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Por culpa de mi marido me convertí en una puta 1ra parte

Una noche, después de varios vasos de vino, Germán me soltó lo que venía pensando hacía meses. Quería probar cosas nuevas. Lo primero que me propuso fue un intercambio de parejas. 
Me quedé callada, con la boca seca. Sentía las mejillas ardiendo. Una parte de mí quería levantarse e irse al cuarto, pero otra parte… La otra parte se quedó ahí, clavada en el sillón, imaginando cosas que jamás me había permitido pensar.
—¿No te daría celos verme chupándole la verga a otro hombre? —continué, casi en un susurro, probando hasta dónde llegaba esto—. ¿Que me meta su pene bien duro primero que me coja  como una puta mientras tú miras?
Germán tragó saliva visiblemente. Su respiración se hizo más pesada y noté que se acomodaba en el asiento, claramente excitado.
—Aunque no lo creas, mi amor… eso me pondría la verga más dura que nunca. Me excitaría como nunca. Me harías el hombre más feliz del planeta.
Sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas. Me molestó darme cuenta de que me estaba mojando un poco con solo hablar de eso. ¿Qué carajo me pasaba?  mi propio marido me estaba proponiendo que me dejara coger por otro delante de él.
—¡Estás loco, Germán! ¿Cómo puede excitarte ver que me estoy revolcando con otro tipo? ¿Que me esté morreando, que me esté agarrando fuerte las tetas, que me esté metiendo todo su palo mientras yo gimo como una loca?
Él se inclinó hacia adelante, me tomó de las manos y me miró fijo a los ojos. Su voz salió ronca, cargada de deseo:
—Respóndeme con toda sinceridad, … ¿A ti te gustaría cogerte  a otro hombre que no sea yo?
Me quedé callada un buen rato, mordiéndome el labio inferior mientras sentía cómo se me calentaba la cara. El corazón me latía fuerte y, para mi vergüenza, empecé a sentir esa humedad traicionera entre las piernas. Respiré hondo y al final solté lo que de verdad sentía:
—Eeeh… bueno… Tú sabes que entre nosotros no hay mentiras… ¡Sí! Me gustaría hacerlo, no te lo puedo negar… —confesé casi en un susurro.


. Me imaginé por un segundo a un hombre desconocido agarrándome fuerte de las caderas, metiéndomela hasta el fondo mientras Germán nos observaba desde una silla… y ese pensamiento me puso arrecha como nunca.
—Entonces, Germán, ¿estás totalmente seguro, cariño? —le pregunté, mirándolo fijamente—. No vaya a ser que después te pongas celoso, me reclames o me lo eches en cara cada vez que discutamos…
nunca he estado más seguro en mi vida —me respondió con la voz afónica—. Y te voy a ser bien sincero: hace varios meses que lo pienso todos los días. Cada vez que me imagino que estás desnuda con otro hombre, cogiendo rico, que le mamas esa verga gruesa hasta el fondo de la garganta, babeándola toda, que te la mete bien duro en esa vagina apretada y después te abre el culito y te la encaja hasta las bolas… se me para al instante y empiezo a soltar líquido preseminal  Me pongo durísimo, mi amor.
Solté una carcajada nerviosa, pero por dentro estaba ardiendo. Sentía los pezones duros contra el sostén y un calorcito rico pulsando en mi clítoris. La imagen que él describía me estaba volviendo loca: yo de cuatro, gimiendo como una perra mientras un desconocido me cogia  salvajemente delante de mi marido.
—¡Qué loco eres, mi amor! No puedo creer que me estés diciendo todo esto… y que a mí me esté mojando  solo por el hecho de escucharte.
—¿Entonces? ¿Trato hecho…? —me preguntó con esa sonrisa pícara.
Sentí un escalofrío de puro morbo recorriéndome el cuerpo. Sabía que estaba a punto de aceptar algo que podría cambiarlo todo… y eso mismo me excitaba todavía más.
—¡Trato hecho! —le respondí, casi sin pensarlo dos veces—. Pero Germán… ¿Quién sería el afortunado que va a comerse este cuerpo de diosa? ¿Quién va a poder meterle la verga a esta casada 
.
A partir de esa noche todo se puso mucho más caliente entre nosotros. Solo con imaginarnos la escena, cogíamos como animales.
Muchas veces, mientras Germán me penetraba profundo, me mordía la oreja y me susurraba cosas sucias, yo cerraba los ojos y me dejaba llevar por la fantasía: yo de rodillas chupando una verga desconocida, sintiendo cómo me agarraban del pelo, cómo me daban nalgadas fuertes, cómo me llenabanla concha  y el culo sin piedad… y Germán ahí, viéndolo todo con la pija en la mano.
Cada vez que pensaba en eso me mojaba más. Me preguntaba una y otra vez: “¿Cómo será de rico que otro hombre me folle de verdad delante de mi marido? Si solo con imaginarlo me corro como una puta… ¿Qué va a pasar cuando tenga una verga extraña metida hasta el fondo mientras Germán me mira a los ojos?”
Pasaron dos semanas después de esa charla que me dejó la cabeza hecha un lío y el coño constantemente húmedo. Un viernes como a las diez de la noche llegó Germán con su amigo Julio, los dos bien borrachos, con la risa floja y oliendo a cerveza y cigarro.
—Buenas noches, —dijo Julio con voz gutural, mirándome de arriba abajo sin ningún disimulo—. Disculpa que lleguemos así de entonados a tu casa, pero estamos celebrando algo grande…
—¡Acaban de ascender a Julio, mi amor! —agregó Germán, emocionado y con los ojos brillantes de vicio.
—¡Bien, Julito, bien! ¡Felicitaciones, amigo! Te lo mereces, de verdad —respondí con un fuerte abrazo, pero inmediatamente me separé, recordé que me encontraba vestida como una puta una blusita de tiritas super delgada de algodón licrado, sin sostén, que apenas me cubría las tetas y dejaba todo el ombligo al aire, y un shorcito, también de algodón licrado tan corto y ajustado que se me marcaba la concha y apenas tapaba la mitad de mis nalgas grandes y redondas.


