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Presentando a mi novia

Presentando a mi novia
 
Me llamo Leo, tengo 19 años, y esa noche estaba emocionado por presentara mi novia Caro a mis amigos. Ella tiene 18, es una bomba: pelo negro largo, ojos verdes que te hipnotizan, y un cuerpo que parece esculpido para volver loco a cualquiera. Llevábamos saliendo unos meses, y pensé que una cena con mis tres mejores amigos —Juan, Marcos y Diego— sería perfecto. Habría comida, bebidas, risas... ¿qué podía salir mal?

Cuando Caro salió del baño lista para ir, casi me da un infarto. Llevaba un vestido rojo ajustado que apenas le cubría los muslos, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Sus tetas perfectas, redondas y firmes, se veían apretadas contra la tela, y el vestido se ceñía a su culo redondo como una segunda piel. Se había maquillado con labios rojos intensos y tacones altos que hacían que sus piernas parecieran interminables. Me incomodé al instante; sentía un nudo en el estómago, como si estuviera exponiendo algo mío al mundo. Pero no le dije nada. No quería ser el novio celoso y controlador. "Te ves increíble", le dije, forzando una sonrisa, mientras mi verga se endurecía solo de mirarla.

Llegamos al departamento de Juan, y en cuanto abrimos la puerta, el silencio fue ensordecedor. Mis amigos se quedaron embobados, con las bocas entreabiertas. Juan, el más alto y musculoso, dejó caer la cerveza que tenía en la mano. Marcos, el bromista del grupo, soltó un silbido bajo. Diego, el más callado pero con una mirada penetrante, no podía quitarle los ojos de encima. "¡Apa, Leo! ¿De dónde sacaste a esta diosa?", dijo Juan, recuperándose y dándole un abrazo que duró un segundo de más, rozando su mano por su espalda. Caro rio, coqueta, y les devolvió los halagos. "Gracias, chicos. Leo me habló mucho de ustedes, tenía ganas de conocerlos."

La noche empezó genial. Cenamos pizza y asado que Juan había preparado, con botellas de vino y cerveza fluyendo como agua. Caro se integró rápido; reía con sus chistes, les preguntaba sobre sus vidas, y ellos... bueno, ellos no paraban de halagarla. "Caro, eres la chica más guapa que he visto en mi vida", dijo Marcos, guiñándole un ojo mientras le servía más vino. "Sí, y ese vestido... mierda, te queda de muerte", agregó Diego, mirándola de arriba abajo sin disimulo. Juan fue más directo: "Leo es un suertudo. Si no fueras su novia, te invitaría a salir ya mismo." Yo sonreía, pero por dentro me hervía. Sentía sus miradas devorándola, imaginando lo que había debajo de ese vestido. Pero seguí bebiendo, tratando de ignorarlo.

Después de la cena, pasamos a los juegos. Primero, un poco de cartas, luego charadas que terminaron en risas histéricas. Caro se movía con gracia, bailando un poco cuando ganaba, y cada vez que se inclinaba, el vestido subía un poquito más, mostrando el borde de su bombachita negra de encaje. Mis amigos no perdían detalle. Bebíamos más, el alcohol nos soltaba la lengua, y pronto la conversación viró a lo picante. Empezó como un juego: "Verdad o reto", pero sin retos, solo verdades sucias para romper el hielo.

Juan inició: "¿Cuál es la cosa más loca que has hecho en la cama?" Marcos contó una anécdota con una ex, Diego admitió que le gustaba el sexo anal. Yo intenté ser vago, pero Caro... mierda, Caro estaba en modo juguetón. Cuando le tocó, se mordió el labio y miró a todos con picardía." Bueno, chicos... la verdad es que Leo es genial en todo, pero... no la tiene muy grande. Digamos que es... compacta." Soltó una risita, y el silencio duró un segundo antes de que estallaran las carcajadas. Juan se atragantó con su cerveza, Marcos aplaudió, y Diego sonrió con una mirada depredadora. "¡No jodas! ¿En serio, Leo? Pobre Caro, mereces más", bromeó Juan, dándome una palmada en la espalda que sonó como lástima.
Yo me quedé helado, la cara roja de vergüenza. Mi pija no es enorme, unos 13 centímetros erecta, pero nunca pensé que ella lo diría así, en público. Intenté reír, pero sonó forzado. "Es broma, chicos, no es para tanto." Pero ellos no paraban. "Che, Caro, si necesitas algo más... sustancial, aquí estamos", dijo Marcos, guiñando. Y entonces noté el cambio: sus halagos se volvieron más intensos, más tocadores. Juan se sentó más cerca de ella en el sofá, rozando su muslo con el suyo. Diego le sirvió otra copa, inclinándose para que su brazo rozara sus tetas. Caro no se apartaba; al contrario, reía y coqueteaba, mirándome de reojo como si esperara mi reacción.

