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Albere y el niñero

Albere, la influencer argentina había tenido un año intenso. Con apenas 22 años, se había enamorado de Doble P, el cantante de RKT conocido como Papu. Juntos armaron una familia rápido: se pusieron de novios, se fueron a vivir juntos, anunciaron el embarazo y en marzo de 2026 nació Francisca, su primera hija. Pero la cosa no duró. A los dos meses de ser mamá, Albere confirmó la separación. 

Al final, quedaron en buenos términos por la beba: Albere se quedó con Francisca la mayor parte de la semana en la casa que compartían, y Doble P la veía cuando podía, entre giras y grabaciones. Ella seguía subiendo contenido, pero se notaba más real, más humana, con ojeras y todo.

Pasaron tres meses del nacimiento de Francisca. Albere estaba destruida. La beba no dormía más de dos horas seguidas, apenas podía con el contenido, la casa y la lactancia. Las tetas le dolían y el cansancio la consumía. Un día, harta de no dar más, decidió contratar ayuda. Así apareció Lucas, un pibe de 26 años, alto, de buena presencia, con pinta de confiable y que venía recomendado. Era niñero y hacía tareas de la casa. Al principio solo unas horas, pero se volvió esencial.

Un mes después de haberlo contactado, ya se veían unas horas día por medio todas las semanas. Lucas era calladito pero eficiente: cambiaba pañales, hacía dormir a la nena, limpiaba y hasta cocinaba algo rápido. Entre ellos empezó a crecer una confianza natural. Charlaban de todo un poco mientras Francisca dormía, se reían de anécdotas y Albere sentía que por fin podía respirar. Era la primera vez en meses que no estaba sola todo el día.

Esa tarde, Albere había logrado por fin hacer dormir a Francisca después de una sesión eterna de teta. Miraba el monitor del cuarto de la beba con alivio. Se paró frente al espejo grande del living, todavía con la bata negra de seda encima. Debajo llevaba un conjunto de lencería blanco que se había puesto más por costumbre que por otra cosa: corpiño que apenas contenía sus tetas hinchadas de leche y una tanga chiquita. Se miró: el cansancio seguía ahí, en las ojeras y la cara un poco hinchada, pero ya no era tan brutal como antes. Lucas había cambiado todo.

Albere y el niñero

El timbre sonó justo cuando se estaba ajustando la bata. Albere se acomodó el pelo rápido, se cerró un poco más la bata y fue a abrir.

- Hola, Lucas. Pasá, pasá - dijo con una sonrisa cansada pero genuina.

- Buenas, ¿Todo bien? - preguntó él entrando, con esa voz tranquila que ya le resultaba familiar. Cerró la puerta atrás suyo y dejó la mochila en el perchero de siempre. - ¿Y la princesita? -

- Recién la dormí, mirá - señaló el monitor que tenía en la mesa ratona. - Estuvo chupando como loca toda la tarde, pero al final cayó. -

Lucas asintió y miró la pantalla un segundo. - Qué bueno. Hoy te veo un poco más relajada. -

Albere cerró la puerta y lo invitó a seguir. - Sí, algo es algo. Vení, sentate un rato antes de que empieces con lo que haya que hacer. -

Los dos se acomodaron en el sillón grande del living. Lucas, como siempre, educado, pero esa tarde algo en el aire se sentía distinto. Él no podía evitar que la mirada se le escapara un segundo hacia el escote que se marcaba bajo la bata de seda, aunque intentaba disimular. Albere no lo notó.

- ¿Cómo estuvo tu día hoy? - preguntó él, cruzando las piernas. - ¿La nena te dio mucha guerra? -

Albere soltó un suspiro largo y se recostó un poco en el sillón, dejando que la bata se abriera apenas más en el pecho.

- Agotador, boludo. No paró de chuparme la teta en todo el día. Tengo las hormonas por las nubes, estoy sensible, cansada... A veces siento que no doy más. Por suerte llegaste vos, eh. Me salvaste la vida. -

Lucas sonrió, un poco nervioso. - Para eso estoy. ¿Querés que te traiga algo? ¿Mate, agua? -

- Quedate tranquilo, yo te traigo - dijo ella levantándose. - ¿Un vaso de agua está bien? -

- Sí, perfecto. Gracias. -

Mientras Albere iba a la cocina, Lucas no pudo evitar seguirla con la mirada. La bata negra se movía con sus caderas y dejaba ver el borde del tanga blanco. Sacudió la cabeza, tratando de concentrarse.

Lucas tomó el vaso de agua con un sorbo largo, mirándola de reojo mientras ella se volvía a sentar en el sillón grande, cruzando las piernas de manera que la bata de seda negra se abriera un poco más en los muslos. El living estaba en penumbras, solo con la luz suave de una lámpara y el monitor de la bebé que parpadeaba en silencio.

