Me llamo Diego, tengo 21 años y soy primo de Lucas. Esa tarde estábamos todos en la casa de tía Elena por su cumpleaños. La familia completa: tíos, primos, abuelos… y mucha cerveza y vino corriendo. Yo siempre fui el observador. Sabía perfectamente qué clase de mujer era mi tía Elena. Todo el barrio comentaba que era una puta de primera: salía de noche, volvía con olor a sexo y tenía varios amantes. Lucas me había confesado una vez que lo sabía, pero nunca la había visto cruzar la línea con la familia… hasta hoy.
Elena tenía 42 años y un cuerpo que volvía locos a todos. Entrenaba como loca y su culo era legendario: grande, redondo, firme y alto, con nalgas carnosas, suaves por fuera pero duras por el gimnasio. Ese día llevaba una falda negra ajustada que le llegaba justo a medio muslo, marcando sin piedad cada curva de ese culo espectacular. La tela se hundía ligeramente entre sus nalgas cuando caminaba, y cada paso hacía que se bamboleara de forma hipnótica. Arriba una blusa escotada que dejaba ver el canal entre sus tetas.
Desde que llegaron Lucas y ella noté algo raro. Elena caminaba un poco tiesa y, cuando se inclinó sobre la mesa del patio para servir bebidas, vi claramente una mancha seca en la parte baja de la falda, justo donde las nalgas se juntan con los muslos. Era una mancha blanquecina y brillante, como semen viejo. Mi verga dio un salto dentro del pantalón. ¿Qué mierda había pasado entre ellos?
La fiesta avanzaba y el alcohol hacía su efecto. Elena tomó varias copas de vino y se puso más risueña, más cariñosa de lo normal. Sus mejillas estaban rojas y reía fuerte con cualquier comentario. Yo me mantuve cerca, observando.
En un momento en que casi todos estaban en el patio alrededor del asado, Elena se tambaleó un poco y se quejó de que no había sillas libres. Lucas estaba ocupado hablando con otros primos.
—Vení, tía, sentate acá —le dije yo con una sonrisa inocente, sentándome en una de las sillas del living que daba al pasillo y palmeando mi regazo.
Elena dudó, pero el vino la había aflojado. Se sentó sobre mis piernas con cuidado. En cuanto su culo grande y pesado cayó sobre mi regazo, sentí el calor y la suavidad de esas nalgas firmes aplastándose contra mi verga, que se endureció al instante. La falda se subió un poco y solo la tela fina de su tanga y mi pantalón nos separaban.
—Mmm… Diego, no seas malo —murmuró ella bajito, intentando acomodarse, pero cada movimiento solo hacía que frotara más su culo contra mi bulto.
Yo la agarré disimuladamente de las caderas y la apreté hacia abajo.

—Tía, estás muy caliente hoy… —le susurré al oído mientras fingía que solo la estaba ayudando a equilibrarse—. Y ese culo tuyo… todos sabemos cómo lo usás.
Elena se tensó. Intentó levantarse, pero yo la mantuve firme.
—Diego, por favor… soy tu tía —dijo con voz temblorosa y avergonzada, mirando hacia el patio para asegurarse de que nadie venía.
Pero su cuerpo, traicionero por el alcohol, se movió ligeramente, restregando esas nalgas carnosas contra mi verga tiesa. Yo empecé a empujar discretamente hacia arriba, deslizando mi miembro entre la hendidura de su culo por encima de la ropa. La falda se arrugaba y sentía la firmeza y el calor de ese culo grande envolviéndome.
En ese momento saqué el celular disimuladamente con una mano y grabé un corto video: mi tía sentada en mi regazo, moviéndose incómoda mientras yo empujaba contra su culo. Se veía claramente su cara roja y la forma en que su falda se subía.
—Mirá, tía… —le mostré el video bajito—. Sé que sos una puta. Todo el mundo lo sabe. Y hoy llegaste con semen seco en la falda. ¿Fue Lucas en el colectivo? Tranquila… no le voy a contar a nadie si te portás bien.
Elena palideció.
—Diego… no. Esto no puede pasar. Soy tu tía, por Dios… —susurró con voz rota, pero no se levantó. El miedo y la vergüenza la mantenían quieta.
La fiesta seguía afuera. La agarré más fuerte de las caderas y aceleré los movimientos, frotando mi verga dura contra ese culo espectacular. La tela de la falda se hundía entre sus nalgas grandes y firmes. Elena respiraba agitada, mordiéndose el labio, humillada pero sin gritar para no armar escándalo.
—Vamos al baño un segundo —le dije al oído—. Solo quiero hablar.
La levanté y la llevé casi a rastras por el pasillo hasta el baño de visitas. Cerré la puerta con llave. Elena estaba nerviosa, apoyada contra el lavabo.
—Diego, por favor… basta —suplicó, pero su voz sonaba débil.
Saqué el celular otra vez y empecé a grabar abiertamente.
—Mostrame ese culo, tía. Sé que te encanta que te miren. Levantate la falda.
Ella dudó, temblando, pero el miedo al video y al escándalo familiar la hizo obedecer lentamente. Levantó la falda hasta la cintura. Ahí estaba: su culo grande, redondo y firme.

