Parte 2: El reencuentro más sucio con mi prima
Pasó un mes y medio eterno desde esa última película en el sillón. Por culpa del laburo me tuve que alejar, pero la distancia solo sirvió para que la calentura acumulada nos quemara la cabeza. En ese viaje no paramos: chateábamos re morbosos, nos mandábamos fotos en pelotas, videos chorreando leche y videollamadas que nos dejaban al borde del colapso. Las ganas de volver a cogérnosla eran una demencia.
Cuando por fin volví, la hdp ya me estaba esperando en casa, re tranquila tomando mates con mi vieja. Qué cinismo, dios mío. Cenamos los tres, y en cuanto mi mamá cruzó la puerta para irse a su casa, el aire se puso espeso de la pura calentura. Esta vez queríamos romper la rutina, así que la invité a salir a un barcito privado a unos 4 kilómetros, ideal para hablar de guasadas, tocarnos por abajo de la mesa y actuar como novios sin que nadie sospeche. Estuvimos dos horas ahí; nos mirábamos fijo con esa mirada perturbadora y picante que te dice en silencio: "Seguí hablándome así y te como entera acá mismo".
Salimos de ahí re entonados por el alcohol, pero ni en pedo volvíamos a casa. Cortamos camino directo al telo.
En el jacuzzi: Calentura al 100%
Entramos desesperados. Nos metimos al jacuzzi en pelotas, jugando a que éramos novios y olvidándonos por completo de que éramos primos. Sentir su piel mojada y su olor me ponía la pija como una piedra. Era un nivel de morbo inexplicable: en público, la sumisión a la familia; en la privacidad de esa habitación, una locura de perversión mutua.
El toqueteo bajo el agua se descontroló. Salimos chorreando directo a la cama. Empezó el festival de carne: le devoré las tetas, y bajé a chuparle el orto sin asco mientras ella gemía como una perra. Yo le metía los dedos hasta el fondo en esa concha hirviendo y le comia el cuello a besos. A mí me calienta a morir el sexo anal, y aunque ella recién había dejado de ser virgen y era nuestra segunda vez, mientras le metía los dedos y le chupaba los pezones, se lo fui advirtiendo al oído para dejarla bien manija: "Disfrutá ahora, porque más adelante te voy a romper bien el orto... te voy a coger por todos lados y vas a ser mi puta para siempre". De la pura excitación, la mina no aguantó y se vino encima de mis dedos una y otra vez, teniendo orgasmos seguidos mientras me mordía el cuello.
Contra la pared y la primera acabada
No aguanté más verla así de regalada. La paré de espaldas contra la pared, le abrí bien las piernas y se la mandé suavecito, sintiendo cómo me abrazaba con sus paredes ultra estrechas y calientes. Pasamos de la lujuria salvaje a hacernos el amor con un ritmo delicioso, sensual y espeso. Estuvimos unos 30 minutos dándole sin parar, sintiendo el vacío en la panza, hasta que el placer me desbordó. Sentí el cosquilleo y se la hundí completa para vaciarme adentro: le dejé la conchita inundada, rebalsando con toda mi leche tibia.
Nos tiramos a respirar, prendimos el aire y descansamos un toque, pero el bicho de la lujuria nos volvió a picar rápido.
Cabalgata y posesión
Ella, que estaba en modo esponja queriendo aprender y experimentar todo conmigo, me preguntó cómo me gustaba que se me subiera arriba. "Mirá, me encanta que te pongas al revés, de espaldas, pero tenés unas tetas tan ricas que esta vez te quiero ver de frente. Quiero ver cómo me cabalgás y cómo te rebotan en la cara", le dije re loco.
Se me subió encima. Yo la miraba embobado, re enamorado de su cuerpo y de su forma de puta. Empezó a moverse, a rebotar con furia metiéndose mi pedazo bien adentro de su argolla. Estuvimos 20 minutos flotando en puro placer. Yo quería acabar pero a la vez quería estirar el morbo, así que le ordené: "Date la vuelta, quiero ver ese orto".
Se giró de espaldas a mí, apoyando sus nalgas contra mi panza y clavándose mi pija otra vez. Desde atrás, le agarré el pelo con fuerza, tirándoselo para atrás para verle la cara de dolor y placer mientras la cogía durísimo, azotándola contra mi entrepierna. Le di murra con saña durante otros 30 minutos. El aire acondicionado no daba abasto: transpirábamos como unos animales de tanta calentura. Volví a estallar y le llené el fondo de leche por segunda vez.
El peligro del secreto
Después del polvo, tocó volver a la realidad. La dejé en su casa, saludé a mi tía con la cara más lavada del mundo y me fui a la mía. Todo el viaje de vuelta manejé con la pija a medio parar, sintiendo el olor de mi prima en mis dedos y pensando en lo adictivo que era esto.
Nos seguimos viendo, y cada encuentro era más puerco y más rico que el anterior. Pero tanto ir y venir levantó sospechas. Mi tía ya empezó con las preguntas filosas: "¿A dónde van ustedes dos que salen tanto?", "Qué raro que pasen tanto tiempo juntos, ¿qué onda?". La familia ya murmuraba.
Teníamos que guardarnos el secreto a muerte, pero era imposible controlarse. La calentura no nos dejaba en paz, estábamos adictos al cuerpo del otro. Ahora nos toca vernos mucho más ocultos, cuidando cada paso, espaciando los polvos para no levantar la perdiz y tratando de aguantar una tensión sexual que, cada vez que nos cruzamos, nos quema la ropa.