- ¿Y cómo estuvo tu día hoy, en serio? - preguntó Lucas, apoyando el vaso en la mesita. - Contame bien, porque te veo con cara de haberla remado bastante. ¿La nena te dio mucha guerra o pudiste descansar algo? -

Albere soltó una risa cansada y se pasó una mano por el pelo, acomodándose mejor en el sillón. La bata se deslizó ligeramente, dejando ver el encaje blanco del corpiño que apenas contenía sus pechos hinchados.

- Agotador, Lucas, te juro. No paró un segundo. Desde que se despertó a la mañana no hizo más que llorar y chupar. Me tiene las tetas destrozadas, boludo. Chupaba de una, pasaba a la otra. Tengo las hormonas por las nubes, me siento sensible, caliente, todo al mismo tiempo… No sé si es el postparto o qué mierda, pero estoy que exploto. -

Mientras hablaba, Lucas intentaba mantener la mirada en sus ojos, pero se le escapaba sin querer hacia el escote profundo de la bata. Esos pechos grandes, llenos de leche, se movían con cada gesto de ella. Tragó saliva y asintió.

- Pobre… Se nota que estás más descansada que al principio, pero igual se ve que es heavy. Yo estoy acá para lo que necesites, eh. Ya sabés. -

Los dos terminaron sentados bien cerca en el sillón amplio. Las piernas de Albere casi rozaban las de Lucas. El silencio de la casa solo se cortaba por el zumbido lejano de la heladera.

De repente, ella giró el cuerpo hacia él y lo miró directo a los ojos. - Decime la verdad, Lucas. ¿Cómo me ves? Y respondé con sinceridad, sin pelotudeces. No me mientas para quedar bien. -

Lucas se sorprendió con la pregunta. Se rascó la nuca, nervioso, y soltó una risita. - ¿Cómo te veo? Te veo bien, Albere. En serio. Linda como siempre, más relajada que hace un mes. Se nota que dormís un poco mejor ahora que estoy viniendo seguido. Tenés esa glow de mamá joven que… bueno, te queda. -

Albere levantó una ceja y negó con la cabeza. - No me mientas. Sé perfectamente cómo me veo. Parezco una vaca lechera hinchada y cansada. Mirá… -

Sin pensarlo dos veces, abrió un poco más la bata de seda negra, dejando que se deslizara por sus hombros. Debajo, el corpiño blanco de lencería apenas contenía sus tetas enormes, hinchadas de leche, con las aureolas oscuras marcándose a través de la tela fina. Los pezones se notaban duros y prominentes.

Relatos

—Mirá esto… Me duelen las tetas de lo llenas que las tengo. Están re sensibles, pesadas. A veces me dan ganas de gritar. ¿Ves? Parezco una puta vaca.

Lucas se quedó congelado. Sus ojos se clavaron en esos pechos perfectos, llenos, que subían y bajaban con la respiración agitada de Albere. Sintió cómo la sangre le bajaba directo a la pija, que empezó a endurecerse dentro del pantalón. No podía creer lo que estaba viendo. La influencer que veía en videos todos los días estaba ahí, semi-desnuda, mostrándole las tetas como si nada.

- Albere… no seas tan dura con vos misma - murmuró él, con la voz ronca. - Estás… estás buenísima. En serio. Cualquier tipo se volvería loco con esto. -

Ella lo miró con intensidad, mordiéndose el labio inferior. El cansancio seguía ahí, pero también había algo más: deseo puro, acumulado meses. 

- No, pará. No me digas eso para consolarme. Necesito que me ayudes de verdad, Lucas. No aguanto más. -

Lucas tragó saliva fuerte. Su pija ya estaba completamente dura, marcándose obscenamente en el pantalón.

- ¿Que… que te ayude cómo? - preguntó con voz entrecortada, casi sin aire.

Albere se acercó más, tanto que sus tetas casi rozaban el brazo de él. Lo miró a los ojos con desesperación y lujuria. - Sí, boludo. Quiero que me ayudes. Necesito que me chupes las tetas. Me duelen, están tan llenas… Lo necesito. Por favor… casi te lo estoy rogando. - 

Mientras hablaba, terminó de sacar ambas tetas del corpiño blanco. Eran enormes, redondas, los pezones hinchados, goteando un poco de leche por la presión. Las sostuvo con las manos, ofreciéndoselas.

Lucas no podía creerlo. Su mente daba vueltas. Pero el instinto ganó.

- No lo tenés que pedir dos veces, Albere - gruñó él.

Se lanzó hacia adelante, le quitó la bata de seda negra por completo y desabrochó el corpiño con manos temblorosas pero ansiosas. Las tetas de Albere quedaron libres, pesadas, perfectas. Las agarró con las dos manos, apretándolas suavemente al principio, sintiendo cómo la leche salía un poco entre sus dedos.

Argentina

- Ay, Dios… qué tetas - murmuró antes de llevarse uno de los pezones a la boca.

Empezó a chupar con hambre. Primero suave, después más fuerte, succionando la leche tibia que le llenaba la boca. Albere echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, aliviado.

