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Secretos de Vecindario - Parte 6: Humillación en el Motel

La experiencia con el señor Diego había sido satisfactoria de muchas maneras; había cumplido aquella fantasía que me venía rondando desde mis relaciones anteriores. Las inseguridades sobre lo que Elena sentiría o haría al estar con otro se disiparon con facilidad. La comunicación siempre había sido nuestro fuerte, así que conversamos sobre lo acontecido en diferentes ocasiones, tomándolo como un juego que inyectaba algo diferente a la cama, pero sin anteponerse jamás al amor base de nuestro matrimonio.

Convencidos de que aquello había sido positivo, acordamos que lo podíamos repetir de vez en cuando, como un gusto culposo. Tras ese pacto, nos bautizamos oficialmente en la intimidad como un matrimonio cuckold.

Así pasaron seis meses. Fuera de casa, Elena caminaba con un fuego diferente; la veía más atractiva, segura de sí misma y consciente de las miradas que robaba en la calle, lo cual a mí me encantaba. Su coquetería ya no se limitaba a los viejos del barrio; la aplicaba en su trabajo y en cualquier lugar al que íbamos. Con el tiempo, los nombres en nuestras fantasías nocturnas pasaron de mencionar a Diego a turnarse entre otros hombres, lo que volvió a poner sobre la mesa la necesidad de vivir una segunda experiencia real.

Esta vez la búsqueda en redes sociales fue más rápida. Contactamos al señor Alonso, de 46 años. Cumplía perfectamente con el perfil: nos doblaba la edad, era de tez morena, corpulento y canoso; el contraste perfecto para la piel clara de Elena, su cabello oscuro y su figura firme. Alonso se dedicaba a la asesoría legal, era divorciado y padre de tres hijos. Nos citamos en la zona de comida de una plaza comercial, un lugar ideal para perdernos entre la multitud si las cosas no salían bien.

Elena y yo llegamos temprano. Para esta ocasión, preparamos todo como un ritual minucioso. Le elegí un vestido beige, aparentemente recatado por el corte de las piernas pero con un escote bastante pronunciado; debajo llevaba un babydoll negro de encaje que resaltaba su silueta, y encima un abrigo gris con tacones negros. Estaba perfecta.

Tras dar unas vueltas, localizamos a Alonso sentado en una banca, atendiendo una llamada. No era un hombre especialmente guapo, pero buscábamos a alguien común, el vivo retrato de un vecino maduro. Nos vio, nos hizo una seña para que esperáramos y continuó hablando por teléfono. Nos tuvo de pie cerca de diez minutos, una actitud de indiferencia que a Elena la molestó un poco, pero que Alonso aprovechó para devorarla con la mirada de arriba abajo. Ese descaro, en lugar de apagar el ambiente, empezó a tensar la cuerda del morbo.

Cuando por fin colgó, el saludo fue firme. Fuimos a un restaurante de la plaza a tomar una copa breve. Su voz segura y su manera de expresarse nos devolvieron la confianza; era un hombre auténtico, sin rodeos. Alonso insistió en pedir otra ronda, pero no era necesario: la tensión ya estaba ahí y queríamos movernos a un lugar más íntimo.

Nos subimos al asiento trasero de su auto y Alonso condujo hacia un motel muy conocido por el rumbo. Al entrar y ver a los empleados, sentimos la clásica oleada de pena, pero ellos estaban más que acostumbrados. Pagamos la habitación doble, la cochera se cerró tras el auto y finalmente entramos al cuarto. El lugar era espacioso, con dos camas, un sillón de posiciones y una pantalla donde sintonizamos algo de música para romper el hielo.

Destapamos las primeras cervezas y la plática fluyó con comodidad sobre el trabajo y nuestras vidas. Después de un rato, Elena se dirigió al sanitario, y Alonso aprovechó para acercarse a mí en la mesa.

—Y bien, dime... ¿le agradé a Elena? —preguntó con voz baja.
—Pues sí, para estar aquí es porque así ha sido —respondí, dándole un trago a mi cerveza.
—Espero que hoy pase algo bueno. Tienes una mujer hermosa, César. Además, son muy jóvenes, eso es raro de encontrar en este ambiente.
—Nosotros entramos a esto solo por calientes, don Alonso —bromeé para aligerar los nervios.
—Eso está excelente, no se queden con las ganas de nada. Debo confesarte que Elena me recuerda mucho a una amiga de mi hija mediana que a veces se quedaba a dormir en la casa; siempre me costó reprimir el deseo por ella.
—Pues vaya oportunidad —le dije, sintiendo el chispazo del morbo en el estómago—. Creo que debe aprovechar ahora que tiene a mi esposa a su disposición.

Elena salió del baño y se reintegró a la mesa. Pasaron los minutos y noté que Alonso no terminaba de dar el primer paso, así que decidí ir yo al sanitario para dejarlos a solas. Desde adentro escuché cómo sus voces bajaban de volumen, seguidas por el eco de unos pasos que se detuvieron de golpe. Luego, el silencio.

