El silencio en la sala se quebró solo por el jadeo pesado de los tres. Penélope sintió el semen de Mario, caliente y espeso, deslizándose lentamente por el interior de sus muslos, un recordatorio húmedo y pegajoso de cómo había sido usada. Su cuerpo aún temblaba, una vibración baja que no cesaba. Desde el sillón, Juan la observaba con los ojos muy abiertos, su flácida verga todavía en la mano, la piel brillante por su propia leche. Mario, plantado junto al sofá, se ajustó los pantalones que le caían hasta los tobillos y sonrió, una mueca de posesión que no se dirigía a ella, sino a Juan, como si le entregara un premio.
Fue entonces cuando Penélope se movió. Con una lentitud que contrastaba con la brutalidad de los momentos anteriores, se deslizó del sofá. Sus piernas temblaron al apoyarse en el suelo, sintiendo el frío del parqué bajo sus pies descalzos. No miró a Mario. Su mirada se clavó en la de su esposo. Avanzó hacia él gateando, arrodillándose en la alfombra frente al sillón. El aroma a sexo, a tabaco y a su propia excitación la embriagaba. Sin apartar los ojos de Juan, extendió una mano y encontró su verga a media hasta, blanda. La verga que conocía a la perfección y sabía como hacer que se endureciera en un segundo. Juan se inclinó hacia adelante, sin respirar, mientras ella subía y bajaba la mano suavemente, pero firme, por todo su miembro, que empezaba a latir de nuevo con vida ante la proximidad de ella.
Con una decisión que nacía de la más profunda sumisión, Penélope inclinó la cabeza y tomó la verga de Juan en su boca. No fue un acto tierno. Fue hambriento. Lo introdujo hasta el fondo de golpe, sintiéndolo crecer y endurecerse contra su paladar. Juan exhaló un gemido ronco, sus manos encontrando el pelo de su esposa y entrelazándose en él. Ella empezó a mover la cabeza, arriba y abajo, con un ritmo cada vez más rápido y sucio. La saliva goteaba de las comisuras de sus labios, mojando sus pelvis y sus bolas. Usaba la lengua, lamiendo la base mientras lo tenía todo dentro, aspirando con fuerza. Quería escucharlo, quería que gritara su nombre como Mario la había hecho gritar el suyo.
Justo cuando Juan estaba a punto de explotar de nuevo, una mano gruesa y callosa agarró a Penélope por el brazo y la levantó bruscamente. Era Mario.
- Ahora vamos a la habitación, puta -ordenó, y sin darle tiempo a responder, la guio fuera de la sala, dejando a Juan sentado, con la verga pulsando en el aire, mirando cómo se llevaban a su mujer.
En la habitación, Mario se tiró de espaldas en la cama, su verga ya completamente erecta y apuntando al techo.
-Ven aquí mi putita. Usa esas tetas enormes que tienes.
Penélope subió a la cama, se colocó de rodillas sobre él y, apoyando las manos en el colchón a ambos lados de su cabeza, dejó que sus pechos cayeran y rodearan su miembro. Mario gruñó de placer. Ella empezó a moverse, deslizándolos arriba y abajo, la piel caliente, suave y pesada, de sus senos masajeando cada centímetro de su verga dura. Mario la agarró por los pezones, retorciéndolos, usando sus tetas como un simple juguete para su placer.
Después de varios minutos de aquella brutal embestida, Mario la empujó a un lado. Se levantó y, con un movimiento rápido, agarró las muñecas de Penélope.
-Las manos arriba -siseó, y ató sus muñecas a la cabecera de la cama con el cuero de su propio cinturón. La dejó allí, expuesta, con los brazos inmovilizados por encima de su cabeza. Luego, se lanzó sobre ella. Primero usó su coño, todavía húmedo y lleno de su propia leche, entrando sin previo aviso y follando con la misma fuerza bruta de antes. Luego, se movió hacia arriba y le metió la verga en la boca, obligándola a saborearse en él. Por último, la giró sobre la cama, la colocó a cuatro patas y, sin más lubricación que la que ya había, apuntó su verga a su culo y se hundió de una sola embestida. Penélope gritó, un grito ahogado por la almohada, mezcla de dolor y placer.
