorprendida.
- Que rápido volviste... ¿Que pasó con Mario? -preguntó confundida.
Juan se acercó a la cama, desabrochándose el cinturón mientras caminaba.
-No sé, lo vi salir apresurado como si hubiera visto un fantasma -dijo haciéndose el tonto-. Pero ya que te encuentro así, supongo que no te molestará que siga yo...
No había necesidad de palabras. Mario había fallado, había huido como un cobarde, pero Juan estaba ahí para terminar el trabajo. Subió a la cama, se colocó un condón para disimular el juego, y luego detrás de ella. Sin esperar, se hundió en la concha húmeda y caliente que Mario había dejado preparada. Penélope gritó de alivio cuando Juan la llenó, retomando el ritmo brutal donde el otro hombre lo había dejado, reclamando lo que era suyo y terminando el trabajo que Mario no pudo. La cogió con brutalidad, como si no le interesara realmente el placer, solo marcar territorio.
Luego de un rato largo taladrándole la vagina con violencia, dio vuelta a Penélope de un empujón, colocándola boca arriba, se quitó el condón y comenzó a penetrar su culo, con más vioencia aún. Mientras con una mano apretaba sus tetas, dejándolas marcadas, con la otra le daba bofetadas y metía sus dedos dentro de la boca de su esposa, para que ella los lamiera y chupara.
-Eso Penélope... Muestrame lo puta guarra que eres... El viejo no te pudo coger y ahora necesitas mi verga dentro.
Siguió con la cogida masiva durante un rato largo, mientras Penélope se ahogaba en gritos de placer y orgasmos, y sus tetas bamboleaban en todas direcciónes de manera frenética. Tan así que hasta llegó a tener un pequeño squirt mientras Juan le destrozaba el ano. Cuando llegó el momento de eyaculación, Juan vació sus huevos dentro del culo de su esposa. Se mantuvo un rato dentro de ella hasta que la verga dejó de palpitarle, y luego salió lentamente, sin dejar que el semen se escurra.
-Júntalo y bébetelo todo, pedazo de puta.
Penélope obedeció, llevando los dedos a la entrada de su ano y juntando el semen que escurría de allí. Luego se llevó la mano a la boca y tragó todo el jugo de su marido. Lo poco que le qued´´o ambadurnado en los dedos lo utilizó para frotarselo en sus enormes tetas, mientras las apretaba y pellizcaba sus pezones.
Sus dedos se movieron con rapidez y precisión, escribiendo el nombre de Mario en la barra de búsqueda de las redes sociales. Necesitaba encontrar un punto débil, una forma de nivelar el terreno de juego donde Mario parecía tener todas las cartas. Tardó poco en dar con el perfil. Mario no era precisamente cuidadoso con su privacidad. Juan deslizó el dedo hacia arriba, pasando por fotos de comidas familiares y quejas políticas, hasta que algo capturó su atención. Una etiqueta en una foto reciente: "Con mi princesa". Juan hizo clic en el perfil de la usuaria.
Yasmin. La hija de Mario. Juan estudió la foto con interés predatorio. Era morena, con el cabello oscuro y ondulado cayendo sobre sus hombros. Bajita, de complexión pequeña pero con un cuerpo que parecía bien proporcionado a su estatura: Unas tetas normales pero que ameritaban mirarlas y unas caderas amenas. Tenía unos treinta años. En la foto, sonreía a la cámara, pero había algo en sus ojos, en la curvatura de sus labios, que gritaba una disponibilidad casi instintiva. Tenía cara de mamavergas increíble, una mezcla de inocencia fingida y una experiencia latente que Juan reconoció al instante. Un plan tomó forma en su mente, sólido y retorcido.
Durante los siguientes días, Juan se movió como un fantasma, manteniendo una fachada de normalidad mientras Penélope cumplía con sus encuentros con Mario, ignorante de la telaraña que se tejía a su espalda. Desde la cuenta falsa que creó específicamente para esto, Juan comenzó a bombardear a Yasmin con mensajes. No fue directo al principio; sembró el terreno con cumplidos sobre sus fotos, comentarios ingeniosos que despertaron su curiosidad. Yasmin respondió. Al principio con cautela, luego con emojis, y finalmente con textos largos y coquetos. Juan supo cómo leerla; le gustaba la atención, le gustaba el peligro de un desconocido que parecía entenderla mejor que nadie.
