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Contrato de Carne CAPÍTULO 2: La Invitación

CAPÍTULO 2: LA INVITACIÓN
Marina despertó al amanecer en la cama de servicio, una habitación pequeña pero lujosa adjunta al dormitorio principal. Su cuerpo dolía de maneras que nunca había experimentado: la mandíbula tensa, el ano sensible, los pechos doloridos por las apretones de Elena. Pero debajo del dolor físico, algo más bullía en su interior: una extraña mezcla de humillación y excitación que la mantenía en un estado de alerta constante.
Se levantó y tomó una ducha rápida, el agua caliente aliviando sus músculos adoloridos mientras examinaba las marcas moradas que comenzaban a formarse en sus caderas y pechos. Trofeos, pensó, recordando cómo Carlos la había mirado con satisfacción mientras dejaba esas huellas en su piel.
Elena ya estaba en la cocina, vestida con un traje de chaqueta blanco impecable, bebiendo café negro mientras revisaba algo en su tablet. No levantó la vista cuando Marina entró.
—Buenos días, señora —dijo Marina, bajando la vista como le habían enseñado.
—Buenos días, perra —respondió Elena sin dejar de mirar su dispositivo—. Tenemos una agenda ocupada hoy. Primero, llamarás a Laura. La invitarás a almorzar aquí, bajo el pretexto de discutir ese proyecto de derecho penal que tienen pendiente. No le darás detalles, solo dirás que es en el penthouse de unos amigos de tu familia que están fuera de la ciudad y te han permitido usar su espacio.
—¿Y si pregunta...? —comenzó Marina.
—No preguntará —interrumpió Elena, finalmente levantando la vista—. Las personas como Laura nunca cuestionan las oportunidades que parecen caer del cielo. Es por eso que son perfectas. Dile que almorzaremos a las dos. Mientras tanto, necesito que limpies el dormitorio principal con la atención que merece. Carlos dejó... un desorden considerable anoche.
Marina asintió y se dirigió al dormitorio principal. El olor a sexo aún impregnaba las sábanas de seda negra, y vio el consolador de anoche sobre la mesita de noche junto a una botella de lubricante medio vacía. Mientras limpiaba, su mente volvía a Laura.
Laura Moretti era su mejor amiga desde que comenzaron la carrera. Veintitrés años, cabello negro azabache que caía recto hasta su cintura, ojos oscuros y profundos que parecían ver más de lo que revelaba. Su cuerpo era delgado pero atlético, producto de años de ballet en su adolescencia. Tenía un tatuaje de rosas rojas que trepaba por su muslo derecho, visible solo cuando usaba faldas o shorts cortos. Su madre había sido diagnosticada con esclerosis múltiple el año anterior, y las facturas médicas se acumulaban tan rápido como las esperanzas de Laura de una vida normal.
Marina sabía que Laura necesitaba dinero, pero también sabía que su amiga era orgullosa. Demasiado orgullosa para aceptar caridad. La idea de proponerle algo como lo que ella había firmado parecía imposible, absurda. Y sin embargo, mientras limpiaba los restos de su propia sumisión, sintió un escalofrío de anticipación.
A las once, Elena le entregó un teléfono nuevo.
—Usa este. Es seguro. No rastreable. Y Marina —añadió, su voz suave pero peligrosa—. Recuerda lo que está en juego. No solo tu contrato, sino el de tu padre. Y el futuro de tu amiga. Si esto sale mal, sabré exactamente a quién culpar.
Marina marcó el número de Laura con dedos temblorosos.
—¿Aló? —dijo la voz familiar de Laura al otro lado.
—Laura, soy Marina —dijo, intentando mantener su voz firme—. Escucha, tengo algo increíble que ofrecerte.
—¿Increíble? ¿Te ganaste la lotería sin decírmelo? —rió Laura.