Fue en ese momento cuando Juan apareció en el umbral de la puerta, con los pantalones todavía bajados y su verga en la mano. Mario lo miró y asintió, una invitación silenciosa. Juan subió a la cama, se arrodilló frente a la cara de Penélope y, sin una palabra, le metió su verga en la boca. Estaba atrapada. Mario la destrozaba por el culo con embestidas tan profundas que sus enormes tetas rebotaban salvajemente, golpeándose una contra la otra, mientras Juan la llenaba la garganta hasta hacerla dar arcadas.
-Así, así, puta -la insultó Juan, su voz cargada de un deseo que nunca le había escuchado-. Trágatela toda, pedazo de zorra -El doble uso era abrumador, una oleada de dolor y placer que la dejaba sin aliento.
Mario aceleró su ritmo, sus caderas golpeando las nalgas de Penélope con un sonido húmedo y violento. Sintió cómo el orgasmo se acumulaba en sus entrañas.
- ¿Dónde quieres la leche, zorra? -preguntó, la voz tensa por el esfuerzo-. Dime dónde.
Entre arcadas y gemidos, Penélope logró articular una respuesta:
-En las tetas... cúbrelas.
Mario soltó un rugido y se retiró en el último segundo, corriendo sobre sus pechos, un chorro espeso y caliente que salpicó su piel y su cuello. Casi al mismo tiempo, Juan sintió la contracción en sus bolas.
-Y tú, Juan? -susurró ella, mirándolo con los ojos llorosos por el esfuerzo- ¿Dónde?
-En tu boca -jadeó él-. Quiero que te la tragues toda, hasta la última gota, puta de mierda.
Penélope abrió la boca y Juan se corrió dentro, llenándola hasta que se derramó por sus labios. Nunca en la vida había eyaculado tanta cantidad. Por lo menos 10 choros abundantes de leche espesa y caliente que su esposa saboréo como una verdadera puta. La dejó allí, atada a la cama, goteando semen por ambos lados, marcada, usada y completamente entregada...
Fue entonces cuando Penélope se movió. Con una lentitud que contrastaba con la brutalidad de los momentos anteriores, se deslizó del sofá. Sus piernas temblaron al apoyarse en el suelo, sintiendo el frío del parqué bajo sus pies descalzos. No miró a Mario. Su mirada se clavó en la de su esposo. Avanzó hacia él gateando, arrodillándose en la alfombra frente al sillón. El aroma a sexo, a tabaco y a su propia excitación la embriagaba. Sin apartar los ojos de Juan, extendió una mano y encontró su verga a media hasta, blanda. La verga que conocía a la perfección y sabía como hacer que se endureciera en un segundo. Juan se inclinó hacia adelante, sin respirar, mientras ella subía y bajaba la mano suavemente, pero firme, por todo su miembro, que empezaba a latir de nuevo con vida ante la proximidad de ella.
Con una decisión que nacía de la más profunda sumisión, Penélope inclinó la cabeza y tomó la verga de Juan en su boca. No fue un acto tierno. Fue hambriento. Lo introdujo hasta el fondo de golpe, sintiéndolo crecer y endurecerse contra su paladar. Juan exhaló un gemido ronco, sus manos encontrando el pelo de su esposa y entrelazándose en él. Ella empezó a mover la cabeza, arriba y abajo, con un ritmo cada vez más rápido y sucio. La saliva goteaba de las comisuras de sus labios, mojando sus pelvis y sus bolas. Usaba la lengua, lamiendo la base mientras lo tenía todo dentro, aspirando con fuerza. Quería escucharlo, quería que gritara su nombre como Mario la había hecho gritar el suyo.