La conversación escaló rápidamente. Juan usó toda su astucia, describiendo cosas que le harían a ella, pintando escenarios que la dejaban sin aliento al otro lado de la pantalla. La seducción fue un juego de ajedrez rápido, y Juan dio jaque en menos de una semana. Quedaron en verse. Yasmin sugirió un bar, pero Juan, calculador, propuso que fueran directo a su departamento. "Para estar solos", escribió, y ella aceptó con un "jajaja, atrevido". Sabía que esa noche Mario tenía planeado estar con Penélope, sumiéndose en la carne de la esposa de Juan, lo que le daba a él la coartada perfecta y la ironía culminante.
La noche de la cita, el ambiente en el departamento de Yasmin era denso, cargado por el alcohol y la anticipación. Llegaron con una botella de whisky de calidad que ya estaba medio vacía. Yasmin se movía por su pequeña sala con torpeza ebria, riendo por nada, su falda corta subiendo un poco más con cada paso. Juan la observaba, sentado en el sofá, con la cámara de su teléfono ya grabando, apoyada discretamente sobre una almohada en la mesa de centro, encuadrando el sofá donde ella se dirigía hacia él.
Yasmin cayó sobre él, besándolo con un hambre desesperada, su lengua bailando con la de Juan mientras sus manos luchaban por abrir el cinturón de él. Juan la dejó tomar el control por un momento, disfrutando de la vista de la hija de su enemigo desesperada por su verga. Luego, la agarró por la cintura y la giró, colocándola a cuatro patas sobre el sofá, exactamente en la misma posición que Mario usaba con Penélope. La ironía no se perdía en él; esto era un espejo perverso.
Sin previo aviso, Juan se hundió dentro de Yasmin. Ella gritó, una mezcla de dolor y placer que se ahogó en el cojín del sofá. Juan no tuvo piedad. La cogió como un semental, con la misma furia bruta que imaginaba que Mario usaba con Penélope. Cada embestida era profunda, haciendo temblar las nalgas pequeñas y firmes de Yasmin, golpeando su pelvis contra la de ella con una fuerza rítmica y ensordecedora. La cámara capturaba todo: la expresión de placer distorsionado de ella, el vaivén de sus muslos, y la mirada fría y vengativa de Juan mientras la usaba.
- ¡Así! ¡Más duro, cabrón! ¡¡Tienes una verga enorme, me estás partiendo!! - gritó Yasmin, clavando las uñas en el tejido del sofá, totalmente perdida en el acto, ignorante de que estaba siendo grabada, ignorante de que era un peón en la guerra de su padre.
Juan aumentó el ritmo, sintiendo la presión subiendo en sus testículos. Se agarró fuerte a su cabello oscuro, tirando de su cabeza hacia atrás para arquear su espalda, y que su cara se vea bien en el video que grababa en secreto, penetrándola aún más profundo. El pensamiento en Mario, en ese momento probablemente dentro de Penélope, le dio un empuje final. Con la vista fija en la lente de la cámara, Juan soltó toda su rabia y lujuria. Se retiró casi hasta la punta y se hundió con un golpe final, vaciando una cantidad enorme de semen caliente dentro del vientre de Yasmin, llenándola sin protección, marcándola por dentro. Ella se estremeció bajo él, gimiendo mientras sentía las contracciones de su miembro liberando la carga.
Una vez que el aliento volvió a sus cuerpos, Juan se arregló la ropa rápidamente. Yasmin se quedó revolcada en el sofá, medio inconsciente por el alcohol y el orgasmo, sonriendo tontamente. Él detuvo la grabación, guardó el video y salió del departamento sin mirar atrás.
Subió a su auto y se dirigió a casa, pero se detuvo una cuadra antes. Con las manos temblando ligeramente por la adrenalina, abrió el chat de Mario en su teléfono. Sin escribir una sola palabra, adjuntó el video. Le dio a enviar. El archivo partió hacia el hombre que creía tener el control.
