Buenas a todos, cómo están?
Dejo el capĂtulo 2 de esta historia.
Si no leĂste la primera parte te lo dejo acá:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6372738/3-Cuerpos-7-Pecados-Intro-Capitulo-I.html
No olviden que pueden comentar o escribirme por DM.
Gracias por leer y dejar puntos.

II - Avaricia
MartĂn se despierta antes que la alarma suene. LucĂa duerme boca abajo, el pelo rojo desparramado, la sábana apenas cubre su culo. TodavĂa tiene las marcas de sus dedos en las caderas. TodavĂa a Ă©l la frase de anoche le da vueltas: «que alguien nos viera…». Se le pone dura de solo pensarlo.
Se ducha rápido, agua frĂa para bajar la hinchazĂłn de los ojos. En el espejo ve la misma cara de siempre: ojeras de oficina, barba de tres dĂas, pero algo en los ojos esta distinto hoy... Hay un chispa que empieza a crecer pero que aĂşn no era consciente. Desayuna rápido tambiĂ©n, y baja al garaje. En el ascensor siente el perfume de Valeria, al no coincidir hoy se percata que va con retraso.
Una dentro en el auto, con la llaves en la mano mira el asiento de al lado y se percata que el bolso de nataciĂłn no esta más. "Mmm... Cierto. Es miĂ©rcoles." Dice en voz baja pensativa mientras sonrĂe y pone en marcha su coche.
La mañana en el laburo es como de costumbre, solo que tienen un zoom con un importante banco de Argentina, con el que MartĂn se tiene que explayar sobre diversos temas. Nunca tiene problemas con este tipo de charlas, no es la primera vez que las da, y siempre se le da bien el "chamuyo". Pero hoy Ă©l esta diferente, cumple notablemente sus obligaciones, pero Ă©l sabe que no tiene la cabeza al 100% en el trabajo. Terminado el zoom, el sigue pensativo en su pareja... "Que alguien nos viera..."
"Que nos viera... alguien...".
"Alguien...".
-"Hay alguien... ÂżHay alguien?..."-
-"Hola ÂżHay alguien en casa?"- Una voz desde el fondo de la realidad trae de vuelta a MartĂn a su escritorio.
Es Morena, con su belleza singular para sus cuarentas. CĂłmo ya vimos el capĂtulo pasado, sus polleras cortas y camisas ajustados y escotada son una locuta. Su cabello violeta es el toque definitivo que da a la directora de arte el eje de todas las miradas. Ella es una sonrisa amistosa, y una mirada que estudia sutilmente a MartĂn. Apoya su mano sobre el borde del escritorio, inclinándose al hacerlo.
-¿Qué pasó Tincho? Estabas re colgado jajaja.- Dice More agachada, dejando ver su gran escote.
Por unos segundos que parecen eternos, él queda hipnotizado con los senos, pero rápidamente levanta su mirada disimulando. Tras saliva en intenta responder.
-SĂ, perdoname, todo bien jajaja.- Responde MartĂn tratando de evitar verle las gomas.
-ÂżSeguro? TenĂ©s cara de haber pasado una noche larga...- dijo ella mirando y señalando las ojeras de MartĂn.
-Me declaro culpable jajaja- Mientras se toca la cara en busca de alguna marca.
-Si ya comiste te invito un cafĂ©, asĂ nos ponemos al dĂa con el asunto del banco. Me hace falta uno y veo que a vos tambiĂ©n...- Dice ella apoyando su cola en el escritorio, levantándose la pollera y dejando ver más piel en las piernas y esas portaligas negras que eran un tentaciĂłn para toda la oficina.
-No More, te agradezco pero le prometĂ a Roberto que tenĂa que ver los informes...- Atina a buscar papeles sobre su escritorio.
No obstante por un segundo se detiene, recuerda el dĂa que es y ve la hora. Hace unos cálculos en su cabeza y antes de volver a responder, More le gana de mano.
-Ya hablo con Robert. Hoy ya bastante nos defendiste en el zoom. Por eso quĂ©date tranquilo. ÂżQuĂ© decĂs?-
Busca una evasiva a su petición, pero recuerda la fecha, hace unos cálculos mentales en cuántos a ciertos horarios y distancias.
-Mira, sabes que creo voy a aceptar... Justo me queda de pasada para ir a otro lugar...- dijo MartĂn agarrando su mochila.
-Buenisimo, vamos entonces.- Dice ella y parten.
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Una dama de cabellos rojos en otro lugar se despierta lentamente, con la luz del mediodĂa filtrándose por las cortinas del dormitorio. LucĂa abre los ojos azules, aĂşn pesados por el sueño profundo de la noche anterior, y estira los brazos por encima de la cabeza. La sábana se desliza un poco, dejando al descubierto su espalda pálida con esas pecas sutiles que MartĂn adora besar. Siente un calor residual entre las piernas, recuerdo de la confesiĂłn y el sexo intenso con su novio. SonrĂe sola, mordiĂ©ndose el labio inferior. "QuĂ© locura anoche...", piensa, mientras se incorpora y el cabello cobrizo ondulado cae en cascada sobre sus hombros.
Se levanta desnuda, caminando descalza por el PH hasta la cocina, donde se prepara un cafĂ© fuerte. El departamento está en silencio, solo el zumbido distante de la ciudad. Se sienta en la isla de la cocina con la notebook abierta, terminando las Ăşltimas ediciones para una importante marca de ropa: fotos de modelos en lencerĂa y bikinis, ajustes de color, recortes precisos, captions sugerentes para Instagram. Programar las publicaciones es rutina para ella, pero hoy lo hace con una sonrisa pĂcara —irĂłnico, editar ropa sexy mientras su mente divaga en su propia "exhibiciĂłn".
Parte del pago de la semana pasada llegĂł con un extra inesperado: un outfit de nataciĂłn nuevo, cortesĂa de la marca. Lo sacĂł del paquete el lunes, pero no se animĂł a probárselo hasta ayer a la noche, cuando sacĂł el bolso del auto de MartĂn. Es rojo intenso, audaz: top con tiras finas y tela que se ajusta perfecto a sus pechos generosos pero naturales, un poco transparente solo si se moja (detalle que la hizo sonrojar al leer la descripciĂłn). Pero lo que realmente la tentĂł fue la parte de abajo: prácticamente una tanga atrás, dejando casi toda su cola monumental al descubierto, con tiras altas que acentĂşan sus caderas anchas. "Es jugarse un poco...", pensĂł al verlo, pero en el fondo la idea de mostrar más piel, de ser vista, le encanta. Desde la confesiĂłn a MartĂn, esa curiosidad voyeurista creciĂł como una planta regada. El morbo puede más que el pudor.
Termina el trabajo, guarda todo y almuerza algo liviano: una ensalada con lo que queda en la heladera. DespuĂ©s, se para frente al espejo del dormitorio (el grande del baño, por ahora), y saca el traje nuevo del bolso. Se quita la camiseta oversized que usaba para estar en casa, quedando en tanga simple, y se lo prueba. Ualá... Le queda perfecto. La tela es de alta calidad, cĂłmoda, impermeable, se adapta como una segunda piel. Gira frente al espejo, admirando cĂłmo el rojo resalta su tez blanca, cĂłmo el top marca sutilmente sus pezones si se estira, y cĂłmo la tanga atrás deja ver la curva completa de su cola, solo interrumpida por las tiras finas. Se pone colorada sola, pero no se lo quita. "Hoy es el dĂa", decide, con un cosquilleo en el estĂłmago que mezcla nervios y excitaciĂłn.

