
Capítulo 3: Exposición Indecente
Sí, tenía otros estudiantes.Adultos, profesionales, jóvenes universitarios. Tenía mujeres también, algunasatractivas, pero durante toda la semana mi mente fue un proyector descompuestoque repetía una sola imagen en bucle: Casidy. La puta suerte que había tenidode que esa hembra monumental apareciera por mi puerta me carcomía. Me la pasabaimaginando cosas con ella mientras explicaba el verbo to be a tipos decincuenta años. Mi mente se dejaba ir, fantaseando con arrancarle esas calzascon los dientes y enterrarme en ella sobre la mesa del comedor.
La calentura me nubló el juicio.Así que el lunes por la noche, tirado en mi cama, con la pija medio dura solode recordarla, me atreví a dejarle un mensaje.
Me sentí como un reverendoestúpido mientras tecleaba, borrando y volviendo a escribir:
«Hola, mi alumna favorita!Recuerda practicar esto y lo otro. ¿Recuerdas que me dijiste que podías venirlos días de semana por la noche? Pues tengo libre el viernes a las 7:00 pm,¿qué dices?»
Envié el mensaje y tiré elcelular sobre el colchón.
¿Por qué mierda hice eso? En algún punto entre elroce del sábado y esa noche, mi cerebro había dejado de racionar para empezar acometer estupideces de adolescente alzado. Sabía que no iba a responder, opeor, que me dejaría en visto y arruinaría la dinámica.
Sin embargo, no pude dejar demirar la pantalla iluminada en la oscuridad como un pelotudo. Para mi sorpresa,el aparato vibró a los pocos minutos.
Ella respondió con su maldita energía desiempre, esa que casi podía escuchar rebotando en mi habitación:
«Holaaa profe!!! 🌟¿Soy su alumna favorita?? Siii me alegra mucho oír eso, pero no entiendo,entonces ya no iría el sábado? 🥺🥺»
Me quedé tildado. No supe quécarajo responder al principio. La verdad cruda era que la quería en midepartamento cuanto antes, desnuda de ser posible, pero su pregunta eracompletamente lógica. Acomodé el bulto en mis calzoncillos y escribí la mentiramás manipuladora que se me ocurrió.
«No te preocupes Casy, será elviernes a las 7:00 pm y el sábado de 10 a 12 am. Y lo mejor de todo es que tepuedo hacer un descuento en la clase del viernes, te dejo la sesión a mitad deprecio. ¿Quieres el descuento?»
Ella respondió casi al instante:
«Siiii profe claro que quiero eldescuento 😍 y está bien porque una clase a la semana seme está haciendo muy larga, ¿y si me olvido? jijiji 🙈»
Le respondí que precisamente poreso debíamos tener más sesiones. Me sentí un imbécil, un descarado manipulador,pero sus respuestas rápidas y juguetonas me estaban dando luz verde. O almenos, eso era lo que mi verga hambrienta quería creer.
Le dije que despuéspodíamos arreglar los detalles de los horarios... y ahí se acabó. Me dejó envisto. No respondió más.
Me molestó de una formairracional. Mierda, me respondés al instante y después desaparecés...Supongo que así son las pendejas de hoy en día, me lamenté, apagando elvelador, con las bolas azules y la mente a mil por hora.
[Viernes, 19:00 PM]
Llegó el viernes. El timbre sonópuntual. Abrí la puerta y, por una fracción de segundo, la decepción me golpeóel estómago. Apareció con un pantalón jean bastante ajustadito y una blusarosada. Pero encima traía una camperita entallada y cerrada que ocultaba porcompleto sus ricas tetas. Pensé: Bueno, hoy solo vino a estudiar.
Pero la desilusión me duró lo quetardó en darse la vuelta para entrar al departamento.
La puta madre que me reparió.

Le vi el culazo nuevamente. Laforma en que ese jean azul se apretaba contra su trasero era un milagro de laingeniería textil.