- Así… seguí, Lucas. Chupá más fuerte. Me duele tanto… sacame toda esta leche, por favor. -

Lucas chupaba como un desesperado, alternando entre una teta y la otra. Apretaba la que no estaba en su boca, masajeándola, haciendo que chorritos de leche salieran y le mancharan la cara. Con una mano libre bajó por el cuerpo de Albere, metiendo los dedos directamente dentro de la tanga blanca. Estaba empapada.

- Estás re mojada... - dijo con la boca todavía llena de teta, la voz ahogada.

Ella gimió más fuerte, abriendo las piernas para darle mejor acceso.

- Sí, obvio que estoy re mojada… No cojo desde que nació Francisca, boludo. Estoy todo el día pensando en pija, en que me rompan, en que me llenen. Las hormonas me tienen loca. Meteme los dedos, dale… no pares de chupar. -

Lucas obedeció. Mientras seguía chupando y tragando leche, metió dos dedos gruesos en la concha caliente y resbaladiza de Albere. Entraban fácil por lo mojada que estaba. Los movía adentro y afuera, curvándolos para tocarle el punto G, mientras su pulgar le rozaba el clítoris hinchado.

- Ahhh… sííí, así… más adentro - gemía Albere, agarrándole la cabeza contra sus tetas. - Chupá más fuerte, como si fueras mi bebé… Seguí, Lucas, no pares. -

La escena era pura lujuria. Lucas tenía la cara enterrada entre esas tetas gigantes, chupando, mordisqueando los pezones, tragando leche mientras sus dedos le cogían la concha cada vez más rápido. 

- Estás tan apretada… y tan húmeda - gruñó él entre chupada y chupada. - Me estás volviendo loco. -

Albere jadeaba, con las mejillas coloradas y los ojos vidriosos de placer.

- Porque tengo meses guardados… meses pensando en una pija dura como la tuya. No pares de meterme los dedos… y seguí chupando, por favor. Me alivia tanto… -

Lucas aceleró los dedos, metiendo tres ahora, mientras succionaba con más fuerza la teta izquierda. La leche le corría por el mentón. Albere temblaba, cerca del primer orgasmo, gimiendo sin control pero bajando la voz para no despertar a la beba.

Albere tenía las tetas rojas de tanto chupar y apretar, con gotas de leche todavía escapando de los pezones hinchados. De repente, abrió los ojos, miró hacia abajo y vio el bulto enorme que se marcaba en el pantalón de Lucas. Sonrió con lujuria pura y le agarró la muñeca para que sacara los dedos un momento.

- Basta de dedos por ahora… - jadeó ella, con la voz entrecortada. - Quiero ver lo que tenés ahí abajo. Sacate toda la ropa, Lucas. Ya. Quiero verte la pija completa. Se te está marcando re dura, boludo… me está volviendo loca. -

Lucas se separó de sus tetas con un último chupón fuerte que hizo gemir a Albere. Tenía la boca y el mentón llenos de leche. Se puso de pie frente a ella, todavía sentado en el sillón, y empezó a sacarse la remera. Dejó al descubierto un torso marcado, con algo de gimnasio pero nada exagerado. Albere lo miraba con hambre, tocándose una teta distraídamente mientras él bajaba el pantalón junto con el bóxer de un tirón.

La pija de Lucas saltó libre como un resorte. Era gruesa, venosa, más larga de lo que ella esperaba. Le llegaba casi hasta el ombligo de lo dura que estaba.

- Ay, la concha… mirá eso - susurró Albere, abriendo grande los ojos. - Vení más cerca. -

Lucas dio un paso adelante, quedando justo frente a su cara. Albere se incorporó un poco en el sillón, todavía con las tetas afuera y la bata tirada a un costado. Extendió la mano y agarró la pija con firmeza, sintiendo el calor y el grosor.

- Qué pija más linda tenés, Lucas… es re grande. Más gruesa y más larga que la de mi ex, te juro. La de Papu era buena, pero esta… esta me va a destrozar. Mirá cómo palpita. -

Empezó a masturbarlo lento, con movimientos largos desde la base hasta la cabeza, apretando justo lo suficiente. El precum le mojaba la palma y hacía que todo se deslizara fácil. Lucas soltó un gruñido y echó la cabeza hacia atrás.

- Dios, Alma… tu mano se siente increíble. -

Ella sonrió y aceleró un poco el ritmo, girando la muñeca en la cabeza.

- ¿Te gusta? Decime la verdad. ¿Hace cuánto tiempo tenías ganas de que te toque la pija? Porque yo… yo llevo semanas mirando cómo te movés por la casa, pensando en esto. En tener una pija dura de verdad otra vez. No una mano o un consolador. Esto. -

Lucas respiraba pesado, mirando cómo esa mano delicada subía y bajaba por su verga. 
- Desde la segunda semana que vengo… te veía con esas remeras ajustadas, con las tetas llenas, y me iba a casa con la pija dura pensando en vos. Pero nunca pensé que ibas a ser tan directa. -

Albere se rio bajito y se acercó más, oliendo el aroma masculino de su entrepierna. Siguió masturbándolo lento.