Me acerqué por detrás y apoyé mi verga dura (ya fuera del pantalón) entre sus nalgas calientes. Empecé a frotarme lento y profundo, deslizando toda mi longitud por esa grieta suave y firme. Elena jadeaba, agarrada al lavabo, con la cabeza baja por la vergüenza.

—Sos una puta… pero no con la familia, ¿no? —me burlé mientras aceleraba, sintiendo cómo sus nalgas grandes apretaban mi verga involuntariamente—. Hoy vas a hacer una excepción.
Frotaba con fuerza y ella inconscientemente empezó a moverse, Elena gemía bajito, intentando contenerse. El alcohol y el roce la estaban afectando. Yo grababa todo: su cara de humillación, su culo perfecto recibiendo mi verga.

No aguanté más. Me pegué completamente contra ella, enterrando mi miembro entre esas nalgas carnosas y eyaculé con fuerza. Chorros espesos y calientes de semen salieron disparados, la parte baja de su culo grande y corriendo por la cara interna de sus muslos. La mancha fresca se mezcló con la seca anterior, brillando bajo la luz del baño.

Elena soltó un gemido ahogado y apretó las nalgas, exprimiéndome hasta la última gota. Estaba roja, respirando rápido, muerta de vergüenza.
—Buena puta —le dije, guardando el celular—. Esto queda entre nosotros… por ahora. Limpiate y salí sonriendo.
Ella se bajó la falda con manos temblorosas, sintiendo mi semen caliente pegado a su piel y corriendo por sus piernas. Salió del baño primero, caminando con cuidado para que nadie notara las nuevas manchas húmedas en su falda.
Yo salí después, con una sonrisa. La fiesta continuaba afuera, pero ahora sabía que Elena, la puta de la familia, tenía un nuevo secreto… y yo tenía el video.
Elena tenía 42 años y un cuerpo que volvía locos a todos. Entrenaba como loca y su culo era legendario: grande, redondo, firme y alto, con nalgas carnosas, suaves por fuera pero duras por el gimnasio. Ese día llevaba una falda negra ajustada que le llegaba justo a medio muslo, marcando sin piedad cada curva de ese culo espectacular. La tela se hundía ligeramente entre sus nalgas cuando caminaba, y cada paso hacía que se bamboleara de forma hipnótica. Arriba una blusa escotada que dejaba ver el canal entre sus tetas.
Desde que llegaron Lucas y ella noté algo raro. Elena caminaba un poco tiesa y, cuando se inclinó sobre la mesa del patio para servir bebidas, vi claramente una mancha seca en la parte baja de la falda, justo donde las nalgas se juntan con los muslos. Era una mancha blanquecina y brillante, como semen viejo. Mi verga dio un salto dentro del pantalón. ¿Qué mierda había pasado entre ellos?
La fiesta avanzaba y el alcohol hacía su efecto. Elena tomó varias copas de vino y se puso más risueña, más cariñosa de lo normal. Sus mejillas estaban rojas y reía fuerte con cualquier comentario. Yo me mantuve cerca, observando.
En un momento en que casi todos estaban en el patio alrededor del asado, Elena se tambaleó un poco y se quejó de que no había sillas libres. Lucas estaba ocupado hablando con otros primos.
—Vení, tía, sentate acá —le dije yo con una sonrisa inocente, sentándome en una de las sillas del living que daba al pasillo y palmeando mi regazo.
Elena dudó, pero el vino la había aflojado. Se sentó sobre mis piernas con cuidado. En cuanto su culo grande y pesado cayó sobre mi regazo, sentí el calor y la suavidad de esas nalgas firmes aplastándose contra mi verga, que se endureció al instante. La falda se subió un poco y solo la tela fina de su tanga y mi pantalón nos separaban.
—Mmm… Diego, no seas malo —murmuró ella bajito, intentando acomodarse, pero cada movimiento solo hacía que frotara más su culo contra mi bulto.
Yo la agarré disimuladamente de las caderas y la apreté hacia abajo.