Prepara el bolso: toalla, shampoo, el traje viejo negro por si acaso (mucho más conservador, entero y tapado), y sale en un Uber hacia el club en Palermo. El trayecto es corto, pero lo usa para mirar stories en Instagram, viendo chicas con bikinis similares, imaginando miradas sobre su cuerpo.
La clase es mixta, como siempre: la profesora Ivana, 35 años, un cuerpo atlĂ©tico asombroso que hace que todas las chicas la admiren y los chicos disimulen. Piel bronceada todo el año, pechos firmes y bien marcados bajo su malla enteriza, cintura estrecha y una cola impresionante que se mueve con autoridad cuando camina por el borde de la pileta. El grupo es chico y joven: 3 chicos (todos entre 25-30, cuerpos entrenados por la nataciĂłn) y 4 chicas (incluida LucĂa), edades similares, ambiente relajado y amistoso.
En el vestuario de mujeres, LucĂa duda frente a su locker. Saca primero el traje viejo negro, clásico y seguro, pero luego el rojo nuevo brilla en el bolso como una tentaciĂłn. Se queda en ropa interior un momento, mirando ambos. "Si lo uso hoy, no hay vuelta atrás...", piensa, pero el recuerdo de la noche con MartĂn y esa nueva avidez por "ser vista" la empuja. SofĂa, una de las chicas del grupo —misma edad que LucĂa, un poco más alta (1,70 m), rubia con pelo largo lacio que le llega a la cintura, cuerpo delgado pero tonificado, sonrisa siempre fácil—, la ve dudando y se acerca envuelta en su toalla.
—Ayy, LucĂa, esa malla roja es hermosa. Ni lo dudes, posta— le dice con entusiasmo genuino, apoyando una mano suave en la cintura desnuda de LucĂa por un segundo, un toque amistoso pero que la hace erizar la piel—. Te va a quedar increĂble, vas a romperla.-
La sonrisa de SofĂa es contagiosa, cálida, sin juicio. LucĂa siente un rush de confianza. Respira profundamente, asiente y, viendo que el vestuario se vacĂa (las otras chicas ya salen charlando hacia la pileta), se cambia rápido. El rojo se ajusta perfecto, el espejo del vestuario confirma: sexy, audaz, pero no vulgar. El corazĂłn le late fuerte. Encará hacia la pileta, descalza, con ansiedad, morbo y una toalla envolviĂ©ndola por ahora.
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En un bar cafĂ© de la zona, llamado "El Triunvirato", MartĂn y Morena disfrutan un merecido descanso luego del gran triunfo de la charla con el banco. Es un lugar bien conocido por todos en la empresa, con notables descuentos para los empleados gracias a una buena administraciĂłn y el arreglo que Roberto cerrĂł con el dueño. Tiene tintes clásicos —maderas oscuras, lámparas de bronce colgantes, mesas de mármol con sillas de cuero gastado— pero no le escapa a la modernidad: paredes con arte urbano, mĂşsica indie bajita de fondo, y un sector de sofás con plantas colgantes para los más jĂłvenes. Es amplio, con zonas grupales ruidosas cerca de la barra y sectores más privados en los rincones, ideales para charlas Ăntimas sin que el mundo interfiera.
AhĂ están ellos sentados en uno de esos rincones: una mesita redonda de madera entre dos sillones mullidos, uno frente al otro. Morena cruza las piernas, la pollera corta subiĂ©ndose un poco más, revelando las portaligas negras que MartĂn ya habĂa notado en la oficina. Él intenta mantener la vista en la medialuna que picotea, pero el aroma a cafĂ© reciĂ©n molido y el perfume sutil de ella (algo floral y cálido) lo distraen. La luz de la tarde entra por la ventana cercana, dorada y suave, iluminando el escote generoso que Morena deja ver sin disimulo.
—La mejor gestión de Robert este año, el café —intenta decir Morena con la boca llena de medialuna, riendo mientras se limpia una miguita del labio inferior.
—Esto y el dĂa de home office que logrĂł, jajaja —responde MartĂn, dando un sorbo largo a su cafĂ© con leche, tratando de mantener la compostura.
—Totalmente... Che, Tincho... ÂżEstás sin dormir, no? —interroga ella, inclinándose un poco más, sus ojos oscuros clavados en los de Ă©l con una mezcla de curiosidad y picardĂa.
—No sin dormir, pero con pocas horas de sueño... —contesta MartĂn, mirando hacia un costado para evitar su mirada directa, sintiendo cĂłmo el calor le sube al rostro y se pone colorado.
—Ayy, Tincho... ¡Te pusiste rojo! No hace falta que me digas el porqué, jajajaja, te vendiste solo —dice Morena con una carcajada baja, juguetona, dejando la taza sobre la mesa con un tintineo suave.
Se acomoda hacia adelante, apoyando los codos en la mesita, lo que hace que su blusa se abra un poco más, dejando ver el encaje negro del corpiño y la curva generosa de sus pechos. MartĂn traga saliva, sus ojos bajan por un segundo inevitable antes de forzarse a subirlos.
—Qué lindo motivo para desvelarse, nene... ¿Qué edad tiene tu novia? —pregunta ella, bajando la voz como si compartieran un secreto, con una sonrisa ladeada que no esconde el coqueteo.
—Lindo pero cuesta un poco al otro dĂa, jajaja. Lu tiene 25 años —responde Ă©l, intentando sonar casual, pero su mente divaga un instante en la imagen de LucĂa de anoche, desnuda y confesando sus fantasĂas.
—Ayy, pero son re jóvenes... Pero si no te desvelás asà te mato, eh, jajajaja. Estás en la flor de la juventud, no tenés que dejar escapar nada en esta etapa. Aprovechá las oportunidades... y si no aparecen, búscalas —le dice ella, guiñándole un ojo con lentitud deliberada, su pie rozando "accidentalmente" la pierna de él bajo la mesa por un segundo.
MartĂn se queda pensativo, la frase resonando en su cabeza como un eco de la advertencia de FilemĂłn y de sus propias fantasĂas recientes. SonrĂe apenas, incĂłmodo pero intrigado, mientras el ruido del cafĂ© los envuelve como un velo protector. El tiempo pasa rápido entre risas y comentarios livianos sobre la oficina, pero MartĂn mira el reloj disimuladamente: es miĂ©rcoles, y ya es hora de cortar el dĂa.
—Che, More, gracias por el cafĂ©, posta. Me levantaste el ánimo —dice Ă©l finalmente, dejando la taza vacĂa y poniĂ©ndose de pie—. Pero me voy yendo, tengo unas cosas pendientes antes de volver a casa.-
—Dale, Tincho, no hay drama. VolvĂ© cuando quieras... este rincĂłn siempre va a estar disponible para vos —responde ella con una sonrisa pĂcara, levantándose tambiĂ©n y dándole un beso en la mejilla que dura un segundo de más, su perfume quedando en el aire y su mano rozando apenas su brazo.
Salen juntos del cafĂ©, pero en la puerta se despiden: Morena de vuelta a la oficina para terminar unos pendientes, MartĂn hacia su auto en direcciĂłn opuesta. Sube al coche, pone marcha y acelera por las calles de Palermo, con una sonrisa contenida y la curiosidad picándole en el pecho.

