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La pastilla que lo cambio todo capítulo 3

Hola lo siento por la demora, voy intentar pública más seguido, en mi cuenta de x voy subí más imagen relacionada al capítulo y más cosas que voy a publicar, espero que lo disfrute
3- un día más
-Al día siguiente-

Lucas llegó a la escuela con el estómago hecho un nudo. Cada paso por el pasillo era un recordatorio de su trato con el diablo. No sabía si Fernando cumpliría su palabra, si la supuesta "cita" con su "hermana" había sido suficiente para comprar su libertad. La noche anterior, todo había salido relativamente bien, o al menos, sin ningún desastre monumental. Pero con Fernando, nunca se sabía.

En cualquier momento aparece, pensó, recorriendo el pasillo con la mirada baja, como un animal que olfatea el peligro en el aire.

Llegó a su primera clase, se sentó en su lugar habitual-el rincón olvidado del aula-y trató de fundirse con la pared. El salón empezó a llenarse de murmullos y risas. Y entonces, lo vio. Fernando cruzó el umbral y, para horror de Lucas, se dirigió directamente hacia él. El corazón le dio un vuelco. El pánico le nubló la vista por un instante. ¿Se habrá dado cuenta? ¿Le va a reclamar?

Una palmada seca y fuerte le golpeó la espalda, sacudiéndole el aire.

-Nada mal, perdedor -dijo Fernando, sin bajar la voz, pero con un tono que no era ni amenazante ni burlón-. Sí lo lograste. No sé cómo le hiciste para que ese mujerón aceptara salir conmigo, pero lo hiciste.

Lucas tragó saliva. Su espalda aún dolía por el golpe, pero no era un puñetazo. Era una palmada. Casi... amistosa.

-Aunque me fue mal con ella -continuó Fernando, y por un momento su mirada se perdió en algún punto lejano-, voy a cumplir mi palabra. Te dejo en paz.

Dicho esto, le dio un golpecito en el hombro-otro gesto que Lucas no supo interpretar-y se alejó hacia su propio lugar, en la parte trasera del aula, donde reinaba con su grupo.

Lucas se quedó inmóvil, procesando. ¿Cómo que le fue mal? No entendía. Habían hablado, habían reído (risas falsas, por supuesto), e incluso había accedido a otra cita. ¿Qué era "mal" para Fernando? ¿Esperaba algo más? ¿Un beso? ¿Algo más? El pensamiento le revolvió el estómago.

Pero no se iba a matar pensando en eso. Lo importante era que, al parecer, iba a cumplir su palabra. El resto del día transcurrió con una tranquilidad casi irreal. Fernando no se le acercó en los pasillos, no le pidió la tarea, no le dio empujones "casuales". Nadie se fijó en él. Era, por fin, el cero a la izquierda que siempre había deseado ser. Pero ahora, esa indiferencia sabía diferente. No dolía. Era... libertad.

---

Al llegar a casa, Lucas sintió una ligereza que no experimentaba desde hacía años. Dejó su mochila en la silla, se dejó caer en su cama y suspiró. Por fin. Sin tarea para Fernando, sin ser su saco de boxeo, sin ser el blanco de sus bromas hirientes. Solo él, su habitación, y el resto de la tarde para él mismo.

Se sentó frente a su computadora y abrió un juego nuevo que había visto en línea. Se veía increíble, pero el precio era una patada en el estómago: demasiado caro para sus ahorros. Justo cuando la frustración empezaba a agriar su buen humor, recordó el plan de la noche anterior.

Las fotos.

Tal vez ya tenía algunos suscriptores. El cuerpo de Lucía era espectacular, alguien tenía que haber picado el anzuelo. Buscó por toda su habitación el otro celular, el viejo de su hermana, hasta que lo encontró debajo de unos libros. Abrió la página donde había creado la cuenta de "Lulú".

Un solo suscriptor.

