Cómo mi familia se convirtió en una mercancía digital

Capitulo 01: El Vértigo del Quetzal
Zacapa no perdona.
A mediodía el sol no era luz, sino un yunque suspendido sobre los techos de lámina del Barrio Las Rositas. El aire entraba en los pulmones como sopa espesa de polvo y desesperación, cargado con el olor a tierra reseca, sudor viejo y metal caliente. En el rincón de la sala, el viejo ventilador giraba con un chirrido agónico, un estertor metálico que parecía marcar los últimos latidos de la casa.
Alexander Castillo estaba sentado frente a la mesa astillada, mirando el recibo de la luz como quien mira una sentencia de muerte. El papel, húmedo por el sudor de sus manos, se ondulaba ligeramente. De pronto el suelo dejó de ser sólido. El mundo se inclinó, se volvió líquido, y una náusea fría le subió por la garganta mientras el vértigo lo succionaba hacia abajo. Se aferró al borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No era solo enfermedad. Era la sensación exacta de que su hombría, su placa y su futuro se escurrían entre las grietas del concreto.
—Alexander… ¿otra vez? —la voz de Ariana llegó desde el pasillo, cansada pero todavía suave.
Ella se detuvo frente al espejo barato que colgaba cerca de la cocina. Un espejo con una grieta profunda que partía el cristal de esquina a esquina. El Espejo Trizado. Ariana se miró en silencio. Una mitad mostraba a la madre que aún estiraba el pan y el atún para tres bocas. La otra mitad mostraba a la mujer cuya belleza empezaba a pudrirse bajo el peso del calor y la pobreza. Su piel seguía siendo satinada, pero el sol de Zacapa ya le anunciaba la fecha de caducidad.
Desde la penumbra del pasillo yo lo observaba todo. A mis diecinueve años había aprendido a convertirme en sombra. Vi cómo mi madre se pasaba la mano por la cintura, notando cómo la blusa gastada apenas contenía la exuberancia de un cuerpo que el mundo aún no había terminado de consumir. Vi el miedo en sus ojos, pero también algo más oscuro: la comprensión de que su carne era el único activo que no estaba hipotecado.
Alexander levantó la cabeza. El refrigerador vacío zumbaba como un insecto moribundo. El quetzal de su uniforme parecía querer huir de su pecho. El silencio entre mis padres ya no era amor. Era un pacto que todavía no se atrevían a nombrar, pero que ya estaba escrito en la forma en que ella miraba el espejo roto y en cómo él soltaba su placa para buscar, con dedos temblorosos, la vieja cámara digital guardada en el cajón.
En las sombras de esa sala el aire cambió. Dejó de oler a polvo y empezó a oler a electricidad. El Avatar aún no tenía nombre, pero ya estaba naciendo entre las ruinas de un hombre que se caía y de una mujer que se había cansado de esperar a que alguien la levantara.
Capítulo 1.5: El Altar de Silicio
La medianoche en Zacapa no trajo frescura, solo una calma pesada y aceitosa que se pegaba a la piel. Dentro de la casa, el aire permanecía estancado, pero la sala ya no era la misma.
Habíamos apartado los muebles contra las paredes, creando un vacío en el centro que mi padre iluminó con dos lámparas de taller. La luz cruda proyectaba sombras largas y agresivas contra el techo. Aquella sala se había convertido en un quirófano estético.
Mi madre salió del dormitorio.
Llevaba puesta una lencería barata que mi padre había comprado esa misma tarde con los últimos billetes del fondo de emergencia. El encaje negro sintético era áspero y se clavaba en su carne, marcando la curva de sus caderas. El sudor brillaba en su escote, pequeñas gotas que resbalaban lentas entre sus pechos. Ella no miraba a la cámara. Miraba hacia la grieta del espejo, como si buscara en ese reflejo roto a la mujer que era antes.

Mi padre sostenía la cámara con fuerza. Sus manos aún temblaban ligeramente por el vértigo, pero en cuanto pegó el ojo al visor, su espalda se tensó. El mundo exterior desapareció dentro de ese pequeño rectángulo.
—No te muevas, Momy —susurró, con una voz más fría de lo normal.
Yo estaba agazapado en la penumbra del pasillo, el corazón golpeándome las costillas. Tenía la polla tan dura que me dolía. Sabía que no debía estar ahí, pero no podía moverme. Cada flash que estallaba era como un latigazo directo al estómago. La luz blanca bañaba el cuerpo de mi madre, resaltando la humedad de su piel, la forma en que el encaje se hundía entre sus muslos, la rigidez de sus pezones contra la tela.