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Los pasos son seguros aunque camuflan pánico ante los desconocido desde el vestuario hacia el borde de la pileta climatizada y techada —un natatorio cerrado con paredes de vidrio alto que dejan entrar luz natural pero aĂslan del exterior—. LucĂa siente el aire cálido y hĂşmedo del ambiente rozando su piel expuesta al salir del vestuario de mujeres. El olor a cloro intenso se mezcla con el vapor que flota sobre el agua azul turquesa, y el eco de chapoteos y voces resuena bajo el techo alto. Se quita la toalla con un movimiento rápido, sintiendo un escalofrĂo que no es por frĂo, sino por la adrenalina de estrenar el traje rojo. El agua refleja los focos superiores, y el grupo ya está reunido al borde, esperando la indicaciĂłn de Ivana.
Se acerca con paso firme pero el corazĂłn latiĂ©ndole fuerte, el traje ajustándose como una segunda piel: el top rojo marcando sus pechos naturales, aĂşn seco pero prometiendo transparencia al mojarse, y atrás la tanga fina dejando ver casi toda la curva de su cola monumental. Los ojos del grupo se posan en ella al instante —disimulados, pero inevitables—. SofĂa le lanza una sonrisa cĂłmplice desde el agua, Ivana arquea una ceja con aprobaciĂłn profesional (o algo más), y los chicos... los chicos la miran con esa mezcla de sorpresa y admiraciĂłn que hace que LucĂa se sonroje bajo la piel pálida.
La clase arranca con Ivana al mando, su voz firme cortando el eco:
-Hoy suave, gente: treinta minutos rotando estilos —crawl, espalda, pecho— y foco en la respiración. ¡Al agua!".
LucĂa se sumerge de un salto limpio, el agua cálida envolviĂ©ndola como un secreto protector. El traje se pega al instante, el top volviĂ©ndose ligeramente translĂşcido, los pezones marcándose sutilmente. Nada crawl en su carril, cortando el agua con brazadas precisas, concentrada en la respiraciĂłn —inhalar, exhalar—, pero consciente de cada mirada que cruza el natatorio cerrado.
El grupo rota: los tres chicos en carriles paralelos (el moreno fornido sonriendo al pasar, el flaco ágil chapoteando cerca, y el alto de pelo platinado —cuerpo atlĂ©tico esculpido, piel blanca contrastando con el teñido, espalda ancha y mĂşsculos definidos— nadando con gracia felina, su mirada intensa cruzándose con la de ella más de una vez). Las chicas charlan bajito entre series, SofĂa guiñándole un ojo:
-Te queda brutal, posta.- LucĂa siente una vergĂĽenza inicial transformándose en placer culpable, cada brazada exponiendo más piel mojada, el traje rojo brillando bajo las luces.
Pasan a espalda, flotando boca arriba, y ahĂ el top traiciona del todo: mojado, casi transparente, revelando contornos. Ivana desde el borde la corrige con tono neutro pero ojos atentos, y LucĂa nota cĂłmo el alto platinado ralentiza su ritmo para coincidir, su mirada fija en sus curvas flotantes. Hacia el final, waterpolo improvisado:
-¡Equipos mixtos, últimos quince! A divertirnos!- anuncia Ivana.
LucĂa duda, pero el juego la arrastra. Pelotazos, risas, salpicadas. En un momento, la pelota vuela alto; salta para rematar, el cuerpo saliendo del agua en un arco perfecto: traje pegado, top transparente dejando ver pezones endurecidos por el agua frĂa superficial, y atrás la tanga fina exponiendo la cola plena, blanca rosada brillando bajo las luces.
El salto dura segundos, pero el natatorio cerrado se congela: todos la miran. SofĂa silba juguetona, las otras chicas murmuran admiradas, los chicos abren ojos grandes —el moreno sonrĂe nervioso, el flaco se queda boquiabierto—, pero el alto platinado la observa más que nadie, su mirada devoradora, intensa, como si memorizara cada detalle con aprobaciĂłn silenciosa. Hasta Ivana cruza brazos, sonrisa ladeada. LucĂa cae al agua ardiente, el rostro bordĂł, pero el morbo la inunda: "Me están viendo... todos", y le encanta.

El juego sigue caĂłtico, pero el alto se acerca más en las jugadas, roces "accidentales" al pasar la pelota, su sonrisa diciendo todo. LucĂa responde con adrenalina, nadando fuerte, exponiĂ©ndose más. Desde afuera —a travĂ©s de las ventanas altas del natatorio cerrado, en el pasillo de visitas donde padres o curiosos esperan—, MartĂn observa todo, embobado. LlegĂł justo, estacionĂł y se posicionĂł discretamente detrás del vidrio. Ve el salto, las miradas colectivas, especialmente la del tipo alto que parece no poder apartar los ojos. Algo se revuelve en Ă©l —celos fugaces—, pero no dice nada; en cambio, un calor creciente, excitaciĂłn al ver a otros deseando lo suyo. "Algo hay que me gusta...", piensa, la curiosidad de anoche volviendo con fuerza.
La clase termina con aplausos, Ivana felicitando. LucĂa espera deliberadamente, charlando con la profe y SofĂa para ganar tiempo, sintiendo aĂşn las miradas residuales. Cuando el grupo se dispersa —los chicos saliendo primero, el alto platinado demorándose un segundo más en una Ăşltima mirada—, y hasta Ivana se va, LucĂa se escabulle sola hacia el vestuario vacĂo. Se cambia rápido, se baña para quitarse el cloro, el agua caliente relajando su cuerpo aĂşn vibrante de adrenalina. Se viste con jeans ajustados y una remera holgada, el cabello cobrizo hĂşmedo cayendo en ondas.
Al salir al lobby del club, fresca y con el bolso al hombro, se sorprende al ver a MartĂn esperándola, apoyado casual contra la pared con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no revela todo. "ÂżQuĂ© hace acá?", piensa ella, el estĂłmago dando un vuelco —mezcla de sorpresa, culpa por la exposiciĂłn, y un cosquilleo nuevo al imaginar si vio algo. Él se acerca, le da un beso suave en los labios, como si nada, y juntos salen al auto estacionado afuera.
Ponen marcha hacia casa, el tráfico de Palermo denso pero fluido. Por unos minutos no hablan, el aire cargado de algo no dicho. LucĂa siente vergĂĽenza, culpa por haberse expuesto tanto, pero tambiĂ©n un cosquilleo residual. Es MartĂn quien rompe el hielo, su mano en el volante apretando ligeramente.
—No me arrepiento de venir a buscarte hoy... —dice con voz baja, mirando de reojo.
—¿Estás enojado? —pregunta ella, el corazón latiéndole fuerte otra vez.
—No... Estoy caliente, pero no de enojo... —responde guiñándole un ojo, y hace gesto para que vea su entrepierna, donde un bulto evidente confirma sus palabras.
LucĂa se asombra, pero se relaja, liberando el miedo a que todo se pudra. Se rĂe nerviosa, su mano posándose en la de Ă©l sobre la palanca de cambios.
—No sabĂa si usarlo... Me daba cosita —confiesa, refiriĂ©ndose al traje rojo.
—Menos mal que te animaste, me encantó como te quedó la cola... Aunque más le gustó a tus compañeros, jajaja —dice él, su tono juguetón pero con un filo de curiosidad.
—Ay, ¿me miraron mucho? —pregunta ella, poniéndose roja, pero con una sonrisa que delata el placer secreto.
—Tanto los chicos como las minas... Algunos más que otros —responde MartĂn, recordando al alto platinado, esa mirada fija que le generĂł una mezcla de celos y excitaciĂłn—. Hasta la profe te mirĂł diferente.-
—Me da vergĂĽenza, boludo... —murmura LucĂa, pero su voz tiembla de emociĂłn.