Justo cuando Juan estaba a punto de explotar de nuevo, una mano gruesa y callosa agarró a Penélope por el brazo y la levantó bruscamente. Era Mario.
- Ahora vamos a la habitación, puta -ordenó, y sin darle tiempo a responder, la guio fuera de la sala, dejando a Juan sentado, con la verga pulsando en el aire, mirando cómo se llevaban a su mujer.
En la habitación, Mario se tiró de espaldas en la cama, su verga ya completamente erecta y apuntando al techo.
-Ven aquí mi putita. Usa esas tetas enormes que tienes.
Penélope subió a la cama, se colocó de rodillas sobre él y, apoyando las manos en el colchón a ambos lados de su cabeza, dejó que sus pechos cayeran y rodearan su miembro. Mario gruñó de placer. Ella empezó a moverse, deslizándolos arriba y abajo, la piel caliente, suave y pesada, de sus senos masajeando cada centímetro de su verga dura. Mario la agarró por los pezones, retorciéndolos, usando sus tetas como un simple juguete para su placer.
Después de varios minutos de aquella brutal embestida, Mario la empujó a un lado. Se levantó y, con un movimiento rápido, agarró las muñecas de Penélope.
-Las manos arriba -siseó, y ató sus muñecas a la cabecera de la cama con el cuero de su propio cinturón. La dejó allí, expuesta, con los brazos inmovilizados por encima de su cabeza. Luego, se lanzó sobre ella. Primero usó su coño, todavía húmedo y lleno de su propia leche, entrando sin previo aviso y follando con la misma fuerza bruta de antes. Luego, se movió hacia arriba y le metió la verga en la boca, obligándola a saborearse en él. Por último, la giró sobre la cama, la colocó a cuatro patas y, sin más lubricación que la que ya había, apuntó su verga a su culo y se hundió de una sola embestida. Penélope gritó, un grito ahogado por la almohada, mezcla de dolor y placer.
Fue en ese momento cuando Juan apareció en el umbral de la puerta, con los pantalones todavía bajados y su verga en la mano. Mario lo miró y asintió, una invitación silenciosa. Juan subió a la cama, se arrodilló frente a la cara de Penélope y, sin una palabra, le metió su verga en la boca. Estaba atrapada. Mario la destrozaba por el culo con embestidas tan profundas que sus enormes tetas rebotaban salvajemente, golpeándose una contra la otra, mientras Juan la llenaba la garganta hasta hacerla dar arcadas.
-Así, así, puta -la insultó Juan, su voz cargada de un deseo que nunca le había escuchado-. Trágatela toda, pedazo de zorra -El doble uso era abrumador, una oleada de dolor y placer que la dejaba sin aliento.
Mario aceleró su ritmo, sus caderas golpeando las nalgas de Penélope con un sonido húmedo y violento. Sintió cómo el orgasmo se acumulaba en sus entrañas.
- ¿Dónde quieres la leche, zorra? -preguntó, la voz tensa por el esfuerzo-. Dime dónde.
Entre arcadas y gemidos, Penélope logró articular una respuesta:
-En las tetas... cúbrelas.
Mario soltó un rugido y se retiró en el último segundo, corriendo sobre sus pechos, un chorro espeso y caliente que salpicó su piel y su cuello. Casi al mismo tiempo, Juan sintió la contracción en sus bolas.
-Y tú, Juan? -susurró ella, mirándolo con los ojos llorosos por el esfuerzo- ¿Dónde?
-En tu boca -jadeó él-. Quiero que te la tragues toda, hasta la última gota, puta de mierda.
Penélope abrió la boca y Juan se corrió dentro, llenándola hasta que se derramó por sus labios. Nunca en la vida había eyaculado tanta cantidad. Por lo menos 10 choros abundantes de leche espesa y caliente que su esposa saboréo como una verdadera puta. La dejó allí, atada a la cama, goteando semen por ambos lados, marcada, usada y completamente entregada...
0 comentarios - El viejo encargado: Parte 2