Lucas parpadeó, incrédulo. ¿Uno? Con el cuerpo que tenía Lucía, con esas curvas imposibles, ¿solo una persona se había suscrito? La decepción fue un balde de agua fría. Se quedó mirando la pantalla, tratando de entender. Necesitaba publicidad, necesitaba que más gente supiera que existía. Pero, ¿cómo? ¿Cómo se promocionaba algo así sin exponerse demasiado?

Mientras su mente daba vueltas al problema, el celular vibró en su mano. Por un instante, su corazón saltó de emoción. ¿Un nuevo suscriptor?

No. Era peor.

Un mensaje de Fernando.

"Oye, ¿te gustaría ir al cine? Yo invito todo."

Lucas sintió un asco inmediato, profundo, visceral. Otra cita. Pensó que se había librado, que la promesa de paz era definitiva, pero Fernando no quería dejar pasar la oportunidad de ver a "Lucía" otra vez. Su primer instinto fue rechazar, escribir una excusa, decir que estaba ocupada. Pero el miedo ancestral lo frenó. Si lo rechazaba, ¿Fernando se enfadaría? ¿Volvería a su vida anterior?

Pero también había otra voz, más fría y calculadora, que le susurraba desde el rincón de su mente. Él paga. El cine, la comida... podrías aprovecharte de él. Solo un poco. No está mal, si es él.

El dilema duró solo unos segundos.

Escribió: "¡Sí, me encantaría! 😊"

La respuesta de Fernando fue inmediata. "Fantástico. Te veo a las 6 en este cine." Y envió una dirección.

Lucas soltó un suspiro largo y pesado. No será tan malo, pensó mientras se levantaba de la cama. En el cine no hay que hablar tanto, ni hacer contacto visual incómodo. Solo ver la película y ya.

Miró el reloj. Le quedaba justo el tiempo para prepararse. Fue al cajón donde guardaba el frasco, sacó una pastilla y se dirigió a la habitación de su hermana. Allí, con el ritual que empezaba a serle familiar, se desvistió y se tomó la pastilla.

Los minutos pasaron. El calor llegó, como siempre, pero cada vez era menos intenso, menos doloroso. Su cuerpo se transformó con una fluidez que ya no lo aterraba del todo. Cuando abrió los ojos, Lucía estaba de vuelta. Se miró en el espejo y, a pesar de todo, una punzada de fascinación la recorrió. Era tan... sexy. Sus manos, por un momento, se acercaron solas a sus enormes pechos, tentadas a detenerse, a explorar. Pero se detuvo justo antes de tocarlos.

-No puedo perder el tiempo -se dijo a sí misma, bajando las manos con determinación.

Fue al clóset de su hermana y buscó entre los cajones. Agarró unas bragas blancas. El brasier, ni siquiera lo intentó; ya había aceptado que ninguno de los de su hermana le quedaría. Lo que sí notó fue que la ropa disponible era cada vez más limitada; su hermana se había llevado la mayoría cuando se fue a la universidad. No había mucho para elegir.

Le dio un poco de vergüenza, pero era mejor que las otras opciones. Una falda algo corta. Y una camisa de manga larga de color azul. Aún le incomodaba usar falda, sentir el aire en unas piernas que ahora eran gruesas y torneadas. La ropa le quedaba ajustada-todo le quedaba ajustado-pero no le desagradaba del todo. Incluso, había algo en sentirse "apretada" que le resultaba extrañamente reconfortante.

La pastilla que lo cambio todo capítulo 3


Se puso unos tenis. Ya estaba lista. Pero entonces notó un problema: no tenía bolsillos. ¿Y el celular? Buscó entre las cosas de su hermana y encontró unas cuantas bolsas. Eligió una pequeña, solo lo suficiente para guardar el celular viejo.

Colgó la bolsa de su hombro, dio un último vistazo al espejo y, con una mezcla de resignación y una pizca de emoción culpable, salió de la casa rumbo al cine.

Al salir de su casa, Lucía sacó el celular viejo y revisó la dirección. Un poco más lejos que el centro comercial, pero nada que no pudiera caminar. Mejor así, pensó. Caminando podría acostumbrarse un poco más a este cuerpo, a sus movimientos, a ese balanceo que aún la tomaba por sorpresa.

