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La turista Bogotana pertida

Después de que Daniela se devolvió a Medellín, la finca se sintió más grande y más sola. Uno se acostumbra a esa presencia de mujer que llena el aire con su risa, con el olor a sudor fresco después de la jornada y esa forma de moverse entre los corrales. Ya habían pasado como cuatro meses y yo seguía con mi rutina: madrugar a revisar el ganado, tomar tinto negro bien cargado en el corredor de la casa y, de vez en cuando, acordarme del sabor de Daniela cuando se soltaba.
Era junio, pleno tiempo de la feria ganadera de Montería. Se oía el bullicio desde lejos: vallenatos a todo volumen, gente celebrando, toros y reses premiadas. Yo apenas bajé un rato porque tenía mucho que hacer aquí, pero esa tarde, como a las cinco y media, cuando el sol todavía pegaba fuerte, vi un carro bajito de ciudad medio atravesado en el camino de tierra que lleva a mi finca. Se había metido en un charco grande de los que deja la lluvia.
Me acerqué en la moto. Adentro estaba ella, bajando la ventana con cara de angustia y vergüenza. Valentina. Una rola de unos 26 años, piel blanca que ya se había puesto rosada del sol del Caribe, pelo castaño claro recogido en una cola alta que se le estaba soltando, ojos verdes grandes y expresivos, labios carnosos y una figura que se notaba incluso sentada: tetas medianas pero firmes que se marcaban debajo de la blusa sin mangas, cintura estrecha y unas piernas largas, suaves y bien formadas que asomaban por unos shorts jeans. Olía a perfume de mujer de ciudad mezclado con sudor del día y un toque de cerveza de la feria.
—Ay, señor… perdón, me perdí buscando un atajo para volver al hotel y ahora no salgo de este barro —dijo con ese acento rolo tan claro, casi avergonzada de hablar.
—Tranquila, mija. Eso le pasa a mucha gente que no conoce estos caminos. Bajate, que yo te saco con la cadena.
La saqué después de un buen rato. El carro quedó embarrado por fuera y ella también tenía salpicaduras en las piernas. Cuando vio que el sol ya se estaba escondiendo y que no había señal en el celular, se puso más nerviosa.
—No conozco nada por aquí… ¿hay algún hotel cercano?
—No tan cerca. Mirá, si querés podés quedarte esta noche en la finca. Tengo cuarto de huéspedes, comida caliente y mañana temprano te ayudo a seguir tu camino.
Dudó un buen rato, mirándome de arriba abajo. Yo andaba con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor y el pantalón de trabajo. Al final aceptó, pero se notaba tensa y tímida.
La traje a la casa. Le mostré el cuarto, le di toallas limpias y le dije que se bañara tranquila. Mientras yo preparaba carne asada, yuca, patacones y una ensalada, ella salió del baño con el pelo mojado, una camiseta fresca y shorts. Tenía las mejillas todavía sonrojadas y olía delicioso a jabón con ese resto de sudor del día que se le había quedado en la piel.
Cenamos en la mesa grande de la sala. Al principio hablaba poco, contestaba bajito y se cruzaba de brazos como protegiéndose. Pero después de la segunda cerveza fría se fue soltando. Me contó que trabajaba en una oficina en Bogotá, que había venido con dos amigas a la feria porque le encantaban los animales, que se emocionó viendo las reses premiadas y los toros, pero que nunca había estado tanto tiempo expuesta al calor del campo. Yo le hablé de la vida aquí, de las vacas, de la tranquilidad. Ella me miraba de reojo, curiosa.
—Nunca había conocido a alguien que viva solo en un lugar tan… aislado —dijo bajito, mordiéndose el labio.
Esa noche se acostó temprano. Yo me quedé en la hamaca del corredor, pensando en esa rola blanca y delicada que ahora dormía bajo mi techo.
Al otro día madrugamos. Le propuse que me acompañara a revisar el ganado para que viera la vida real, no solo la feria. Aceptó, aunque se notaba tímida. Se puso una pantaloneta vieja mía y una camiseta mía que le quedaba grande. A media mañana ya estaba sudando a chorros. El sol pegaba duro y la camiseta se le pegaba al cuerpo, marcándole clarito los pezones rosados y la forma redonda de sus tetas. Cuando se agachaba a mirar las ubres de las vacas, el short se le subía y se le marcaban las nalgas suaves y firmes.
—Ay, Andrés… esto es mucho más caliente de lo que pensaba —decía, pasándose la mano por el cuello sudado, respirando agitada.
Yo la observaba sin disimular mucho. Esa piel blanca contrastaba con el sudor que le brillaba en el escote y en los muslos. Ella se daba cuenta de mis miradas y se ponía más roja, pero seguía trabajando.
Al mediodía volvimos hechos polvo. Valentina se sentó en el escalón del corredor, se quitó las botas y estiró las piernas. Tenía los pies calientes, un poco hinchados del calor y del caminar, con un brillo de sudor natural en las plantas y entre los deditos. No había tierra gruesa, solo ese sudor limpio y femenino después de la faena.
