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Foto Equivocada: Mi Sobrino de 19 Años y Yo

Foto Equivocada: Mi Sobrino de 19 Años y Yo
puta

Una foto caliente enviada por error a su sobrino de 19 años desata el deseo más prohibido. Luz, una mujer casada pasa de la vergüenza al placer más sucio y adictivo. Sexting explícito, fotos cada vez más atrevidas, tetas desnudas y un morbo que ya no puede controlar. ¿Hasta dónde llegará esta aventura incestuosa que la tiene mojada y obsesionada?"
Soy Luz, tengo 36 años y vivo en Zapopan, muy cerca de Terraza Belenes. Trabajo en una empresa de electrónica que queda a solo unos minutos de mi casa, lo cual es perfecto porque odio perder tiempo en el tráfico. Físicamente soy una mujer curvy, de cuerpo voluptuoso y lleno de curvas que me hacen sentir muy mujer. Tengo unos pechos grandes y pesados, con areolas anchas y oscuras que se endurecen fácilmente cuando me excito; caen un poco por su tamaño pero se ven jugosos y suaves al tacto. Mi cintura es marcada, pero mi vientre es suave y redondo, con esa capa de carne que hace que se sienta cálido y mullido cuando alguien lo agarra fuerte. Mis caderas son anchas y prominentes, de esas que se balancean solas al caminar, y mi culo es enorme, redondo, firme pero con esa suavidad carnosa que rebota cuando lo azotan o lo aprietan; tiene una forma de corazón invertido que hace que cualquier pantalón o falda se me pegue como segunda piel. Mis muslos son gruesos, gruesos de verdad, con carne que se junta al caminar y se siente caliente entre ellos; las piernas son largas y llenas, con pantorrillas definidas. Tengo varios tatuajes que recorren mis brazos y parte del pecho, una rosa grande que baja por mi escote y otros diseños que me dan un toque salvaje. Mi piel es morena clara, suave, y mi cara tiene rasgos bonitos: labios carnosos, ojos expresivos y cabello castaño ondulado que me llega a los hombros.
La ropa que mejor me luce es la que resalta todas estas curvas sin vergüenza: tops escotados o con tirantes finos que dejan ver el canalillo profundo de mis tetas, faldas o leggins ajustados que marcan mi culo y mis caderas anchas, corsés o bodys que aprietan mi cintura y levantan mis pechos. Me encanta sentirme deseada, que la tela se me clave en la carne y resalte lo abundante que soy.
Estoy casada, pero la rutina y la monotonía del matrimonio me orillaron a buscar algo más. Empecé una aventura con un compañero de trabajo. Todas las noches, al salir, él me lleva a casa en su coche. Esa noche en particular estábamos muy calientes porque por la carga de trabajo no habíamos podido vernos ni tocarnos. En cada semáforo rojo nos besábamos con lengua, nos tocábamos por encima de la ropa, yo le agarraba el bulto duro de su verga y él metía la mano entre mis muslos gruesos. Cuando llegamos a mi casa nos despedimos y le dije que cuando mi esposo se durmiera le mandaría mensajes.
Pasó como una hora hasta que pude escribirle. Le dije que tenía muchas ganas de coger, que estaba mojada pensando en él. La conversación subió rápido de tono. Él me escribió que tenía la verga bien dura, palpitando por mí. Yo, en la sala de mi casa, me quité la ropa y quedé en ropa interior, me puse en pose provocativa frente al espejo —con los pechos casi saliéndose, el culo en pompa y las piernas abiertas mostrando mi vagina hinchada y húmeda— y le mandé esa foto para que se masturbara pensando en mí. Pero con la calentura y la excitación me equivoqué de chat… se la envié a mi sobrino Diego, de 19 años, hijo de mi hermana mayor.
Ese mismo día por la tarde había estado chateando con Diego porque mi laptop estaba muy lenta y le pedí ayuda para revisarla; nuestro chat quedó abierto al principio de la lista. No me di cuenta del error y seguí sexteando con mi compañero hasta que me dormí.