Al salir y enfilar el pasillo, me detuve en seco. Frente al espejo de cuerpo completo que colindaba con el baño, se estaban comiendo a besos. Las manos ásperas de Alonso recorrían el abrigo de Elena con un ansia evidente. El hombre la tomó del brazo, le dio la vuelta y la pegó de espaldas contra su cuerpo, restregando su entrepierna contra el trasero de mi esposa al ritmo de la música. Elena comenzó a gimotear. De repente, un sonoro "¡Plas!" retumbó en el cuarto: Alonso le había acomodado un azote firme en las nalgas, obligándola a arquear más la espalda. Le sujetó el cabello desde la nuca y comenzó a susurrarle cosas al oído que no alcancé a descifrar, pero que hicieron que Elena soltara un gemido que me erizó la piel.

Caminé de vuelta a la mesa con total tranquilidad para no interrumpir. Al verme, se tensaron un segundo, pero al notar que solo me sentaba a observar, se miraron entre sí y soltaron una risa cómplice. Alonso comenzó a desnudarla, bajándole el vestido hasta dejarla solo en el babydoll negro. El hombre babeaba. Bajó la mirada hacia sus nalgas, les dio un beso húmedo y luego llevó a Elena hacia la cama más cercana.

La recostó de espaldas y le abrió las piernas para darle un sexo oral que hizo que mi esposa se desquiciara de inmediato; estaba tan estimulada que no tardó en venirse por primera vez. Sin perder tiempo, Elena se sentó a la orilla del colchón y le desabrochó el pantalón a Alonso para masturbarlo, pero la urgencia del hombre era notable. Se despojó de la ropa quedando solo en una camiseta interior de tirantes, calcetines y zapatos; una estampa poco atractiva, pero a esas alturas el físico era lo de menos.

Alonso puso a Elena en cuatro esquinas, se colocó el condón y la penetró sin rodeos. El cuerpo tosco de ese hombre maduro contrastaba brutalmente con la figura esbelta de mi esposa. Empujaba con tanta fuerza que el colchón de resortes del motel comenzó a rechinar con un traqueteo viejo y escandaloso que inundaba la habitación. Por la diferencia de estaturas, Alonso la llevó al borde de la cama, quedando él de pie en el piso para embestirla con mayor comodidad, pero el esfuerzo físico le cobró factura rápido. Decidió cambiar de estrategia y la guió hacia el potro de posiciones que estaba junto a la pared.

La subió encima, la penetró de nuevo y mantuvieron un ritmo frenético hasta que ambos alcanzaron el orgasmo. Al terminar, Elena se tiró en la cama a recuperar el aire mientras Alonso destapaba otra cerveza para refrescarse. Hablamos de lo ocurrido con total normalidad; a los dos les había gustado el encuentro. Alonso me avisó que se daría una ducha, pero le pedí pasar yo primero al baño para orinar.

Me quedé unos minutos frente al espejo intentando acomodar mis pensamientos. Tenía una erección masiva, pero me mantuve firme en la idea de no tocarme para que los celos no me traicionaran en seco; planeaba aprovechar el momento en que Alonso se metiera a bañar para hacer el amor con Elena en esa misma cama, tal como lo había hecho con Diego.

Con ese plan en mente, salí del baño. No se escuchaba ruido, pero al dar la vuelta al pasillo, la escena que encontré me congeló.

Alonso no se había metido a bañar. Tenía a Elena boca abajo sobre el potro, con el trasero completamente elevado, mientras le introducía los dedos en la vagina con un ritmo húmedo. Se detenía para propinarle azotes firmes en las nalgas que dejaban la piel roja, y noté que ya se había colocado un condón nuevo. Sin esperar, acomodó su miembro erecto y la penetró por detrás.

Esta vez no usó movimientos constantes. Lo sacaba casi por completo y lo introducía despacio, obligándola a sentir cada centímetro. Luego, teniéndolo fuera, comenzó a darle rápidos golpes con la punta en la entrada de su vulva. Elena estaba fuera de sí, arqueándose en el aire, hasta que de repente, un chorro abundante de líquido brotó de su interior, salpicando el potro.

Alonso le había provocado un squirt monumental. Sabía que Elena era multiorgásmica, pero jamás había visto esa cantidad de flujo escurriendo por sus piernas. Me acerqué para sentarme en la orilla de la cama y observar de cerca, y al pasar casi me resbalo; el piso de loseta tenía un charco considerable. Mi ausencia en el baño apenas había durado unos minutos, pero Alonso la había quebrado por completo en ese lapso.

Me senté a escasos metros. Elena ni siquiera notó mi presencia; tenía la cara hundida en el cojín del potro, con la mirada perdida en el delirio del placer. Alonso me miró con un rostro serio, frío, y sin mediar palabra, le levantó la cabeza a Elena del cabello, obligándola a sostenerse con las manos. Volvió a embestirla con fuerza, y mi esposa empezó a soltar unos chillidos agudos.