—Ay, me duelen muchísimo… creo que me salieron ampollas —murmuró apenada.
—Vení, dejame ver.
Me arrodillé frente a ella. Le agarré un pie con cuidado, sintiendo la piel caliente y húmeda de sudor. Bajé la cara y le olí despacio: ese aroma salado, suave, con toque de piel femenina cansada. Valentina se tensó toda.
—Andrés… están sudados… qué pena…
—No es pena. Me gusta. Huelen a vos, a mujer que trabajó.
Ella se quedó quieta, respirando más rápido. Empecé a masajearlos con las manos, luego le pasé la lengua despacio por el talón y entre los deditos, saboreando ese sudor salado y tibio. Valentina soltó un gemidito bajito y se tapó la cara.
—Esto es tan raro… nadie me había hecho esto… pero no pares…
Ese fue el primer quiebre. La llevé adentro, la besé despacio. Al principio ella respondía tímida, apenas abriendo la boca. Pero cuando le subí la camiseta y le chupé los pezones rosados y duros, soltó un suspiro largo y se arqueó contra mí.
La primera vez fue suave y lenta. La acosté en la cama del cuarto de huéspedes, le quité la pantaloneta y las panties blancas. Tenía la cuca depilada casi por completo, solo una rayita fina de vello claro, ya mojada y brillosa. Le olí profundo: un olor dulce, fresco, con ese toque ácido del sudor del día. La lamí despacio, recorriendo cada pliegue con la lengua, chupándole el clítoris hinchado mientras ella me agarraba el pelo con fuerza pero todavía contenida.
—Ay, Dios… Andrés… qué vergüenza… pero se siente tan bien…
Cuando ya estaba temblando, me metí despacio. Estaba estrecha, caliente, palpitante. La cogí mirándola a los ojos, despacio al principio, luego con más ritmo. Valentina gemía bajito, mordiéndose los labios, clavándome las uñas en la espalda. Se vino calladita, temblando entera, apretándome por dentro.
Esa noche durmió pegada a mí, todavía tímida pero más tranquila.
Al segundo día ya se notaba el cambio. Se levantó más animada, me acompañó otra vez al corral y sudaba sin quejarse tanto. Se agachaba con más confianza, me rozaba “sin querer” y me miraba con ojos más brillantes. Por la tarde, cuando volvimos, fue ella quien me buscó. Me llevó al cuarto, se quitó la ropa sudada frente a mí y me puso sus panties tibias en la cara.
—Anoche te vi oliéndome… ¿te gusta de verdad? —preguntó, más suelta.
—Mucho. Tu olor me tiene loco.
Se arrodilló y me la chupó con más ganas, aunque todavía aprendiendo. Me lamía desde las bolas hasta la cabeza, me metía todo lo que podía y me miraba con esos ojos verdes. Después la cogí contra la pared, más fuerte, agarrándole las nalgas sudadas mientras le metía los dedos en la cuca. Ella gemía más alto, pidiendo más.
Esa noche se desató por completo. Después de bañarnos juntos (donde le lavé el cuerpo entero, oliéndole el cuello, las tetas y entre las piernas), la puse en cuatro y le abrí las nalgas. Le escupí el huequito rosado y le metí un dedo despacio, luego dos, mientras le sobaba el clítoris. Valentina temblaba.
—Nunca me habían hecho esto… tengo miedo… pero quiero probar.
Le puse la punta de la verga y entré muy lento, centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido largo, mezcla de dolor y placer, agarrando las sábanas. Cuando ya estaba toda adentro, empecé a moverme suave. Poco a poco ella empujaba hacia atrás.
—Hijueputa… se siente tan lleno… más duro, Andrés… no pares…
La cogí fuerte por el culo, sintiendo cómo apretaba, mientras ella se pajeaba la cuca. Sudábamos los dos, el olor de su cuerpo mezclado con el mío llenaba el cuarto. Se vino gritando, temblando entera, y yo me vine adentro de ella con un gemido ronco.
Los dos días siguientes fueron una locura. La cogí en el corral de noche bajo las estrellas, oliéndole los pies sudados después de la jornada, lamiéndole el sudor entre las tetas y el cuello, metiéndosela en diferentes posiciones mientras ella me pedía más, más duro, más sucio. Valentina pasó de rola tímida y cohibida a una mujer arrecha que me buscaba a toda hora, que me dejaba sus panties usadas en la almohada y que gemía sin pena cuando se venía.
El último día, antes de que se fuera, nos bañamos juntos por última vez. Me abrazó fuerte bajo el agua y me dijo bajito, con la voz todavía ronca de tanto gemir:
—Vine a ver ganado a la feria y terminé viviendo algo que nunca voy a olvidar. Bogotá me va a parecer muy frío después de esto… Volveré, Andrés. Te lo juro.
Me dio un beso largo, profundo, y se subió al carro. Yo me quedé en el corredor viéndola alejarse, con su olor todavía pegado a mi piel y la finca sintiéndose menos sola.

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