—Pero te gustó... ¿O no? —insiste él, girando en un semáforo para mirarla a los ojos, la luz rojiza del atardecer iluminando su rostro.
—SĂ... Me encantĂł —admite ella finalmente, mordiĂ©ndose el labio, el morbo de ser vista ahora compartido, flotando en el auto como un secreto caliente.
Él se sonrĂe, acelera cuando el semáforo cambia a verde. Empieza a oscurecer, el olor hĂşmedo a tierra se filtra dentro del coche, auspiciando una lluvia. La charla deriva a detalles: cĂłmo se sintiĂł el salto, las risas disimuladas, la adrenalina de saberse observada, incluso el roce sutil del alto platinado en el waterpolo. MartĂn confiesa que verlo desde afuera lo puso al lĂmite ("Me volviĂł loco verte asĂ, deseada por todos"), y LucĂa se excita de nuevo al oĂrlo, su mano apretando la de Ă©l.
-Y a vos... ¿te gustó verme mirar?", pregunta ella bajito, y él asiente con un "Más de lo que imaginaba".-
—¿Compramos una pizza y unas birras frĂas? —propone MartĂn al pasar por una pizzerĂa conocida en el barrio—. Bajamos rápido y subimos, que esta noche merece algo especial.
LucĂa acepta con una sonrisa pĂcara, los ojos brillando. Paran, bajan juntos —él pide la pizza familiar con extra mozzarella, ella elige las birras artesanales heladas—, y suben de nuevo al PH con las bolsas, la lluvia empezando a golpear el parabrisas. Esa pizza simple, caliente y compartida, merecĂa una noche especial... una donde la avaricia por más placer apenas empezaba a saciarse.
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Llegan con pizza y unas birras frĂas. LucĂa se va a la habitaciĂłn y se cambia la ropa. Se pone un jogging gris y top negro, sin corpiño por debajo. MartĂn deja la pizza sobre la mesa y deja la birras en la heladera. Se da una rápida ducha para relajarse. Sobre la pequeña ventana del baño observa como se reflejan los resufilos de los rayos lejos. La primeras gotas empiezan a pegar en el vidrio. Por otro lado, Lucia ya cambiada deja para lavar la malla roja, mirándola fijamente y sonriente.
Se acomodan en el sillĂłn, en la mesita que tienen delante dejan la pizza y destapan unas de las birras. Ponen una serie de detectives que estaban viendo juntos, pero no logran seguirle el ritmo... Se desvĂan mirándose y comentando lo reciĂ©n sucedido en nataciĂłn. La pareja entre en una fase rara, experimentan una mezcla de pudor, ansiedad y morbo. LucĂa se estira, apoya los pies descalzos en el regazo de MartĂn.
—¿Seguimos la serie o hacemos algo más divertido?
—Hoy estás reveladora mà amor... ¿Qué tenés en mente?-
Ella agarra el control remoto, abre el navegador del Smart TV y sonrĂe. Mientras la tormenta llegĂł a la ciudad. Los relámpagos iluminan brevemente el ambiente con luz tenue de una de las lámparas led color lila. Seguido caen los truenos y retumba el edificio entero. LucĂa se acomoda más cerca de su chico y le dice:
—Pensaba en mirar algo más caliente juntos… como cuando empezamos a salir, ¿Te acordás? Era lo más.-
MartĂn siente un calor inmediato en el pecho. Una sensaciĂłn de excitaciĂłn comienza a brotarle por los poros.
—Uf, me acuerdo perfecto. Qué lindo era eso. A ver, iluminame bebé.-
Se ve finalmente Pornhub en pantalla grande. Empiezan con vĂdeos clásicos de pareja, de los hechos en estudio con actores conocidos de la industria para adultos. Se rĂen de los gemidos exagerados de las actrices. LucĂa se acurruca contra Ă©l acariciando su pecho. La mano de MartĂn ya le sondea el muslo por dentro del jogging. Luego de un par de videos, comienzan los videos caseros, algunos mal grabados, otros con camara quieta. Entre ellos aparece uno sugerido: “Hot redhead shared by husband and friend – MMF” (dos hombres y una mujer). LucĂa hace click sin preguntar. Le habĂa llamado la atenciĂłn la portada de la chica con dos hombres. La pelirroja de la pantalla podrĂa ser su hermana: misma piel blanca con pecas, mismo color de pelo. El vĂdeo comienza con la mujer de rodillas, chupando una pija mientras la otra le penetra por atrás. Los dos tipos se miran y sonrĂen. Son compinches en cogerse a la pelirroja quiĂ©n gime cuando no tiene ma boca ocupada.
Silencio total en el living. LucĂa mete la mano dentro del pantalĂłn de MartĂn, porque ya habĂa sentido que tenia una fuerte erecciĂłn. Por si parte Ă©l le baja el jogging y la tanga de un tirĂłn. Se tocan despacio, siguiendo el ritmo de la escena. La lluvia y los truenos hacĂan de cortina para tapar el audio lascivo de la televisiĂłn.
De repente se cambia de vĂdeo: “Two girls one lucky guy – FFM” (dos mujeres y un hombre). Una de las chicas sentada en la cara del tipo mientras la otra lo cabalga. Las chicas se besan entre sĂ rozando sus pezones mientras el chico le hacĂa sexo oral desde abajo. LucĂa empieza a gemir bajito, ya está empapada. MartĂn le mete dos dedos notandolo y le susurra:
—Te encanta esto también, ¿no?-
Ella solo asiente con una mano en la boca, los ojos clavados en la pantalla. LucĂa no resiste más, le baja el pantalĂłn y se lo mete hasta el fondo. Le hace el mejor sexo oral de toda la relaciĂłn hasta ese momento. Él tambiĂ©n totalmente excitado, le hace señas de que se suba. Ella se termina de sacar lo que tenĂa de ropa y se monta. Cabalga totalmente desquiciada. Se mueven fuerte, sin sacar la vista del televisor. Ella toma pastillas desde siempre, asĂ que no habĂa problema. Al ver en el vĂdeo que el chico acaba en las tetas de una, y la otra chupa todo, Lucia acabĂł con mucho placer, temblando todo su cuerpo y entregandose por completo. Aprieta tanto si concha, que MartĂn sale en el Ăşltimo segundo y se acaba caliente y abundante sobre su panza y sus tetas.
Mientras Lucia le limpia el pene a su novio, chupan las Ăşltimas gotitas de semen, el vĂdeo habĂa terminado, pero Pornhub ya habĂa puesto el siguiente automáticamente:
“Brunette wife invites her best friend – real FFM threesome”. En pantalla una morocha despampanante y una rubia se turnan para chupar y cabalgar al marido. Los dos están acabados, transpirados, pegajosos… pero no pueden despegar los ojos del video. LucĂa le acaricia el pecho, todavĂa agitada.
—¿Sabés qué fue lo que más me calentó?-
—Decime.-
—Como los dos la miraban… y como ella los miraba a los dos... Con tanto deseo... Tanto fuego."-
MartĂn le besa la frente, sonrĂe y dice bajito, casi para sĂ mismo:
—Está empezando a hacer frĂo… venĂ, limpiate y vamos a la cama mĂ amor.-
La lluvia sigue con fuerza, dando a la pareja un relajante sonido nocturno para descansar despuĂ©s de un dĂa agitado. La temperatura desciende, pero MartĂn y Lucia han descubierto como subirla enseguida. El fuego cruje ahora con mayor fuerza y la avaricia corporal de estos jĂłvenes hacen el espacio poner más leña a la hoguera.