Al día siguiente, como a las 8 de la mañana, vi la respuesta de Diego a esa foto. Me morí de vergüenza y miedo. Le supliqué que la borrara, que era un error, que se la había mandado a otra persona. Me contradecía, los mensajes me salían nerviosos y sin sentido. Le pedí casi llorando que no le dijera nada a su mamá ni a su tío (mi esposo). Diego, que no es tonto, se aprovechó: “No diré nada, tía… pero solo si me dejas conservar la foto”. Le dije que estaba loco, que era su tía, que éramos familia. Él me respondió con halagos directos: “Te ves hermosa, tía. Tienes un cuerpo increíble, me gustó mucho la foto y nadie más la va a ver, te lo prometo”.
Leí eso y sentí un escalofrío recorriéndome el cuerpo, un calor subiendo desde mi vientre hasta mi vagina. “Qué chamaco tan ventajoso”, pensé. Me sorprendió lo directo que fue y, para mi sorpresa, me gustó. Terminé accediendo: “Está bien… pero ocúltala bien, por favor”. Él aceptó feliz.
Pasaron los días. Vino a arreglarme la laptop, borró un virus y actuó normal, aunque yo estaba tensa sabiendo que ya me había visto casi desnuda. Parecía que el tema estaba olvidado.
Una semana después, mientras mensajeaba con mi compañero, entró un mensaje de Diego preguntándome por la laptop. Le respondí que todo bien y, para no ser cortante, seguimos platicando. Me dijo que le había dado mucho gusto verme ese día. Luego, de forma confesa, soltó: “No hay día que no vea tu foto, tía. Hasta la puse de fondo en nuestra conversación”. Me asusté, le dije que era muy arriesgado. Él me tranquilizó diciendo que tenía contraseña y que nadie más la veria. Y fue directo otra vez: “Me encanta mucho verte”.
Yo, audaz y ya sintiendo curiosidad, le pregunté: “¿Y qué es lo que más te gusta de la foto?”. Respondió rápidamente sin pena: “Tus caderas tan anchas y tus piernas gruesas, tía. Me ponen loco”.
Me quedé sin palabras. Sabía que estaba jugando con fuego, pero seguí: “¿Y qué sientes cuando la ves?”.
Diego me responde casi de inmediato: “Me excito mucho, tía. Se me pone dura al instante y me he masturbado varias veces viéndola y pensando en ti. Imagino cómo se sentiría tocarte esas nalgas tan grandes y meter la cara entre tus muslos”.
Leía y releía el mensaje. Mi panocha empezó a palpitar. No podía creer lo directo que era mi sobrino de 19 años, pero me estaba encantando. Me imaginé a Diego en su cuarto, sacando su verga dura y jalándosela mirando mi foto… y eso me mojó como nunca.
Ahí empezó todo. La conversación subió de intensidad mensaje tras mensaje. Le pregunté más detalles: “¿Cómo te la jalas pensando en mí? ¿Te imaginas cogiéndome?”. Él respondía sin censura: “Me imagino agarrando esas tetas grandes tuyas mientras te estoy cogiendo por detrás, tía. Tu culo rebotando contra mí, mis huevos pegando en esos muslos gruesos. Quiero chuparte la panoche hasta que me mojes toda la cara”.
Yo le seguía el juego cada vez más caliente: “Me encanta que seas tan directo, sobrino. Mi panocha está empapada y palpitando leyendo esto. Quiero que me cuentes cómo te correrías en mis tetas…”. Y así seguimos, sexteando crudo y explícito. Le describí cómo me tocaría el clítoris pensando en su verga joven y dura, cómo me gustaría que me llenara la boca con su leche caliente. Él me mandaba detalles de cómo se la jalaba viéndome, de lo mucho que deseaba meterme los dedos o la lengua en el culo.