Pasó un mes y medio eterno desde esa última película en el sillón. Por culpa del laburo me tuve que alejar, pero la distancia solo sirvió para que la calentura acumulada nos quemara la cabeza. En ese viaje no paramos: chateábamos re morbosos, nos mandábamos fotos en pelotas, videos chorreando leche y videollamadas que nos dejaban al borde del colapso. Las ganas de volver a cogérnosla eran una demencia.
Cuando por fin volví, la hdp ya me estaba esperando en casa, re tranquila tomando mates con mi vieja. Qué cinismo, dios mío. Cenamos los tres, y en cuanto mi mamá cruzó la puerta para irse a su casa, el aire se puso espeso de la pura calentura. Esta vez queríamos romper la rutina, así que la invité a salir a un barcito privado a unos 4 kilómetros, ideal para hablar de guasadas, tocarnos por abajo de la mesa y actuar como novios sin que nadie sospeche. Estuvimos dos horas ahí; nos mirábamos fijo con esa mirada perturbadora y picante que te dice en silencio: "Seguí hablándome así y te como entera acá mismo".
Salimos de ahí re entonados por el alcohol, pero ni en pedo volvíamos a casa. Cortamos camino directo al telo.
En el jacuzzi: Calentura al 100%
Entramos desesperados. Nos metimos al jacuzzi en pelotas, jugando a que éramos novios y olvidándonos por completo de que éramos primos. Sentir su piel mojada y su olor me ponía la pija como una piedra. Era un nivel de morbo inexplicable: en público, la sumisión a la familia; en la privacidad de esa habitación, una locura de perversión mutua.
El toqueteo bajo el agua se descontroló. Salimos chorreando directo a la cama. Empezó el festival de carne: le devoré las tetas, y bajé a chuparle el orto sin asco mientras ella gemía como una perra. Yo le metía los dedos hasta el fondo en esa concha hirviendo y le comia el cuello a besos. A mí me calienta a morir el sexo anal, y aunque ella recién había dejado de ser virgen y era nuestra segunda vez, mientras le metía los dedos y le chupaba los pezones, se lo fui advirtiendo al oído para dejarla bien manija: "Disfrutá ahora, porque más adelante te voy a romper bien el orto... te voy a coger por todos lados y vas a ser mi puta para siempre". De la pura excitación, la mina no aguantó y se vino encima de mis dedos una y otra vez, teniendo orgasmos seguidos mientras me mordía el cuello.
Contra la pared y la primera acabada
No aguanté más verla así de regalada. La paré de espaldas contra la pared, le abrí bien las piernas y se la mandé suavecito, sintiendo cómo me abrazaba con sus paredes ultra estrechas y calientes. Pasamos de la lujuria salvaje a hacernos el amor con un ritmo delicioso, sensual y espeso. Estuvimos unos 30 minutos dándole sin parar, sintiendo el vacío en la panza, hasta que el placer me desbordó. Sentí el cosquilleo y se la hundí completa para vaciarme adentro: le dejé la conchita inundada, rebalsando con toda mi leche tibia.
Nos tiramos a respirar, prendimos el aire y descansamos un toque, pero el bicho de la lujuria nos volvió a picar rápido.
Cabalgata y posesión
Ella, que estaba en modo esponja queriendo aprender y experimentar todo conmigo, me preguntó cómo me gustaba que se me subiera arriba. "Mirá, me encanta que te pongas al revés, de espaldas, pero tenés unas tetas tan ricas que esta vez te quiero ver de frente. Quiero ver cómo me cabalgás y cómo te rebotan en la cara", le dije re loco.
Se me subió encima. Yo la miraba embobado, re enamorado de su cuerpo y de su forma de puta. Empezó a moverse, a rebotar con furia metiéndose mi pedazo bien adentro de su argolla. Estuvimos 20 minutos flotando en puro placer. Yo quería acabar pero a la vez quería estirar el morbo, así que le ordené: "Date la vuelta, quiero ver ese orto".
Se giró de espaldas a mí, apoyando sus nalgas contra mi panza y clavándose mi pija otra vez. Desde atrás, le agarré el pelo con fuerza, tirándoselo para atrás para verle la cara de dolor y placer mientras la cogía durísimo, azotándola contra mi entrepierna. Le di murra con saña durante otros 30 minutos. El aire acondicionado no daba abasto: transpirábamos como unos animales de tanta calentura. Volví a estallar y le llené el fondo de leche por segunda vez.
El peligro del secreto
Después del polvo, tocó volver a la realidad. La dejé en su casa, saludé a mi tía con la cara más lavada del mundo y me fui a la mía. Todo el viaje de vuelta manejé con la pija a medio parar, sintiendo el olor de mi prima en mis dedos y pensando en lo adictivo que era esto.
Nos seguimos viendo, y cada encuentro era más puerco y más rico que el anterior. Pero tanto ir y venir levantó sospechas. Mi tía ya empezó con las preguntas filosas: "¿A dónde van ustedes dos que salen tanto?", "Qué raro que pasen tanto tiempo juntos, ¿qué onda?". La familia ya murmuraba.
Teníamos que guardarnos el secreto a muerte, pero era imposible controlarse. La calentura no nos dejaba en paz, estábamos adictos al cuerpo del otro. Ahora nos toca vernos mucho más ocultos, cuidando cada paso, espaciando los polvos para no levantar la perdiz y tratando de aguantar una tensión sexual que, cada vez que nos cruzamos, nos quema la ropa.
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