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El primer mensaje

Carlos estaba sentado en el sofá de su apartamento, con una copa de whisky en la mano, cuando su teléfono vibró. Era tarde, casi medianoche. El nombre en la pantalla lo hizo fruncir el ceño: Ahijada ❤️
Lucía tenía veinte años recién cumplidos. La había visto crecer desde que era una niña, hija de su mejor amigo. Siempre la había tratado como a una sobrina, con cariño protector. Pero en los últimos meses algo había cambiado. Ella lo miraba diferente. Le escribía más. Y esa noche, sin previo aviso, le envió una foto.
Carlos abrió el chat.
La imagen lo dejó sin aliento.
Era Lucía, completamente desnuda, de espaldas a la cámara pero girando el rostro hacia él con una sonrisa traviesa y juguetona. Su larga melena castaño-rojiza caía en ondas salvajes sobre sus hombros y espalda. Tenía los ojos azules brillantes, casi desafiantes, y los labios entreabiertos mostrando una dentadura perfecta. Sus pechos grandes y firmes se veían de lado, pesados y redondos, con los pezones endurecidos por el aire fresco de la habitación. La curva de su cintura era pronunciada, y sus caderas anchas daban paso a un culo redondo, carnoso y perfecto que ocupaba gran parte de la foto. Estaba ligeramente inclinada, una mano descansando sobre su nalga, como invitándolo a tocar.
Debajo de la foto, solo escribió:
Lucía: Padrino… ¿te gusta lo que ves? Llevo semanas pensando en ti.
Carlos sintió cómo su polla se endurecía al instante dentro del pantalón. Tragó saliva. Sabía que estaba mal. Era su ahijada. Pero la imagen era demasiado tentadora. Demasiado real.
Carlos: Lucía… ¿qué estás haciendo? Eres mi ahijada.
Lucía: Ya no soy una niña, padrino. Quiero que me mires como a una mujer.
Pasaron unos minutos. Luego llegó otra foto.
Esta vez estaba más cerca, de tres cuartos, con una mano cubriéndose apenas un pezón mientras la otra bajaba por su vientre plano hacia su sexo depilado. Sus ojos miraban directamente a la cámara con deseo descarado.
Lucía: Estoy mojada solo de imaginar que me estás mirando…
Carlos ya no pudo resistirse. Su mano bajó hasta su entrepierna y empezó a acariciarse lentamente mientras respondía.
Carlos: Eres una puta tentación, Lucía. No deberías enviarme esto… pero joder, estás increíble.
La respuesta no tardó en llegar. Esta vez era un video corto. Lucía estaba de espaldas a la cámara, moviendo las caderas en círculos lentos, haciendo que su culo se bamboleara hipnóticamente. Luego giró, dejando que sus tetas rebotaran con el movimiento, y se mordió el labio inferior.
Lucía: Quiero que me folles, padrino. Quiero que vengas a casa cuando mis padres no estén y me uses como la zorra que soy para ti.
Carlos se masturbaba con fuerza ahora, respirando agitado. La culpa se mezclaba con un deseo salvaje que llevaba años reprimido. Recordaba las veces que la había visto en bikini en las piscinas familiares, cómo su cuerpo había madurado. Y ahora estaba ahí, desnuda, ofreciéndose.
Carlos: Mándame una más. Quiero verte abierta para mí.
Lucía obedeció al instante. La siguiente foto era aún más explícita: sentada en el borde de la cama con las piernas abiertas, dos dedos separando sus labios vaginales rosados y brillantes de excitación. Su clítoris hinchado y su mirada cargada de lujuria.
Lucía: Estoy esperando tus órdenes, padrino. Dime qué quieres que haga… o ven y hazlo tú mismo.
Carlos gimió su nombre mientras se corría con fuerza, manchando su mano y su abdomen. Pero sabía que eso no sería suficiente.
Carlos: Mañana por la noche. Tus padres salen de viaje. Te voy a follar hasta que no puedas caminar, ahijada.
Lucía: Por fin… Llevo tanto tiempo esperando que me hagas tuya
El primer mensaje

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