—Ay, Julio, discúlpame por estar vestida así —le dije, cruzando los brazos sobre mis senos, sintiendo cómo se me marcaban los pezones duros contra la tela—. No pensé que ibas a venir. Me cambio en un minuto…
—No te molestes,  —contestó Julio con una sonrisa bien coqueta, sin quitarme los ojos del escote y las piernas—. Por mí estás perfecta… de verdad.
—¡Claro que sí, mi amor! Quédate así —dijo Germán al instante, con la voz cargada—. Total, Julio es de confianza. 
Me quedé mirando a mi marido un segundo, desconcertada pero cachonda. 
Los dos se sentaron en el sofá y yo me acomodé en el sillón de enfrente, cruzando las piernas despacio. El shorcito se me subió todavía más, casi mostrándoles el borde de mis nalgas. Felizmente mis hijo con mi suegra  teníamos toda la casa para nosotros.
Tú siempre tan bonita y con ese cuerpo —comentó Julio, mirándome sin pudor alguno y delante de mi marido—. Tienes unos senos y unas nalgas que ni te imaginas…
Germán sonrió con picardía.
—¿De verdad que es hermosa mi mujer, Julio?
—Oigan, ¿están bien borrachos o qué? —les dije riéndome, pero con la voz entrecortada. Sentía los pezones tan duros que me dolían y  me estaba mojando, 
Mi marido me recorrió entera con la mirada, excitado.
—La verdad, cariño… Julito está diciendo lo que ven mis ojos: estás espectacular. Esas tetas grandes y paradas, ese culazo redondo que se mueve rico cuando caminas… Caray, me tienes duro solo de verte.
. La forma en que Julio me devoraba con los ojos me estaba poniendo mal. Me imaginé de repente de rodillas frente a él, sacándole la verga y mamándosela mientras Germán miraba… y ese pensamiento me hizo soltar un suspiro bajito.


Me levanté despacito, dándoles la espalda. Caminé contoneando las caderas más de lo necesario, sabiendo que el short se me subía y les estaba mostrando casi la mitad del culo. Sentía sus miradas clavadas en mis nalgas, quemándome.  el corazón me latía en la garganta y el clitoris  me palpitaba de puro morbo.