El alcohol hacía lo suyo, y pronto el juego se descontroló. "Muéstranos lo que tienes, Caro", sugirió Juan en broma, pero con un tono serio debajo. Ella se levantó, giró sobre sí misma, y el vestido se levantó lo suficiente para mostrar su culo perfecto. "¡Vaya!", exclamaron. Yo estaba duro a pesar de la humillación, viendo cómo la deseaban. Entonces, Marcos se atrevió: "Leo, ¿te molesta si bailamos un poco con tu chica?" Antes de que respondiera, Caro ya estaba de pie, moviéndose al ritmo de la música que pusieron.

Lo que siguió fue una locura. Juan la tomó por la cintura, pegándose a ella por detrás, y sentí su bulto enorme presionando contra su culo. Caro jadeó, pero no se apartó. Marcos se acercó por delante, besando su cuello mientras sus manos subían por sus muslos. Diego observaba, pero pronto se unió, bajando el escote del vestido para liberar una de sus tetas, chupando el pezón rosado y duro. "Dios, Leo, mira lo que se pierde con esa pija pequeña tuya", murmuró Juan, mientras desabrochaba su pantalón y sacaba su verga: gruesa, venosa, al menos 22 centímetros, palpitando.

Caro gemía, sus ojos vidriosos por el alcohol y la excitación. "Chicos... son enormes...", susurró, arrodillándose. Tomó la de Juan con la boca primero, chupando con avidez, su lengua lamiendo la cabeza hinchada mientras saliva goteaba. Marcos se masturbaba al lado, su verga igual de monstruosa, 20 centímetros fáciles, y la metió en su mano. Diego la levantó, le quitó la bombachita y la penetró de pie, embistiendo su conchita apretada y mojada con su verga de 23 centímetros, haciendo que gritara de placer. "¡Sí, mierda, esto es lo que necesitaba!", chilló ella, mientras yo me sentaba en una esquina, tocándome mi pitito, humillado pero excitado como nunca.

La cogieron toda la noche. Juan la puso a cuatro patas en el sofá, clavándole su verga en el culo mientras ella mamaba a Marcos. Diego se turnaba, cogiendo su boca hasta que acabó en su cara, chorros calientes cubriendo sus labios. Caro gemía mi nombre a veces, pero más gritaba los suyos: "¡Más fuerte, Juan! ¡Diego, tu verga es tan grande!" Yo acabé corriéndome solo viéndolos, mi semen patético comparado con los litros que ellos le echaban dentro y fuera. Al final, exhausta y cubierta de semen, Caro se acurrucó conmigo, besándome. "Te quiero, Leo... pero a veces necesito más." Y yo no pude más que asentir, sabiendo que esa no sería la última vez.
 
Después de esa follada brutal, el departamento de Juan olía a sexo puro: sudor, semen y el aroma dulce de la conchita de Caro. Ella yacía en el sofá, exhausta pero sonriente, con el cuerpo brillante de sudor y cubierto de chorros blancos espesos de mis amigos. Su vestido rojo estaba hecho un desastre, arrugado en el suelo, y su maquillaje corrido le daba un aire de puta satisfecha. Juan, Marcos y Diego seguían duros como rocas, sus vergas enormes—todavía palpitando y goteando— colgando fuera de sus pantalones. Yo estaba en la esquina, con los pantalones bajados, mi pija pequeña ya flácida y pegajosa de mi propia corrida patética. Me sentía humillado, pero una parte retorcida de mí estaba excitada por todo eso.

