continuación del anterior
https://www.poringa.net/posts/relatos/6346076/Frotando-la-Pija-entre-las-Nalgas-de-Mama-a-las-3-AM.html
La madrugada en Rosario seguía oscura, pesada y asfixiante. Eran casi las 4:10 AM y el calor no aflojaba. El ventilador giraba lento sobre la cama, removiendo apenas el aire cargado de olor a sudor, sexo prohibido y semen fresco.
María permanecía boca abajo, exactamente en la misma posición: camisón celeste arremangado hasta la cintura y el calzón negro bajado hasta la mitad de los muslos. Su culo grande, blanco y maduro brillaba, completamente untado con los chorros espesos y calientes de su hijo. Sentía cómo la leche espesa se escurría lentamente entre sus nalgas, bajando hacia su concha todavía sensible.
Lucas seguía arrodillado sobre ella, respirando agitado, con la pija semi-dura y goteante apoyada entre sus cachetes.
—Mirá la porquería que me dejaste… —murmuró María con voz ronca, cansada y algo avergonzada, sin levantar la cara de la almohada—. Todo el culo lleno de tu leche… Sos un chancho, Lucas. Un chancho degenerado.
Había reproche en su tono, pero también algo más profundo: una rendición mezclada con fascinación. Parte de ella odiaba lo que se estaba convirtiendo; otra parte, la que más miedo le daba, se sentía poderosa por despertar ese deseo salvaje en su propio hijo.
Lucas se inclinó y le besó suavemente la nuca transpirada, con una ternura que contrastaba con la brutalidad de lo que acababa de hacer.
—Perdón, mamá… No pude aguantar. Te juro que intenté dormir, pero no paro de pensar en vos.
Ella soltó un suspiro largo y tembloroso.
—Andá a buscarme un trapo húmedo. No voy a dormir con el culo pegajoso de semen de mi propio hijo. Movete.
Lucas obedeció rápido. Volvió del baño con un trapo limpio y humedecido. Se arrodilló de nuevo y empezó a limpiarla con cuidado, casi con reverencia, pasando el trapo por sus nalgas carnosas, recogiendo los hilos blancos y espesos.
María se quejó bajito cuando sintió el agua fría.
—Uff… está helada…
—¿Querés más tibia?
—No… seguí. Limpiame bien entre las nalgas también.
Lucas abrió con suavidad sus cachetes grandes y pasó el trapo por el medio, limpiando su ano arrugado y los labios hinchados de su concha. Lo hizo lento, deliberadamente. Cuando el trapo rozó su clítoris todavía sensible, María soltó un suspiro que terminó en gemido.
—Ahí no tanto… —murmuró, pero separó un poco más las piernas.
Lucas dejó el trapo a un lado y siguió con los dedos, acariciando despacio entre sus nalgas, rozando el agujero y los pliegues mojados con una mezcla de ternura y posesión.
—Lucas… —advirtió ella, aunque su voz ya no tenía fuerza.
—Solo te estoy limpiando bien, mamá —respondió él con voz baja, casi hipnótica—. Quiero cuidar cada parte de vos.
María se mordió el labio con fuerza. Su cuerpo volvía a traicionarla, como siempre. Sentía vergüenza profunda, culpa maternal aplastante… pero también una excitación adictiva que nunca había sentido en sus 56 años. Había pasado quince años criando sola a este chico, sacrificando su vida sexual y afectiva, y ahora él la hacía sentir más deseada que nunca.
—Sos un degenerado… —susurró con voz quebrada—. Venir a la cama de tu mamá a correrte encima y ahora tocarme así… ¿No te da vergüenza?
—Un poco sí —admitió Lucas con honestidad—. A veces me miro y pienso “estás cogiendo con tu vieja”. Pero después te veo, te siento, y ya no me importa nada. Quiero ser el hombre que te haga sentir bien después de tanto laburar y sufrir sola.
Hubo un silencio denso, cargado de emociones contradictorias.
María respiraba más agitada.
—Volvé a frotarte si querés… —dijo finalmente, casi avergonzada de sus propias palabras—. Pero acordate de la regla: nada adentro. Ni concha ni culo. Solo por afuera.
Lucas se acomodó otra vez sobre ella. Apoyó su pija, que ya volvía a endurecerse completamente, entre las nalgas todavía húmedas. Empezó a moverse, restregando toda su longitud entre los cachetes grandes y suaves de su mamá.
María separó más las piernas y levantó ligeramente la cola, ayudándolo. Su mente gritaba que parara, pero su cuerpo pedía más.
—Despacio… —murmuró—. Usá mis nalgas nomás. Como si fuera un culo… pero sin metérmela.
Lucas agarró sus caderas anchas con fuerza y aceleró. El sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llenaba la pieza. A veces abría del todo sus nalgas para que la cabeza hinchada rozara directo contra el ano sin entrar, presionando en círculos; otras veces la apoyaba plana y se movía como si la estuviera penetrando.
