Un día Brian vino a casa super excitado, Selena, Selena, hoy a venido a la oficina el pichón y me ha dicho que hay un grupo cerrado de gente muy importante, pero que nadie sabe quién es el otro, ya que van con mascaras y capucha, las drogas y el sexo son los que mandan en el club, y que han habido mujeres penetradas por un caballo, ayudadas por su marido que hacía de mamporrero, las parejas van designadas por pulseras idénticas en el marido y la mujer. Le he pedido que nos introduzcan en ese club si fuese posible, y el me ha dicho que movería cielo y tierra para que eso ocurriera, Dios mío que buena noticia, ojalá lo consiga,,,Pasaron algunas semanas y parecía que aquello no avanzaba, hasta que un día Brian al llegar a casa entró chillando "ESTAMOS DENTRO, ESTAMOS DENTRO" y me beso profundamente, "Que alegría", el fin de semana es nuestra introducción en el Club dijo Brian. Llegó el viernes por la noche, el lugar del encuentro era en un castillo medieval, llegamos como pedían las órdenes con mascara que tapaban los ojos y la nariz, las mujeres con una capa con capucha y debajo completamente desnudas, los hombres con una túnica tipo frágil con capucha y también desnudos debajo de la túnica, la túnica tenía un corte a la altura de los genitales para poder usar las vergas más cómodamente...Al entrar nos sirvieron una copa que creímos que sría champan, pero no era chmpan, era algo químico que hizo que nuestro cuerpo entrara en calor, nos llevaron al salón central, allí un círculo formado por una veintena de personas nos recibió, cada uno tenía una pequeña cerbatana en sus manos, y en una mesita que tenían delante, una bandejita con polvo con el que llenaron las pequeñas cerbatanas, el maestro de ceremonias primero cogió a mi marido y lo ponían delante de cada barón, el barón daba un paso hacia delante he introducía la cerbatana en su nariz y le decían, aspira hondo, y en ese momento le soplaba para que el producto llegase mas rápidamente a su cerebro,El polvo blanco desapareció en sus fosas nasales, y Brian se estremeció, sus ojos se pusieron en blanco momentáneamente, y luego... luego sonriendo. Una sonrisa amplia, relajada, perdida.—El mamporrero está listo —anunció el maestro de ceremonias, y la multitud aplaudió suavemente.
Llegó mi turno. Me guiaron al centro del círculo, desnuda bajo la capa, sintiendo el aire frío del castillo en mi piel. Veinte máscaras negras me observaban, veinte figuras encapuchadas, hombres y mujeres indistinguibles.
El maestro de ceremonias se acercó. Llevaba una máscara dorada, más elaborada que las demás, con cuernos que parecían cuernos de ciervo.
—La iniciada —anunció, y su voz era ronca, distorsionada por un modulador—. ¿Aceptas entrar en el círculo sin nombre? ¿Aceptas que tu cuerpo sea ofrenda? ¿Que tu marido sea guía y mamporrero de tu placer extremo?—Sí —susurré, y mi voz temblaba, no de miedo, sino de anticipación.
El polvo entró en mis narinas. Quemó. sentí una explosión de calor. De euforia. De pérdida de inhibiciones. De repente, todo me daba igual. Todo me parecía posible. Deseable.
La Sala del ExtremoNos llevaron a una sala subterránea. El olor era diferente. Olía a heno, a animales, a sexo intenso. En el centro, había una plataforma elevada, con correas y soportes metálicos. Y al lado, una cortina que ocultaba algo grande. Muy grande.
—El nivel máximo —explicó el maestro de ceremonias—. Reservado para los elegidos. Para quienes buscan trascender lo humano.
Brian estaba a mi lado, drogado, sonriente, su túnica abierta mostrando su erección. La droga le había quitado toda inhibición, toda vergüenza. Solo quedaba el deseo puro, la excitación ante lo desconocido.
—Tu marido será el mamporrero —continuó el maestro—. Él preparará el camino. Él guiará la bestia hacia ti. Él te ayudará a recibir lo que ninguna mujer ordinaria puede recibir.
La cortina se abrió.
Era un caballo. Negro, enorme, musculoso. Y debajo de su vientre... colgaba. Una polla que desafiaba toda lógica. Cuarenta centímetros, quizás más. Gruesa como mi antebrazo. Con un glande que parecía un puño cerrado.