Todavía no me acostumbro a estos enormes pechos, se dijo mientras caminaba, sintiendo cómo se movían con cada paso, un vaivén constante que atraía miradas que prefería ignorar. Se mueven demasiado.

Llegó al cine sin ningún accidente, pero los nervios la embargaron de nuevo al cruzar las puertas giratorias. Aún no se acostumbraba a estar en público como Lucía. Y esta vez, con falda, la sensación era muy diferente. Sintió cómo varias miradas se posaban en sus piernas, que se sentían demasiado expuestas, casi desnudas. No pudo evitar mirar hacia abajo, intentando estirar la falda, bajarla un poco más para no sentirse tan vulnerable.

-¡Lucía! ¡Por aquí!

La voz de Fernando la hizo alzar la cabeza. Él estaba junto a la entrada de las salas, con el brazo levantado, moviéndolo de un lado a otro como si fueran viejos amigos. Lucía se acercó con pasos cortos, la cabeza aún gacha, hasta quedar frente a él.

-Qué bueno que viniste -dijo Fernando, con una sonrisa que a Lucía le pareció demasiado amplia-. Por un instante pensé que no vendrías.

Su mirada descendió, recorriendo el cuerpo de Lucía, y al notar la falda, una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.

-Te ves muy linda así vestida -dijo, con un tono que a Lucía le heló la sangre.

Las palabras le sonaron a cucharas contra un plato. Incómoda, con la mirada aún clavada en el suelo, solo atinó a decir:

-Gracias.

Fernando interpretó su incomodidad como timidez, y eso pareció gustarle aún más. Se acercó un poco.

-¿Qué película quieres ver?

Lucía alzó la mirada hacia la cartelera. Sus ojos recorrieron los títulos hasta que encontraron uno. Lo había estado esperando durante meses. Una película de ciencia ficción de esas que nadie más en su círculo quería ver. Sin pensarlo, señaló:

-Esa.

Fernando frunció el ceño, confundido. La película se veía... rara. Muy friki para su gusto.

-¿Estás segura de que quieres ver esa?

-Sí -respondió Lucía, con una firmeza que sorprendió hasta a ella misma.

-Está bien -dijo Fernando, encogiéndose de hombros-. Vamos por las palomitas.

Y antes de que Lucía pudiera reaccionar, Fernando le tomó la mano y la guió hacia la dulcería. La sensación de su mano grande y caliente envolviendo la suya la hizo estremecerse, pero no dijo nada. Compró un combo de pareja-palomitas grandes, dos refrescos-y las entradas, y caminaron hacia la sala.

Mientras caminaban, Lucas no podía evitar sentirse incómodo con la actitud de Fernando. Parecía tener el control absoluto de la situación, llevándola de la mano, decidiendo el combo, guiándola hacia la sala. No le gustaba esa sensación. Pero luego recordó por qué estaba allí. Me estoy aprovechando de él. Yo tengo el control, aunque él no lo sepa.

La sala estaba vacía. Completamente vacía. Fernando soltó una sonrisa lenta al darse cuenta, y un pensamiento cruzó su mente: Ya veo por qué elegiste esta película.

Se sentaron en los asientos de atrás, esos que nadie elige a menos que busquen privacidad. Lucía se acomodó, sintiéndose un poco más tranquila. Solo ver la película, dejar pasar el tiempo, y ya. Durante la primera hora, logró concentrarse en la trama, en los efectos especiales, en los diálogos. De vez en cuando, lanzaba una mirada de reojo a Fernando para ver si le estaba prestando atención.

Para su sorpresa, Fernando estaba mirando su celular. Deslizando la pantalla, viendo historias de Instagram. Imágenes de mujeres aparecían y desaparecían.

Está viendo a otras mujeres. En el cine. Durante una cita. Lucía se quedó confundida. Ya veo por qué no tiene novia.

Decidió ignorarlo y volvió a centrarse en la película. Pero unos minutos después, sintió que Fernando la miraba. Él había guardado el celular y ahora le ponía un brazo sobre el hombro, dándole un abrazo lateral. Lucía se tensó, pero no dijo nada.