Sentí vergüenza. Sentí asco de mí mismo. Y aun así, apreté los dientes y metí la mano dentro del pantalón, agarrándome la verga caliente y palpitante mientras los flashes seguían cayendo.
Cada foto era peor. Cada pose que mi madre hacía por orden de mi padre me provocaba una punzada más fuerte de culpa y excitación. Estaba viendo a mi propia madre siendo convertida en mercancía… y no podía dejar de mirarla.
Mi padre bajó la cámara y soltó un suspiro largo.
—Joder… —murmuró, mirando la pantalla—. Esto va a venderse solo.
Yo apreté más fuerte, respirando por la boca, luchando por no gemir. Tenía la punta mojada, pegajosa. En ese momento supe que ya no había vuelta atrás.
El Avatar acababa de nacer.
Y yo ya estaba completamente enfermo de él.
Capítulo 02: El Código de la Sangre
La luz azul del monitor era lo único que cortaba la oscuridad de la casa. Un resplandor frío, quirúrgico, que bañaba la cara de mi padre y le daba un aspecto casi fantasmal. El calor de Zacapa seguía pegado a las paredes, pero frente a esa pantalla todo parecía suspendido.
Me moví con cuidado, pero la maldita madera del piso crujió. Mi padre no se asustó. Solo giró la cabeza a medias, la cara iluminada por el brillo azul.
—Ven aquí, Alberto.
Su voz sonaba calmada. Demasiado calmada. Como si ya no fuera mi padre… sino alguien que me estaba metiendo en algo prohibido.
Me senté a su lado. El ventilador viejo me soplaba aire tibio en la nuca. Y entonces la vi.
En la pantalla, el cuerpo de mi madre estaba ahí, más desnudo que nunca. No era la mujer que me había dado de comer ni la que me abrazaba cuando tenía fiebre. Era otra cosa. Píxeles. Curvas. Luz y sombra. Mi padre había estado editando las fotos de la noche anterior.
Amplió una imagen. El zoom se clavó en sus tetas, brillantes de sudor, los pezones marcados contra el encaje barato. Luego bajó a la cadera, donde tenía una pequeña estría. Con dos clics la hizo desaparecer. Como si nunca hubiera sido mi madre. Como si nunca me hubiera parido.
Sentí que se me ponía dura otra vez. Dolorosamente dura. La misma verga que me había jalado escondido en el pasillo mientras él tomaba las fotos.
—¿Ves esto? —dijo mi padre sin mirarme, moviendo el cursor con precisión de cirujano—. Aquí es donde se toma la decisión más importante de tu vida.
No podía apartar los ojos. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que él lo escucharía. Una parte de mí quería vomitar. La otra quería meter la mano dentro del pantalón corto y agarrármela ahí mismo, delante de él.
—Hijo, escúchame bien —continuó, poniendo su mano pesada sobre mi hombro—. A partir de ahora, no es tu madre. Es una composición de luces y carne. Es una mercancía. Si ves a tu mamá… fracasamos. Si ves un producto que se puede vender… nos vamos a hacer ricos.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría y caliente al mismo tiempo. Sentí asco. Sentí culpa. Y aun así, mi polla palpitaba dentro del bóxer, mojando la tela con precum mientras miraba las tetas editadas de mi madre, sus nalgas, la forma en que la luz se deslizaba entre sus muslos.
Mi padre me pasó el ratón. Mis dedos temblaban cuando lo agarré. Empecé a moverlo yo mismo. Ajusté el brillo de sus pezones. Subí un poco más el contraste en la curva de su culo. Cada cambio me hacía sentir más enfermo… y más excitado.
El niño que creció en esta casa se estaba muriendo frente a esa pantalla.
Y el que estaba naciendo en su lugar ya tenía la verga dura y la conciencia sucia.
Mientras afuera amanecía sobre Las Rositas, yo seguía ahí, aprendiendo a borrar a mi madre para convertirla en el Avatar.
Capítulo 2.5: El Almuerzo del Último Pan
El día anterior a la primera sesión de fotos, el almuerzo fue un funeral silencioso.