La tela gruesa se estiraba al máximo, delineando cada curvade esas dos nalgas inmensas, metiéndose en la raya con cada paso, dándole unaforma de corazón tan perfecta y carnosa que casi lloro. No sé cómo me contuvepara no levantar la mano y darle una nalgada sonada ahí mismo, para ver cómorebotaba esa carne bajo el denim.
Pasó y se fue directo al sillónde dos cuerpos.
—¿Qué tal Santi, cómo has estado?—me preguntó, acomodándose.
Me sorprendió que mantuviera lainformalidad. Le respondí genuinamente, contándole cómo me iba con las clases,que a veces hay días buenos y otros donde los alumnos abandonan el curso sindecir nada. Aproveché para señalarle con el dedo índice, haciéndome elestricto.
—Y ni se te ocurra hacerme eso amí, eh.
Ella soltó una carcajadacristalina, echando la cabeza hacia atrás. —No, no, profe, a mí me gustan estasclases...
Conversamos un rato más,perdiendo tiempo valioso de la sesión, pero me importaba un carajo el inglés.Solo quería escucharla, oler ese perfume dulzón a vainilla que ya inundaba miliving. Pero finalmente, era momento de empezar. Le enseñé lo planeado para lasemana, atacando las debilidades que había notado. Ella, siempre con unasonrisa, le ponía ganas.
Cerca de las 20:40, casi alterminar, tocó hacer el test de refuerzo. Le di nuevamente las hojas depráctica.
—Otra prueba, profe? Quémalito... —frunció el ceño, haciendo un puchero que me mandó sangre directo ala entrepierna.
Me reí, tratando de sonar casual.—Es una buena forma de fijar lo que vimos. No te preocupes... si hay quereforzar algo o necesitas una mayor explicación, lo podemos hacer. Vostranquila.
Ella suspiró aliviada por mi tonocálido y bajó la cabeza para empezar su test sobre la mesita.
Todo estaba tranquilo. Hasta que,al poco tiempo, me llamó.
Misma situación que el sábadoanterior. Ella sentada en la mesa, yo de pie a su costado, inclinado sobreella. Me había prometido a mí mismo esa mañana, mientras me afeitaba, que nohabría más estupideces. Me contuve al principio. Pero ella me llamaba mucho.Tenía demasiadas dudas, se trababa en cosas simples.
Entonces, el veneno de laracionalización empezó a hacer efecto en mi cerebro: O de verdad no aprendióun carajo, o se está haciendo la pendeja para que se la arrime como la otravez.
Mi pija, ya gruesa y latiendocontra el cierre de mi pantalón, tomó el control absoluto de mi mente y decretóque el segundo pensamiento era el correcto. Mi corazón empezó a acelerarse a unritmo peligroso. Pum, pum, pum.
Poco a poco, simulando buscar unmejor ángulo para leer, me fui apegando a ella. Mi pelvis acortó los milímetrosde distancia hasta que mi pija, dura como un bate forrado en jean, rozó lamanga de su blusa. Esta vez no era sobre su piel desnuda, pero igual la sentía.Sentía el calor de su brazo transfiriéndose a través de la tela hacia mi glandeapretado.
Y, tal como el sábado, ella nodijo nada.
Le terminaba de explicar,arrastrando las palabras, y me separaba apenas. Pero a los dos minutos, mellamaba de nuevo. Más dudas. Mierda, le está gustando, pensé, convencidoen mi neblina de lujuria de que me llamaba expresamente para sentir mi pijaotra vez.
Así que fui más descarado. Empecéa darle punteaditas lentas en el brazo. Pequeños empujes de cadera, frotando lacabeza de mi verga contra ella. Sentía cómo la punta de mi calzoncillo y latela áspera de mi jean ya estaban empapadas de líquido preseminal, una manchafría que contrastaba con el fuego que me consumía. Noté que la respiración deCasidy se había empezado a acelerar. Su pecho subía y bajaba más rápido bajo lacamperita. Le costaba mantener su voz risueña de siempre.
¿Le gusta? Mierda, si no dicenada ni se aleja, claro que le gusta. Quiere que me la coja acá mismo.
