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La vice y el cornudo

Con este relato quiero sacarme la culpa de hacer cornudo a un boludo. No estuvo bien, espero con escribirlo sentirme menos culpable. Pasó hace 4 años, casi 5. Yo estaba soltero aún, estaba recién conociendo a quien hoy es mi jermu. Y pasó esta historia (la trolita está no es mi jermu jajaja)
Tenia treinta y un años y era docente de secundaria. Laburaba en una escuela agraria, una de esas donde los pibes salen sabiendo soldar pero no saben escribir un texto de tres párrafos. La verdad, siempre fui medio callado, de esos que hacen su laburo y se van a casa sin hacer mucho quilombo. Pero esta historia arrancó una tarde de junio que me cambió la cabeza para siempre. Ella se llama Silvina, tiene cuarenta y pico, es la vicedirectora. Una mujer grandota, de esas que ocupan espacio cuando entran a una habitación. Tetas enormes, siempre apretadas en un saco o un buzo que no logra disimularlas. Culo ancho, caderas de esas que prometen. Y el marido, el director, un tipo flaquito, medio amanerado, de esos que hablan con las manos y se arreglan el pelo cada cinco minutos. Se llamaba Marcelo. Nunca me cayó bien, pero bancátela, es el jefe. Ese día teníamos que viajar a otra ciudad del distrito para una actividad pedagógica. Marcelo no podía ir porque tenía una reunión sindical, así que mandó a Silvina. A mí me designaron como docente acompañante. Ella tenía una camioneta, una Ford Ranger blanca, medio vieja pero aguantadora. Salimos tipo ocho de la mañana, un frío del carajo, el cielo gris como si fuera a nevar. Durante el viaje hablamos pavadas. Del laburo, de los pibes, de lo hinchapelotas que es el Ministerio. Ella se reía fuerte, una risa que llenaba la cabina. Cada tanto se pasaba la lengua por los labios y yo sentía un cosquilleo raro en la panza. No sé si fue idea mía o qué, pero empezó a mirarme de costado, a sonreírme de una manera distinta. La actividad fue una paja.
La vice y el cornudo