—Mejor. ¿Estás libre para almorzar? He estado trabajando como asistente para una familia muy adinerada, y me han permitido usar su penthouse para estudiar. Es increíble, Laura. Podríamos usar su espacio para trabajar en nuestro proyecto, y además me dijeron que podrían tener una oportunidad para ti. Algo de trabajo legal, bien pagado.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿En serio? ¿Trabajo legal? ¿Con buena paga?
—Sí. Necesitan a alguien con tus habilidades. Pero quieren conocerte primero. Sin compromisos.
—¿Y dónde es exactamente?
Marina proporcionó la dirección del edificio, sintiendo cómo el corazón le golpeaba el pecho.
—Es en el distrito financiero. El edificio Vega. ¿Lo conoces?
—¿El edificio Vega? —La voz de Laura subió de tono—. Marina, ese es uno de los edificios más exclusivos de la ciudad. ¿Estás segura de que es legítimo?
—Completamente —mintió Marina, sintiendo el sabor amargo de la traición en su boca—. Son amigos de la familia. Te juro que es seguro.
—Bueno... supongo que podría pasar. ¿A qué hora?
—A las dos. Te espero en la recepción.
Colgaron y Marina se apoyó contra la pared, sintiendo cómo el sudor frío perlaba su frente. Elena observaba desde el umbral, una sonrisa satisfecha en sus labios.
—Bien hecha —dijo Elena—. Ahora ve a prepararte. Carlos quiere que uses el vestido azul. El que deja la espalda descubierta. Y prepara el champán. Tres copas. Laura merece una bienvenida adecuada.
A las dos en punto, Marina esperaba en el vestíbulo de mármol del edificio, vestida con un vestido azul marino que se adhería a sus curvas, dejando su espalda desnuda hasta la base de su columna. El vestido era corto, pero no tanto como el uniforme de sirvienta. Era lo suficientemente elegante para pasar por una asistente ejecutiva, pero lo suficientemente revelador para mantener a Marina en un estado constante de vulnerabilidad.
Laura llegó puntualmente, vestida con jeans ajustados y una blusa de seda blanca que contrastaba con su cabello oscuro. Su maquillaje era mínimo, y parecía nerviosa pero decidida.
—Marina —dijo, abrazándola brevemente—. Este lugar es... increíble.
—Espero que te guste —dijo Marina, guiándola hacia el ascensor privado—. Los Vega son muy particulares con su privacidad.
El ascensor subió en silencio, y Marina sintió la mirada de Laura sobre ella, examinando el vestido, el cambio sutil en su comportamiento.
—¿Estás bien, Mari? —preguntó Laura suavemente—. Pareces... diferente.
—Solo cansada de estudiar —mintió Marina—. Y emocionada por esta oportunidad para ti.
Las puertas del ascensor se abrieron directamente al penthouse. Laura exhaló audiblemente al ver el espacio abierto, las paredes de cristal que mostraban la ciudad extendida debajo de ellas, el mobiliario minimalista pero caro.
—Dios mío —murmuró Laura—. Esto es como algo de una película.
Elena emergió del salón, extendiendo su mano hacia Laura.
—Elena Vega —dijo, sonriendo cálidamente—. Encantada de conocerte finalmente. Marina nos ha dicho maravillas sobre ti.
Laura estrechó su mano, visiblemente impresionada.
—Laura Moretti. Es un placer, señora Vega.
—Por favor, Elena. Somos informales aquí. Carlos llegará en unos minutos. Mientras tanto, ¿champán? Marina, ¿podrías servirnos?
Marina obedeció, sus manos temblando ligeramente mientras vertía el líquido dorado en tres copas de cristal. Laura observaba cada movimiento, sus ojos oscuros llenos de preguntas no formuladas.
—Así que —comenzó Elena, sentándose en el sofá y señalando a Laura que se uniera a ella—. Marina nos dice que eres una de las mejores estudiantes de su clase. Especialmente en derecho penal.
—Me esfuerzo —dijo Laura, tomando un sorbo de champán—. Me apasiona.
—Nos encanta la pasión —dijo Elena, su voz bajando ligeramente—. En todas sus formas. Carlos
Laura sonrió nerviosamente, tomando otro sorbo de champán. Marina observaba desde una distancia respetuosa, sintiendo cómo el sudor se acumulaba en la base de su espalda desnuda.

