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La mamá puta en el colectivo

La madre de Lucas, Elena, era una mujer de 42 años con una reputación que él conocía muy bien. Todo el barrio y algunos amigos de Lucas comentaban que Elena era una puta: salía mucho, volvía tarde, y se rumoreaba que tenía varios amantes. Ella nunca lo ocultaba del todo ante su hijo, aunque tampoco hablaba abiertamente del tema. Lucas sabía que su mamá follaba con otros hombres, a veces más jóvenes que ella, y eso lo excitaba de una forma enfermiza. Pero Elena nunca había cruzado la línea con su propio hijo. Era estricta en ese sentido y mantenía una distancia clara.
Ese día Elena lucía espectacular. Entrenaba religiosamente y su culo era el centro de todas las miradas: grande, redondo, firme y alto, con nalgas carnosas y tonificadas que se movían con fuerza al caminar. Llevaba unos pantalones de yoga negros ultra ajustados, de tela fina y elástica que se pegaba como una segunda piel, marcando cada curva, la profunda hendidura entre sus cachetes y hasta el contorno de su tanga. Arriba una camiseta simple.
La mamá puta en el colectivo

Subió al colectivo repleto en hora pico y se agarró de una barra alta. Lucas subió justo detrás. El gentío los apretó inevitablemente. Su cuerpo quedó pegado al de su madre, y su entrepierna presionada contra ese culo enorme y caliente.
Elena sintió inmediatamente el bulto duro creciendo contra sus nalgas. Se tensó.
—Lucas… movete un poco, por favor —susurró con voz baja y nerviosa, mirando hacia adelante para que nadie notara nada.
Pero el bus frenaba y aceleraba constantemente, y no había espacio para separarse. Lucas, excitado por saber exactamente qué clase de puta era su mamá con otros hombres, no se apartó. Al contrario, flexionó las rodillas y empujó su verga erecta contra la grieta entre esas nalgas grandes y firmes. La tela era tan delgada que sentía la suavidad y el calor de su piel.
Empezó a restregarse despacio, disimulando con los movimientos del colectivo. Su verga tiesa se deslizaba arriba y abajo por la hendidura de ese culo voluminoso, presionando con fuerza. Elena apretó las nalgas instintivamente, intentando bloquearlo, pero eso solo envolvió más la verga de su hijo.
—Lucas, basta… soy tu madre —murmuró ella con voz temblorosa y avergonzada, girando ligeramente la cabeza. Tenía las mejillas rojas y respiraba agitada.
Lucas no respondió. Sabía que ella era una zorra que se dejaba follar por extraños, y eso lo ponía aún más cachondo. Su mano se posó “casualmente” en la cadera ancha de Elena para sujetarse, y empujó más fuerte. Frotaba toda su longitud contra ese culo jugoso y tonificado, sintiendo cómo las nalgas grandes cedían bajo la presión de su verga. El precum ya estaba mojando su bóxer y empezaba a traspasar hacia los pantalones de yoga de su mamá.
Cada frenada del bus era una excusa perfecta. Lucas aceleraba los movimientos discretos pero insistentes: restregaba el glande hinchado justo en el centro de la hendidura, imaginando cómo su mamá puta se dejaba coger por otros. Elena intentaba mantenerse quieta, pero el roce constante la hacía temblar. Mordía su labio inferior con fuerza y cerraba los ojos, humillada y nerviosa.
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—Para… por favor… la gente… —susurró casi sin voz cuando sintió que la verga de su hijo se clavaba más profundo, marcando la tela fina entre sus nalgas.
Pero Lucas ya estaba perdido. El calor, el olor de su madre, la suavidad firme de ese culo grande que tantas veces había admirado, y el conocimiento de que ella era una puta con otros, lo llevaron al límite. Se pegó completamente a su espalda, respirando contra su nuca, y empezó a follarla por encima de la ropa con movimientos cortos y rápidos.
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De repente, el orgasmo lo golpeó con fuerza. Se clavó entre las nalgas carnosas de Elena y eyaculó violentamente. Chorros espesos y calientes de semen inundaron su bóxer y escaparon en abundancia, empapando completamente la tela de los pantalones de yoga de su madre. La mancha oscura y brillante se extendió por la parte baja de su culo grande, justo donde las nalgas se unían con los muslos, y empezó a correr lentamente por la cara interna de su pierna izquierda. El semen caliente y pegajoso se pegaba a su piel a través de la tela fina mientras la verga de Lucas seguía pulsando y soltando más leche.
Elena sintió cada chorro caliente mojándola. Se quedó rígida, con la respiración entrecortada y los ojos muy abiertos por la sorpresa y la vergüenza. Apretó las nalgas sin querer, exprimiendo los últimos restos, pero no dijo nada más. Solo soportó la humillación en silencio, sintiendo cómo el semen de su hijo se enfriaba lentamente contra su culo firme.
Cuando el bus se detuvo en la parada, Elena caminó hacia la puerta con las piernas tensas. La mancha era claramente visible en sus pantalones negros ajustados: grande, húmeda y brillante, con un rastro que bajaba por su pierna. Ella intentaba disimularlo con la mano, mortificada, mientras Lucas la seguía unos pasos atrás, todavía excitado por lo que acababa de hacer y por saber que su mamá, esa puta que tanto follaba por ahí, ahora llevaba su semen marcado en ese culo espectacular que todos miraban.
madre e hijo

Ninguno de los dos habló durante el resto del camino a casa. Elena estaba callada y tensa. Lucas, en cambio, no podía dejar de mirar la mancha en el pantalón de su madre, sabiendo que ese secreto prohibido quedaría entre ellos.

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