- Es más grande de verdad… mirá el grosor. Me va a abrir toda. Me encanta cómo se te para así, bien tiesa. ¿Sentís cómo te late en la mano? Quiero que me llenes con esto. -

Siguió hablándole sucio mientras lo pajeaba, alternando velocidad: a veces lento y tortuoso, a veces más rápido, haciendo que los huevos de Lucas se tensaran.

- Qué huevos pesados tenés… llenos de leche, seguro. ¿Cuánto tiempo hace que no cogés vos? Porque yo estoy seca desde que parí. Meses, Lucas. Meses soñando con una pija así. -

Lucas gruñó y le agarró el pelo con suavidad. - Seguí así… me estás matando de placer. -

Albere se mordió el labio y, sin soltar la pija, levantó la mirada hacia él. - Ahora quiero probarla. Hace tanto que no tengo una en la boca… -

Se inclinó hacia adelante y empezó a chuparle la pija despacio. Primero besó la cabeza, lamiendo el precum con la lengua plana, saboreándolo. Después abrió la boca y la metió entera, bajando lento, sintiendo cómo le abría los labios y llegaba hasta el fondo de la garganta. Babeaba abundantemente, la saliva le corría por el mentón y le caía sobre las tetas.

- Mmmhh… - gemía con la boca llena, vibrando alrededor de la verga. - Qué rica… qué rica pija. -

Lucas le agarró la cabeza con las dos manos, sin empujar todavía, solo acompañando el movimiento.
- Dios, Albere… chupás re bien. Mirá cómo babeás toda. -

Ella aceleró el ritmo poco a poco. Subía y bajaba la cabeza con más ganas, metiéndosela cada vez más profundo. Empezó a ahogarse, con arcadas suaves pero sin sacársela. Los ojos se le llenaban de lágrimas, la baba le chorreaba por todos lados, pero seguía chupando como una desesperada, girando la lengua alrededor del glande cada vez que subía.

- Gluck… gluck… gluck - sonaban los ruidos húmedos en el living en silencio.

Lucas ya no aguantaba más y empezó a guiarle la cabeza con más fuerza. - Así, puta… chupala toda. Mirá cómo te ahogás con mi pija. Sos una máquina. -

Albere se sacó la pija de la boca de golpe, respirando con un grito ahogado, jadeando fuerte. Hilos gruesos de saliva conectaban sus labios con la cabeza brillante de la verga.

- Sí… soy una puta - dijo con la voz ronca, mirándolo a los ojos con una sonrisa salvaje. - Tratame como una puta, Lucas. Decime todo lo que quieras. Hace meses que nadie me usa así. Necesito que me degrades, que me rompas la boca. -

Y sin esperar respuesta, volvió a metérsela con desesperación. Esta vez más profundo, empujando ella misma hasta que la nariz tocaba la panza de él. Se ahogaba, tosía, pero no la sacaba. Lucas le agarró el pelo con más fuerza y empezó a cogerle la boca con movimientos cortos y fuertes.

- Sos una puta necesitada… mirá cómo tragás pija después de ser mamá. La madre de Francisca chupando la pija del niñero como una desesperada. Me encanta. -

Albere gemía alrededor de la verga, vibrando, con las tetas rebotando y manchadas de baba y leche. Lágrimas le corrían por las mejillas pero sus ojos brillaban de placer. Se sacaba la pija solo para respirar y hablar sucio.

- Sí, soy tu puta… la puta de la casa. Chupando pija mientras mi hija duerme arriba. Más fuerte, Lucas. Usame la boca. -

Volvió a tragársela entera, babeando sin control, acelerando el ritmo hasta que Lucas tenía que hacer fuerza para no correrse ya. La escena era brutalmente explícita: Albere de rodillas en el sillón, tetas al aire, cara empapada en saliva, chupando con hambre animal después de meses de abstinencia.

- Qué boca tenés… caliente, mojada, apretada - gruñía Lucas, empujando más profundo. Ella respondía con más gemidos ahogados y arcadas.

influencer

Lucas ya no aguantaba más. Con la pija brillante de saliva y todavía palpitando, agarró a Albere del cuello con firmeza pero sin lastimarla. La levantó un poco y la giró en el sillón grande, poniéndola de rodillas sobre los cojines, con el culo para arriba y la cara contra el respaldo. Ella sonrió con una mezcla de sorpresa y placer puro, mordiéndose el labio.

- Así me gusta, puta - gruñó Lucas, apretándole el cuello mientras la besaba sucio.

El beso fue salvaje: lenguas enredadas, saliva intercambiándose, mordidas en los labios y gemidos ahogados. Albere sonreía dentro del beso, empujando su culo hacia atrás contra la pija dura de él.

- Besame más sucio… usame la boca - susurró ella cuando se separaron un segundo.

Lucas la empujó contra el respaldo del sillón, haciendo que sus tetas hinchadas se aplastaran contra la tela. Le abrió las piernas con la rodilla y empezó a nalguearla. La primera cachetada resonó fuerte en el living silencioso.

