Hola, vecino. O mejor dicho: hola, cornudo.
Sé que esto te va a doler más de lo que crees que puedes soportar, pero necesito que sepas exactamente lo que tu mujer hizo conmigo anoche, mientras tú pensabas que estaba en el gimnasio o visitando a su madre o lo que sea que ella te haya dicho.
Estaba arrodillada frente a mí, en mi sala, con la misma boca que te besa todas las mañanas antes de irse a trabajar. Pero no estaba besándome en la boca, no. Tenía mi verga entera adentro, hasta que sentí la punta rozándole la garganta, esa garganta que tú crees que solo ha sido tuya.
Y chupaba, amigo. Dios, cómo chupaba. Con esa técnica que seguramente nunca te mostró, o tal vez sí pero con mucha menos gana. Conmigo se desvivía. Lamía desde la base hasta la punta con la lengua plana, dejándola húmeda, brillante, y luego se la metía toda de golpe, creando ese vacío perfecto con sus mejillas succionando mientras su cabeza subía y bajaba.
Escuchaba esos sonidos obscenos, esos ruidos húmedos que ella hacía sin pudor, mezclados con sus propios gemidos de placer. Sí, gemía. Contigo también gime así, o solo pone cara de aburrida mientras revisa el celular?
Sus manos no se quedaban quietas. Una jugaba con mis huevos, masajeándolos con la presión exacta, y la otra se agarraba de mi muslo clavando las uñas, dejándome marcas que todavía tengo y que miraré con sonrisa de satisfacción por días.
Cuando estaba a punto, cuando mis piernas temblaban y sentía que todo se acumulaba en la base, ella no retrocedió. Me miró a los ojos con mi verga en la boca, con esa mirada de puta que seguramente nunca te ha regalado, y asintió. Quería que acabara adentro. Quería tragarse toda mi leche.
Y lo hice. Chorro tras chorro, llenándole la boquita de leche, descargando todo en su boca mientras ella seguía succionando, tragando, sacándome hasta la última gota con movimientos de lengua que me hacían estremecer de sensibilidad. Cuando terminé, cuando ya no quedaba nada, abrió la boca, me mostró la lechita en su lengua y se la tragó toda, sonriéndome como si acabara de ganar un premio.
Luego se arregló el pelo, se puso el lápiz labial que se había borrado chupándome, y se fue a su casa. A tu casa. A dormirse a tu lado. A besarte quizás, si es que aún la besas, con esa boca que minutos antes había estado llena de mi lechita.
Piensa en eso la próxima vez que la mires. La próxima vez que la toques. La próxima vez que creas que es tuya.
Saludos,
El que sí la sabe hacer disfrutar
Sé que esto te va a doler más de lo que crees que puedes soportar, pero necesito que sepas exactamente lo que tu mujer hizo conmigo anoche, mientras tú pensabas que estaba en el gimnasio o visitando a su madre o lo que sea que ella te haya dicho.
Estaba arrodillada frente a mí, en mi sala, con la misma boca que te besa todas las mañanas antes de irse a trabajar. Pero no estaba besándome en la boca, no. Tenía mi verga entera adentro, hasta que sentí la punta rozándole la garganta, esa garganta que tú crees que solo ha sido tuya.
Y chupaba, amigo. Dios, cómo chupaba. Con esa técnica que seguramente nunca te mostró, o tal vez sí pero con mucha menos gana. Conmigo se desvivía. Lamía desde la base hasta la punta con la lengua plana, dejándola húmeda, brillante, y luego se la metía toda de golpe, creando ese vacío perfecto con sus mejillas succionando mientras su cabeza subía y bajaba.
Escuchaba esos sonidos obscenos, esos ruidos húmedos que ella hacía sin pudor, mezclados con sus propios gemidos de placer. Sí, gemía. Contigo también gime así, o solo pone cara de aburrida mientras revisa el celular?
Sus manos no se quedaban quietas. Una jugaba con mis huevos, masajeándolos con la presión exacta, y la otra se agarraba de mi muslo clavando las uñas, dejándome marcas que todavía tengo y que miraré con sonrisa de satisfacción por días.
Cuando estaba a punto, cuando mis piernas temblaban y sentía que todo se acumulaba en la base, ella no retrocedió. Me miró a los ojos con mi verga en la boca, con esa mirada de puta que seguramente nunca te ha regalado, y asintió. Quería que acabara adentro. Quería tragarse toda mi leche.
Y lo hice. Chorro tras chorro, llenándole la boquita de leche, descargando todo en su boca mientras ella seguía succionando, tragando, sacándome hasta la última gota con movimientos de lengua que me hacían estremecer de sensibilidad. Cuando terminé, cuando ya no quedaba nada, abrió la boca, me mostró la lechita en su lengua y se la tragó toda, sonriéndome como si acabara de ganar un premio.
Luego se arregló el pelo, se puso el lápiz labial que se había borrado chupándome, y se fue a su casa. A tu casa. A dormirse a tu lado. A besarte quizás, si es que aún la besas, con esa boca que minutos antes había estado llena de mi lechita.
Piensa en eso la próxima vez que la mires. La próxima vez que la toques. La próxima vez que creas que es tuya.
Saludos,
El que sí la sabe hacer disfrutar
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