Continuará...
Dejo el capĂtulo 2 de esta historia.
Si no leĂste la primera parte te lo dejo acá:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6372738/3-Cuerpos-7-Pecados-Intro-Capitulo-I.html
No olviden que pueden comentar o escribirme por DM.
Gracias por leer y dejar puntos.

II - Avaricia
MartĂn se despierta antes que la alarma suene. LucĂa duerme boca abajo, el pelo rojo desparramado, la sábana apenas cubre su culo. TodavĂa tiene las marcas de sus dedos en las caderas. TodavĂa a Ă©l la frase de anoche le da vueltas: «que alguien nos viera…». Se le pone dura de solo pensarlo.
Se ducha rápido, agua frĂa para bajar la hinchazĂłn de los ojos. En el espejo ve la misma cara de siempre: ojeras de oficina, barba de tres dĂas, pero algo en los ojos esta distinto hoy... Hay un chispa que empieza a crecer pero que aĂşn no era consciente. Desayuna rápido tambiĂ©n, y baja al garaje. En el ascensor siente el perfume de Valeria, al no coincidir hoy se percata que va con retraso.
Una dentro en el auto, con la llaves en la mano mira el asiento de al lado y se percata que el bolso de nataciĂłn no esta más. "Mmm... Cierto. Es miĂ©rcoles." Dice en voz baja pensativa mientras sonrĂe y pone en marcha su coche.
La mañana en el laburo es como de costumbre, solo que tienen un zoom con un importante banco de Argentina, con el que MartĂn se tiene que explayar sobre diversos temas. Nunca tiene problemas con este tipo de charlas, no es la primera vez que las da, y siempre se le da bien el "chamuyo". Pero hoy Ă©l esta diferente, cumple notablemente sus obligaciones, pero Ă©l sabe que no tiene la cabeza al 100% en el trabajo. Terminado el zoom, el sigue pensativo en su pareja... "Que alguien nos viera..."
"Que nos viera... alguien...".
"Alguien...".
-"Hay alguien... ÂżHay alguien?..."-
-"Hola ÂżHay alguien en casa?"- Una voz desde el fondo de la realidad trae de vuelta a MartĂn a su escritorio.
Es Morena, con su belleza singular para sus cuarentas. CĂłmo ya vimos el capĂtulo pasado, sus polleras cortas y camisas ajustados y escotada son una locuta. Su cabello violeta es el toque definitivo que da a la directora de arte el eje de todas las miradas. Ella es una sonrisa amistosa, y una mirada que estudia sutilmente a MartĂn. Apoya su mano sobre el borde del escritorio, inclinándose al hacerlo.
-¿Qué pasó Tincho? Estabas re colgado jajaja.- Dice More agachada, dejando ver su gran escote.
Por unos segundos que parecen eternos, él queda hipnotizado con los senos, pero rápidamente levanta su mirada disimulando. Tras saliva en intenta responder.
-SĂ, perdoname, todo bien jajaja.- Responde MartĂn tratando de evitar verle las gomas.
-ÂżSeguro? TenĂ©s cara de haber pasado una noche larga...- dijo ella mirando y señalando las ojeras de MartĂn.
-Me declaro culpable jajaja- Mientras se toca la cara en busca de alguna marca.
-Si ya comiste te invito un cafĂ©, asĂ nos ponemos al dĂa con el asunto del banco. Me hace falta uno y veo que a vos tambiĂ©n...- Dice ella apoyando su cola en el escritorio, levantándose la pollera y dejando ver más piel en las piernas y esas portaligas negras que eran un tentaciĂłn para toda la oficina.
-No More, te agradezco pero le prometĂ a Roberto que tenĂa que ver los informes...- Atina a buscar papeles sobre su escritorio.
No obstante por un segundo se detiene, recuerda el dĂa que es y ve la hora. Hace unos cálculos en su cabeza y antes de volver a responder, More le gana de mano.
-Ya hablo con Robert. Hoy ya bastante nos defendiste en el zoom. Por eso quĂ©date tranquilo. ÂżQuĂ© decĂs?-
Busca una evasiva a su petición, pero recuerda la fecha, hace unos cálculos mentales en cuántos a ciertos horarios y distancias.
-Mira, sabes que creo voy a aceptar... Justo me queda de pasada para ir a otro lugar...- dijo MartĂn agarrando su mochila.
-Buenisimo, vamos entonces.- Dice ella y parten.
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Una dama de cabellos rojos en otro lugar se despierta lentamente, con la luz del mediodĂa filtrándose por las cortinas del dormitorio. LucĂa abre los ojos azules, aĂşn pesados por el sueño profundo de la noche anterior, y estira los brazos por encima de la cabeza. La sábana se desliza un poco, dejando al descubierto su espalda pálida con esas pecas sutiles que MartĂn adora besar. Siente un calor residual entre las piernas, recuerdo de la confesiĂłn y el sexo intenso con su novio. SonrĂe sola, mordiĂ©ndose el labio inferior. "QuĂ© locura anoche...", piensa, mientras se incorpora y el cabello cobrizo ondulado cae en cascada sobre sus hombros.
Se levanta desnuda, caminando descalza por el PH hasta la cocina, donde se prepara un cafĂ© fuerte. El departamento está en silencio, solo el zumbido distante de la ciudad. Se sienta en la isla de la cocina con la notebook abierta, terminando las Ăşltimas ediciones para una importante marca de ropa: fotos de modelos en lencerĂa y bikinis, ajustes de color, recortes precisos, captions sugerentes para Instagram. Programar las publicaciones es rutina para ella, pero hoy lo hace con una sonrisa pĂcara —irĂłnico, editar ropa sexy mientras su mente divaga en su propia "exhibiciĂłn".
Parte del pago de la semana pasada llegĂł con un extra inesperado: un outfit de nataciĂłn nuevo, cortesĂa de la marca. Lo sacĂł del paquete el lunes, pero no se animĂł a probárselo hasta ayer a la noche, cuando sacĂł el bolso del auto de MartĂn. Es rojo intenso, audaz: top con tiras finas y tela que se ajusta perfecto a sus pechos generosos pero naturales, un poco transparente solo si se moja (detalle que la hizo sonrojar al leer la descripciĂłn). Pero lo que realmente la tentĂł fue la parte de abajo: prácticamente una tanga atrás, dejando casi toda su cola monumental al descubierto, con tiras altas que acentĂşan sus caderas anchas. "Es jugarse un poco...", pensĂł al verlo, pero en el fondo la idea de mostrar más piel, de ser vista, le encanta. Desde la confesiĂłn a MartĂn, esa curiosidad voyeurista creciĂł como una planta regada. El morbo puede más que el pudor.
Termina el trabajo, guarda todo y almuerza algo liviano: una ensalada con lo que queda en la heladera. DespuĂ©s, se para frente al espejo del dormitorio (el grande del baño, por ahora), y saca el traje nuevo del bolso. Se quita la camiseta oversized que usaba para estar en casa, quedando en tanga simple, y se lo prueba. Ualá... Le queda perfecto. La tela es de alta calidad, cĂłmoda, impermeable, se adapta como una segunda piel. Gira frente al espejo, admirando cĂłmo el rojo resalta su tez blanca, cĂłmo el top marca sutilmente sus pezones si se estira, y cĂłmo la tanga atrás deja ver la curva completa de su cola, solo interrumpida por las tiras finas. Se pone colorada sola, pero no se lo quita. "Hoy es el dĂa", decide, con un cosquilleo en el estĂłmago que mezcla nervios y excitaciĂłn.

