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El entierro del abuelo (y el mío?)

Holaaa Poringueros y Poringueros. 3er relato, todo real sin chuku. Donde usaré esta página como diario íntimo sexual.
Les juro que nunca pensé que iba a pasar. O sea, siempre hubo un bardo entre nosotros, mi prima y yo. Ella tenía veinte, yo veintinueve, y desde pendejos había una onda rara, de esas miradas que se cruzan en los asados de familia y que todos fingen no ver. Pero esto fue diferente. Esto fue una tormenta de mierda, un velorio, y una casa de abuela que se caía a pedazos. El abuelo había palmado el jueves. Un infarto al pedo, mientras miraba el noticiero. La abuela, viejita y seca como una pasa, no paraba de llorar en la cocina, y todos los primos estábamos ahí, haciendo la plancha, sin saber bien qué hacer. Yo había viajado desde Capital, ella desde La Plata. Nos encontramos en el velorio, nos dimos un abrazo que duró un segundo de más, y sentí su olor a shampoo barato mezclado con el olor a flores podridas del cajón. El sábado a la noche, después del entierro, la casa quedó vacía. Los otros primos se fueron rajando, cada uno a su vida, a sus laburos, a sus novias. Mi viejo se había vuelto temprano porque laburaba al otro día. La abuela se fue a dormir a las nueve, con un té de tilo y un Valium. Nos quedamos solos, mi prima y yo, en el living de la casa, con la tele prendida en un canal de noticias que nadie miraba. Afuera, el viento empezó a soplar fuerte. Se escuchaban los árboles del fondo que se quebraban, y de repente un trueno partió el cielo. Ella pegó un salto en el sillón. —Che, qué feo está—dijo, con los ojos grandes, agarrándose las rodillas. —Sí, está bravo—le contesté, y me reí para mis adentros porque la vi temblar como un flan. —No quiero dormir sola—dijo al rato, en voz baja, casi susurrando. —Me da cosa. El abuelo... no sé, me da cosa. Yo me quedé callado. Sabía que eso iba a pasar. Lo había sentido en el aire desde que llegué. Le dije que no se preocupe, que yo me quedaba en la pieza de al lado, que cualquier cosa me llame. Pero ella me miró con esos ojos, y yo sabía que no iba a llamarme. —Dale, quedate acá—me dijo. —En la cama de al lado. No quiero estar sola. La pieza de huéspedes era un cuarto chico, con una cama de una plaza y un placard que olía a naftalina. Ella se fue a cambiar al baño y volvió con un short de jean bien cortito y una remera blanca, sin corpiño.
El entierro del abuelo (y el mío?)


Se le marcaban las tetas, dos bultos redondos que se movían cuando caminaba. Yo me saqué la remera y me quedé en boxer. No era casualidad. Sabía que ella iba a mirar. Apagamos la luz. La tormenta seguía, los relámpagos iluminaban la pieza como si fuera de día. Ella estaba en la cama de al lado, pero a los diez minutos escuché que se daba vuelta. —¿Estás despierto?—preguntó. —Sí—dije yo, con la voz ronca. —¿Puedo ir ahí? Me da cosa. —Dale, vení. Se metió en mi cama, y sentí su cuerpo frío, su piel de gallina. Se pegó a mí, y yo puse el brazo alrededor de su cintura. Estaba temblando. Le acaricié la espalda, le dije que no tenga miedo, que era solo la tormenta. Ella se relajó un poco, pero yo no. Tenía la pija dura como una piedra, apretada contra el elástico del boxer. Empecé a hacer el boludo. Primero le toqué el brazo, después la cadera, como sin querer. Ella no se movió. Entonces bajé la mano hasta el short, y le toqué el borde del elástico. Ella respiró hondo, pero no dijo nada. Seguí, despacio, pasando los dedos por la tela del short, sintiendo el calor de su entrepierna. —Che...—dijo ella, pero no terminó la frase. —¿Qué?—pregunté yo, con la mano quieta. —No sé...—dijo, y se rió nerviosa. Yo seguí. Metí la mano por dentro del short, y sentí su cola, firme, redonda, sin ropa interior. Ella abrió un poco las piernas, y yo aproveché. Le toqué la concha, suave, sintiendo los pelos, la humedad. Estaba mojada. Mojadísima. —¿Qué hacés?—preguntó, pero su voz no era de enojo. —Nada—dije yo—. Tranqui. Ella se quedó quieta, y yo seguí tocándola, despacio, con la punta de los dedos, abriendo los labios, sintiendo el clítoris, duro, chiquito. Ella empezó a respirar más fuerte, y yo le metí un dedo, después dos. Estaba caliente, apretada. Ella se movió un poco, empujando contra mi mano. —Dale—le dije al oído. —Hacéme un pete. Ella no dijo nada. Se dio vuelta, se metió abajo de las sábanas, y me bajó el boxer.
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Sentí su boca, húmeda, caliente, envolviéndome la pija. Me la chupaba como si supiera exactamente lo que estaba haciendo, con ganas, con hambre. Me pasaba la lengua por la cabeza, por el tronco, y después se la metía toda en la boca, hasta que sentía que me llegaba al fondo de la garganta. Yo le agarraba la cabeza, le guiaba el ritmo. Ella no se quejaba, no paraba. Escuchaba los ruidos, los chupeteos, los gemidos que hacía cuando se atragantaba un poco. La tormenta seguía afuera, pero adentro de la pieza no se escuchaba nada más que eso. Terminé en su boca, un chorro largo, caliente. Ella lo tragó todo, sin sacarse, sin dejar de chupar hasta que me quedé vacío. Después se subió, me miró con los ojos brillantes, y se rió. —No se lo digas a nadie—dijo. —Obvio—le contesté yo. Y me dormí como un tronco, mientras la tormenta se alejaba y ella se pegaba a mí, caliente, sudada, dormida.
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