Albere

Paf.

- Ay, sí… - gimió Albere.

- Tenes un culo increíble, Alma - dijo Lucas mientras le daba otra nalgada más fuerte, viendo cómo la carne blanca se ponía roja. - Mirá esto… redondo, grande, perfecto. De mamá pero firme. Me vuelve loco. -

Paf. Paf. Paf.

Cada nalgada hacía que Albere sacudiera las caderas y soltara gemidos más altos. Mezclaba placer y dolor de una forma deliciosa.

- Más fuerte… marcame el culo - rogaba ella, empujando hacia atrás. - Me encanta que me nalguees. -

Lucas no paraba. Le daba nalgadas alternadas en cada nalga, apretando después la carne caliente, abriéndole las nalgas para ver la concha mojada y el culito fruncido.

- Qué culo de puta tenés… Mirá cómo rebota. Sos una diosa -

Paf. Paf. Paf. Paf.

Albere gemía sin control, agarrándose al respaldo del sillón.

- Seguí… no pares de darme. Me pone tan caliente… -

Lucas se agachó y empezó a besarle las nalgas enrojecidas. Besos húmedos, mordidas suaves y después pasó la lengua por toda la carne, bajando hasta el borde de la concha.

Le pasó la lengua plana por la rajita, desde el clítoris hasta el ano, una y otra vez. Albere temblaba.

- Ay, Lucas… la lengua… seguí. Me estás matando. -

Él siguió devorándola: lamía la concha empapada, metía la lengua adentro, chupaba el clítoris hinchado y volvía a subir a las nalgas para morderlas. Mientras tanto, no dejaba de nalguearla de vez en cuando, manteniendo el ritmo.

- Por favor… cogeme ya - suplicó Albere con tono de desesperación total, la voz quebrada. - Necesito tu pija adentro. Hace meses que no siento nada parecido. Por favor, Lucas… metémela. Rompeme. -

Lucas se incorporó, agarró su pija gruesa y la frotó contra la entrada de la concha de Albere, provocándola.

- ¿Querés que te coja fuerte? Decilo bien. -

- Sí… cogeme fuerte. Tratame como una puta barata. Soy tu puta. -

Sin más preámbulos, Lucas la puso en cuatro patas bien firmes sobre el sillón y la penetró de un solo empujón profundo. La pija gruesa entró hasta el fondo, abriéndola completa.

- Ahhhhhh… ¡síííí! - gritó Albere, ahogando el grito contra una almohada que Lucas le puso rápido en la cara.

- Shhh… no despertés a la nena - le advirtió él, pero sin dejar de bombear.

Empezó a cogerla fuerte, con embestidas profundas y rápidas. El sonido de las pelvis chocando llenaba el living: clap, clap, clap, clap.

- Qué concha apretada… a pesar de haber parido, todavía me estrangula la pija - gruñía Lucas, jalándole el pelo con una mano mientras con la otra le agarraba la cadera.

Albere gemía contra la almohada, el cuerpo entero sacudido por cada embestida. - Más fuerte… rompeme… así… ay, Dios, qué pija. -

Lucas no paraba. Bombear, bombear, bombear. Sacaba casi toda la pija y volvía a clavarla hasta los huevos. Le jalaba el pelo para arquearla más y llegaba más profundo.

- Sos mía ahora… la mamá de Francisca siendo cogida como una perra por el niñero. Qué puta sos, Alma. -

Ella respondía con gemidos ahogados y palabras sucias: - Sí… soy tu perra… cogeme más duro. Haceme correr. -

Lucas aceleró, dándole nalgadas mientras la penetraba sin piedad. El sudor les corría por el cuerpo. Las tetas de Albere se balanceaban violentamente, soltando gotas de leche que manchaban el sillón.

- Sentí cómo te lleno… mirá cómo entra y sale. Tu concha está tragando toda mi pija. -

Albere empezó a temblar. El orgasmo se venía fuerte.

- Voy a correrme… no pares… ¡no pares! -

Lucas le jaló más fuerte el pelo y le tapó la boca con la almohada mientras seguía bombeando como un animal. Albere explotó en un orgasmo brutal, gritando fuerte contra la almohada, la concha apretando la pija en espasmos, chorros de humedad bajándole por los muslos.

Pero Lucas no paró. Siguió cogiéndola a través del orgasmo, prolongándolo, haciendo que ella temblara sin control.

- Buena puta… corrida en mi pija. Pero no terminé con vos. -

Siguió bombeando fuerte, cambiando el ángulo para tocarle todos los puntos sensibles. Le daba cachetadas suaves en el culo mientras la penetraba.

- Decime cuánto te gusta - exigía.

- Me encanta… tu pija es enorme… me está destrozando y me fascina. Seguí cogiendo… soy tuya. -

Albere todavía temblaba del orgasmo intenso en cuatro patas, giró la cabeza y lo miró con ojos vidriosos de puro deseo.

