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El viejo encargado, Parte 5

Los resortes del colchón gemían bajo el peso de los cuerpos, un ritmo acompasado y brutal que llenaba la habitación estancada. Juan tenía a Penélope agarrada por las caderas, sus dedos hundidos en la carne blanda y temblorosa de su esposa, posicionándola firmemente a cuatro patas sobre las sábanas revueltas. Desde ese ángulo, la vista era devastadora: las nalgas de ella, abiertas y ofrecidas, temblaban con cada embestida, mientras sus enormes pechos colgaban pesados hacia el colchón, oscilando y rebotando sin control como dos masas de gelatina sometidas a un terremoto.

Juan no tuvo piedad. Con una mano guió su verga hacia el orificio trasero de Penélope, que ya estaba dilatado y resbaladizo, y se hundió de golpe hasta que sus pelvis chocaron con un golpe sordo. El calor era asfixiante, una presión húmeda y apretada que lo envolvió por completo. Ella gimió, un sonido gutural que escapó de su garganta mientras sus brazos cedían ligeramente, dejando que el rostro se aplastara contra la almohada.

—Dime más —gruñó Juan, sin detener el movimiento de sus caderas, sodomizándola con golpes profundos y certeros—. Cuéntame cómo te cogió ese viejo asqueroso aquí mismo.

Penélope jadeaba, intentando recuperar el aire mientras el ano se adaptaba a la invasión de su esposo. Sus tetas golpeaban el colchón con cada empuje de Juan, los pezones duros rozando la tela áspera le provocaban un placer inexplicable que rozaba el orgasmo.

—Hoy... Hoy por la tarde —balbuceó ella, la voz rota por el placer y el esfuerzo—. Mario se tiró en esta misma cama. En nuestra cama. No se movió en todo el día, Juan. Solo estaba ahí, panza arriba, esperando.

Juan apretó los dientes y aumentó la velocidad, sintiendo cómo las paredes internas de ella se contraían alrededor de su miembro. La imagen de Mario, ese hombre de sesenta años, calvo y con una barriga protuberante que colgaba sobre el cinturón, invadiendo su santuario, le provocó una mezcla de ira y una excitación febril.

—¿Y qué hiciste? —preguntó él, dándole una bofetada en el culo que retumbó en el cuarto—. Dime, putita.

—Me pasé el día entre sus piernas —susurró Penélope, arqueando la espalda para recibir mejor el pene de su esposo—. Estuve horas mamándole la verga. Tenía la piel arrugada, tan suave... y sabía a sal. No paraba de chupársela, de meterla hasta el fondo de la garganta mientras él jadeaba y me agarraba del pelo.

Las palabras de Penélope actuaron como combustible en la sangre de Juan. Imaginó la escena: su esposa, hermosa y voluptuosa, postrada ante ese hombre viejo y obeso, dedicándole un culto servil.

—Sigue —la instó Juan, ahora taladrándola con tanta fuerza que el cabecero de la cama golpeaba la pared—. Tambié lo atendiste con tus tetas, ¿verdad?.

—Ah, sí —gimió ella, recordando la sensación—. Cuando me cansaba de chupar, me lo ponía entre los pechos. Mario me pedía que los apretara fuerte. Mis tetas calientes lo envolvían por completo, su verga desaparecía entre ellas. Yo las movía arriba y abajo, rápido, y él me gritaba que no parara. Rebotaban sin parar, golpeándole la barriga velluda y blanca... se corría y me llenaba el pecho de su leche caliente, pegajosa...

El relato gráfico de aquellas asquerosidades, la descripción de la barriga de Mario rozando el cuerpo de su esposa y el uso servil de sus mamas, desataron algo salvaje en Juan. Sus manos se aferraron con fuerza a los hombros de Penélope y comenzó a embestirla con una violencia inusitada. Ella gritó, una mezcla de dolor y éxtasis desmedido, sintiendo cómo el miembro de su esposo se expandía dentro de su recto, poniéndose más duro, más grande, rugiente y caliente como nunca antes.

—¡Sí, grita! —bramó Juan, sin piedad—. ¡Grita como le gritaste a ese cerdo!

Después de varios minutos de aquel castigo anal brutal, Juan se retiró de golpe, dejando a Penélope jadeando en el vacío, el orificio pulsando y abierto. Su respiración era agitada, su cuerpo cubierto de sudor. Él se colocó entre sus piernas, alineando su verga, ahora brillante y lubricada, con la entrada de su concha toda inundada de flujos. Estaba a punto de penetrarla cuando la mano de Penélope se detuvo en su pecho, empujándolo hacia atrás.

—Espera —dijo ella, con voz entrecortada—. Por la concha no... así no.

Juan se quedó inmóvil, confundido, con el pulso latiendo furioso en su sien.

—¿Qué dices? Siempre lo hemos hecho así.

—No —negó ella, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos—. Mario me lo dijo. Desde ahora, por la concha solo se puede coger con condón. Dijo que es la única regla: que solo su leche vaya dentro de mí, que soy suya por dentro.

La indignación se apoderó del rostro de Juan. Sus músculos se tensaron, las mandíbulas se cerraron con fuerza. Ese viejo gordo se estaba adueñando de todo, incluso de la intimidad que él compartía con su esposa. Pero mirando a Penélope, viendo cómo sus tetas enormes seguían hechizantes, levantadas por la respiración, y la sumisión absoluta en su mirada, la resistencia de Juan se desmoronó. No podía negarse. La humillación era amarga, pero la excitación era superior.

Con un movimiento brusco, alcanzó el cajón de la mesita de noche y sacó un paquete. Sus dedos temblaban ligeramente mientras rasgaba el envoltorio y sacaba el condón. Penélope lo observaba con atención, las piernas abiertas, mostrando la concha húmeda y hambrienta. Deseaba ser penetrada con violencia. Juan se colocó el preservativo con torpeza, el látex cubriendo la dureza de su erección, reduciendo la sensación directa pero aumentando la urgencia del acto.

Volvió a posicionarse sobre ella y, sin una palabra más, se hundió en su concha. Aunque el látex amortiguaba el calor, la humedad de ella era inmediata. Juan comenzó a moverse rápido, furioso, tratando de olvidar la barrera que los separaba, castigándola por la regla impuesta por otro hombre. Penélope recibió cada golpe con gemidos altos, envolviéndolo con sus piernas, sus uñas rascando la espalda de él.

El ritmo se volvió frenético. El sonido de los cuerpos chocando, ahora con el chillido característico del látex, llenó la habitación. Juan sentía que el orgasmo se acumulaba en la base de su columna, una presión ineludible. Con un rugido final, se clavó hasta el fondo y eyaculó con violencia. El condón se infló, reteniendo cada chorro de su semen, impidiendo que tocara las paredes de su esposa, cumpliendo estrictamente la orden de Mario.

Juan permaneció inmóvil unos segundos, recuperando el aliento, antes de retirarse. El preservativo colgaba pesado de su miembro, lleno hasta el límite, una bolsa translúcida y blanca que testimoniaba su placer. Penélope se incorporó de inmediato, con una avidez repentina en sus ojos. Tomó la verga de Juan con una mano, sujetando el condón por la base, y con la otra lo deslizó cuidadosamente fuera de él, sin derramar una gota.

Levantó el condón ante sus ojos, observando el volumen de líquido dentro, y luego, mirando a Juan a la cara, se llevó el receptáculo a los labios. Con un movimiento deliberado, lo inclinó y bebió el contenido, tragando la leche de su esposo directamente del látex usado, limpiándolo con la lengua hasta que no quedó nada.

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