Prepara el bolso: toalla, shampoo, el traje viejo negro por si acaso (mucho más conservador, entero y tapado), y sale en un Uber hacia el club en Palermo. El trayecto es corto, pero lo usa para mirar stories en Instagram, viendo chicas con bikinis similares, imaginando miradas sobre su cuerpo.
La clase es mixta, como siempre: la profesora Ivana, 35 años, un cuerpo atlĂ©tico asombroso que hace que todas las chicas la admiren y los chicos disimulen. Piel bronceada todo el año, pechos firmes y bien marcados bajo su malla enteriza, cintura estrecha y una cola impresionante que se mueve con autoridad cuando camina por el borde de la pileta. El grupo es chico y joven: 3 chicos (todos entre 25-30, cuerpos entrenados por la nataciĂłn) y 4 chicas (incluida LucĂa), edades similares, ambiente relajado y amistoso.
En el vestuario de mujeres, LucĂa duda frente a su locker. Saca primero el traje viejo negro, clásico y seguro, pero luego el rojo nuevo brilla en el bolso como una tentaciĂłn. Se queda en ropa interior un momento, mirando ambos. "Si lo uso hoy, no hay vuelta atrás...", piensa, pero el recuerdo de la noche con MartĂn y esa nueva avidez por "ser vista" la empuja. SofĂa, una de las chicas del grupo —misma edad que LucĂa, un poco más alta (1,70 m), rubia con pelo largo lacio que le llega a la cintura, cuerpo delgado pero tonificado, sonrisa siempre fácil—, la ve dudando y se acerca envuelta en su toalla.
—Ayy, LucĂa, esa malla roja es hermosa. Ni lo dudes, posta— le dice con entusiasmo genuino, apoyando una mano suave en la cintura desnuda de LucĂa por un segundo, un toque amistoso pero que la hace erizar la piel—. Te va a quedar increĂble, vas a romperla.-
La sonrisa de SofĂa es contagiosa, cálida, sin juicio. LucĂa siente un rush de confianza. Respira profundamente, asiente y, viendo que el vestuario se vacĂa (las otras chicas ya salen charlando hacia la pileta), se cambia rápido. El rojo se ajusta perfecto, el espejo del vestuario confirma: sexy, audaz, pero no vulgar. El corazĂłn le late fuerte. Encará hacia la pileta, descalza, con ansiedad, morbo y una toalla envolviĂ©ndola por ahora.
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En un bar cafĂ© de la zona, llamado "El Triunvirato", MartĂn y Morena disfrutan un merecido descanso luego del gran triunfo de la charla con el banco. Es un lugar bien conocido por todos en la empresa, con notables descuentos para los empleados gracias a una buena administraciĂłn y el arreglo que Roberto cerrĂł con el dueño. Tiene tintes clásicos —maderas oscuras, lámparas de bronce colgantes, mesas de mármol con sillas de cuero gastado— pero no le escapa a la modernidad: paredes con arte urbano, mĂşsica indie bajita de fondo, y un sector de sofás con plantas colgantes para los más jĂłvenes. Es amplio, con zonas grupales ruidosas cerca de la barra y sectores más privados en los rincones, ideales para charlas Ăntimas sin que el mundo interfiera.
AhĂ están ellos sentados en uno de esos rincones: una mesita redonda de madera entre dos sillones mullidos, uno frente al otro. Morena cruza las piernas, la pollera corta subiĂ©ndose un poco más, revelando las portaligas negras que MartĂn ya habĂa notado en la oficina. Él intenta mantener la vista en la medialuna que picotea, pero el aroma a cafĂ© reciĂ©n molido y el perfume sutil de ella (algo floral y cálido) lo distraen. La luz de la tarde entra por la ventana cercana, dorada y suave, iluminando el escote generoso que Morena deja ver sin disimulo.
—La mejor gestión de Robert este año, el café —intenta decir Morena con la boca llena de medialuna, riendo mientras se limpia una miguita del labio inferior.
—Esto y el dĂa de home office que logrĂł, jajaja —responde MartĂn, dando un sorbo largo a su cafĂ© con leche, tratando de mantener la compostura.
—Totalmente... Che, Tincho... ÂżEstás sin dormir, no? —interroga ella, inclinándose un poco más, sus ojos oscuros clavados en los de Ă©l con una mezcla de curiosidad y picardĂa.
—No sin dormir, pero con pocas horas de sueño... —contesta MartĂn, mirando hacia un costado para evitar su mirada directa, sintiendo cĂłmo el calor le sube al rostro y se pone colorado.
—Ayy, Tincho... ¡Te pusiste rojo! No hace falta que me digas el porqué, jajajaja, te vendiste solo —dice Morena con una carcajada baja, juguetona, dejando la taza sobre la mesa con un tintineo suave.
Se acomoda hacia adelante, apoyando los codos en la mesita, lo que hace que su blusa se abra un poco más, dejando ver el encaje negro del corpiño y la curva generosa de sus pechos. MartĂn traga saliva, sus ojos bajan por un segundo inevitable antes de forzarse a subirlos.
—Qué lindo motivo para desvelarse, nene... ¿Qué edad tiene tu novia? —pregunta ella, bajando la voz como si compartieran un secreto, con una sonrisa ladeada que no esconde el coqueteo.
—Lindo pero cuesta un poco al otro dĂa, jajaja. Lu tiene 25 años —responde Ă©l, intentando sonar casual, pero su mente divaga un instante en la imagen de LucĂa de anoche, desnuda y confesando sus fantasĂas.
—Ayy, pero son re jóvenes... Pero si no te desvelás asà te mato, eh, jajajaja. Estás en la flor de la juventud, no tenés que dejar escapar nada en esta etapa. Aprovechá las oportunidades... y si no aparecen, búscalas —le dice ella, guiñándole un ojo con lentitud deliberada, su pie rozando "accidentalmente" la pierna de él bajo la mesa por un segundo.
MartĂn se queda pensativo, la frase resonando en su cabeza como un eco de la advertencia de FilemĂłn y de sus propias fantasĂas recientes. SonrĂe apenas, incĂłmodo pero intrigado, mientras el ruido del cafĂ© los envuelve como un velo protector. El tiempo pasa rápido entre risas y comentarios livianos sobre la oficina, pero MartĂn mira el reloj disimuladamente: es miĂ©rcoles, y ya es hora de cortar el dĂa.
—Che, More, gracias por el cafĂ©, posta. Me levantaste el ánimo —dice Ă©l finalmente, dejando la taza vacĂa y poniĂ©ndose de pie—. Pero me voy yendo, tengo unas cosas pendientes antes de volver a casa.-
—Dale, Tincho, no hay drama. VolvĂ© cuando quieras... este rincĂłn siempre va a estar disponible para vos —responde ella con una sonrisa pĂcara, levantándose tambiĂ©n y dándole un beso en la mejilla que dura un segundo de más, su perfume quedando en el aire y su mano rozando apenas su brazo.
Salen juntos del cafĂ©, pero en la puerta se despiden: Morena de vuelta a la oficina para terminar unos pendientes, MartĂn hacia su auto en direcciĂłn opuesta. Sube al coche, pone marcha y acelera por las calles de Palermo, con una sonrisa contenida y la curiosidad picándole en el pecho.