Esa noche me corrí dos veces solo con los mensajes, más fuerte que con mi amante. Se volvió adictivo. Desde entonces mantengo comunicación constante con Diego, esperando el momento en que mi esposo se duerma para abrir su chat y dejar que mi sobrino me haga sentir puta y deseada como nunca. El accidente de esa foto me abrió una puerta que no quiero cerrar… y cada vez quiero más.
A la mañana siguiente, después de esa noche de sexting tan caliente y adictivo con Diego, me desperté con la panocha todavía húmeda y palpitando. Mi esposo ya se había ido a trabajar, así que tenía la casa sola un rato. Me miré en el espejo del cuarto y recordé lo que mi sobrino me había dicho: que le volvían loco mis caderas anchas y mis piernas gruesas. Sonreí con picardía, me puse un conjunto de lencería con burdeos que apenas me cubría, uno de esos que se me clava en la carne y resalta todo. Me senté en el sillón grande de la sala, subí las piernas y las crucé de forma que mis muslos gruesos se vieran enormes, suaves y carnosos, con toda esa piel morena brillando. Mi culo grande y redondo sobresalía por un lado, casi desbordándose del asiento, y el encaje rojo se hundía entre mis nalgas. Las tetas se me salían del brasier, con los pezones marcados. Tomé la foto desde un ángulo perfecto que mostraba exactamente lo que a él le gustaba: mis caderas anchas, la curva exagerada de mi culo y esos muslos gordos y jugosos que se juntan con fuerza.
Sin pensarlo dos veces, abrí el chat con Diego y se la mandé con un mensaje:
Buenos días, sobrino Mira lo que te mandé pensando en ti… sé que te encantan mis caderas y mis piernas gruesas. ¿Qué te parece esta vista?
Esperé mordiéndome el labio, el corazón me latía fuerte. Minutos después vi que lo había visto.
¡Joder, tía! Qué foto tan más rica te ves tan puta… Tus muslos se ven tan gruesos y suaves, quiero meter la cara entre ellos y chuparte hasta que tiembles. Ese culo se ve enorme, me dan ganas de agarrarlo fuerte con las dos manos y abrirlo para ver tu culo y tu panocha.
Me mojé al instante. Empecé a tocarme por encima de la lencería mientras leía.
Me alegra que te guste tanto… anoche no pude dormir bien pensando en cómo te masturbas con mis fotos. ¿Estás duro ahora viéndome así? Cuéntame qué harías con estas piernas que tanto te gustan.
Estoy bien duro, tía. Me la estoy jalando despacio mirando cómo se te marca todo en esa lencería. Imagino que abro tus muslos gruesos, los beso por dentro, y subo lentamente hasta que empiezo a oler tu panocha mojada y te como entera. Quiero dejar marcas de mordidas en esa carne tan suave y luego meterte la verga entre los muslos, cogerte así hasta que me corra encima de tu piel.
Mmm… me estás poniendo muy caliente, Diego. Mis dedos ya están dentro de mi panocha leyendo eso. Me encanta que seas tan directo y cochino conmigo. ¿Quieres que te mande otra foto abriendo más las piernas para que veas cómo me tienes de mojada?
La conversación siguió subiendo de intensidad rapidísimo. Le mandé más fotos esa misma mañana: una abriendo las piernas mostrando el encaje empapado pegado a mi vulva hinchada, otra de espaldas arqueando la espalda para que mi culo se viera aún más grande y redondo. Diego me respondía con detalles crudos: cómo se imaginaba cogiéndome en ese sillón, agarrándome de las caderas mientras me embestía por detrás, haciendo que mi culo rebotara fuerte contra su pelvis, sus huevos pegando contra mis muslos gordos. Me dijo que quería terminar entre mis tetas y que luego me obligaría a lamerle la verga y dejársela bien limpia.