Las mujeres del círculo —las que llevaban capas rojas, a diferencia de las negras de los hombres— empezaron a gemir. Algunas veces se masturbaban. Otras se besaban. Todas observaban con hambre.
—El mamporrero —ordenó el maestro.
Brian avanzó. Su túnica cayó al suelo. Estaba completamente desnudo, erecto, perdido en la droga y la excitación. Se acercó al caballo, hablándole en voz baja, acariciándolo, preparándolo.Yo estaba en la plataforma. Me había tendido, pero suavemente, de forma que podía moverme, pero no escapar. No quería escapar. La droga me había convertido en pura necesidad. Quería esto. Quería sentirme llena de una forma imposible. Quería ser la mujer que recibiría a la bestia.Brian se volvió hacia mí. Sus ojos, detrás de la máscara, brillaban de excitación y locura.Está listo, dijo su voz ronca—. Te amo, Selena. Y quiero verte hacer esto. Quiero verte convertida en Diosa.
La BestiaMe pusieron de espaldas, con las piernas levantadas y sujetas por los soportes metálicos. Brian aplicó lubricante industrial, cantidades obscenas, tanto en mí como en la polla del caballo que él guiaba con ambas manos, masturbándolo lentamente para mantenerla erecta.
—Relájate —murmuraba, besando mi muslo, mi vientre—. Abrete. Sé que puedes. Eres Selena. Eres la puta del Pichón. Eres la mujer que puede con todo.
La punta rozó mi entrada. Era enorme. Imposible. quería entrar pero resbalaba de golpe y se salía hacia afuera, la verga del caballo no estaba dura del todo, entonces el jefe de ceremonias dijo "traed la toalla" la toalla la habían frotado he incluso metido en la vagina de una yegua que estaba de salida y la frotaron por el cuerpo de Selena, dejando finalmente la toalla junto al cuello de Selena, para que cuando el caballo pusiera sus patas junto a los hombros de Selena oliese el aroma de yegua de salida, inmediatamente hizo efecto y la verga del caballo pegaba golpes sobre la barriga del animal, Brian cogió el vergón del caballo y lo llevó hacia el santuario su enorme verga ahora dura como la piedra presionaba mi coño al que la droga había relajado completamente, eliminando el miedo, el dolor, la resistencia.
Brian empujó suavemente, notaba como luchaba por entrar en mi de pronto noté como mi coño cedía y su polla comenzó a taladrarme,AGGGG cabron me ha reventado, una grieta hizo que el vergajo del caballo, gracias a la sangre y mis líquidos vaginales fuera entrando, cada empuje que daba el corcel cinco centimetros de aquella verga desaparecían de la vista para adentrarse en mi coño,finalmente llegó a la entrada de mi útero, el corcel seguía empujando pero no entraba, Brian cogió la toalla y se la puso en las narices al caballo que arremetió con todas sus fuerzas, eso hizo que la entrada del útero cediera y me consiguiera meter los 35 o 40 centimetros de aquella colosal verga.Entró.El grito que solté resonó en las piedras del castillo. Un sonido de agonía y éxtasis mezclados, de carne cediendo, de límites traspasados. Brian siguió empujando, guiando más profundo, ayudando a la bestia a reclamarme.
—¡Está dentro! —anunció, maravillado—. ¡Joder, Selena, lo tienes dentro! ¡Toda la bestia!
Y era cierto. Cuando abrí los ojos, vi mi vientre protuberante, la forma obscena de la polla del caballo marcándome por dentro, creando una silueta visible bajo mi piel.
El caballo se movió. Pequeños empujones, instintivos, animales. Cada movimiento masajeaba mi interior de una forma que no tenía nombre. Ninguna era humana. Ninguna era posible. Era trascendental.
Me corrí. Un orgasmo que duró minutos, que hizo que mi cuerpo se convulsionara alrededor de la bestia, que masajeaba la polla del caballo, que lo instaba a correrse.
Y el caballo se corrió. Brian lo había preparado, lo había guiado, y ahora recibió el semen de la bestia en sus manos, vertiéndolo sobre mi vientre, mis pechos, mi cara, marcándome con la esencia del animal.