—Marina nos mencionó tu situación —continuó Elena, cambiando sutilmente el tono de la conversación—. Sobre tu madre. Entendemos que los tratamientos para la esclerosis múltiple pueden ser... costosos.

Laura tensó visiblemente, su sonrisa desvaneciéndose.

—Sí, es... desafiante. Pero nos las arreglamos.

—No deberían tener que arreglárselas —intervino una voz desde el umbral del salón.

Carlos Vega entró, imponente incluso en ropa casual: pantalones de lino beige y una camisa de seda abierta hasta el pecho, revelando el vello grisáceo de su pecho. Sus ojos grises se posaron inmediatamente en Laura, examinándola con la misma intensidad con la que había evaluado a Marina en su primera noche.

—Carlos, esta es Laura Moretti —dijo Elena, levantándose para recibir un beso de su esposo en la mejilla—. Laura, mi esposo Carlos.

Carlos extendió su mano hacia Laura, pero no la soltó inmediatamente cuando ella se la estrechó.

—Encantado —dijo, su voz más profunda de lo que Marina recordaba—. Elena y yo hemos estado siguiendo tu caso. A través de Marina, por supuesto. Creemos que el talento como el tuyo no debería desperdiciarse en preocupaciones financieras.

Laura retiró su mano suavemente, visiblemente incómoda por el contacto prolongado.

—Agradezco su interés, señor Vega, pero...

—Carlos, por favor —interrumpió él, sentándose en el sillón de cuero frente a las mujeres—. Y no es solo interés, Laura. Es una propuesta. Hemos revisado tu expediente académico. Hablamos con el profesor Martínez. Eres excepcional. Especialmente en derecho corporativo internacional.

Laura parpadeó, sorprendida.

—¿Cómo...?

—Tenemos recursos —dijo Elena con una sonrisa—. Y queremos ofrecerte una beca completa para terminar tus estudios, más una asignación mensual para cubrir los gastos médicos de tu madre. Todo a cambio de unas pocas horas a la semana de tu tiempo, trabajando como nuestra asistente legal interna.

Marina sintió cómo el aire se escapaba de sus pulmones. Esto no era parte del plan. Esta era una oferta genuina, una salida real para Laura. Y sin embargo, vio cómo los ojos de Carlos se encontraban con los de Elena sobre la cabeza de Laura, un intercambio silencioso que hablaba de otra cosa completamente.

—Es... es demasiado generoso —dijo Laura, claramente abrumada—. ¿Cuál sería exactamente mi trabajo?

—Asistirnos con nuestras inversiones internacionales —dijo Carlos, cruzando las piernas—. Revisar contratos, traducir documentos, asistirnos en nuestras reuniones. Y, ocasionalmente, acompañarnos a eventos sociales. Necesitamos a alguien que represente nuestros intereses con discreción y elegancia.

Marina observó cómo Laura consideraba la oferta. Vio el destello de esperanza en sus ojos, el cálculo rápido de lo que significaría para su madre, para su futuro. Y vio algo más: la misma atracción y nerviosismo que ella misma había sentido en su primera entrevista.

—Hay algo más —dijo Elena suavemente, su mano encontrando la de Laura—. Nuestro estilo de vida es... poco convencional. Valoramos la lealtad absoluta, la discreción, y la voluntad de explorar límites. No todos están cómodos con nuestro nivel de intensidad, tanto en los negocios como en... otras áreas.

Laura tragó, sus ojos moviéndose entre Elena y Carlos.

—¿Qué tipo de límites?

—Límites de convencionalidad —dijo Carlos, su voz bajando a un tono íntimo—. Límites de inhibición. Límites de lo que la sociedad considera apropiado. Elena y yo creemos que el verdadero poder reside en la libertad absoluta, en la voluntad de explorar todos los aspectos de la experiencia humana.

