
Hola hermosa comunidad poringuera, gracias por todo el apoyo y la buena onda. Tardé en subir esta semana por que se demoraron en hacerse las imágenes. Espero que las disfruten ya que son un gran trabajo realizarlas.
Tengo 28 años, soy pelirroja natural, piel blanca que se marca fácil, tetas medianas pero firmes y un culo que siempre llama la atención. Nunca me consideré de las que hacen locuras… hasta un seminario de Aikido.
Era un sábado de invierno en un dojo grande en las afueras de Buenos Aires. Él estaba ahí, en la misma fila que yo, tenía el pelo castaño corto, barba de tres días, no era musculoso ni nada de eso, pero se notaba que era fuerte y grande. Grande en serio. Medía como 1,90 y tenía unas manos enormes. No cruzamos palabra en todo el seminario, solo alguna mirada cuando nos tocaba practicar.
Terminó a las 21:30. Estaba lloviendo fuerte afuera. La mayoría se fue corriendo a los autos. Yo me quedé guardando el gi en la mochila y él se acercó.
—¿Querés que te acompañe hasta la salida? Está oscuro y llueve como la mierda —me dijo con una voz grave.
Acepté. Caminamos por el costado del edificio, bajo la galería, pero en un momento nos metimos por un senderito que llevaba al estacionamiento de atrás. Había unos arbustos altos y densos contra la pared. La lluvia caía cada vez más fuerte y nos cubría el ruido.
De repente me empujó suavemente contra la pared, detrás de las plantas. No dijo nada. Me miró fijo y me besó. Tenía la boca caliente en medio del frío. Yo le devolví el beso como si lo conociera de toda la vida. Le metí las manos abajo del pantalón de jogging y ahí sentí lo que era: tenía una pija gruesa, pesada y ya completamente dura. Era grande de verdad. Me mojé al instante.
—Acá no… nos pueden ver —susurré, pero no lo soltaba.
—No nos va a ver nadie —gruñó él contra mi cuello.
Me bajó el pantalón de jogging y la tanga de un tirón hasta las rodillas. Yo estaba empapada, y no solo por la lluvia. Me metió dos dedos gruesos y empezó a moverlos adentro mío mientras me mordía el cuello. Gemí bajito. La lluvia caía con fuerza y tapaba casi todo.
Me di vuelta, apoyé las manos contra la pared y saqué el culo. Sentí cómo escupía y después la cabeza gruesa de su pija empujando contra mi concha. Entró despacio pero sin parar, estirándome toda. Era tan grande que sentí que me llenaba completa. Empezó a cogerme fuerte, agarrándome de las caderas. Cada embestida hacía que mis tetas se movieran debajo de la remera mojada.
—Más fuerte… —le pedí, casi sin voz.
Me agarró del pelo mojado y me tiró la cabeza hacia atrás mientras me reventaba. Se escuchaban mis gemidos mezclados con el ruido de la lluvia y el choque de su pelvis contra mi culo. Estaba a punto de tener un orgasmo cuando vimos luces de linterna del otro lado del edificio. Alguien del seminario estaba revisando el lugar.
Nos quedamos quietos, su pija todavía enterrada hasta el fondo adentro mío, latiendo. El corazón me latía en la garganta. La linterna pasó cerca pero no nos vio. Cuando se fue, él empezó a cogerme de nuevo, más salvaje, tapándome la boca con una mano enorme.
Tuve un orgasmo como nunca, temblando entera, apretándole la pija con la concha. Él gruñó bajito y acabó adentro mío, chorros calientes y espesos que me llenaron hasta chorrear por mis piernas mezclados con la lluvia.
Nos quedamos unos segundos así, casi sin aire. Después nos subimos los pantalones rápido, nos miramos y nos reímos como dos idiotas. No nos dijimos casi nada. Yo me fui a mi auto y él al suyo.
Nunca más lo vi. No tengo su número, ni él el mío. Fue solo esa vez, bajo la lluvia, detrás de unas plantas, casi nos descubren… y fue una de las cogidas más ricas y salvajes de mi vida.
Todavía me excita y de vez en cuando me masturbo cuando me acuerdo.










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