Juan llegó a la puerta de su departamento. Antes de poner la llave, escuchó el sonido de la puerta principal de su edificio abriéndose de golpe al final del pasillo. Mario salió corriendo de su propio piso, pálido, con los ojos inyectados en sangre. Se detuvo en seco cuando vio a Juan parado allí. Los dos hombres se encontraron cara a cara en el pasillo iluminado tenuemente. Mario llevaba la camisa medio abrochada, el pantalón puesto con prisa. Su pecho se agitaba, no por el ejercicio, sino por la furia pura y absoluta. Miró a Juan, luego al teléfono en su mano, y comprendió todo. No dijo nada. No hubo gritos, ni insultos. No era el lugar ni el momento. Solo un silencio pesado y cargado de violencia contenida. Mario apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos, giró sobre sus talones y se dirigió hacia el ascensor que lo llevara a su departamento, desapareciendo como un animal herido.
Juan esperó unos segundos hasta que el eco de los pasos de Mario se desvaneció. Subió a su piso, abrió la puerta de su casa y entró. El departamento estaba en silencio, excepto por los sonidos provenientes de la habitación principal. Sonidos que conocía bien. Caminó hacia el dormitorio y se quedó en el umbral.
Penélope estaba en la cama, a cuatro patas, con la cara enterrada en la almohada y las nalgas en alto, temblando. Mario se había ido en medio del acto, dejándola a medio coger, frustrada y llena de una necesidad insatisfecha. Su concha estaba abierta, húmeda y esperando, brillando con la lubricación. Al ver a Juan en la puerta, Penélope levantó la vista, sorprendida.
- Que rápido volviste... ¿Que pasó con Mario? -preguntó confundida.
Juan se acercó a la cama, desabrochándose el cinturón mientras caminaba.
-No sé, lo vi salir apresurado como si hubiera visto un fantasma -dijo haciéndose el tonto-. Pero ya que te encuentro así, supongo que no te molestará que siga yo...
No había necesidad de palabras. Mario había fallado, había huido como un cobarde, pero Juan estaba ahí para terminar el trabajo. Subió a la cama, se colocó un condón para disimular el juego, y luego detrás de ella. Sin esperar, se hundió en la concha húmeda y caliente que Mario había dejado preparada. Penélope gritó de alivio cuando Juan la llenó, retomando el ritmo brutal donde el otro hombre lo había dejado, reclamando lo que era suyo y terminando el trabajo que Mario no pudo. La cogió con brutalidad, como si no le interesara realmente el placer, solo marcar territorio.
Luego de un rato largo taladrándole la vagina con violencia, dio vuelta a Penélope de un empujón, colocándola boca arriba, se quitó el condón y comenzó a penetrar su culo, con más vioencia aún. Mientras con una mano apretaba sus tetas, dejándolas marcadas, con la otra le daba bofetadas y metía sus dedos dentro de la boca de su esposa, para que ella los lamiera y chupara.
-Eso Penélope... Muestrame lo puta guarra que eres... El viejo no te pudo coger y ahora necesitas mi verga dentro.
Siguió con la cogida masiva durante un rato largo, mientras Penélope se ahogaba en gritos de placer y orgasmos, y sus tetas bamboleaban en todas direcciónes de manera frenética. Tan así que hasta llegó a tener un pequeño squirt mientras Juan le destrozaba el ano. Cuando llegó el momento de eyaculación, Juan vació sus huevos dentro del culo de su esposa. Se mantuvo un rato dentro de ella hasta que la verga dejó de palpitarle, y luego salió lentamente, sin dejar que el semen se escurra.
-Júntalo y bébetelo todo, pedazo de puta.
Penélope obedeció, llevando los dedos a la entrada de su ano y juntando el semen que escurría de allí. Luego se llevó la mano a la boca y tragó todo el jugo de su marido. Lo poco que le qued´´o ambadurnado en los dedos lo utilizó para frotarselo en sus enormes tetas, mientras las apretaba y pellizcaba sus pezones.
0 comentarios - El viejo encargado, Parte 6: La venganza