Yo le seguía el juego sin censura: le describía cómo me estaba dedeando  pensando en su verga joven y dura, cómo me gustaría que me diera nalgadas fuertes hasta dejarme el culo rojo, y que me llenara la panocha de leche caliente. Le mandaba audios cortos gimiendo bajito su nombre mientras me masturbaba.
Ese intercambio matutino se volvió parte de nuestra rutina secreta. Cada foto que le enviaba, cada mensaje explícito, me hacía sentir más puta, más deseada y más adicta a mi sobrino de 19 años. Sabía que estaba mal, que era peligroso… pero el morbo y el placer eran demasiado fuertes. Ya no podía parar.
Conforme pasaron los días, mi rutina cambió por completo sin que nadie en casa se diera cuenta. Por las mañanas seguía siendo la esposa y la tía “normal”: preparaba el desayuno, iba al trabajo en la empresa de electrónica, sonreía y cumplía con todo. Pero en cuanto tenía un segundo sola —en el baño de la oficina, en el coche de mi amante mientras me regresaba  a casa o por las noches cuando mi esposo se dormía— abría el chat con Diego y todo mi cuerpo se encendía.
El sexo con mi compañero de trabajo me había hecho sentir deseada de nuevo después de años de monotonía matrimonial, pero lo que estaba pasando con mi sobrino era otro nivel. Me hacía sentir tan puta, tan sucia y tan deseada al mismo tiempo. Era prohibido, peligroso y adictivo. Cada mensaje suyo me mojaba más que cualquier verga real. Sabía que era mi sobrino de 19 años, sangre de mi sangre, y precisamente por eso el morbo era brutal. Me imaginaba su verga joven y dura, imaginaba cómo se correría pensando en mí, y eso me hacía tocarme como una desesperada. Quería cogérmelo, quería sentirlo dentro de mí, que me agarrara esas caderas anchas y me partiera el culo a vergazos… pero sentía que todavía era demasiado pronto. No quería asustarlo ni precipitar las cosas, así que seguí alimentando el fuego con mensajes cada vez más cochinos y fotos provocadoras.
Esa noche, después de que mi esposo se durmiera, me metí al baño, me quité todo y me tomé la foto que tanto deseaba mandarle. Era un close-up perfecto de mis tetas grandes y pesadas, completamente desnudas. Se ven gruesas, caídas por su tamaño pero jugosas, con mis areolas anchas y bien oscuras, casi marrones, rodeando unos pezones gruesos que ya estaban duros de la excitación. La cadena que traigo al cuello caía justo entre mis pechos, y la luz hacía que mi piel morena brillara. Sabía que esta foto lo iba a volver loco.
Mira lo que te tengo preparado, sobrino Mis tetas como te gustan… bien grandes, con las areolas oscuras y anchas que tanto imaginaste. ¿Se te puso dura ya? Quiero que me mandes una foto de tu verga. Quiero verla por primera vez. Llevo días fantaseando con ese trozo de carne joven, imaginando cómo se ve, cómo palpita, cuánto mide… No seas malo, mándamela. Quiero verla mientras me toco.
Envié la foto y me quedé esperando, con una mano entre mis muslos gruesos, frotándome el clítoris hinchado. Diego tardó solo unos minutos en responder.
¡Puta madre, tía! Tus tetas son una locura… esas areolas tan grandes y oscuras me tienen babeando. Me las imagino rebotando mientras te estoy cogiendo. Ya estoy bien duro…
Y entonces me mandó la foto. Su verga joven, tiesa, gruesa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Era más grande de lo que esperaba para su edad. Se veía pesada, venosa, perfecta para llenarme. Me mordí el labio con fuerza y gemí bajito.
Mmm… qué verga tan rica tienes, sobrino. Me encanta lo gruesa que se ve. Quiero chupártela hasta el fondo, sentir cómo me llenas la boca. ¿Te gustaría que te diera una mamada mientras te miro a los ojos, siendo tu tía puta?