La AceptaciónCuando terminó, cuando el caballo salió de mí con un sonido húmedo, cuando quedó abierta, goteando, usada de una forma que ningún ser humano había experimentado, el círculo aplaudió.
Brian se desplomó sobre mí, besándome, cubriéndome de su propio semen, mezclándose con el del caballo.
—Eres diosa —susurró—. Eres la mujer más valiente, más hermosa, más...
—Puta —completó el maestro de ceremonias, acercándose—. La puta del caballo. Bienvenida al círculo. Bienvenido al extremo absoluto.
Me pusieron una pulsera negra, idéntica a la de Brian. Pero con un símbolo diferente. Una bestia. Un caballo. Marcándonos como la pareja que había trascendido lo humano.
Salimos del castillo al amanecer, Brian y yo, cubiertos de olores que no podíamos explicar, de experiencias que no podíamos confesar.
Pero ahora éramos parte del club. Del círculo. De lo extremo.
Y el Pichón nos esperaba en la salida, sonriendo, quitándose la máscara dorada de maestro de ceremonias.
—Bienvenidos —dijo—. Ahora sois míos. De verdad. Para siempre.
Fin de la iniciación
Llegó mi turno. Me guiaron al centro del círculo, desnuda bajo la capa, sintiendo el aire frío del castillo en mi piel. Veinte máscaras negras me observaban, veinte figuras encapuchadas, hombres y mujeres indistinguibles.
El maestro de ceremonias se acercó. Llevaba una máscara dorada, más elaborada que las demás, con cuernos que parecían cuernos de ciervo.
—La iniciada —anunció, y su voz era ronca, distorsionada por un modulador—. ¿Aceptas entrar en el círculo sin nombre? ¿Aceptas que tu cuerpo sea ofrenda? ¿Que tu marido sea guía y mamporrero de tu placer extremo?—Sí —susurré, y mi voz temblaba, no de miedo, sino de anticipación.
El polvo entró en mis narinas. Quemó. sentí una explosión de calor. De euforia. De pérdida de inhibiciones. De repente, todo me daba igual. Todo me parecía posible. Deseable.
La Sala del ExtremoNos llevaron a una sala subterránea. El olor era diferente. Olía a heno, a animales, a sexo intenso. En el centro, había una plataforma elevada, con correas y soportes metálicos. Y al lado, una cortina que ocultaba algo grande. Muy grande.
—El nivel máximo —explicó el maestro de ceremonias—. Reservado para los elegidos. Para quienes buscan trascender lo humano.
Brian estaba a mi lado, drogado, sonriente, su túnica abierta mostrando su erección. La droga le había quitado toda inhibición, toda vergüenza. Solo quedaba el deseo puro, la excitación ante lo desconocido.
—Tu marido será el mamporrero —continuó el maestro—. Él preparará el camino. Él guiará la bestia hacia ti. Él te ayudará a recibir lo que ninguna mujer ordinaria puede recibir.
La cortina se abrió.
Era un caballo. Negro, enorme, musculoso. Y debajo de su vientre... colgaba. Una polla que desafiaba toda lógica. Cuarenta centímetros, quizás más. Gruesa como mi antebrazo. Con un glande que parecía un puño cerrado.
Las mujeres del círculo —las que llevaban capas rojas, a diferencia de las negras de los hombres— empezaron a gemir. Algunas veces se masturbaban. Otras se besaban. Todas observaban con hambre.
—El mamporrero —ordenó el maestro.
Brian avanzó. Su túnica cayó al suelo. Estaba completamente desnudo, erecto, perdido en la droga y la excitación. Se acercó al caballo, hablándole en voz baja, acariciándolo, preparándolo.Yo estaba en la plataforma. Me había tendido, pero suavemente, de forma que podía moverme, pero no escapar. No quería escapar. La droga me había convertido en pura necesidad. Quería esto. Quería sentirme llena de una forma imposible. Quería ser la mujer que recibiría a la bestia.Brian se volvió hacia mí. Sus ojos, detrás de la máscara, brillaban de excitación y locura.Está listo, dijo su voz ronca—. Te amo, Selena. Y quiero verte hacer esto. Quiero verte convertida en Diosa.
