You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Frotando la Pija entre las Nalgas de Mamá a las 3 AM

La madrugada en Rosario era un infierno pegajoso. Eran las 3:40 AM y el calor no había bajado ni un grado. El ventilador de techo giraba perezoso, moviendo apenas el aire denso cargado de olor a transpiración, jabón barato y sexo acumulado.

María dormía boca abajo en su cama matrimonial, la misma que ocupaba sola desde hacía quince años. El camisón celeste se le había subido hasta la cintura, dejando al descubierto sus nalgas grandes, blancas y suaves.

Solo llevaba un calzón negro de algodón gastado que se le clavaba entre las carnes.

Lucas no podía dormir. La pija le latía dura y dolorosa dentro de los boxers desde hacía más de una hora. Los recuerdos recientes —la boca de su mamá tragando su leche, su concha chorreando contra su lengua, sus gemidos mientras la comía en la cocina— no lo dejaban en paz.
Se levantó sigiloso y caminó descalzo por el pasillo oscuro.

Empujó la puerta de la pieza de María y entró. La luz naranja de la farola de la calle recortaba el cuerpo de su madre. Se bajó los boxers, liberando su pija gruesa, venosa y completamente dura, con la cabeza hinchada y brillante de precum.

Se subió con cuidado a la cama, se acomodó entre las piernas abiertas de ella y apoyó toda su verga caliente entre sus nalgas.

Empezó a frotarse lento, deslizando la longitud entre las carnes suaves y calientes.

María se removió, todavía medio dormida.

—Mmmh… —gruñó bajito.

Lucas ganó confianza. Frotaba ahora con más intención: pasaba toda su pija entre las nalgas, presionando la cabeza contra la tela del calzón, justo encima de la concha. Subía y rozaba también contra su ano arrugado.

María abrió los ojos de golpe y giró la cabeza.

—Lucas… ¿qué carajo hacés acá? —murmuró ronca, entre sueño y sorpresa—. No… m’hijo… no hagas eso… estoy dormida…

Pero mientras protestaba, separó un poco más las piernas. Con una mano hacia atrás, se bajó ella misma el calzón hasta medio muslo, exponiendo completamente su concha madura, hinchada y ya mojada, junto con el agujero pequeño y oscuro de su culo.

Lucas no esperó. Apoyó la cabeza gruesa contra los labios hinchados de su concha y empezó a frotar despacio, deslizándose entre los pliegues calientes y resbaladizos sin penetrar.

—Solo un poco, mamá… No aguantaba más en mi pieza. Te necesito tanto…
María enterró la cara en la almohada, respirando agitada.

—Esto está muy mal, Lucas… Soy tu mamá. Tengo cincuenta y seis años y vos apenas diecinueve… No podés venir de madrugada a frotarme la pija mientras duermo.

No está bien…
Sin embargo, levantó sutilmente la cadera, facilitándole el roce.

Lucas frotaba ahora con más fuerza: bajaba toda su verga entre los labios de la concha, presionando fuerte contra el clítoris, y luego subía para frotar y presionar la cabeza hinchada contra su ano.

—Uff… estás empapada, mamá —jadeó él.

—Porque me ponés muy perra… —contestó ella casi sin aliento—. Pero no me entrés… solo frotá. No me entrés.

Lucas le agarró las nalgas anchas con ambas manos y aceleró el ritmo. El sonido húmedo y obsceno de la pija deslizándose entre los pliegues y las nalgas llenaba la habitación.

María metió una mano debajo de su cuerpo y empezó a tocarse el clítoris con movimientos rápidos.

—Así… más fuerte contra la concha… —gimió, ya sin disimulo—. Uff, qué rico… Aunque seas mi hijo…
aunque esté re mal… no pares.

Lucas se inclinó sobre su espalda transpirada, le besó el cuello y le mordió suavemente el hombro.

—Decime que pare y paro ahora mismo —susurró cerca de su oído.

María se quedó callada varios segundos, temblando. Luego movió la cola en círculos, frotándose con más ganas contra la pija dura de su hijo.

—No pares… —admitió con voz quebrada—. Frotame entre las dos… haceme sentir todo.
Se quedaron casi media hora así. Lucas frotando con ritmo constante y fuerte, alternando entre la concha chorreante y el ano apretado.

María gimiendo contra la almohada, tocándose y moviendo las caderas como una hembra en celo.

—Sos mi hijo… mi único hijo… y mirá cómo me tenés, toda mojada y desesperada —murmuraba entre gemidos, mezclando culpa con placer.

Cuando sintió que Lucas estaba a punto, María apretó las nalgas alrededor de su pija.

—acaba afuera, m’hijo… tirame todo en el culo… pero no me entrés todavía.
Lucas soltó un gemido ronco y se corrió con fuerza.

Chorros gruesos, calientes y abundantes cayeron sobre las nalgas, el ano y la espalda baja de su mamá. Siguió frotando entre las nalgas mientras se vaciaba completamente.

María se mojo segundos después, temblando violentamente y ahogando un gemido largo contra la almohada.

Se quedaron en silencio un rato largo, respirando agitados. Lucas todavía con la pija semi-dura apoyada entre las nalgas cubiertas de semen.
María giró un poco la cabeza, con voz cansada pero suave:

—Andá a tu pieza ahora, Lucas… Esto se nos está escapando. Cada vez quiero más. Cada vez me cuesta más decir que no. Tengo miedo de lo que vamos a terminar haciendo si seguimos así.
Pero mientras hablaba, su mano seguía acariciándole la pierna con ternura posesiva, sin echarlo todavía.

La madrugada seguía pesada y caliente sobre Rosario. En esa casa humilde de Fisherton, la frontera entre madre e hijo ya casi no existía.

0 comentarios - Frotando la Pija entre las Nalgas de Mamá a las 3 AM