- Basta… cambiemos - pidió con voz ronca pero firme. - Quiero ir arriba. Necesito montarte yo, sentir que te controlo un rato. -

Lucas sacó la pija lentamente, dejando un vacío que hizo gemir a Albere. Se sentó en el sillón grande, con las piernas abiertas, la verga parada como un mástil, brillante de jugos de ella. Albere se montó encima rápido, a horcajadas, enfrentándolo. Le agarró la cara con las dos manos y lo besó profundo, metiendo la lengua con hambre, mordiéndole el labio inferior mientras se acomodaba.

- Te quiero adentro ya - susurró contra su boca.

Bajó la mano, agarró la pija gruesa y la frotó contra su concha empapada un par de veces, provocándose a sí misma, antes de alinearla y bajarse de golpe. La verga entró hasta el fondo en una sola embestida.

- Ahhhhh… síííí, qué llena me dejás - gimió Albere, echando la cabeza hacia atrás.

Empezó a rebotar lento al principio, sintiendo cada centímetro entrar y salir. Sus tetas enormes, hinchadas de leche, rebotaban violentamente contra la cara de Lucas. Gotas de leche salpicaban con cada movimiento, manchándole las mejillas, la boca y el pecho.

Lucas intentaba atrapar un pezón con la boca cada vez que las tetas bajaban, chupando como podía entre rebote y rebote.

- Qué loca sos, Albere… me encanta cómo cogés - gruñó él, lamiendo la leche que le caía en la boca. - Rebotá más fuerte. Mirá esas tetas saltando en mi cara. -

Albere sonrió con placer y aceleró el ritmo. Empezó a subir y bajar con más fuerza, haciendo que el sillón crujiera debajo de ellos. Sus nalgas golpeaban contra los muslos de Lucas con un sonido húmedo y constante: clap, clap, clap, clap.

- Decime cosas sucias… por favor - rogó ella, sin dejar de rebotar. - Necesito escucharte mientras te monto. -

Lucas le agarró las caderas con fuerza, ayudándola a bajar más profundo, y empezó a hablarle con la voz entrecortada por el placer.

- Sos una mala madre, Alma… mirá cómo estás, montando la pija del niñero en el sillón de tu casa mientras tu hija duerme arriba. Una puta necesitada de pija. El padre de tu hija no te da lo que necesitás, ¿no? Por eso venís a buscarla conmigo, el pibe que te cuida la nena. -

Albere gemía más fuerte, sonriendo entre jadeos, acelerando todavía más. Sus tetas rebotaban salvajemente, salpicando leche en todas direcciones. Lucas atrapaba un pezón cuando podía y chupaba fuerte, tragando leche mientras ella lo follaba.

- Sí… decime más - pedía ella, besándolo sucio entre rebotes. - Soy una puta… seguí. -

- Sos una puta calentona que no aguanta sin pija. Una famosa cogiendo como una desesperada con el niñero. Tu ex te dejó con las hormonas por las nubes y yo te estoy llenando el agujero que él no sabe usar. -

Albere reía entre gemidos, besándolo con lengua, mordiéndole el cuello y acelerando el ritmo hasta que parecía una máquina. Subía casi hasta sacar la pija y bajaba con fuerza, clavándosela hasta el fondo. La concha le chorreaba por los muslos de Lucas.

- Más… decime que soy una mala mamá por esto - suplicaba, con una sonrisa perversa.

- Sos una mala madre, Alma. En vez de descansar después de parir, estás rebotando en pija ajena. Francisca durmiendo y vos acá, dejando que te llene el niñero. Pero me encanta… sos la mejor puta que probé. -

Siguieron así un rato larguísimo. Albere no bajaba el ritmo. Rebotaba, giraba las caderas en círculos, se inclinaba hacia adelante para que las tetas le aplastaran la cara a Lucas mientras lo besaba. Él chupaba, mordía los pezones, le apretaba el culo y seguía hablándole sucio sin parar.

- Mirá cómo te brillan las tetas de leche… salpicándome todo. Sos una vaca lechera cachonda. Rebotá más, dale. Quiero sentir cómo me apretás la pija con esa concha de mamá. -

Albere gemía, sudada, con el pelo pegado a la cara, pero no paraba. Besaba a Lucas constantemente: besos sucios, besos cortos, besos mordiendo, mientras sus caderas seguían trabajando.

- Me encanta cuando me decís eso… me pone más caliente. Seguí insultándome lindo. -

Lucas le dio una nalgada fuerte mientras ella bajaba.

- Puta barata… necesitada de verga joven. El padre de tu hija está por ahí y vos acá, corriéndote en la pija del que te cambia pañales a la nena. Qué hija de puta sos. -

Albere soltó una carcajada mezclada con un gemido y aceleró todavía más, rebotando como loca. Las tetas golpeaban contra la cara de Lucas una y otra vez. Él chupaba, lamía, mordía, tragando toda la leche que podía.

- Otra vez… me vengo - avisó ella, temblando.