Pasaron los minutos. Y entonces, comenzó.

Un cosquilleo. Pequeño, casi imperceptible, en su entrepierna. No otra vez, pensó, sintiendo cómo el pánico empezaba a crecer. Era la misma sensación del centro comercial, esa que la había obligado a esconderse en el baño. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en esta situación?

El cosquilleo aumentaba, haciéndole retorcer las piernas. Intentó concentrarse en la película, en la pantalla, en cualquier cosa. Pero cada segundo que pasaba, la sensación se intensificaba, un calor húmedo que se extendía desde su centro hacia todo su cuerpo. Se removió en el asiento, tratando de disimular, y quitó las palomitas de encima de sus piernas.

Iba a quitar la mano de Fernando de su hombro cuando, sin previo aviso, él se inclinó y la besó.

Fue un beso apasionado, húmedo, que tomó a Lucía por completo por sorpresa. Su cuerpo se sintió débil, las piernas le flaquearon, y el cosquilleo en su entrepierna se convirtió en una exigencia ardiente. No sabía si era asco, placer o una mezcla horrible de ambos. Su mente se nubló.

En medio de la confusión, no se dio cuenta de que la mano de Fernando había comenzado a subir por su muslo. La falda, corta, no era un obstáculo. Los dedos de Fernando llegaron a su entrepierna y se deslizaron dentro de su braga.

El contacto fue eléctrico. Un placer inmenso, muy diferente a cuando ella misma se tocaba, recorrió su cuerpo. Los dedos de Fernando la estimulaban con una habilidad que la sorprendió, cada movimiento aumentando la intensidad, haciéndola sentir cada vez más húmeda.

Lo estaba disfrutando. A pesar de todo, a pesar de que era Fernando, a pesar del asco, del miedo, de la rabia... su cuerpo respondía. Y esa traición física era lo peor de todo.

Con un esfuerzo sobrehumano, juntó todas sus fuerzas y le dio una cachetada.

-¡Estúpido! -gritó, la voz de Lucía resonando en la sala vacía.

Se levantó de un salto, se ajustó la falda, y salió corriendo entre las filas de asientos. No miró atrás. No quería ver la expresión de Fernando, ni sus excusas, ni nada. Solo quería salir de allí.

Al cruzar la puerta de la sala, el aire frío del pasillo la golpeó, y por un instante sintió que podía respirar de nuevo. Pero las piernas aún le temblaban, el cosquilleo aún no se había ido del todo, y la humedad en su braga era un recordatorio vergonzoso de lo que casi había permitido.

Caminó rápido hacia la salida del cine, sin saber bien a dónde iba, solo sabiendo que necesitaba estar lejos de allí. Lejos de Fernando. Lejos de ese cuerpo que a veces parecía tener vida propia.

Lucía salió disparada del cine, con el corazón latiéndole tan fuerte que podía escuchar los latidos en sus oídos. No quería mirar atrás. No quería saber si Fernando la seguía. Solo quería alejarse, desaparecer. Pero además de la urgencia por escapar, había otra urgencia más apremiante: el cosquilleo que aún ardía en su entrepierna, un fuego que no se apagaba y que amenazaba con consumirla si no hacía algo pronto.

Necesito llegar a casa. Necesito...

Y entonces lo vio. Un autobús detenido en la parada, justo al lado de la salida del cine. Las puertas abiertas, listo para partir. Era justo lo que necesitaba.

Corrió hacia el autobús y se subió, casi sin aliento. Buscó su bolsillo para pagar el pasaje, pero sus dedos solo encontraron la tela de la falda. ¡No traje dinero! El pánico la golpeó cuando se dio cuenta de su error. Iba a darse la vuelta para bajarse cuando una voz grave detrás de ella dijo:

-Yo pago por ti, muñeca.

El conductor recibió el dinero de una mano desconocida y el autobús arrancó. Lucía giró la cabeza para ver a su benefactor, pero solo atinó a ver a un hombre de mediana edad, traje oscuro, sonrisa leve, que ya se alejaba hacia el fondo del vehículo.