Juan fue el primero en romper el silencio, con una sonrisa malvada. "Miren a Leo, chicos. El pobrecito acabó solo viéndonos coger a su novia. Pero la noche no termina, ¿verdad? Vamos a humillarlo un poco más." Caro se incorporó un poco, apoyándose en los codos, y soltó una risita traviesa. "Sí, amor... has sido un buen chico observando. Ahora ayúdame a limpiarme." Mis amigos asintieron, y antes de que pudiera protestar, Marcos me agarró del brazo y me empujó hacia ella. "Vamos, Leo. Limpia a tu chica de nuestra leche. Usa la lengua, que para algo sirves."

Me arrodillé frente a Caro, mi cara ardiendo de vergüenza. Su cuerpo era un desastre: semen en sus tetas, goteando por su vientre, y entre sus muslos, su concha hinchada y roja rezumaba una mezcla cremosa de sus acabadas. Empecé por sus pechos, lamiendo los chorros pegajosos de Juan, saboreando el salado amargo en mi lengua. Caro gemía suavemente, acariciando mi pelo. "Buen chico, Leo... lame todo. Es tu deber." Bajé por su estómago, tragando lo que podía, mientras Diego se reía. "Mira cómo lo hace, como un perrito obediente." Llegué a su concha, y la lamí con cuidado, sintiendo el sabor de sus jugos mezclados con el semen de los tres. Era humillante, pero mi pija empezó a endurecerse de nuevo, traicionándome.

No contentos con eso, Juan me detuvo. "Ahora nosotros, cornudo. Limpia nuestras pijas." Me giraron hacia ellos, y allí estaban: sus vergas monstruosas, cubiertas de una capa brillante de saliva de Caro, sus jugos y restos de semen. Juan me empujó la cabeza hacia su verga de 22 centímetros, todavía medio dura. "Lamela, Leo. Haz que brille." No tuve opción; abrí la boca y lamí la base, subiendo por el tronco venoso, tragando el sabor fuerte de su semen y la conchita de mi novia. Marcos se unió, frotando su verga de 20 centímetros contra mi cara. "No olvides las bolas, amigo." Lamí sus huevos pesados, sintiendo el olor a sexo, mientras Diego me obligaba a hacer lo mismo con la suya, la más grande de todas, empujándola contra mis labios.

Caro observaba todo, sentada ahora con las piernas abiertas, tocándose la conchita limpia. Se reía, una risa cruel y excitada que me dolía pero me ponía más cachondo. "Mierda, Leo... pareces una puta. ¿Te gusta limpiar las vergas que me cogen mejor que tú?" Mis amigos se carcajeaban, y entonces Juan decidió ir más lejos. "No solo lamer, chicos. Hagamos que chupe de verdad." Me agarraron la cabeza entre los tres, y Juan metió la cabeza de su verga en mi boca. "Chupa, cornudo. Muéstrale a Caro lo que eres." Intenté resistirme, pero Marcos me pellizcó los pezones y Diego me dio una nalgada fuerte. Abrí la boca, y empecé a chupar, sintiendo cómo se endurecía de nuevo en mi garganta. El sabor era abrumador, salado y espeso, mientras Caro se masturbaba viéndome. "¡Sí, amor! Chupa esa pija grande... la que me hizo gritar."

Se turnaron: Juan cogiéndome la boca primero, empujando hasta que me ahogaba, luego Marcos, cuya verga gruesa me estiraba los labios, y Diego, que era tan larga que llegaba al fondo de mi garganta, haciendo que lágrimas corrieran por mi cara. Caro no paraba de reír, grabándolo todo con su teléfono." Esto es para recordar, Leo. Mi novio chupando vergas de verdad." Ellos gemían, llamándome "putito" y "cornudo inútil", hasta que uno por uno acabaron de nuevo: Juan en mi boca, obligándome a tragar; Marcos en mi cara, cubriéndome de semen caliente; y Diego en mi pecho. Caí al suelo, humillado al máximo, con el sabor en la boca y el cuerpo pegajoso.

Caro se acercó, me besó con lengua, probando el semen en mis labios, y susurró: "Eres mío, Leo... pero ellos me cogen mejor. ¿Lo haremos de nuevo?" Asentí, derrotado y excitado, sabiendo que mi vida acababa de cambiar para siempre.

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