




Me llamo Alberto, y si algo aprendí aquella temporada fue que la cara bonita no siempre viene con buenas intenciones.
A Adilia la conocí en una fiesta de barrio. Morena, joven, de esas mujeres que cuando se ríen hacen que uno se olvide hasta de lo que iba a decir. Hablaba poco de su vida, pero mucho de sus sueños. Yo, como buen ingenuo, creí cada palabra.
Nos veíamos a escondidas del ruido del pueblo. Caminábamos por las tardes, compartíamos cervezas tibias bajo los árboles y conversaciones que parecían no terminar nunca. Ella me tomaba del brazo y me hacía sentir el hombre más importante del mundo.
Una noche la llevé al río.
Mientras el agua corría oscura entre las piedras y los grillos cantaban en la orilla, recordé aquellos versos que hablan de llevar una mujer al río creyendo una cosa y descubriendo otra. Me reí para mis adentros. Qué iba a saber yo que la historia me estaba alcanzando.
Adilia apoyó la cabeza en mi hombro y me habló de libertad, de empezar de nuevo, de dejar atrás el pasado. Yo escuchaba fascinado.
Entonces apareció una luz.
Los faros de una motocicleta rompieron la oscuridad. Un hombre se bajó furioso. No era un hermano. No era un primo. No era un vecino curioso.
Era su marido.
El silencio me golpeó más fuerte que cualquier insulto. Miré a Adilia esperando una explicación, una negación, cualquier cosa. Pero ella bajó la mirada.
—Perdoname, Alberto —murmuró.
Eso fue todo.
Ni una historia complicada. Ni una excusa elaborada. Apenas una palabra.
El hombre me observó con rabia, pero también con una tristeza que entendí de inmediato. Los dos habíamos sido engañados.
Yo di media vuelta y empecé a caminar por la orilla. Escuché voces detrás de mí, pero ya no me importaban.
Aquella noche comprendí que no me había traicionado solamente Adilia. Me había traicionado también la ilusión que yo mismo construí alrededor de ella.
El río siguió corriendo como si nada hubiera pasado.
Y yo seguí caminando, sintiéndome más viejo de lo que era, mientras pensaba que algunas mujeres dejan recuerdos dulces y otras dejan lecciones caras.
Adilia me dejó ambas cosas.
0 comentarios - Adilia Algaba Ponce