La BestiaMe pusieron de espaldas, con las piernas levantadas y sujetas por los soportes metálicos. Brian aplicó lubricante industrial, cantidades obscenas, tanto en mí como en la polla del caballo que él guiaba con ambas manos, masturbándolo lentamente para mantenerla erecta.
—Relájate —murmuraba, besando mi muslo, mi vientre—. Abrete. Sé que puedes. Eres Selena. Eres la puta del Pichón. Eres la mujer que puede con todo.
La punta rozó mi entrada. Era enorme. Imposible. quería entrar pero resbalaba de golpe y se salía hacia afuera, la verga del caballo no estaba dura del todo, entonces el jefe de ceremonias dijo "traed la toalla" la toalla la habían frotado he incluso metido en la vagina de una yegua que estaba de salida y la frotaron por el cuerpo de Selena, dejando finalmente la toalla junto al cuello de Selena, para que cuando el caballo pusiera sus patas junto a los hombros de Selena oliese el aroma de yegua de salida, inmediatamente hizo efecto y la verga del caballo pegaba golpes sobre la barriga del animal, Brian cogió el vergón del caballo y lo llevó hacia el santuario su enorme verga ahora dura como la piedra presionaba mi coño al que la droga había relajado completamente, eliminando el miedo, el dolor, la resistencia.
Brian empujó suavemente, notaba como luchaba por entrar en mi de pronto noté como mi coño cedía y su polla comenzó a taladrarme,AGGGG cabron me ha reventado, una grieta hizo que el vergajo del caballo, gracias a la sangre y mis líquidos vaginales fuera entrando, cada empuje que daba el corcel cinco centimetros de aquella verga desaparecían de la vista para adentrarse en mi coño,finalmente llegó a la entrada de mi útero, el corcel seguía empujando pero no entraba, Brian cogió la toalla y se la puso en las narices al caballo que arremetió con todas sus fuerzas, eso hizo que la entrada del útero cediera y me consiguiera meter los 35 o 40 centimetros de aquella colosal verga.Entró.El grito que solté resonó en las piedras del castillo. Un sonido de agonía y éxtasis mezclados, de carne cediendo, de límites traspasados. Brian siguió empujando, guiando más profundo, ayudando a la bestia a reclamarme.
—¡Está dentro! —anunció, maravillado—. ¡Joder, Selena, lo tienes dentro! ¡Toda la bestia!
Y era cierto. Cuando abrí los ojos, vi mi vientre protuberante, la forma obscena de la polla del caballo marcándome por dentro, creando una silueta visible bajo mi piel.
El caballo se movió. Pequeños empujones, instintivos, animales. Cada movimiento masajeaba mi interior de una forma que no tenía nombre. Ninguna era humana. Ninguna era posible. Era trascendental.
Me corrí. Un orgasmo que duró minutos, que hizo que mi cuerpo se convulsionara alrededor de la bestia, que masajeaba la polla del caballo, que lo instaba a correrse.
Y el caballo se corrió. Brian lo había preparado, lo había guiado, y ahora recibió el semen de la bestia en sus manos, vertiéndolo sobre mi vientre, mis pechos, mi cara, marcándome con la esencia del animal.
La AceptaciónCuando terminó, cuando el caballo salió de mí con un sonido húmedo, cuando quedó abierta, goteando, usada de una forma que ningún ser humano había experimentado, el círculo aplaudió.
Brian se desplomó sobre mí, besándome, cubriéndome de su propio semen, mezclándose con el del caballo.
—Eres diosa —susurró—. Eres la mujer más valiente, más hermosa, más...
—Puta —completó el maestro de ceremonias, acercándose—. La puta del caballo. Bienvenida al círculo. Bienvenido al extremo absoluto.
Me pusieron una pulsera negra, idéntica a la de Brian. Pero con un símbolo diferente. Una bestia. Un caballo. Marcándonos como la pareja que había trascendido lo humano.
Salimos del castillo al amanecer, Brian y yo, cubiertos de olores que no podíamos explicar, de experiencias que no podíamos confesar.
Pero ahora éramos parte del club. Del círculo. De lo extremo.
Y el Pichón nos esperaba en la salida, sonriendo, quitándose la máscara dorada de maestro de ceremonias.
—Bienvenidos —dijo—. Ahora sois míos. De verdad. Para siempre.
Fin de la iniciación
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