Charlas al pedo, café frío, galletitas feas. Para las cinco de la tarde ya estábamos volviendo. El sol se había escondido y el frío se volvió filoso. La ruta estaba oscura, apenas iluminada por las luces de la camioneta. A la altura de un pueblo sentimos un golpe seco y el volante empezó a vibrar. —La concha de la lora —dijo ella, frenando despacio—. Pinchamos. Nos bajamos. La rueda trasera derecha estaba hecha mierda. Una loncha de goma colgando. Y cuando fuimos a buscar el repuesto, nos dimos cuenta de que no estaba. Marcelo lo había sacado para arreglar la otra camioneta y se olvidó de ponerlo. —No puede ser —murmuró ella, apoyando las manos en la cintura, el aliento haciéndose nube en el aire frío. —No hay señal acá —dije yo, mirando el celular—. Estamos en el medio de la nada. El viento silbaba entre los pastizales. No pasaba un auto. Estábamos solos, ella y yo, en la oscuridad de junio. Volvimos a la cabina. Ella metió la mano bajo el asiento y sacó una petaca de whisky. Jack Daniels. Le dio un trago largo y me la pasó. Yo hice lo mismo. El alcohol quemó la garganta y calentó el pecho. —No va a pasar nadie hasta mañana —dijo ella, la voz ronca—. Mejor nos quedamos acá, prendemos la calefacción y esperamos que amanezca. El silencio se hizo denso. La miré. Bajo la luz tenue del tablero, sus ojos brillaban. Tenía las mejillas coloradas por el frío, los labios un poco partidos. El escote del buzo dejaba ver el inicio de esas tetas enormes que siempre imaginé. —¿Sabés qué? —dijo ella, de repente—. Hace años que no me siento tan viva. No sé si fue el whisky, el frío, o la puta necesidad de hacer algo que rompiera la rutina de mierda. Pero me incliné y la besé. Ella respondió al toque. Su lengua se metió en mi boca, caliente, húmeda, con gusto a whisky y a tabaco. Su mano me agarró la nuca y me apretó contra ella. Sentí sus tetas contra mi pecho, blandas, enormes. Gemí como un pendejo. No hubo vueltas. Le saqué el buzo, le bajé la bombacha. Olía a mujer, a sexo guardado. Me puse de rodillas en el asiento y le abrí las piernas. Tenía la concha pelada, depilada al ras, los labios gruesos y rosados, chorreando. Le metí la lengua de una, sintiendo el sabor ácido y dulce de su excitación. Ella se agarró del volante y arqueó la espalda. Sus tetas saltaban, enormes, los pezones duros como piedras. Le chupé el clítoris con ganas, lo mordisqueé, lo lamí como si fuera un caramelo. Ella se retorcía, se quejaba, decía mi nombre en voz baja, como si tuviera miedo de que alguien la escuchara. —No pares, no pares —suplicaba. Le metí dos dedos y los moví adentro. Estaba apretada, caliente, empapada. Se vino en segundos, apretando mis dedos con la concha, temblando toda. —Ahora vos —dijo ella, y me empujó contra el asiento. Me desabrochó el pantalón, me sacó la pija. Estaba dura, goteando. Me la chupó como una condenada, pasando la lengua por la cabeza, por el tronco, metiéndosela toda en la boca hasta que sentí su garganta.
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Me vinieron ganas de acabar, pero la frené. —No, puta —le dije, agarrándole el pelo—. Ahora te voy a llenar la boca. La puse de rodillas en el piso de la camioneta, de espaldas al tablero. Le abrí la boca con los dedos y le metí la pija hasta el fondo. Empecé a moverme rápido, fuerte, sin piedad. Ella se dejaba hacer, con los ojos cerrados, la boca abierta, las tetas colgando. Sentí que venía. Me corrí en su boca, un chorro largo, caliente. Ella tragó, pero no pudo con todo. Un hilo de leche le corrió por la barbilla, por el cuello. Tosió, vomitó un poco sobre sus propias tetas. Pero cuando la miré, estaba sonriendo. —Sos un hijo de puta —dijo, limpiándose con la manga—. Me encanta. Se me paró de nuevo al instante. La vi ahí, toda despeinada, la bombacha en el piso, las tetas manchadas de vómito y de leche. Me bajé el pantalón y le di la espalda. —Ahora chupame el culo. Ella dudó un segundo. Después se arrodilló otra vez, me separó las nalgas con las manos, y metió la lengua directo en mi culo. Sentí su lengua caliente, húmeda, moviéndose en círculos. Me agarré del volante y apreté los dientes. Era una sensación rara, intensa, que me recorría la columna., pero se me paró de nuevo.
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Cuando no aguanté más, la di vuelta, la puse en cuatro patas en el asiento de atrás. Tenía la concha chorreando, los labios hinchados. Me puse atrás, le agarré las caderas anchas, y le metí la pija de un solo golpe. Ella gritó. Un grito ronco, animal. —Así, así, rompeme toda —decía. Le di duro. Le agarré las tetas desde atrás, se las apreté, se las pellizqué. Le mordí el cuello, el hombro, la espalda. Le pegaba en el culo, y ella gemía más fuerte. —Sos una puta —le dije al oído—. La mujer del director, reventada en una camioneta. —Sí, sí, soy una puta —respondió ella, casi llorando—. Cogeme, cogeme. Terminé adentro. Me corrí en su concha, sintiendo cómo se contraía, cómo me apretaba hasta dejar salir la última gota. Nos quedamos así, pegados, sudando a pesar del frío. Esa noche no dormimos. Cogimos tres veces más. A la mañana siguiente llegó un auxilio, nos cambió la rueda, y volvimos en silencio. Pero no terminó ahí. Nos seguimos viendo. En mi departamento, en el suyo cuando Marcelo viajaba, en el baño de la escuela después de clases. Ella se volvió mi puta, y yo su dueño. Y el cornudo nunca se enteró de nada.

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