-Gracias -murmuró Lucía, con voz tímida, sin saber bien a quién le estaba agradeciendo.

Se adentró en el autobús, buscando un lugar donde sentarse. Pero el autobús estaba lleno. Gente de pie, apretujada en el pasillo. No había asientos disponibles. Con resignación, se agarró de una de las agarraderas que colgaban del techo y se preparó para el viaje.

cambio de cuerpo


El autobús se movía con un vaivén rítmico, y Lucía intentaba concentrarse en otra cosa que no fuera el cosquilleo persistente entre sus piernas. Su mente, sin embargo, volvía una y otra vez a lo que había pasado en el cine.

Me besó. Me tocó. ¡Ese desgraciado!

Pero también recordaba la sensación. El placer. La humedad. La traición de su propio cuerpo respondiendo a los dedos de Fernando. Un escalofrío de vergüenza y confusión la recorrió. Al menos la cachetada había sido satisfactoria. Era la primera vez que le hacía algo así a Fernando, que se defendía. Eso era algo.

De repente, sintió algo en su trasero. Un roce, breve, casi imperceptible. Giró la cabeza, pero solo vio un mar de rostros, la mayoría hombres con trajes, todos mirando al frente o absortos en sus teléfonos. Debe haber sido un accidente, pensó, y volvió a su posición.

Pero el roce se repitió. Esta vez más claro, más deliberado. Su cuerpo se tensó. Miró a su alrededor de nuevo, pero nadie parecía estar mirándola. Todo el mundo estaba en lo suyo. Nadie la veía. Nadie la notaba. Era la invisibilidad de Lucas, pero ahora en el cuerpo de Lucía, y en circunstancias mucho más peligrosas.

El autobús se detuvo en una parada y subió más gente. El espacio se redujo aún más, el calor humano se hizo sofocante. La presión contra su trasero se volvió constante, y esta vez no podía atribuirlo a un accidente. El cuerpo detrás de ella estaba demasiado cerca, demasiado pegado. Solo es el gentío, se dijo a sí misma, intentando convencerse. No hay espacio, es normal.

Pero entonces sintió la mano. Directa, sin rodeos. Dentro de su falda, rozando su piel desnuda. El pánico la paralizó. Abrió la boca para decir algo, para gritar, pero antes de que pudiera emitir un sonido, sintió cómo esos dedos se deslizaban sobre su braga húmeda. El contacto la hizo estremecerse, y un pequeño jadeó se le escapó de sus labios.
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-Apenas te toco y ya estás mojada -susurró una voz grave, directamente en su oído-. Qué pervertida eres.

Lucía sintió que su voz se había ido. Su mirada recorrió el autobús, buscando ayuda, buscando alguien que la viera, que intervini. Pero todos seguían en lo suyo. Teléfonos, ventanas, el vacío. Nadie la veía. Era invisible en medio de la multitud.

Los dedos del desconocido continuaron su trabajo, moviéndose con una pericia que la avergonzaba y la excitaba al mismo tiempo. Sintió cómo le movía la braga, cómo un dedo se deslizaba dentro de ella. Sus piernas se volvieron gelatina, y solo pudo aferrarse con más fuerza a la agarradera para no caerse.

Cada movimiento del desconocido enviaba ondas de placer por todo su cuerpo. Era mucho más intenso que cuando ella misma se tocaba. Pero también era más humillante. Estaba siendo usada, manoseada, y no podía hacer nada. Su cuerpo la traicionaba, respondiendo a cada estímulo, mojándoe más y más.

Y entonces, la mano se retiró. Lucía sintió un alivio momentáneo, mezclado con una frustración que no quería reconocer. Pero el alivio duró poco. La mano regresó, y ahora sentía brazos rodeando su cadera, posicionándose desde el frente. El hombre se pegó aún más a ella, y podía sentir su respiración caliente en su oído.