Tres latas de atún barato repartidas entre los tres. Pan duro, casi rancio, y agua pura del grifo que sabía a tubería vieja. Mi padre comía apretando la mandíbula, renqueando visiblemente de la pierna izquierda. El tiroteo que lo dejó inválido aún le pasaba factura. Podía caminar, sí, pero de pronto se le torcía el gesto, se agarraba al borde de la mesa y respiraba entre dientes. Las medicinas para el dolor se habían acabado hacía días.
Mi madre (Momy) apenas tocaba su plato. Miraba el atún como si le diera vergüenza. Ella venía de una familia que antes tenía algo de dinero, pero la borraron del mapa el día que decidió casarse con un policía. Ahora solo éramos nosotros tres hundidos en la misma mierda.
—Alberto —dijo mi padre de repente, con voz ronca y cansada—. Tenemos que hablar claro, hijo. Sin rodeos.
Me explicaron todo sin adornos. La pensión por invalidez no llegaba. El sueldo de mi mamá en la tienda de Silvita apenas cubría la luz. No había plata para nada: ni comida decente, ni medicinas, ni siquiera para arreglar el ventilador que agonizaba en la sala.
—Tu mamá y yo ya lo hablamos —continuó él, mirándome fijo a los ojos—. Vamos a hacer fotos… eróticas. Ella se va a exponer. Solo fotos por ahora. Las subiremos a internet. Es la única forma de salir de esta mierda.
Sentí que el estómago se me cerraba. Miré a mi mamá. Tenía las mejillas rojas, la mirada baja. No dijo que no. Solo asintió, casi sin mover la cabeza. Ese pequeño gesto me golpeó más fuerte que cualquier palabra.
Después del almuerzo los ayudé a mover los muebles. Apartamos el sofá viejo, las sillas rotas, todo contra las paredes. El centro de la sala quedó vacío, como un escenario. Mi padre decía que ahí sería el “estudio”. Yo sudaba mientras cargaba cosas, pero no solo por el calor. Ya me la estaba imaginando ahí parada, casi desnuda, bajo la luz de las lámparas de taller.
Esa noche no pude dormir.
Cuando escuché las voces bajas y el primer clic de la cámara, me levanté como un ladrón. Caminé descalzo por el pasillo y me escondí en la oscuridad. Desde ahí lo vi todo.
Mi madre con esa lencería negra barata que se clavaba en su carne suave. El encaje áspero marcándole las caderas, el sudor brillando en su escote y resbalando entre sus tetas. Cada flash que disparaba mi padre era como un latigazo que me daba directo en la verga.
Se me puso dura al instante. Dolorosamente dura.
Volví corriendo a mi cuarto, cerré la puerta con cuidado y me bajé los pantalones cortos de un tirón. Tenía la polla hinchada, palpitando, ya mojada en la punta. Me agarré fuerte y empecé a jalármela con rabia, recordando cada foto: el encaje hundido entre sus muslos, sus pezones marcados contra la tela, la forma en que miraba avergonzada hacia el espejo trizado.
El piso de madera desgastada crujía bajo mis pies mientras me masturbaba de pie, furioso y desesperado. Me mordí el brazo para no gemir cuando me corrí. Chorros gruesos de semen me salpicaron la mano, el piso y hasta la pared. Temblaba entero.
Me sentí enfermo. Asqueroso. Un traidor.
Pero mi verga seguía medio dura, palpitando, y ya sabía que esa culpa maldita no iba a ser suficiente para detenerme.
Capítulo 03: Dos Semanas de Veneno Lento
Durante las siguientes dos semanas el veneno entró despacio, gota a gota, y me fue pudriendo por dentro.
Mi mamá empezó a tomar fotos casi todos los días. A veces por la tarde, cuando la luz era más suave; a veces por la noche, bajo las lámparas de taller que convertían la sala en un escenario barato y sucio. Un día era solo un bikini negro pequeño que se le clavaba entre las nalgas. Otro día solo lencería transparente, de esa que se ve barata incluso antes de tocarla. Yo ya no necesitaba que me dijeran nada. En cuanto escuchaba el clic de la cámara o la voz ronca de mi padre dando órdenes (“Arquea más la espalda”, “Mírame a los ojos”), mi cuerpo reaccionaba solo.
Me escondía como un animal. A veces en el pasillo oscuro, pegado a la pared, respirando por la boca para no hacer ruido. Otras veces salía al patio y espiaba por la ventana entreabierta, agachado entre las macetas secas. Cada vez que la veía posar, se me ponía dura al instante. Una erección brutal, dolorosa, que me tensaba el short y me mojaba la punta sin que pudiera evitarlo.