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Los pasos son seguros aunque camuflan pánico ante los desconocido desde el vestuario hacia el borde de la pileta climatizada y techada —un natatorio cerrado con paredes de vidrio alto que dejan entrar luz natural pero aĂslan del exterior—. LucĂa siente el aire cálido y hĂşmedo del ambiente rozando su piel expuesta al salir del vestuario de mujeres. El olor a cloro intenso se mezcla con el vapor que flota sobre el agua azul turquesa, y el eco de chapoteos y voces resuena bajo el techo alto. Se quita la toalla con un movimiento rápido, sintiendo un escalofrĂo que no es por frĂo, sino por la adrenalina de estrenar el traje rojo. El agua refleja los focos superiores, y el grupo ya está reunido al borde, esperando la indicaciĂłn de Ivana.
Se acerca con paso firme pero el corazĂłn latiĂ©ndole fuerte, el traje ajustándose como una segunda piel: el top rojo marcando sus pechos naturales, aĂşn seco pero prometiendo transparencia al mojarse, y atrás la tanga fina dejando ver casi toda la curva de su cola monumental. Los ojos del grupo se posan en ella al instante —disimulados, pero inevitables—. SofĂa le lanza una sonrisa cĂłmplice desde el agua, Ivana arquea una ceja con aprobaciĂłn profesional (o algo más), y los chicos... los chicos la miran con esa mezcla de sorpresa y admiraciĂłn que hace que LucĂa se sonroje bajo la piel pálida.
La clase arranca con Ivana al mando, su voz firme cortando el eco:
-Hoy suave, gente: treinta minutos rotando estilos —crawl, espalda, pecho— y foco en la respiración. ¡Al agua!".
LucĂa se sumerge de un salto limpio, el agua cálida envolviĂ©ndola como un secreto protector. El traje se pega al instante, el top volviĂ©ndose ligeramente translĂşcido, los pezones marcándose sutilmente. Nada crawl en su carril, cortando el agua con brazadas precisas, concentrada en la respiraciĂłn —inhalar, exhalar—, pero consciente de cada mirada que cruza el natatorio cerrado.
El grupo rota: los tres chicos en carriles paralelos (el moreno fornido sonriendo al pasar, el flaco ágil chapoteando cerca, y el alto de pelo platinado —cuerpo atlĂ©tico esculpido, piel blanca contrastando con el teñido, espalda ancha y mĂşsculos definidos— nadando con gracia felina, su mirada intensa cruzándose con la de ella más de una vez). Las chicas charlan bajito entre series, SofĂa guiñándole un ojo:
-Te queda brutal, posta.- LucĂa siente una vergĂĽenza inicial transformándose en placer culpable, cada brazada exponiendo más piel mojada, el traje rojo brillando bajo las luces.
Pasan a espalda, flotando boca arriba, y ahĂ el top traiciona del todo: mojado, casi transparente, revelando contornos. Ivana desde el borde la corrige con tono neutro pero ojos atentos, y LucĂa nota cĂłmo el alto platinado ralentiza su ritmo para coincidir, su mirada fija en sus curvas flotantes. Hacia el final, waterpolo improvisado:
-¡Equipos mixtos, últimos quince! A divertirnos!- anuncia Ivana.
LucĂa duda, pero el juego la arrastra. Pelotazos, risas, salpicadas. En un momento, la pelota vuela alto; salta para rematar, el cuerpo saliendo del agua en un arco perfecto: traje pegado, top transparente dejando ver pezones endurecidos por el agua frĂa superficial, y atrás la tanga fina exponiendo la cola plena, blanca rosada brillando bajo las luces.
El salto dura segundos, pero el natatorio cerrado se congela: todos la miran. SofĂa silba juguetona, las otras chicas murmuran admiradas, los chicos abren ojos grandes —el moreno sonrĂe nervioso, el flaco se queda boquiabierto—, pero el alto platinado la observa más que nadie, su mirada devoradora, intensa, como si memorizara cada detalle con aprobaciĂłn silenciosa. Hasta Ivana cruza brazos, sonrisa ladeada. LucĂa cae al agua ardiente, el rostro bordĂł, pero el morbo la inunda: "Me están viendo... todos", y le encanta.

El juego sigue caĂłtico, pero el alto se acerca más en las jugadas, roces "accidentales" al pasar la pelota, su sonrisa diciendo todo. LucĂa responde con adrenalina, nadando fuerte, exponiĂ©ndose más. Desde afuera —a travĂ©s de las ventanas altas del natatorio cerrado, en el pasillo de visitas donde padres o curiosos esperan—, MartĂn observa todo, embobado. LlegĂł justo, estacionĂł y se posicionĂł discretamente detrás del vidrio. Ve el salto, las miradas colectivas, especialmente la del tipo alto que parece no poder apartar los ojos. Algo se revuelve en Ă©l —celos fugaces—, pero no dice nada; en cambio, un calor creciente, excitaciĂłn al ver a otros deseando lo suyo. "Algo hay que me gusta...", piensa, la curiosidad de anoche volviendo con fuerza.
La clase termina con aplausos, Ivana felicitando. LucĂa espera deliberadamente, charlando con la profe y SofĂa para ganar tiempo, sintiendo aĂşn las miradas residuales. Cuando el grupo se dispersa —los chicos saliendo primero, el alto platinado demorándose un segundo más en una Ăşltima mirada—, y hasta Ivana se va, LucĂa se escabulle sola hacia el vestuario vacĂo. Se cambia rápido, se baña para quitarse el cloro, el agua caliente relajando su cuerpo aĂşn vibrante de adrenalina. Se viste con jeans ajustados y una remera holgada, el cabello cobrizo hĂşmedo cayendo en ondas.
Al salir al lobby del club, fresca y con el bolso al hombro, se sorprende al ver a MartĂn esperándola, apoyado casual contra la pared con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no revela todo. "ÂżQuĂ© hace acá?", piensa ella, el estĂłmago dando un vuelco —mezcla de sorpresa, culpa por la exposiciĂłn, y un cosquilleo nuevo al imaginar si vio algo. Él se acerca, le da un beso suave en los labios, como si nada, y juntos salen al auto estacionado afuera.
Ponen marcha hacia casa, el tráfico de Palermo denso pero fluido. Por unos minutos no hablan, el aire cargado de algo no dicho. LucĂa siente vergĂĽenza, culpa por haberse expuesto tanto, pero tambiĂ©n un cosquilleo residual. Es MartĂn quien rompe el hielo, su mano en el volante apretando ligeramente.
—No me arrepiento de venir a buscarte hoy... —dice con voz baja, mirando de reojo.
—¿Estás enojado? —pregunta ella, el corazón latiéndole fuerte otra vez.
—No... Estoy caliente, pero no de enojo... —responde guiñándole un ojo, y hace gesto para que vea su entrepierna, donde un bulto evidente confirma sus palabras.
LucĂa se asombra, pero se relaja, liberando el miedo a que todo se pudra. Se rĂe nerviosa, su mano posándose en la de Ă©l sobre la palanca de cambios.
—No sabĂa si usarlo... Me daba cosita —confiesa, refiriĂ©ndose al traje rojo.
—Menos mal que te animaste, me encantó como te quedó la cola... Aunque más le gustó a tus compañeros, jajaja —dice él, su tono juguetón pero con un filo de curiosidad.
—Ay, ¿me miraron mucho? —pregunta ella, poniéndose roja, pero con una sonrisa que delata el placer secreto.
—Tanto los chicos como las minas... Algunos más que otros —responde MartĂn, recordando al alto platinado, esa mirada fija que le generĂł una mezcla de celos y excitaciĂłn—. Hasta la profe te mirĂł diferente.-
—Me da vergĂĽenza, boludo... —murmura LucĂa, pero su voz tiembla de emociĂłn.