El dedo volvió a entrar, y ahora la otra mano se deslizó por debajo de su camisa, subiendo hasta uno de sus enormes pechos. Al notar que no usaba brasier, una sonrisa se dibujó en su rostro, y su susurro llegó como una daga:

-Esto es lo que querías, ¿verdad? Sucia pervertida.

Sus dedos jugaron con su pezón de manera brusca, casi dolorosa, pero por alguna razón que Lucas no podía explicar, eso también le gustaba. Su cuerpo era un campo de batalla entre la humillación y el placer, y la humillación estaba perdiendo.

Ya no podía más. Estaba al límite, y el orgasmo llegó como una ola que lo arrasó todo. Su cuerpo se tensó, sus dedos se aferraron con desesperación a la agarradera, y un gemido ahogado escapó de sus labios mientras las contracciones la sacudían. Las piernas le temblaban, y si soltaba la agarradera, sabía que caería al suelo.

El hombre, sintiendo su clímax, retiró las manos lentamente. Lucía lo vio de reojo mientras él se chupaba los dedos con una sonrisa lasciva.

-Esto fue divertido -susurró-. Me gustaría seguir, pero esta es mi parada.

Y se fue. Tan rápido como había llegado, se perdió entre la multitud que bajaba del autobús.

Lucía se quedó allí, temblando, intentando recuperar el aliento. El cosquilleo se había ido, reemplazado por un calor residual y una humedad que le recordaba lo que acababa de pasar. Fue tan intenso. Tan humillante. Y tan... rico. La confusión era un torbellino en su mente.

El autobús se detuvo de nuevo. No le importaba dónde era, solo quería bajarse. Con las pocas fuerzas que le quedaban, se abrió paso entre la gente y saltó a la acera.

Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que se había pasado su parada. Estaba algy lejos de su casa.Y su ropa estaba desordenada, la falda torcida, la camisa mal acomodada. Se sintió sucia, usada, y al mismo tiempo, una parte oscura de ella no podía negar que algo de eso había sido...

No. No pienses en eso.

Comenzó a caminar, con pasos torpes, las piernas aún temblorosas. Cada paso era un recordatorio de lo que acababa de pasar, de cómo la habían usado, de cómo su propio cuerpo había respondido a esa humillación.

Llegó a su casa después de lo que le pareció una eternidad. Caminó por el pasillo, entró a la habitación de su hermana, y se dejó caer de espaldas en la cama. El colchón amortiguó su caída, y sus pechos, aún sensibles, se movieron con el impacto.

Se quedó mirando el techo, sin fuerzas para moverse, sin fuerzas para pensar. El eco de lo que había pasado en el autobús resonaba en su mente, mezclado con la rabia y la confusión. Y en el fondo, muy en el fondo, una pregunta que no quería hacerse: ¿Por qué una parte de mí no lo odió?

El agotamiento fue más fuerte que cualquier pensamiento. Apenas su cuerpo tocó la cama de su hermana, Lucía se quedó profundamente dormida, sin fuerzas para procesar lo que había vivido. Su mente y su cuerpo, agotados por la tensión, las emociones y el placer abrumador, se desconectaron por completo.

Pasaron horas. Cuando despertó, la habitación estaba a oscuras. Solo la tenue luz de la calle, filtrándose a través de las cortinas, iluminaba el cuarto. Se incorporó lentamente, sintiendo de inmediato el peso familiar de sus pechos. Todavía estoy en esta forma, pensó, sorprendida. El calor en su entrepierna aún persistía, un eco lejano del fuego que había sentido en el autobús.

Miró la hora. Había dormido más de seis horas. La pastilla dura más de lo que pensaba. Al menos ahora tenía una idea más clara del tiempo que su transformación duraba. Ya no era una incógnita total.

Se quitó la bolsa que aún llevaba colgada al hombro; le estaba empezando a molestar. Al hacerlo, recordó que el celular viejo estaba dentro. Lo sacó y, al encender la pantalla, vio un mensaje de Fernando. Lo abrió con el corazón latiendo fuerte.

"Lo siento por lo que pasó en el cine. Sí me pasé de lanza."