Me estaba frotando con estemujerón de lo lindo, perdiendo por completo el contacto con la realidad. Elsonido de su respiración, el calor de su brazo, el olor a vainilla... todo meembriagó. Mi mente, completamente ida por la excitación visceral, me forzó adar el paso más estúpido de mi vida.
Llevé la mano a mi bragueta. Bajéel cierre. El sonido metálico (zzzziip) me pareció ensordecedor, peroella no se movió. Con los dedos temblorosos, saqué mi pija hacia afuera. Saltócomo un resorte, roja, gruesa, latiendo furiosamente en el aire frío delliving, empapada de líquido preseminal que brillaba bajo la luz del foco.
Sin darle tiempo a mi cerebropara detener el desastre, di medio paso adelante. Y le di golpecitos en elbrazo, esta vez con la carne cruda y caliente de mi pija, mientras le seguíabalbuceando algo sobre los verbos en pasado.
Mierda, qué rico se sentía.La suavidad de su ropa contra mi glande supersensible era una gloria.
Todo el universo se detuvo cuandoella sintió la diferencia de textura. Su brazo se quedó rígido. Lentamente,Casidy volteó la cabeza para ver qué era eso tan caliente y húmedo que leestaba golpeando el hombro.
Sus ojos marrones bajaron. Y viomi pija, erecta, asquerosa y completamente dura, asomando obscenamente por labragueta de mi pantalón, a centímetros de su cara.
Su expresión pasó de la confusióna la sorpresa pura, y en un microsegundo, a una indignación teñida de asco yterror. El color desapareció de su rostro.
—¡¡PROFESOR!! ¡¿Qué hace?!—gritó. Su voz, antes dulce, ahora era un chillido afilado que me cortó laborrachera de lujuria de un hachazo.
Mierda. El balde de aguafría me cayó encima. El pánico me cerró la garganta.
Agarré mi pija, que de repenteparecía quemarme la mano, y me la guardé torpemente, subiendo el cierre contanta prisa que casi me pellizco la piel.
—Perdón... perdón, Casidy, es queyo... —balbuceé, retrocediendo, tropezando con mis propios pies.
Ella se puso de pie de un salto,los ojos llenos de lágrimas de furia. —¡Yo no vine aquí para esto! ¡Es usted unpervertido enfermo! ¡Me voy!
No esperó explicaciones. Agarrósu agenda de apuntes de la mesa con un manotazo, se colgó la cartera del hombroy salió disparada hacia el pasillo. La vi correr hacia la salida, un relámpagode jean ajustado huyendo de mí.
Abrió la puerta principal y saliócomo un rayo.
¡BLAAAM!
El portazo hizo temblar losvidrios del living.
El eco del golpe se desvaneció,dejándome solo en medio del departamento. Mis rodillas cedieron y me dejé caeren una silla, agarrándome la cabeza con ambas manos.
¿Qué mierda acabo de hacer?me lamenté, un gemido ronco saliendo de mi pecho. Carajo, todo estaba biensolo con los roces, sacarme la pija fue demasiado... me pasé de la raya, fui unenfermo de mierda.
El corazón me latía con unataquicardia dolorosa. Desesperado, agarré el celular de la mesa con las manosempapadas en sudor frío. Abrí WhatsApp, mis pulgares temblando tanto que apenasatinaba a las letras.
«Casidy por favor perdoname. Telo ruego, no sé qué me pasó, fue un error terrible, no era mi intenciónfaltarte el respeto así, te lo juro.»
Enviado. Doble check gris. Doblecheck azul. Visto.
Esperé un minuto. Dos minutos.Ninguna respuesta. Le escribí otro mensaje, más patético, rogándole que no medenunciara, que podíamos hablarlo.
Visto.
Tiré el teléfono contra el sofá yme cubrí la cara, sintiendo cómo el estómago se me revolvía por la ansiedad.Tenía la mejor oportunidad del mundo, la hembra más increíble que había pisadomi casa, y por no aguantarme las ganas de frotar mi verga contra ella, lo habíaechado absolutamente todo a perder.
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