La conversación se puso más cruda y explícita que nunca. Le describí cómo me gustaría que me agarrara las tetas, que me diera de nalgadas en el culo gordo, que me abriera los muslos y me comiera la panocha hasta que le mojara toda la cara. Él me contó cómo se estaba jalando la verga viendo mis tetas desnudas, cómo quería correrse encima de ellas y luego metérmela hasta el fondo. Me corrí dos veces esa noche solo con los mensajes y con su foto guardada, frotándome como loca imaginando que era su verga la que me estaba penetrando.
Cada día que pasaba me sentía más adicta. Ya no era solo el compañero de trabajo… Diego se estaba convirtiendo en mi vicio secreto más peligroso y delicioso.
Terminamos de mensajear esa noche hasta muy tarde. Yo seguía en el baño, con las tetas al aire y los dedos metidos en mi panocha empapada, leyendo cómo Diego se jalaba esa verga gruesa y joven pensando en mi. Le mandé un último audio gimiendo su nombre bajito mientras me corría por tercera vez, imaginando su leche caliente cayendo sobre mis pechos. Él me respondió con un video corto (sin cara) donde se veía su mano moviéndose rápido, la verga palpitando, y al final un chorro grueso de semen saliendo disparado mientras gemía “Tía… quiero cogerte”. Fue brutal. Nos despedimos con mensajes llenos de ganas: “Mañana seguimos, sobrino. Tengo muchas ganas de más”. Cerré el chat con el corazón acelerado y el cuerpo temblando de placer.
Pasaron los minutos y yo seguía en el baño me puse la pijama ye fui a la cama, con mi esposo roncando a mi lado, pero mi mente no paraba. El sexting estaba increíble, pero ya no era suficiente. Quería más. Quería sentir a Diego en persona. Empecé a planear algo íntimo, algo arriesgado que me hacía mojar solo de imaginarlo. Pensé en invitarlo a comer algo rico, algo casual para no levantar sospechas. Podríamos ir a algún lugar discreto cerca de Zapopan, platicar un rato, mirarnos con esa tensión sexual que ya teníamos, y después… quizás ir al cine. Sentarnos en la última fila, donde está oscuro, y que él meta la mano entre mis muslos gruesos mientras la película avanza. O mejor aún, saltarnos el cine e ir directo a un motel. Uno de esos de paso, con estacionamiento privado, donde pueda cerrar la puerta y por fin dejar que mi sobrino me agarre el culo gordo, me quite la ropa y me folle como los dos estamos fantaseando.
También me emocionaba la idea de probar el exhibicionismo por primera vez con él. Podríamos ir en su carro, yo vestida con una falda corta y sin ropa interior. Conducir por alguna carretera poco transitada cerca de Terraza Belenes, parar en un lugar oscuro, y cogernos ahí mismo. Yo montada encima de él, mis tetas grandes rebotando en su cara mientras mi coño apretado se traga su verga joven, mi culo carnoso golpeando contra sus piernas, gimiendo bajito para que nadie nos descubra. Imaginar el riesgo de que alguien pase y nos vea me ponía a mil.
Al día siguiente, mientras estaba en el trabajo, le escribí a Diego con una propuesta que parecía inocente pero cargada de intención:
Sobrino, ¿qué haras el fin de semana? Tengo ganas de verte. Podríamos ir a comer algo rico y platicar… ¿te animas? Solo tú y yo.
Esperé su respuesta con el corazón latiendo fuerte, sabiendo que si decía que sí, todo podía cambiar esa misma semana. Ya no solo fotos y mensajes… quería su verga dentro de mí, quería que me usara como la tía puta que me estaba volviendo. Pero todavía no sabía exactamente cómo iba a salir todo. ¿Iría al motel? ¿Nos atreveríamos a hacerlo en el carro? ¿O nos contendríamos un poco más?
La duda queda en el aire… ¿qué pasará después? Solo el tiempo y las ganas dirán si cruzamos esa línea peligrosa y deliciosa.

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