—¿Te gusta, zorra? —le soltó Alonso con rudeza.
—¡Siiii! —gritó Elena, con la voz rota.
—¿Qué es lo que te gusta? ¡Dilo!
—¡Tu verga! ¡Me gusta tu verga!
—¡Dime qué eres! ¡Dímelo en la cara!
—¡Soy una puta! ¡Soy una puta! —chilló ella, entregada por completo a la dominación del hombre.
—Eres una zorra infiel... ¿Y tu marido, Elena? ¿Dónde está tu maridito?
—No... no sé... —gemía ella, perdiendo el control.
—¿Qué es tu esposo? ¡Dile qué es!
—Es... ¡es un cornudo! ¡Ahhhh!
—Te encanta serle infiel a tu cornudo, ¿verdad?
—¡Sí! ¡Me encanta ponerle los cuernos! ¡Ay, Dios mío!

Alonso le jaló la cara hacia atrás con fuerza, obligándola a girar la cabeza hacia donde yo estaba sentado. Cuando Elena me vio, el rostro se le encendió en un rojo de pura vergüenza. Intentó voltear la cara para no sostenerme la mirada, pero Alonso no la dejó escapar.

—¿La escuchaste, cornudo? —me gritó Alonso desde el potro, sin dejar de embestirla.
—... Sí, señor —respondí, con un nudo en la garganta y el pulso a mil.
—¿Escuchaste cómo ahora es mi puta?
—Sí, señor... lo escuché.
—Vamos, zorrita, dile a tu dueño quién es el que te rompe el culo ahora. ¡Díselo!

Elena no podía con la humillación real; se quedó callada, con los ojos cerrados, soportando el embate de Alonso. El hombre le acomodó un azote brutal que resonó en todo el cuarto.

—Vamos, zorra, que no te dé pena. A tu marido le encanta escucharte, ¿o no es así, César?
—... Sí, mi amor —intervení, rindiéndome al juego destructivo—. Dilo... pídeselo tú mismo. ¿Qué eres?
—... Soy... soy una puta... —logró articular Elena entre lágrimas de placer y vergüenza.
—¿La puta de quién? —le exigí.
—De... de don Alonso...
—¿Y yo qué soy?
—¡Un cornudooo! ¡Ahhh!
—¡Ah, me vengo, zorra! —rugió Alonso.

El hombre sacó su miembro a tiempo y se corrió abundantemente sobre sus nalgas rojas. Elena se dejó caer hacia adelante, tomando aire, completamente agotada y abrumada por la crudeza de lo que acababa de pasar.

Tras unos minutos de silencio pesado, Elena se levantó y se sentó en la otra cama, intentando asimilar el viaje psicológico. Alonso y yo volvimos a conversar en el tono tranquilo de antes.

—Espero no haberme excedido, muchachos —me dijo Alonso mientras se limpiaba—. A algunas parejas del ambiente les gusta que las trate con esa dureza.
—No se preocupe, don Alonso —respondí, tragando saliva—. Fue diferente a lo habitual, pero no fue molesto. Fue todo un espectáculo.
—Es que tienes una mujer bellísima, César, y la forma en que respondió me sobreexcitó. Vaya que moja mucho esa mujer, me imagino que ya lo sabías.
—Sí, claro, lo sé perfectamente —mentí, solo para mantener mi orgullo a flote frente a él.

Elena, ya más calmada, se cubrió con el abrigo y se sumó a la charla.

—Espero que lo hayas disfrutado, Elena —le dijo Alonso.
—Sí... fue bastante bueno —respondió ella, mirando al piso.
—Le pedía disculpas a tu esposo, no quise ofenderlos con mis palabras.
—Al contrario —confesó Elena, levantando la vista con una chispa de malicia renacida—. Que me hablara así... me encendió como nunca.
—Pues qué mejor. Para eso estamos aquí, para disfrutar.

El viaje de regreso en su auto fue silencioso pero cargado de una electricidad extraña. Nos despidió en la plaza con un beso formal en la mejilla de Elena y un apretón de manos conmigo.

Ya en nuestro apartamento, el reencuentro fue destructivo. Nos devoramos durante toda la madrugada mientras recapitulábamos los insultos del motel. La improvisación de don Alonso nos había descubierto un fetiche nuevo y perturbador: nos excitaba la dominación y la humillación verbal en el acto.

El sexo esa noche fue tan intenso como la primera vez con Diego, afianzando la idea de que este estilo de vida era definitivamente el nuestro. Teníamos la fórmula perfecta: el consentimiento mutuo, los cuernos en mi presencia y el absoluto anonimato de internet que nos protegía de los chismes familiares y del barrio. Teníamos el control de nuestro juego... o al menos, eso era lo que yo imaginaba en ese momento.

1 comentarios - Secretos de Vecindario - Parte 6: Humillación en el Motel

Redfenix_
Lindo. No sé si es realidad o ficción, pero aún así está lindo. Siempre es bueno que un cornudo sea humillado