- Corréte, puta. Corréte en mi pija. -

Albere explotó en un orgasmo largo, gritando contra el cuello de Lucas, la concha apretando fuerte alrededor de la verga.

Todavía montada y moviéndose más lento pero profundo, le mordió la oreja y susurró: - Llevame a la cama… quiero que me cojas en mi habitación, en mi cama. -

Albere se bajó de encima de Lucas con las piernas temblando, la concha roja e hinchada de tanto rebotar. Lo agarró de la mano sin decir nada más y lo llevó por el pasillo hacia su habitación. La casa estaba en silencio absoluto, solo se escuchaban sus respiraciones agitadas y los pasos apurados. Entraron y ella cerró la puerta con llave por las dudas.

Se tiró de espalda sobre la cama grande, todavía con las tetas al aire y el cuerpo marcado de nalgadas y chupones. Se sacó la tanga blanco de un tirón, lo tiró a un costado y abrió las piernas bien anchas, mostrando la concha brillante, hinchada y chorreando.

- Vení… quiero que me cojas así, mirándome a la cara - dijo con voz ronca y desesperada. - Quiero verte los ojos mientras me rompés. -

Lucas se lanzó encima de ella como un animal. Se acomodó entre sus piernas abiertas y la penetró de un solo empujón en posición de misionero. La pija gruesa entró hasta el fondo, haciendo que Albere arqueara la espalda y soltara un gemido largo.

Lucas empezó a bombear con ritmo firme, mirándola directo a los ojos mientras le sostenía las caderas.

- Estás tan buena, Alma… sos una puta caliente de verdad - le decía entre embestidas. - Mirá esa cara de placer que ponés. Me encanta cogerte. -

Albere le clavó las uñas en la espalda y lo miró fijo. - Callate y cogeme sin parar - le ordenó jadeando. - No quiero charlas ahora, solo pija adentro fuerte. -

Lucas obedeció y aceleró. La cama empezó a crujir con cada embestida profunda. Le agarraba los muslos, abriéndola más, entrando y saliendo con fuerza. Albere gemía sin control, con la boca abierta y los ojos entrecerrados de placer.

La cogida se puso más salvaje rápido. Lucas bajó la cabeza y le chupó las tetas con hambre, mordiendo los pezones hinchados, tirando de ellos con los dientes mientras seguía bombeando. Albere gritaba de placer.

- Ay, mordeme más… chupá la leche mientras me cogés. -

Él alternaba: chupaba una teta, mordía la otra, le daba cachetadas suaves en la cara y después en las tetas, haciendo que rebotaran y salpicaran leche.

- Tomá, puta… mirá cómo te pongo las tetas rojas - gruñía, dándole otra cachetada suave en una teta mientras la penetraba brutalmente.

Albere gemía sin control, el cuerpo entero sacudido. - Más… dame más cachetadas. Me encanta que me trates así. -

Lucas la follaba cada vez más fuerte, sudando, con los huevos golpeando contra el culo de ella. De repente se levantó, la agarró y la puso contra la pared al lado de la cama. Le levantó una pierna, la sostuvo en alto y la penetró de pie, profundo y brutal. La posición hacía que entrara todavía más adentro.

- Así… mirá cómo te abro toda contra la pared - decía él, embistiendo con fuerza.

Albere se agarraba de sus hombros, gritando de placer con cada golpe.

- Qué profundo… me estás llegando al útero, boludo. No pares, seguí rompiéndome. -

La cogida contra la pared duró varios minutos intensos: Lucas la levantaba casi en el aire con cada embestida, sudando, gruñendo, mientras ella gemía y le pedía más. Le mordía el cuello, le arañaba la espalda.

Volvieron a la cama. Lucas la tiró otra vez de espaldas y siguió en misionero salvaje, combinando todo: chupando tetas, mordiendo pezones, cachetadas suaves en la cara y en las tetas, tirones de pelo y embestidas brutales.

- Sos una diosa… una puta caliente que necesitaba esto hace meses - le decía.

- Callate y cogeme - respondía ella entre gemidos, pero sonriendo.

Casi veinte minutos de cogida intensa, cambiando levemente de ángulo, pero siempre manteniendo el ritmo brutal. Albere se corrió varias veces, temblando, apretando la pija con la concha, gritando contra el hombro de él para no despertar a la nena.

Lucas ya estaba al límite. Sudado, con las venas marcadas, aceleró al máximo.

- Estoy por correrme… ¿dónde querés que te eche la leche? -

- Adentro… acabame en la concha - suplicó Albere, abriendo más las piernas. - Llename toda. -

Lucas dio unas últimas embestidas brutales y explotó dentro de ella, gruñendo fuerte mientras chorros calientes de leche llenaban la concha de Albere.

Ambos quedaron exhaustos sobre la cama grande, respirando agitados, con los cuerpos cubiertos de sudor, leche materna, saliva y jugos de la cogida intensa. Lucas estaba tirado de espaldas, con el pecho subiendo y bajando rápido, la pija todavía semi-dura y brillante descansando sobre su muslo. Albere se acurrucó contra él, con una pierna sobre la de él, las tetas hinchadas aplastadas contra su costado y la concha todavía palpitando, chorreando la corrida espesa que Lucas le había dejado adentro.