No aguantaba. Me bajaba el short ahí mismo, agachado como un perro, y me agarraba la verga caliente y palpitante. Me jalaba rápido, con rabia, mordiéndome los labios hasta que me sabía a sangre para no gemir. Miraba cómo el sudor le brillaba entre las tetas, cómo el encaje se hundía en su coño marcado, cómo mi padre le ajustaba la postura tocándole la cadera. Me corría en minutos, disparando semen espeso contra la pared del patio o contra el piso del pasillo. Después me quedaba ahí, jadeando, con la polla todavía medio dura y el corazón lleno de asco.
Me sentía enfermo. Un enfermo asqueroso. “Es tu mamá, cabrón. Es tu mamá”, me repetía mientras limpiaba el semen con la mano temblando. Pero al día siguiente volvía a espiar. Y volvía a correrme.
En la escuela era otra tortura distinta.
Veía a los demás con sus tenis nuevos, sus celulares de última generación, riéndose mientras planeaban ir a comer hamburguesas o pollo frito. Yo solo sacaba mi pan con atún envuelto en papel periódico, manchado de aceite. Comía en un rincón, callado, mientras ellos hablaban de chicas, de fiestas, de videojuegos. Nadie sabía nada. Nadie imaginaba que por las noches yo me encerraba en mi cuarto pensando en las tetas de mi propia madre, en cómo se le marcaban los pezones cuando tenía frío, en cómo gemía bajito cuando mi padre le decía que abriera más las piernas para la cámara.
Por las noches era peor. Después de espiar las sesiones, me encerraba en mi cuarto, ponía una de las fotos que había logrado guardar en el teléfono y me masturbaba como un desesperado. A veces dos o tres veces seguidas. Me corría mirando su cara avergonzada, su cuerpo expuesto, y después me quedaba tirado en la cama, sudado y culpable, con el semen secándose en mi estómago y una culpa que me apretaba el pecho como una mano de hierro.
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Capitulo 3.5: Alexander (interludio)
La plata empezaba a entrar. Poco al principio, pero constante. Cada día más seguidores. Alexander revisaba el Instagram y el Linkfans con una sonrisa torcida que ya casi no recordaba tener.
Los comentarios le ponían la verga dura incluso a él:
“Joder, qué tetas más ricas tiene tu mujer.”
“Me la mamaba toda la noche, hermano.”
“Esa perra está para que la follen duro y la llenen.”
“Sube más, quiero verle el coño.”
Él mismo, usando una cuenta falsa de fan, subió el primer cum tribute. Imprimió una foto grande de Momy en bikini, se paró frente a ella y se corrió abundantemente, chorros gruesos que le cubrieron las tetas y la cara. Tituló el vídeo: “Para esta diosa de Zacapa”. En menos de veinticuatro horas ya había varios más. Hombres jóvenes, maduros, hasta algunos que parecían adolescentes. Todos descargando su semen sobre las fotos de su mujer.
Alexander se frotaba las manos y sonreía con frialdad. Sabía que Momy todavía no estaba lista para dar el siguiente paso. Todavía se sonrojaba cuando él le pedía poses más abiertas. Pero el camino ya estaba marcado. El Avatar estaba despertando. Y él pensaba empujarlo fuerte.
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Esas dos semanas fueron un descenso lento y deliciosamente enfermo. Cada sesión de fotos me corrompía un poco más. Cada paja escondida me hacía sentir más traidor… y más adicto.
Ya no era solo curiosidad.
Era hambre.
Era una traición sexual hacia mi propia madre que me quemaba por dentro y que, por más que me juraba que sería la última vez, sabía que nunca iba a parar.
Capítulo 04: El Descubrimiento en el Bus
Esa tarde, en el autobús escolar de regreso a casa, el mundo se me vino encima de golpe.
Estaba aburrido, sudado y con el uniforme pegado al cuerpo por el calor de Zacapa. Abrí la página de porno que visitaba casi todos los días, esa que tenía videos gratis y miles de fotos subidas por usuarios. Apenas cargó la sección de “Más vistas hoy” cuando lo vi.
Veintisiete publicaciones nuevas.
Todas con la cara de mi mamá.