—Tía, estás muy caliente hoy… —le susurré al oído mientras fingía que solo la estaba ayudando a equilibrarse—. Y ese culo tuyo… todos sabemos cómo lo usás.
Elena se tensó. Intentó levantarse, pero yo la mantuve firme.
—Diego, por favor… soy tu tía —dijo con voz temblorosa y avergonzada, mirando hacia el patio para asegurarse de que nadie venía.
Pero su cuerpo, traicionero por el alcohol, se movió ligeramente, restregando esas nalgas carnosas contra mi verga tiesa. Yo empecé a empujar discretamente hacia arriba, deslizando mi miembro entre la hendidura de su culo por encima de la ropa. La falda se arrugaba y sentía la firmeza y el calor de ese culo grande envolviéndome.
En ese momento saqué el celular disimuladamente con una mano y grabé un corto video: mi tía sentada en mi regazo, moviéndose incómoda mientras yo empujaba contra su culo. Se veía claramente su cara roja y la forma en que su falda se subía.
—Mirá, tía… —le mostré el video bajito—. Sé que sos una puta. Todo el mundo lo sabe. Y hoy llegaste con semen seco en la falda. ¿Fue Lucas en el colectivo? Tranquila… no le voy a contar a nadie si te portás bien.
Elena palideció.
—Diego… no. Esto no puede pasar. Soy tu tía, por Dios… —susurró con voz rota, pero no se levantó. El miedo y la vergüenza la mantenían quieta.
La fiesta seguía afuera. La agarré más fuerte de las caderas y aceleré los movimientos, frotando mi verga dura contra ese culo espectacular. La tela de la falda se hundía entre sus nalgas grandes y firmes. Elena respiraba agitada, mordiéndose el labio, humillada pero sin gritar para no armar escándalo.
—Vamos al baño un segundo —le dije al oído—. Solo quiero hablar.
La levanté y la llevé casi a rastras por el pasillo hasta el baño de visitas. Cerré la puerta con llave. Elena estaba nerviosa, apoyada contra el lavabo.
—Diego, por favor… basta —suplicó, pero su voz sonaba débil.
Saqué el celular otra vez y empecé a grabar abiertamente.
—Mostrame ese culo, tía. Sé que te encanta que te miren. Levantate la falda.
Ella dudó, temblando, pero el miedo al video y al escándalo familiar la hizo obedecer lentamente. Levantó la falda hasta la cintura. Ahí estaba: su culo grande, redondo y firme.

Me acerqué por detrás y apoyé mi verga dura (ya fuera del pantalón) entre sus nalgas calientes. Empecé a frotarme lento y profundo, deslizando toda mi longitud por esa grieta suave y firme. Elena jadeaba, agarrada al lavabo, con la cabeza baja por la vergüenza.

—Sos una puta… pero no con la familia, ¿no? —me burlé mientras aceleraba, sintiendo cómo sus nalgas grandes apretaban mi verga involuntariamente—. Hoy vas a hacer una excepción.
Frotaba con fuerza y ella inconscientemente empezó a moverse, Elena gemía bajito, intentando contenerse. El alcohol y el roce la estaban afectando. Yo grababa todo: su cara de humillación, su culo perfecto recibiendo mi verga.

No aguanté más. Me pegué completamente contra ella, enterrando mi miembro entre esas nalgas carnosas y eyaculé con fuerza. Chorros espesos y calientes de semen salieron disparados, la parte baja de su culo grande y corriendo por la cara interna de sus muslos. La mancha fresca se mezcló con la seca anterior, brillando bajo la luz del baño.

Elena soltó un gemido ahogado y apretó las nalgas, exprimiéndome hasta la última gota. Estaba roja, respirando rápido, muerta de vergüenza.
—Buena puta —le dije, guardando el celular—. Esto queda entre nosotros… por ahora. Limpiate y salí sonriendo.
Ella se bajó la falda con manos temblorosas, sintiendo mi semen caliente pegado a su piel y corriendo por sus piernas. Salió del baño primero, caminando con cuidado para que nadie notara las nuevas manchas húmedas en su falda.
Yo salí después, con una sonrisa. La fiesta continuaba afuera, pero ahora sabía que Elena, la puta de la familia, tenía un nuevo secreto… y yo tenía el video.
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