Marina sintió cómo su propio cuerpo respondía a esas palabras, cómo la humedad comenzaba a acumularse entre sus piernas. Recordó su primera noche, la mezcla de miedo y deseo, la humillación que se transformó en éxtasis.

—No entiendo del todo —dijo Laura, aunque Marina podía ver que sí entendía, al menos parcialmente.

Elena se levantó y se acercó a la ventana de pared, observando la ciudad abajo.

—Hemos tenido otras asistentes antes de Marina —dijo, sin volverse—. Todas han salido adelante. Todas han sido transformadas por la experiencia. Algunas encontraron fuerza que no sabían que tenían. Otras descubrieron partes de sí mismas que habían mantenido ocultas. Todas salieron mejor de como entraron.

Carlos se levantó y se paró detrás de Laura, sus manos descansando casualmente en los hombros del sofá a cada lado de ella, atrapándola sin tocarla directamente.

—Lo que ofrecemos, Laura, es una oportunidad. No solo para tu carrera, sino para ti misma. Para descubrir quién eres realmente cuando nadie te está juzgando, cuando no tienes que preocuparte por las convenciones sociales, cuando puedes simplemente... ser.

Marina vio cómo Laura temblaba ligeramente, cómo sus respiraciones se volvían más superficiales. Vio el conflicto en sus ojos: el deseo de ayudar a su madre luchando contra el instinto de autopreservación, la atracción hacia el poder y la riqueza de los Vega chocando con la advertencia silenciosa en el tono de sus voces.

—Necesito tiempo para pensarlo —dijo Laura finalmente, su voz apenas un susurro.

—Por supuesto —dijo Elena, volviéndose del ventanal—. Pero no demasiado tiempo. Estas oportunidades son... efímeras. Por naturaleza.

Carlos se inclinó hacia Laura, su aliento caliente contra su oreja.

—Piensa en esto —murmuró—. Tu madre recibiendo el mejor tratamiento disponible. Tú, sin preocupaciones financieras, concentrándote en convertirte en la abogada excepcional que estás destinada a ser. Y todo a cambio de unas pocas horas a la semana de tu tiempo, y tu voluntad de aprender... nuevas formas de ver el mundo.

Se enderezó y se dirigió hacia la barra, donde sirvió otra copa de champán.

—Marina, acompaña a Laura a la salida —ordenó sin volverse—. Y Laura, espera nuestra llamada. Antes del final de la semana.

Marina guio a Laura hacia el ascensor, el silencio entre ellas pesado con lo no dicho. Cuando las puertas se cerraron, Laura finalmente se volvió hacia ella.

—Mari, ¿qué está pasando aquí? —preguntó, su voz temblorosa—. Esto es... demasiado. Demasiado perfecto, demasiado...

—Intenso —terminó Marina—. Lo sé. Pero es real, Laura. El dinero es real. La oportunidad es real.

—¿Y el resto? —preguntó Laura, sus ojos oscuros llenos de miedo y algo más que Marina reconocía inmediatamente: curiosidad—. ¿Es real también?

Marina no respondió. Simplemente tomó la mano de su amiga y la apretó, sintiendo cómo los dedos de Laura temblaban contra los suyos.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, Laura se giró hacia Marina.

—Gracias —dijo, y por un momento, Marina pensó que iba a rechazar la oferta, que iba a correr lejos de este edificio y no volver jamás.

Pero luego Laura añadió: —Diles que... que pensaré en ello. Que les daré una respuesta el viernes.

Y con eso, se fue, dejando a Marina sola en el vestíbulo de mármol, sintiendo una extraña mezcla de alivio y anticipación.

De vuelta en el penthouse, Elena la esperaba en el umbral.

—Bien —dijo, su voz aprobatoria—. Muy bien. Está interesada. Asustada, pero interesada. La semilla está plantada.

—¿Y si dice que no? —preguntó Marina, el miedo volviendo a apoderarse de ella.

—No dirá que no......
Continuara

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