“Cum tribute a esta perra de Zacapa”
“Semen para la puta de Linkfans”
“Me corrí 3 veces seguidas viendo a esta milf”
“Alguien más quiere llenarle la cara a esta zorra?”
“Más fotos de ella, por favor. Quiero correrme en sus tetas”
Sentí que la sangre se me bajaba toda a la verga de golpe. Se me puso dura en segundos, tan brutalmente que me dolió. La polla me presionaba contra la tela del pantalón del uniforme, palpitando, mojando el bóxer con precum caliente. Tuve que cruzar las piernas con fuerza y poner la mochila encima del regazo para que nadie se diera cuenta. El corazón me latía tan fuerte que parecía que me iba a reventar el pecho… y la verga al mismo tiempo.
Miraba las miniaturas sin poder parpadear. Ahí estaba ella, mi mamá, con los ojos avergonzados mirando a cámara, los pechos casi saliéndose del sostén barato. Y encima, chorros blancos de semen de desconocidos cubriéndole la cara, las tetas, la boca. Hombres que ni conocía se estaban corriendo sobre mi madre mientras yo estaba sentado en un bus lleno de compañeros.
Me temblaban las manos. Tenía la boca seca y la polla tan hinchada que cada bache del camino era una tortura. Sentía vergüenza, asco de mí mismo, pero también una excitación tan fuerte que pensé que me iba a correr ahí mismo sin tocarme. Apreté los dientes y miré por la ventana, respirando agitado, contando los segundos para llegar a casa.
Cuando por fin bajé del bus, caminaba raro, casi encorvado, intentando esconder la erección que no bajaba. Entré a la casa y el olor a comida me golpeó. Mi mamá estaba en la cocina, con un short viejo de algodón y una camiseta sin sostén debajo. Se le marcaban los pezones ligeramente. Me miró con una sonrisa cansada pero cariñosa.
—Bańate y cámbiate, hijo. Luego bajas a almorzar. Tu papá está arriba tomando más fotos.
Esa frase normal, tan cotidiana, me golpeó como una patada en el estómago. “Tu papá está tomando más fotos”. Fotos de ella. Fotos que ahora otros hombres usaban para masturbarse y correrse.
Subí las escaleras casi corriendo, con la verga todavía dura y dolorida. Cerré la puerta de mi cuarto con pestillo, me arranqué el uniforme como si me quemara y lo tiré al piso. Me quedé solo en bóxer, la polla marcándose obscenamente, con una mancha húmeda en la tela.
Encendí el monitor y abrí una de las fotos más recientes de mi mamá: ella de rodillas en la sala, mirando a cámara con los pechos casi fuera del sostén negro, los labios entreabiertos. La imagen llenó toda la pantalla.
Saqué el teléfono, lo puse en modo video y lo apoyé de forma que grabara la pantalla sin mostrar mi cara. Me bajé el bóxer de un tirón. Tenía la verga morada, hinchada, las venas marcadas y la punta brillando de precum. Me escupí en la mano y empecé a masturbarme como un animal desesperado.
Gruñía bajito, respirando por la boca. Movía la mano rápido, fuerte, mientras miraba la cara de mi mamá en la pantalla. Recordaba los comentarios: “perra”, “zorra”, “llénala”. Me imaginaba a todos esos hombres corriéndose sobre ella y eso me ponía aún más enfermo… y más caliente.
—Joder… mamá… —susurré sin querer, con la voz rota.
El orgasmo me llegó como un golpe. Me corrí con fuerza, chorros gruesos y calientes de semen que salpicaron la pantalla, cayendo directamente sobre los ojos, la boca y las tetas de mi madre. Uno tras otro, abundantes, pegajosos. Seguí jalando hasta que no salió más, temblando entero, con las rodillas débiles.
Grabé todo el momento.
Después, todavía jadeando y con la polla semi-dura goteando, subí el vídeo a la misma página. Titulo: “Semen fresco para esta hermosa perra”.
Me quedé sentado en la silla, desnudo, mirando cómo mi semen chorreaba lentamente por la pantalla sobre la imagen de mi mamá. El corazón aún me latía fuerte. La culpa me apretaba el pecho, pero la verga me dio otro latido traicionero.
Ya no había forma de volver atrás.
El Avatar ya no solo estaba naciendo.
Yo también me estaba convirtiendo en parte de él.
Continuará.
Este relato fue escrito por AGJH la persona detrás de esta cuenta aquí de antemano les agradezco si llegaron a leer asta aquí y nos vemos en la siguiente parte...