—Uff, mamá… qué culo más rico tenés… tan grande, tan blando y caliente… —gruñó él.
—Callate la boca, boludo —lo retó ella, aunque apretaba las nalgas alrededor de la verga de su hijo, dándole más presión—. No me digas esas cosas… soy tu mamá, no una puta de la calle.
A pesar de sus palabras, movía la cola en círculos, buscando más fricción. La contradicción la consumía: quería seguir siendo la mamá protectora, pero cada vez le gustaba más sentirse tomada, deseada, usada.
Después de varios minutos intensos, Lucas avisó con voz entrecortada:
—Mamá… estoy a punto otra vez…
—Correte donde quieras… pero afuera. En el culo nomás.
Lucas se corrió con un gemido ronco y profundo. Nuevos chorros calientes y abundantes cayeron sobre las nalgas, el ano y la espalda baja de María. Siguió frotándose entre las nalgas mientras se vaciaba completamente, marcándola.
Cuando terminó, se dejó caer suavemente sobre la espalda de su mamá, respirando contra su nuca con cariño posesivo.
María se quedó quieta un largo rato, sintiendo el peso de su hijo, el calor de su semen y el latido de su propio corazón descontrolado. Ya no era solo lujuria. Sentía que algo más profundo estaba naciendo: una dependencia emocional peligrosa. Lucas ya no era solo su hijo… estaba empezando a convertirse en su hombre. Y eso la aterrorizaba.
—Ahora sí… andá a buscar otro trapo —dijo con voz cansada pero suave—. Y después volvé a tu pieza. Mañana tengo que laburar temprano.
Lucas le besó el hombro con ternura.
—¿Puedo dormir un rato acá con vos?
María tardó en responder. Luchaba internamente. Finalmente suspiró profundamente.
—Solo un rato… pero encima de las sábanas. Y no te hagás ilusiones. Esto tiene que parar en algún momento, Lucas. Soy tu mamá de cincuenta y seis años y vos mi único hijo de diecinueve. Esto no es normal… aunque cada vez me cueste más recordarlo.
Mientras lo decía, le acarició suavemente el brazo que él tenía alrededor de su cintura, apretándolo contra ella, como si su cuerpo se negara a soltarlo.
La madrugada seguía pesada y calurosa en Rosario. En esa casa humilde de Fisherton, madre e hijo dormían cada vez más cerca, envueltos en un deseo que ya estaba mutando en algo mucho más profundo, peligroso y adictivo.
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La madrugada en Rosario seguía oscura, pesada y asfixiante. Eran casi las 4:10 AM y el calor no aflojaba. El ventilador giraba lento sobre la cama, removiendo apenas el aire cargado de olor a sudor, sexo prohibido y semen fresco.
María permanecía boca abajo, exactamente en la misma posición: camisón celeste arremangado hasta la cintura y el calzón negro bajado hasta la mitad de los muslos. Su culo grande, blanco y maduro brillaba, completamente untado con los chorros espesos y calientes de su hijo. Sentía cómo la leche espesa se escurría lentamente entre sus nalgas, bajando hacia su concha todavía sensible.
Lucas seguía arrodillado sobre ella, respirando agitado, con la pija semi-dura y goteante apoyada entre sus cachetes.
—Mirá la porquería que me dejaste… —murmuró María con voz ronca, cansada y algo avergonzada, sin levantar la cara de la almohada—. Todo el culo lleno de tu leche… Sos un chancho, Lucas. Un chancho degenerado.
Había reproche en su tono, pero también algo más profundo: una rendición mezclada con fascinación. Parte de ella odiaba lo que se estaba convirtiendo; otra parte, la que más miedo le daba, se sentía poderosa por despertar ese deseo salvaje en su propio hijo.
Lucas se inclinó y le besó suavemente la nuca transpirada, con una ternura que contrastaba con la brutalidad de lo que acababa de hacer.
—Perdón, mamá… No pude aguantar. Te juro que intenté dormir, pero no paro de pensar en vos.
Ella soltó un suspiro largo y tembloroso.
—Andá a buscarme un trapo húmedo. No voy a dormir con el culo pegajoso de semen de mi propio hijo. Movete.
Lucas obedeció rápido. Volvió del baño con un trapo limpio y humedecido. Se arrodilló de nuevo y empezó a limpiarla con cuidado, casi con reverencia, pasando el trapo por sus nalgas carnosas, recogiendo los hilos blancos y espesos.
María se quejó bajito cuando sintió el agua fría.
—Uff… está helada…
—¿Querés más tibia?
—No… seguí. Limpiame bien entre las nalgas también.
Lucas abrió con suavidad sus cachetes grandes y pasó el trapo por el medio, limpiando su ano arrugado y los labios hinchados de su concha. Lo hizo lento, deliberadamente. Cuando el trapo rozó su clítoris todavía sensible, María soltó un suspiro que terminó en gemido.
