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El viejo encargado: Parte 1

uan y Penélope llevaban diez años casados. Él, cuarenta y cinco, cuerpo normal pero bien mantenido, con el cabello todavía castaño y las manos firmes. Ella, cuarenta recién cumplidos, se conservaba de una manera que volvía cabezas: tetas enormes que llenaban cualquier escote, un culo considerable, redondo, que se movía con cada paso como invitando a ser agarrado. Cuando se mudaron al departamento nuevo, en un edificio viejo del centro, ella llevaba un vestido ajustado que marcaba cada curva. El encargado del edificio los recibió en la puerta.

Mario tenía sesenta años, panzón, calvo, con unos ojos pequeños y húmedos que se clavaban donde no debían. Rozaba lo desagradable: olor a tabaco viejo, camisa manchada, uñas amarillas. Pero algo en su mirada tenía peso. Una seguridad sucia, de hombre que sabe lo que quiere.

Desde el primer día, Juan lo notó. Mario miraba a Penélope como un perro mira un pedazo de carne. La seguía con los ojos cuando ella cruzaba el lobby, se le acercaba más de lo necesario cuando hablaban, y aprovechaba cualquier excusa para rozarla. Penélope lo notaba también, pero no decía nada. Solo se acomodaba el vestido y apretaba el paso.

Con las semanas, Juan no pudo más. Una tarde bajó a la conserjería y lo confrontó. Le dijo que dejara de mirar a su esposa. Mario lo escuchó en silencio, con los brazos cruzados sobre la panza, y luego soltó una risa seca.

—No puedo —dijo—. Tu mujer me la quiero coger. Me la quiero coger como una puta.

Juan se quedó quieto. La frase le golpeó el estómago, pero no de rabia. Algo más caliente le subió por el pecho. Se miraron en silencio. Mario no se retractó. Juan tragó saliva.

—¿Cómo? —preguntó.

Y así, entre los dos, urdieron un plan. Mario sería paciente. Aparecería en los momentos justos, diría las palabras correctas, la miraría de la manera que la hiciera dudar. Juan facilitaría los encuentros. Y poco a poco, sin que ella lo supiera, la irían calentando.

Pasaron semanas. Mario empezó a saludarla con más confianza, a decirle comentarios atrevidos que ella al principio rechazaba con una risa nerviosa, luego con menos fuerza. Un día le rozó la cintura al ayudarla con las bolsas. Otro le dijo que estaba hermosa, sin más, mirándole las tetas directamente. Penélope se sonrojó pero no se alejó. Juan lo veía todo, y cada noche, en la cama, pensaba en eso mientras penetraba a su mujer con una urgencia que ella no entendía.

Una noche, todo se aceleró.

Volvían de una cena. Habían bebido bastante. Penélope llevaba un vestido negro corto, sin tirantes, que dejaba sus tetas casi al aire y le marcaba el culo con cada paso. Subieron al ascensor. En el tercer piso, las puertas se abrieron y entró Mario.

Los miró. A ella, sobre todo. Se le iluminaron los ojos.

—Buenas noches —dijo, y se colocó detrás de Penélope.

Las puertas se cerraron. El ascensor olía a alcohol y a ese perfume barato que Mario usaba. Juan estaba al fondo, mirando. Mario no perdió tiempo. Puso una mano en la cintura de Penélope. Ella se tensó pero no dijo nada. La mano subió por la espalda, despacio, hasta el cierre del vestido.

—Mario... —murmuró ella.

—Cállate —le dijo al oído—. Sabes que esto iba a pasar.

La otra mano le agarró una teta por fuera del vestido. Penélope soltó un quejido. Mario apretó fuerte, hundiendo los dedos en la carne blanda, y le mordió el cuello. Ella se arqueó. Él le metió la mano por el escote y le sacó una teta, le pellizcó el pezón hasta que ella gimió alto.

—Mirá estas tetas —dijo Mario—. Cada vez que pasás por el lobby me las haces ver. Te gusta que te miren, ¿no? Puta.

Penélope cerró los ojos. La mano de Mario bajó del vestido, se metió por debajo, y le tocó el coño por encima del calzón. Estaba mojado. Él se rio.

—Ya estás empapada. Tu marido te trajo así para que te coja otro, ¿verdad?

Juan no dijo nada. Solo miraba, con la verga dura palpitando dentro del pantalón.

Mario le corrió el calzón y le metió dos dedos dentro. Penélope abrió la boca, jadeó. Los dedos entraron y salieron, haciendo ruido de líquido. Ella se apoyó en la pared del ascensor, las piernas flojas. Él la manoseaba sin prisa, tocándole el clítoris, metiendo y sacando los dedos, mientras le lamía el cuello y le decía al oído:

—Voy a hacerte gritar. Voy a metértelo todo y vas a tomarlo como la puta que eres.

Las puertas del ascensor se abrieron en su piso. Los tres salieron. Juan abrió la puerta del departamento con manos que temblaban. Penélope entró tambaleándose, con una teta fuera del vestido y los muslos brillando de humedad. Mario la siguió, cerró la puerta, y la empujó contra la pared del pasillo.

Le levantó el vestido hasta la cintura. Le bajó el calzón de un tirón. Penélope no opuso resistencia. Tenía la mirada vidriosa, los labios abiertos, respirando por la boca. Mario se bajó el pantalón. Su verga era gruesa, oscura, con vello gris en la base. La apoyó contra el coño de ella y empujó.

Penélope gritó. Mario le tapó la boca con una mano y la cogió contra la pared. Cada embestida hacía que sus tetas saltaran, que el culo de ella se aplastara contra su panza. Juan se sentó en el sillón del living y se bajó el pantalón. Se agarró la verga y empezó a pajearse mirando.

Mario la cogía sin delicadeza. Le agarraba las tetas, le manoseaba el culo, le metía la lengua en la boca. Penélope gorgoteaba, con la mano de él todavía en la boca, los ojos en blanco.

—Así —decía Mario—. Tomalo todo. Eres mi puta ahora.

La llevó al sofá. La puso a cuatro patas. Le escupió el agujero y le metió el dedo en el culo. Penélope soltó un gemido largo, roto. Mario le agarró las caderas y la penetró de nuevo, esta vez más fuerte, más fondo. El sonido de carne contra carne llenaba el departamento. Ella se agarraba al respaldo del sofá, las tetas colgando y moviéndose con cada golpe.

—Di que eres mi puta —le ordenó Mario.

—Soy tu puta —gritó Penélope.

Juan se pajeaba más rápido. La verga le palpitaba, le dolía de tan dura. Ver a su mujer, esa mujer que dormía a su lado desde hacía diez años, ser cogida por ese viejo panzón y calvo, ser usada como una puta en celo, lo tenía al borde.

Mario la cogió más rápido. Le agarró el pelo y le echó la cabeza hacia atrás.

—Me voy a venir adentro —le dijo—. Te voy a llenar.

Penélope gimió. Su cuerpo se tensó, tembló, y se vino gritando, con el coño apretando la verga de Mario. Él gruñó, le clavó las uñas en las caderas, y se vació dentro de ella. Se quedó quieto, bombeando, llenándola. Cuando salió, el semen le escurrió por los muslos.

Juan se corrió en ese momento, sin tocarse más, solo de verlo.

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