Capitulo 01: El Vértigo del Quetzal
Zacapa no perdona.
A mediodía el sol no era luz, sino un yunque suspendido sobre los techos de lámina del Barrio Las Rositas. El aire entraba en los pulmones como sopa espesa de polvo y desesperación, cargado con el olor a tierra reseca, sudor viejo y metal caliente. En el rincón de la sala, el viejo ventilador giraba con un chirrido agónico, un estertor metálico que parecía marcar los últimos latidos de la casa.
Alexander Castillo estaba sentado frente a la mesa astillada, mirando el recibo de la luz como quien mira una sentencia de muerte. El papel, húmedo por el sudor de sus manos, se ondulaba ligeramente. De pronto el suelo dejó de ser sólido. El mundo se inclinó, se volvió líquido, y una náusea fría le subió por la garganta mientras el vértigo lo succionaba hacia abajo. Se aferró al borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No era solo enfermedad. Era la sensación exacta de que su hombría, su placa y su futuro se escurrían entre las grietas del concreto.
—Alexander… ¿otra vez? —la voz de Ariana llegó desde el pasillo, cansada pero todavía suave.
Ella se detuvo frente al espejo barato que colgaba cerca de la cocina. Un espejo con una grieta profunda que partía el cristal de esquina a esquina. El Espejo Trizado. Ariana se miró en silencio. Una mitad mostraba a la madre que aún estiraba el pan y el atún para tres bocas. La otra mitad mostraba a la mujer cuya belleza empezaba a pudrirse bajo el peso del calor y la pobreza. Su piel seguía siendo satinada, pero el sol de Zacapa ya le anunciaba la fecha de caducidad.
Desde la penumbra del pasillo yo lo observaba todo. A mis diecinueve años había aprendido a convertirme en sombra. Vi cómo mi madre se pasaba la mano por la cintura, notando cómo la blusa gastada apenas contenía la exuberancia de un cuerpo que el mundo aún no había terminado de consumir. Vi el miedo en sus ojos, pero también algo más oscuro: la comprensión de que su carne era el único activo que no estaba hipotecado.
Alexander levantó la cabeza. El refrigerador vacío zumbaba como un insecto moribundo. El quetzal de su uniforme parecía querer huir de su pecho. El silencio entre mis padres ya no era amor. Era un pacto que todavía no se atrevían a nombrar, pero que ya estaba escrito en la forma en que ella miraba el espejo roto y en cómo él soltaba su placa para buscar, con dedos temblorosos, la vieja cámara digital guardada en el cajón.
En las sombras de esa sala el aire cambió. Dejó de oler a polvo y empezó a oler a electricidad. El Avatar aún no tenía nombre, pero ya estaba naciendo entre las ruinas de un hombre que se caía y de una mujer que se había cansado de esperar a que alguien la levantara.
Capítulo 1.5: El Altar de Silicio
La medianoche en Zacapa no trajo frescura, solo una calma pesada y aceitosa que se pegaba a la piel. Dentro de la casa, el aire permanecía estancado, pero la sala ya no era la misma.
Habíamos apartado los muebles contra las paredes, creando un vacío en el centro que mi padre iluminó con dos lámparas de taller. La luz cruda proyectaba sombras largas y agresivas contra el techo. Aquella sala se había convertido en un quirófano estético.
Mi madre salió del dormitorio.
Llevaba puesta una lencería barata que mi padre había comprado esa misma tarde con los últimos billetes del fondo de emergencia. El encaje negro sintético era áspero y se clavaba en su carne, marcando la curva de sus caderas. El sudor brillaba en su escote, pequeñas gotas que resbalaban lentas entre sus pechos. Ella no miraba a la cámara. Miraba hacia la grieta del espejo, como si buscara en ese reflejo roto a la mujer que era antes.

Mi padre sostenía la cámara con fuerza. Sus manos aún temblaban ligeramente por el vértigo, pero en cuanto pegó el ojo al visor, su espalda se tensó. El mundo exterior desapareció dentro de ese pequeño rectángulo.
—No te muevas, Momy —susurró, con una voz más fría de lo normal.
