
Después de aquel primer baño, mi mente no paraba de dar vueltas. Cada noche, cuando mi abuela me arropaba, yo fingía dolor en las articulaciones o picor en la piel solo para que se quedara un rato más a mi lado. Ella, con esa dulzura viuda y solitaria, siempre accedía. “Mi pobre Iván, claro que sí, mi niño”, me decía mientras me acariciaba el pelo.
Al día siguiente, durante el baño de la tarde, decidí subir un poco más la apuesta.
—Abuela… hoy me siento más irritado que nunca —le dije con voz débil, como si realmente sufriera—. El jabón de ayer me ayudó, pero creo que necesito que me limpies más a fondo… especialmente las partes de abajo. A veces me duele mucho.
Ella frunció el ceño con preocupación, sus grandes pechos caídos balanceándose bajo la fina blusa mientras se inclinaba sobre mí.
—Ay, mi vida… pues claro. No quiero que estés incómodo. Déjame quitarme la blusa otra vez, no vaya a mojarse.
Se quedó solo con el sujetador y las bragas blancas de algodón, esas que marcaban suavemente sus nalgas redondas y firmes a pesar de su delgadez. Verla así, tan cerca, con el pelo rubio teñido cayéndole sobre los hombros, me ponía a mil. Mi polla ya estaba dura como una piedra antes siquiera de que me tocara.

Cogió la esponja, pero yo la detuve suavemente con la poca movilidad que tenía en los dedos.
—La esponja raspa demasiado, abuela… ¿Puedes usar solo tus manos? Con jabón, despacito… como ayer. Me alivia mucho.
—Claro, mi niño. Lo que necesites.
Sus manos, suaves y arrugadas por los años, se llenaron de jabón y envolvieron mi polla tiesa. Empezó a moverlas arriba y abajo con esa lentitud cariñosa, creyendo que solo estaba lavándome. Yo gemía bajito, fingiendo que era de alivio, pero en realidad era puro placer. Sus tetas se mecían con cada movimiento, casi rozándome el pecho.
—Abuela… los huevos también… por favor. Me pican mucho.
Sin dudarlo, su otra mano bajó y empezó a masajearme los testículos con cuidado, enjabonándolos, apretándolos suavemente. Sentía sus dedos resbaladizos, el jabón haciendo todo más caliente y húmedo. Mi polla palpitaba en su puño, hinchada, con la vena marcada. Ella no decía nada, solo se concentraba en “cuidarme”.

Estuve a punto de correrme otra vez, pero me contuve. Quería más. Mucho más.
Al tercer día, fingí una crisis de “picor insoportable” después de comer. Mi abuela vino corriendo, ya en bata ligera. Le pedí que se quitara la ropa interior también, argumentando que el jabón salpicaba mucho y no quería que se le mojara todo.
—Ay, Iván… pero si soy tu abuela —dijo algo sonrojada, aunque su inocencia seguía ganando.
—Es como cuando era bebé, ¿no? Solo higiene —insistí con voz lastimera.
Eso la convenció. Se quitó el sujetador y las bragas. Sus pechos grandes y caídos quedaron libres, con pezones grandes y oscuros que se endurecieron por el aire. Su coño estaba cubierto de un poco de vello grisáceo, pero sus nalgas eran suaves y redondas. Mi polla dio un salto.

Se arrodilló junto a la cama para lavarme mejor. Sus tetas colgaban pesadas sobre mi muslo mientras sus manos volvían a trabajar mi polla y mis huevos.

El olor a jabón mezclado con su piel madura me volvía loco.
—Abuela… creo que el picor está más adentro… en la cabeza. ¿Puedes… soplar un poco de aire fresco? O… no sé… acercarte más con la boca para que no me pique tanto el jabón.
Ella me miró extrañada un segundo, pero su instinto de cuidadora ganó.
—Pobrecito mío… claro. Lo que sea para que estés mejor.
Se inclinó más. Su cara quedó a pocos centímetros de mi polla palpitante. Sentí su aliento caliente rozando el glande. Con una mano seguía masturbándome despacio, y entonces, sin que yo tuviera que pedirlo dos veces, acercó los labios y sopló suavemente sobre la cabeza hinchada, húmeda de jabón y precum.
El placer fue brutal. Ver sus labios maduros tan cerca…
—Abuela… así está mejor… pero… ¿puedes… poner los labios un momento? Como un besito, para que el calor me calme.
Ella dudó solo un instante.
—Está bien, mi niño… solo un poquito.
Abrió la boca y rodeó suavemente el glande con sus labios cálidos y húmedos. No chupaba fuerte, solo lo mantenía dentro, como si estuviera “calmando” la irritación. Su lengua, por instinto, rozó la parte de abajo mientras yo gemía de puro éxtasis.

Empecé a mover las caderas lo poco que podía, follando suavemente su boca inocente. Ella pensaba que solo me estaba ayudando con el “picor”. Sus tetas se aplastaban contra mi pierna, sus pezones duros rozándome.
—Más adentro, abuela… por favor… me alivia mucho…
Sin entender del todo lo que estaba pasando, ella obedeció. Mi polla entró más en su boca caliente y húmeda. Empecé a correrme con fuerza, inundándole la lengua con chorros gruesos y abundantes de leche acumulada durante años. Ella tragó por reflejo, creyendo que era algo del jabón o de mi “enfermedad”.

Cuando terminó, se limpió los labios con el dorso de la mano y me sonrió con cariño.
—¿Mejor ahora, mi vida?
—Muchísimo mejor, abuela… —respondí jadeando, con una sonrisa interna—. Mañana… creo que voy a necesitar que lo hagas más rato. El picor vuelve muy rápido.
Ella asintió, inocente y dispuesta, sin imaginar que acababa de convertirse en mi secreto alivio sexual.
0 comentarios - Abuela y su Niño Enfermo parte 2