Durante varios minutos solo se escuchaba la respiración pesada de los dos y el silencio de la casa. Albere le pasaba los dedos suavemente por el pecho, trazando círculos, bajando lentamente hasta rozar la pija mojada. Sonreía con esa mezcla de cansancio y satisfacción que solo da un buen polvo después de meses de abstinencia.

- Decime la verdad… - susurró ella, todavía con la voz ronca de tanto gemir. - Esto no termina acá, ¿no? Decime que no fue solo un polvo de una tarde. -

Lucas giró la cabeza para mirarla, le acarició el pelo pegado por el sudor y sonrió con picardía.

- Obviamente que no termina acá. ¿Estás loca? Después de cómo me montaste, de cómo me chupaste y de cómo te corrías gritando… esto recién empieza. Mañana cuando venga te voy a coger otra vez. Pero esta vez en la cocina. Te voy a poner contra la mesada mientras preparás el café o lo que sea, te bajo la tanga y te la meto por atrás. O te siento en la mesada con las piernas abiertas y te como la concha antes de cogerte fuerte. -

Albere soltó una risita baja y excitada, mordiéndose el labio. Su mano bajó más y empezó a acariciarle la pija suavemente, sintiendo cómo volvía a cobrar vida bajo sus dedos. La masturbaba lento, con movimientos largos y perezosos, extendiendo los restos de corrida y sus propios jugos por toda la longitud.

- Me encanta la idea… Imaginate: yo con la bata abierta, vos entrás, me doblás sobre la mesada y me cogés mientras la nena duerme la siesta. Me calienta solo de pensarlo. Tu pija grande abriéndome otra vez… quiero que me dejes marcada todos los días que vengas. -

Lucas gruñó de placer con las caricias y le apretó una teta suavemente, haciendo que saliera un chorrito de leche que le corrió por los dedos. Se lo llevó a la boca y lo chupó.

- Sos insaciable… Acabo de llenarte la concha y ya estás pensando en la próxima. Me encanta. Voy a venir todos los días que me llames y te voy a coger donde quieras: en la cocina, en el sillón, en la ducha, en esta misma cama. Te voy a tratar como la puta necesitada que sos. Porque después de hoy ya sé que necesitás pija seguido. -

Albere aceleró un poco las caricias en la pija, que ya estaba medio dura otra vez. Se acercó y le besó el cuello, mordisqueando suavemente.

- Sí… soy tu puta del día. Mañana en la cocina quiero que me nalguees fuerte mientras me cogés. Que me digas todas esas cosas sucias al oído otra vez. Me moja entera. -

Lucas le acariciaba el culo, metía un dedo entre las nalgas, rozándole el ano y la concha sensible.

Albere gemía bajito solo de escucharlo, apretando la pija en su mano. - Pará que me vas a poner caliente otra vez y la nena se va a despertar en cualquier momento - dijo riendo, pero sin soltarla.

Lucas le dio una nalgada suave en el culo. - Tenés razón. -

Albere le dio un último apretón a la pija y se levantó de la cama con esfuerzo. Tenía las piernas flojas, la concha roja y chorreando la corrida que le bajaba por los muslos. Se puso solo el tanga blanco, que inmediatamente se manchó, y la bata negra de seda encima, sin nada más. La bata apenas cerraba sobre sus tetas hinchadas.

- Andá a lavarte rápido en el baño de la habitación - le dijo a Lucas. - Yo limpio un poco acá. -

Ambos se levantaron. Lucas fue al baño, se lavó la pija, la cara y el cuerpo con una toallita húmeda, todavía con la pija semi-dura. Albere limpió las manchas de leche y jugos del piso y de la cama con toallitas, sonriendo al ver el desastre que habían armado.

Cuando Lucas salió vestido, Albere lo esperaba en la puerta de la habitación, solo con la tanga y la bata negra semi-abierta. Antes de que se fuera, él la agarró de la cintura, la empujó contra la pared del pasillo y la besó con ganas. Un beso largo, sucio, con lengua, mientras le apretaba fuerte el culo con las dos manos, metiendo los dedos entre las nalgas por encima de la bata.

- Te veo mañana, puta - le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo. - Estate preparada porque te voy a coger en la cocina apenas llegue. -

Albere sonrió contra su boca, devolviéndole el beso con la misma intensidad, y le agarró la pija por encima del pantalón una última vez.

- Te voy a estar esperando con ganas. Andá tranquilo. Mañana soy toda tuya otra vez. -

Lucas le dio una última nalgada, abrió la puerta principal y se fue. Albere cerró detrás suyo, se apoyó contra la puerta un momento, tocándose la concha por encima del tanga mojado, y sonrió satisfecha.

La historia de Albere y Lucas no terminaba ahí. Apenas empezaba.

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