Yo estaba agazapado en la penumbra del pasillo, el corazón golpeándome las costillas. Tenía la polla tan dura que me dolía. Sabía que no debía estar ahí, pero no podía moverme. Cada flash que estallaba era como un latigazo directo al estómago. La luz blanca bañaba el cuerpo de mi madre, resaltando la humedad de su piel, la forma en que el encaje se hundía entre sus muslos, la rigidez de sus pezones contra la tela.
Sentí vergüenza. Sentí asco de mí mismo. Y aun así, apreté los dientes y metí la mano dentro del pantalón, agarrándome la verga caliente y palpitante mientras los flashes seguían cayendo.
Cada foto era peor. Cada pose que mi madre hacía por orden de mi padre me provocaba una punzada más fuerte de culpa y excitación. Estaba viendo a mi propia madre siendo convertida en mercancía… y no podía dejar de mirarla.
Mi padre bajó la cámara y soltó un suspiro largo.
—Joder… —murmuró, mirando la pantalla—. Esto va a venderse solo.
Yo apreté más fuerte, respirando por la boca, luchando por no gemir. Tenía la punta mojada, pegajosa. En ese momento supe que ya no había vuelta atrás.
El Avatar acababa de nacer.
Y yo ya estaba completamente enfermo de él.
Capítulo 02: El Código de la Sangre
La luz azul del monitor era lo único que cortaba la oscuridad de la casa. Un resplandor frío, quirúrgico, que bañaba la cara de mi padre y le daba un aspecto casi fantasmal. El calor de Zacapa seguía pegado a las paredes, pero frente a esa pantalla todo parecía suspendido.
Me moví con cuidado, pero la maldita madera del piso crujió. Mi padre no se asustó. Solo giró la cabeza a medias, la cara iluminada por el brillo azul.
—Ven aquí, Alberto.
Su voz sonaba calmada. Demasiado calmada. Como si ya no fuera mi padre… sino alguien que me estaba metiendo en algo prohibido.
Me senté a su lado. El ventilador viejo me soplaba aire tibio en la nuca. Y entonces la vi.
En la pantalla, el cuerpo de mi madre estaba ahí, más desnudo que nunca. No era la mujer que me había dado de comer ni la que me abrazaba cuando tenía fiebre. Era otra cosa. Píxeles. Curvas. Luz y sombra. Mi padre había estado editando las fotos de la noche anterior.
Amplió una imagen. El zoom se clavó en sus tetas, brillantes de sudor, los pezones marcados contra el encaje barato. Luego bajó a la cadera, donde tenía una pequeña estría. Con dos clics la hizo desaparecer. Como si nunca hubiera sido mi madre. Como si nunca me hubiera parido.
Sentí que se me ponía dura otra vez. Dolorosamente dura. La misma verga que me había jalado escondido en el pasillo mientras él tomaba las fotos.
—¿Ves esto? —dijo mi padre sin mirarme, moviendo el cursor con precisión de cirujano—. Aquí es donde se toma la decisión más importante de tu vida.
No podía apartar los ojos. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que él lo escucharía. Una parte de mí quería vomitar. La otra quería meter la mano dentro del pantalón corto y agarrármela ahí mismo, delante de él.
—Hijo, escúchame bien —continuó, poniendo su mano pesada sobre mi hombro—. A partir de ahora, no es tu madre. Es una composición de luces y carne. Es una mercancía. Si ves a tu mamá… fracasamos. Si ves un producto que se puede vender… nos vamos a hacer ricos.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría y caliente al mismo tiempo. Sentí asco. Sentí culpa. Y aun así, mi polla palpitaba dentro del bóxer, mojando la tela con precum mientras miraba las tetas editadas de mi madre, sus nalgas, la forma en que la luz se deslizaba entre sus muslos.
Mi padre me pasó el ratón. Mis dedos temblaban cuando lo agarré. Empecé a moverlo yo mismo. Ajusté el brillo de sus pezones. Subí un poco más el contraste en la curva de su culo. Cada cambio me hacía sentir más enfermo… y más excitado.
El niño que creció en esta casa se estaba muriendo frente a esa pantalla.
Y el que estaba naciendo en su lugar ya tenía la verga dura y la conciencia sucia.
Mientras afuera amanecía sobre Las Rositas, yo seguía ahí, aprendiendo a borrar a mi madre para convertirla en el Avatar.
Capítulo 2.5: El Almuerzo del Último Pan
El día anterior a la primera sesión de fotos, el almuerzo fue un funeral silencioso.