—Pero te gustó... ¿O no? —insiste él, girando en un semáforo para mirarla a los ojos, la luz rojiza del atardecer iluminando su rostro.
—SĂ... Me encantĂł —admite ella finalmente, mordiĂ©ndose el labio, el morbo de ser vista ahora compartido, flotando en el auto como un secreto caliente.
Él se sonrĂe, acelera cuando el semáforo cambia a verde. Empieza a oscurecer, el olor hĂşmedo a tierra se filtra dentro del coche, auspiciando una lluvia. La charla deriva a detalles: cĂłmo se sintiĂł el salto, las risas disimuladas, la adrenalina de saberse observada, incluso el roce sutil del alto platinado en el waterpolo. MartĂn confiesa que verlo desde afuera lo puso al lĂmite ("Me volviĂł loco verte asĂ, deseada por todos"), y LucĂa se excita de nuevo al oĂrlo, su mano apretando la de Ă©l.
-Y a vos... ¿te gustó verme mirar?", pregunta ella bajito, y él asiente con un "Más de lo que imaginaba".-
—¿Compramos una pizza y unas birras frĂas? —propone MartĂn al pasar por una pizzerĂa conocida en el barrio—. Bajamos rápido y subimos, que esta noche merece algo especial.
LucĂa acepta con una sonrisa pĂcara, los ojos brillando. Paran, bajan juntos —él pide la pizza familiar con extra mozzarella, ella elige las birras artesanales heladas—, y suben de nuevo al PH con las bolsas, la lluvia empezando a golpear el parabrisas. Esa pizza simple, caliente y compartida, merecĂa una noche especial... una donde la avaricia por más placer apenas empezaba a saciarse.
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Llegan con pizza y unas birras frĂas. LucĂa se va a la habitaciĂłn y se cambia la ropa. Se pone un jogging gris y top negro, sin corpiño por debajo. MartĂn deja la pizza sobre la mesa y deja la birras en la heladera. Se da una rápida ducha para relajarse. Sobre la pequeña ventana del baño observa como se reflejan los resufilos de los rayos lejos. La primeras gotas empiezan a pegar en el vidrio. Por otro lado, Lucia ya cambiada deja para lavar la malla roja, mirándola fijamente y sonriente.
Se acomodan en el sillĂłn, en la mesita que tienen delante dejan la pizza y destapan unas de las birras. Ponen una serie de detectives que estaban viendo juntos, pero no logran seguirle el ritmo... Se desvĂan mirándose y comentando lo reciĂ©n sucedido en nataciĂłn. La pareja entre en una fase rara, experimentan una mezcla de pudor, ansiedad y morbo. LucĂa se estira, apoya los pies descalzos en el regazo de MartĂn.
—¿Seguimos la serie o hacemos algo más divertido?
—Hoy estás reveladora mà amor... ¿Qué tenés en mente?-
Ella agarra el control remoto, abre el navegador del Smart TV y sonrĂe. Mientras la tormenta llegĂł a la ciudad. Los relámpagos iluminan brevemente el ambiente con luz tenue de una de las lámparas led color lila. Seguido caen los truenos y retumba el edificio entero. LucĂa se acomoda más cerca de su chico y le dice:
—Pensaba en mirar algo más caliente juntos… como cuando empezamos a salir, ¿Te acordás? Era lo más.-
MartĂn siente un calor inmediato en el pecho. Una sensaciĂłn de excitaciĂłn comienza a brotarle por los poros.
—Uf, me acuerdo perfecto. Qué lindo era eso. A ver, iluminame bebé.-
Se ve finalmente Pornhub en pantalla grande. Empiezan con vĂdeos clásicos de pareja, de los hechos en estudio con actores conocidos de la industria para adultos. Se rĂen de los gemidos exagerados de las actrices. LucĂa se acurruca contra Ă©l acariciando su pecho. La mano de MartĂn ya le sondea el muslo por dentro del jogging. Luego de un par de videos, comienzan los videos caseros, algunos mal grabados, otros con camara quieta. Entre ellos aparece uno sugerido: “Hot redhead shared by husband and friend – MMF” (dos hombres y una mujer). LucĂa hace click sin preguntar. Le habĂa llamado la atenciĂłn la portada de la chica con dos hombres. La pelirroja de la pantalla podrĂa ser su hermana: misma piel blanca con pecas, mismo color de pelo. El vĂdeo comienza con la mujer de rodillas, chupando una pija mientras la otra le penetra por atrás. Los dos tipos se miran y sonrĂen. Son compinches en cogerse a la pelirroja quiĂ©n gime cuando no tiene ma boca ocupada.
Silencio total en el living. LucĂa mete la mano dentro del pantalĂłn de MartĂn, porque ya habĂa sentido que tenia una fuerte erecciĂłn. Por si parte Ă©l le baja el jogging y la tanga de un tirĂłn. Se tocan despacio, siguiendo el ritmo de la escena. La lluvia y los truenos hacĂan de cortina para tapar el audio lascivo de la televisiĂłn.
De repente se cambia de vĂdeo: “Two girls one lucky guy – FFM” (dos mujeres y un hombre). Una de las chicas sentada en la cara del tipo mientras la otra lo cabalga. Las chicas se besan entre sĂ rozando sus pezones mientras el chico le hacĂa sexo oral desde abajo. LucĂa empieza a gemir bajito, ya está empapada. MartĂn le mete dos dedos notandolo y le susurra:
—Te encanta esto también, ¿no?-
Ella solo asiente con una mano en la boca, los ojos clavados en la pantalla. LucĂa no resiste más, le baja el pantalĂłn y se lo mete hasta el fondo. Le hace el mejor sexo oral de toda la relaciĂłn hasta ese momento. Él tambiĂ©n totalmente excitado, le hace señas de que se suba. Ella se termina de sacar lo que tenĂa de ropa y se monta. Cabalga totalmente desquiciada. Se mueven fuerte, sin sacar la vista del televisor. Ella toma pastillas desde siempre, asĂ que no habĂa problema. Al ver en el vĂdeo que el chico acaba en las tetas de una, y la otra chupa todo, Lucia acabĂł con mucho placer, temblando todo su cuerpo y entregandose por completo. Aprieta tanto si concha, que MartĂn sale en el Ăşltimo segundo y se acaba caliente y abundante sobre su panza y sus tetas.
Mientras Lucia le limpia el pene a su novio, chupan las Ăşltimas gotitas de semen, el vĂdeo habĂa terminado, pero Pornhub ya habĂa puesto el siguiente automáticamente:
“Brunette wife invites her best friend – real FFM threesome”. En pantalla una morocha despampanante y una rubia se turnan para chupar y cabalgar al marido. Los dos están acabados, transpirados, pegajosos… pero no pueden despegar los ojos del video. LucĂa le acaricia el pecho, todavĂa agitada.
—¿Sabés qué fue lo que más me calentó?-
—Decime.-
—Como los dos la miraban… y como ella los miraba a los dos... Con tanto deseo... Tanto fuego."-
MartĂn le besa la frente, sonrĂe y dice bajito, casi para sĂ mismo:
—Está empezando a hacer frĂo… venĂ, limpiate y vamos a la cama mĂ amor.-
La lluvia sigue con fuerza, dando a la pareja un relajante sonido nocturno para descansar despuĂ©s de un dĂa agitado. La temperatura desciende, pero MartĂn y Lucia han descubierto como subirla enseguida. El fuego cruje ahora con mayor fuerza y la avaricia corporal de estos jĂłvenes hacen el espacio poner más leña a la hoguera.

Continuará...
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