La rabia volvió, caliente e inmediata. ¿Una disculpa? ¿Cree que con eso está todo arreglado? Recordó el beso, la mano en su muslo, los dedos que la habían manoseado sin permiso. Y también-no podía evitarlo-el placer que había sentido. La mezcla de emociones la revolvió.

Dejó el mensaje en visto. No iba a responder. No ahora.

Pero entonces, una idea se abrió paso entre la rabia. Instagram. Si quería promocionar su cuenta de contenido, necesitaba visibilidad. Y qué mejor manera que crear una cuenta en la red social más popular. Fernando le había dado, sin saberlo, una idea.

Con renovada energía, fue por el cubrebocas y tomó el celular. Se tomó varias fotos, todas con el cubrebocas puesto, en poses sugerentes pero sin mostrar demasiado. Creó una cuenta de Instagram con el nombre de Lulu y usó la misma foto de perfil que tenía en la página de contenido. Subió las fotos que acababa de tomar, y en la descripción escribió algo simple pero directo: "Vendo contenido exclusivo 🔥 Link en la bio."

Ahora solo quedaba esperar.

Al menos de todo esto salió algo bueno, pensó, satisfecha. Pero el pensamiento la llevó de vuelta al autobús. El recuerdo llegó como una ola, y para su sorpresa, sintió que su cuerpo respondía. El calor se intensificó en su entrepierna. ¿Por qué me excita recordarlo? La pregunta era incómoda, pero su cuerpo ya tenía la respuesta.

Se levantó de la cama y comenzó a quitarse la ropa. La falda, la camisa, hasta quedar solo con las bragas blancas. Iba a tocarse, a aliviar esa urgencia que crecía en su interior, cuando otra idea cruzó su mente.

Contenido. Podía aprovechar esta oportunidad para grabar algo para su página. Algo que atrajera a más suscriptores.

Buscó un lugar para apoyar el celular. Lo puso sobre una silla, apuntando hacia la cama de su hermana, ajustando el ángulo para que la tomara completa. Presionó grabar, y una mezcla de nervios y emoción la invadió.

-Hola, soy Lulú -dijo, con voz un poco temblorosa-. Esta es mi primera vez haciendo esto en cámara. Espero que lo disfruten.

Se recostó en la cama. Sus manos comenzaron a explorar su cuerpo. Primero, por encima de la braga, imitando lo que el desconocido del autobús le había hecho. Los dedos se deslizaban sobre la tela húmeda, y el placer comenzó a crecer.

Luego, su otra mano subió a su pecho. Apretó uno de sus pechos con fuerza, jaló suavemente su pezón, y el placer se intensificó. Era más agresiva consigo misma que otras veces, moviéndose con una urgencia que bordeaba la desesperación. Los gemidos comenzaron a escapar de sus labios, más fuertes que antes, y la idea de que alguien la estuviera viendo-aunque fuera en el futuro-la excitaba aún más.

Quería más. Quería mostrar todo.

Se levantó y se dio la vuelta, enfocando su enorme trasero hacia la cámara. Se quitó las bragas, dejando todo al descubierto, y se sentó de nuevo en la cama, ahora de espaldas al lente. Miró de reojo a la cámara mientras se masturbaba, y en un impulso, se dio una nalgada. El sonido resonó en la habitación, y a ella le gustó. Se dio otra, y otra, mientras aumentaba el ritmo de sus dedos.

El orgasmo llegó como una explosión. Su cuerpo se tensó, un gemido largo y profundo escapó de sus labios, y se desplomó hacia adelante, jadeando. La cámara había capturado todo.

Se quedó allí, respirando con dificultad, sintiendo cómo el placer se desvanecía lentamente.

Eso fue muy rico, pensó. Pero no es igual. No era igual que la sensación de ser tocada por otro. No era igual que la humillación y el placer mezclados en el autobús.

Guardó el video y apagó el celular. Era hora de pensar en lo que seguía, pero por ahora, solo quería quedarse allí, en la oscuridad, sintiendo el eco de lo que acababa de experimentar.

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