—Ahí no tanto… —murmuró, pero separó un poco más las piernas.
Lucas dejó el trapo a un lado y siguió con los dedos, acariciando despacio entre sus nalgas, rozando el agujero y los pliegues mojados con una mezcla de ternura y posesión.
—Lucas… —advirtió ella, aunque su voz ya no tenía fuerza.
—Solo te estoy limpiando bien, mamá —respondió él con voz baja, casi hipnótica—. Quiero cuidar cada parte de vos.
María se mordió el labio con fuerza. Su cuerpo volvía a traicionarla, como siempre. Sentía vergüenza profunda, culpa maternal aplastante… pero también una excitación adictiva que nunca había sentido en sus 56 años. Había pasado quince años criando sola a este chico, sacrificando su vida sexual y afectiva, y ahora él la hacía sentir más deseada que nunca.
—Sos un degenerado… —susurró con voz quebrada—. Venir a la cama de tu mamá a correrte encima y ahora tocarme así… ¿No te da vergüenza?
—Un poco sí —admitió Lucas con honestidad—. A veces me miro y pienso “estás cogiendo con tu vieja”. Pero después te veo, te siento, y ya no me importa nada. Quiero ser el hombre que te haga sentir bien después de tanto laburar y sufrir sola.
Hubo un silencio denso, cargado de emociones contradictorias.
María respiraba más agitada.
—Volvé a frotarte si querés… —dijo finalmente, casi avergonzada de sus propias palabras—. Pero acordate de la regla: nada adentro. Ni concha ni culo. Solo por afuera.
Lucas se acomodó otra vez sobre ella. Apoyó su pija, que ya volvía a endurecerse completamente, entre las nalgas todavía húmedas. Empezó a moverse, restregando toda su longitud entre los cachetes grandes y suaves de su mamá.
María separó más las piernas y levantó ligeramente la cola, ayudándolo. Su mente gritaba que parara, pero su cuerpo pedía más.
—Despacio… —murmuró—. Usá mis nalgas nomás. Como si fuera un culo… pero sin metérmela.
Lucas agarró sus caderas anchas con fuerza y aceleró. El sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llenaba la pieza. A veces abría del todo sus nalgas para que la cabeza hinchada rozara directo contra el ano sin entrar, presionando en círculos; otras veces la apoyaba plana y se movía como si la estuviera penetrando.
—Uff, mamá… qué culo más rico tenés… tan grande, tan blando y caliente… —gruñó él.
—Callate la boca, boludo —lo retó ella, aunque apretaba las nalgas alrededor de la verga de su hijo, dándole más presión—. No me digas esas cosas… soy tu mamá, no una puta de la calle.
A pesar de sus palabras, movía la cola en círculos, buscando más fricción. La contradicción la consumía: quería seguir siendo la mamá protectora, pero cada vez le gustaba más sentirse tomada, deseada, usada.
Después de varios minutos intensos, Lucas avisó con voz entrecortada:
—Mamá… estoy a punto otra vez…
—Correte donde quieras… pero afuera. En el culo nomás.
Lucas se corrió con un gemido ronco y profundo. Nuevos chorros calientes y abundantes cayeron sobre las nalgas, el ano y la espalda baja de María. Siguió frotándose entre las nalgas mientras se vaciaba completamente, marcándola.
Cuando terminó, se dejó caer suavemente sobre la espalda de su mamá, respirando contra su nuca con cariño posesivo.
María se quedó quieta un largo rato, sintiendo el peso de su hijo, el calor de su semen y el latido de su propio corazón descontrolado. Ya no era solo lujuria. Sentía que algo más profundo estaba naciendo: una dependencia emocional peligrosa. Lucas ya no era solo su hijo… estaba empezando a convertirse en su hombre. Y eso la aterrorizaba.
—Ahora sí… andá a buscar otro trapo —dijo con voz cansada pero suave—. Y después volvé a tu pieza. Mañana tengo que laburar temprano.
Lucas le besó el hombro con ternura.
—¿Puedo dormir un rato acá con vos?
María tardó en responder. Luchaba internamente. Finalmente suspiró profundamente.
—Solo un rato… pero encima de las sábanas. Y no te hagás ilusiones. Esto tiene que parar en algún momento, Lucas. Soy tu mamá de cincuenta y seis años y vos mi único hijo de diecinueve. Esto no es normal… aunque cada vez me cueste más recordarlo.
Mientras lo decía, le acarició suavemente el brazo que él tenía alrededor de su cintura, apretándolo contra ella, como si su cuerpo se negara a soltarlo.
La madrugada seguía pesada y calurosa en Rosario. En esa casa humilde de Fisherton, madre e hijo dormían cada vez más cerca, envueltos en un deseo que ya estaba mutando en algo mucho más profundo, peligroso y adictivo.
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