Mientras tanto, en la sala, mi marido y Julio hablaban en voz baja. 
—¿Te gustó lo que viste, Julito? —preguntó mi esposo con una sonrisita bien pícara.
—¿Si me gustó? ¡Hermano, me puso la verga dura al instante! Tu mujer tiene unas piernas gruesas y un culo que parece hecho para que se lo cojan rico… Discúlpame, Germán, sé que es tu señora, pero no lo puedo evitar. Me la tiene tiesa desde que la vi con ese shortcito metido entre las nalgas.
Los dos se rieron con complicidad justo cuando yo entraba con las cervezas.
 mi marido, mirándome el culo descaradamente—. O será que te gusta que te miren con ese culazo al aire…
“De verdad me gusta que admiren mi cuerpo, eso me pone más cachonda y mejor delante de mi marido” —pensé. 
Nos acomodamos en la mesa de la cocina. Germán puso música y entre trago y trago nos fuimos poniendo bien alegres. Julio, el muy atrevido, empezó a tocarme las piernas por debajo de la mesa, acariciándome los muslos y subiendo cada vez más.
Después de media hora, Germán se levantó para ir al baño y nos dejó solos. Julio no perdió tiempo.
 disculpa la franqueza, pero no te imaginas las ganas que te tengo, carajo. Años soñando con cogerte, con meterte la verga hasta el fondo…
 Ya lo sabía, con esos ojos de enfermo con que me miras… Y no es de ahorita, ¿eh? Prácticamente desde que nos conocimos me has querido comer.
—Desde la primera vez que te vi con Germán —confesó, acercándose más—. Me imaginaba poniéndote en cuatro y dándote verga dura mientras él no estaba. 
Aprovechando que estábamos solos, Julio metió una mano entre mis muslos y con la otra me apretó el pezón con más fuerza por encima de la blusita.
— a tu marido le encanta la idea de verte cogida por otro. ¿O me equivoco? Apuesto a que ya se le paró solo de imaginarse metiéndotela.
—Julio… estás loco… —susurré, pero abrí un poco las piernas.
—Dime la verdad, ¿Te mojas cuando te toco?  Porque yo tengo la verga que me duele de lo dura que está por ti.
En ese momento escuchamos los pasos de Germán acercándose. Julio sacó las manos rápido, pero no sin antes darme un último apretón en el muslo.


Nos pusimos a bailar la balada bien pegados, casi como si estuviéramos cogiendo parados. Julio bajó las dos manos sin ningún disimulo y me agarró las nalgas completas con fuerza, clavándome los dedos en la carne por encima del short de licra. Me apretó, me abrió las nalgas y empezó a masajearlas con ganas, restregando su verga durísima contra mi vientre.
, sentía que se me empapaba más la tanga por el morbo de la presencia de mi esposo. 


Al escuchar a mi propio marido animándolo a que me manosee el culo delante de él, me quedé completamente pasmada. El corazón me latía desbocado. Por un segundo quise quitarle las manos a Julio y reclamarle a Germán, pero el calor que sentía entre las piernas fue más fuerte.
Estaba empapada.. Sentir las manos grandes y fuertes de Julio clavándose en mi culo, abriéndome las nalgas, rozándome el ano por encima de la tela mientras mi marido nos miraba y lo alentaba… me estaba volviendo loca de morbo.
De vez en cuando le echaba el ojo a mi marido y, en lugar de verlo molesto, me guiñaba un ojo y me sonreía como sintiendo placer de lo que veía. En vista de que mi marido estaba disfrutando de la escena, en vez de apartarme, arqueé la espalda y empujé mi culo hacia atrás, restregándome contra sus manos como una perra en celo.
Julio soltó un gemido áspero y me apretó todavía más fuerte, casi levantándome del suelo.
 Tu mujer está caliente  Este culazo pide verga… Se siente cómo tiembla. Apuesto todo lo que tengo a que ya tiene la concha chorreando.
Germán se acomodó la pija por encima del pantalón y contestó con voz gruesa y excitada:
—Sigue, Julito. Disfrútala. Tócala como quieras. Esta noche ese culo y ese clitoris también son tuyos. ¿Verdad, mi amor? Dile a Julio que te puede agarrar todo lo que quiera…
Seguía sin creer que Germán, mi propio esposo, padre de mi hijo , incitaba más a su amigo a que me cogiera  Lo peor de eso, es que me ponía más cachonda. Me mordí el labio con fuerza, respirando agitada contra el cuello de Julio. Estaba temblando de vergüenza, de morbo y de pura excitación. 
 Los dos se sentaron y empezaron a comerme con la mirada. Sus ojos recorrían mis tetas y mi culo sin disimulo. Los dos tenían la verga bien parada, marcándose gruesos y duros en los pantalones.
Por dentro pensé: “Les voy a dar lo que tanto quieren… y lo que yo también necesito. Mi concha está chorreando como una catarata. Tengo ganas de verga dura, pero todo en su momento”.
continuara .....

1 comentarios - Por culpa de mi marido me convertí en una puta 1ra parte

Redfenix_
Si claro, echándole la culpa al más pendejo del lugar.