Tres latas de atún barato repartidas entre los tres. Pan duro, casi rancio, y agua pura del grifo que sabía a tubería vieja. Mi padre comía apretando la mandíbula, renqueando visiblemente de la pierna izquierda. El tiroteo que lo dejó inválido aún le pasaba factura. Podía caminar, sí, pero de pronto se le torcía el gesto, se agarraba al borde de la mesa y respiraba entre dientes. Las medicinas para el dolor se habían acabado hacía días.
Mi madre (Momy) apenas tocaba su plato. Miraba el atún como si le diera vergüenza. Ella venía de una familia que antes tenía algo de dinero, pero la borraron del mapa el día que decidió casarse con un policía. Ahora solo éramos nosotros tres hundidos en la misma mierda.
—Alberto —dijo mi padre de repente, con voz ronca y cansada—. Tenemos que hablar claro, hijo. Sin rodeos.
Me explicaron todo sin adornos. La pensión por invalidez no llegaba. El sueldo de mi mamá en la tienda de Silvita apenas cubría la luz. No había plata para nada: ni comida decente, ni medicinas, ni siquiera para arreglar el ventilador que agonizaba en la sala.
—Tu mamá y yo ya lo hablamos —continuó él, mirándome fijo a los ojos—. Vamos a hacer fotos… eróticas. Ella se va a exponer. Solo fotos por ahora. Las subiremos a internet. Es la única forma de salir de esta mierda.
Sentí que el estómago se me cerraba. Miré a mi mamá. Tenía las mejillas rojas, la mirada baja. No dijo que no. Solo asintió, casi sin mover la cabeza. Ese pequeño gesto me golpeó más fuerte que cualquier palabra.
Después del almuerzo los ayudé a mover los muebles. Apartamos el sofá viejo, las sillas rotas, todo contra las paredes. El centro de la sala quedó vacío, como un escenario. Mi padre decía que ahí sería el “estudio”. Yo sudaba mientras cargaba cosas, pero no solo por el calor. Ya me la estaba imaginando ahí parada, casi desnuda, bajo la luz de las lámparas de taller.
Esa noche no pude dormir.
Cuando escuché las voces bajas y el primer clic de la cámara, me levanté como un ladrón. Caminé descalzo por el pasillo y me escondí en la oscuridad. Desde ahí lo vi todo.
Mi madre con esa lencería negra barata que se clavaba en su carne suave. El encaje áspero marcándole las caderas, el sudor brillando en su escote y resbalando entre sus tetas. Cada flash que disparaba mi padre era como un latigazo que me daba directo en la verga.
Se me puso dura al instante. Dolorosamente dura.
Volví corriendo a mi cuarto, cerré la puerta con cuidado y me bajé los pantalones cortos de un tirón. Tenía la polla hinchada, palpitando, ya mojada en la punta. Me agarré fuerte y empecé a jalármela con rabia, recordando cada foto: el encaje hundido entre sus muslos, sus pezones marcados contra la tela, la forma en que miraba avergonzada hacia el espejo trizado.
El piso de madera desgastada crujía bajo mis pies mientras me masturbaba de pie, furioso y desesperado. Me mordí el brazo para no gemir cuando me corrí. Chorros gruesos de semen me salpicaron la mano, el piso y hasta la pared. Temblaba entero.
Me sentí enfermo. Asqueroso. Un traidor.
Pero mi verga seguía medio dura, palpitando, y ya sabía que esa culpa maldita no iba a ser suficiente para detenerme.
Capítulo 03: Dos Semanas de Veneno Lento
Durante las siguientes dos semanas el veneno entró despacio, gota a gota, y me fue pudriendo por dentro.
Mi mamá empezó a tomar fotos casi todos los días. A veces por la tarde, cuando la luz era más suave; a veces por la noche, bajo las lámparas de taller que convertían la sala en un escenario barato y sucio. Un día era solo un bikini negro pequeño que se le clavaba entre las nalgas. Otro día solo lencería transparente, de esa que se ve barata incluso antes de tocarla. Yo ya no necesitaba que me dijeran nada. En cuanto escuchaba el clic de la cámara o la voz ronca de mi padre dando órdenes (“Arquea más la espalda”, “Mírame a los ojos”), mi cuerpo reaccionaba solo.
Me escondía como un animal. A veces en el pasillo oscuro, pegado a la pared, respirando por la boca para no hacer ruido. Otras veces salía al patio y espiaba por la ventana entreabierta, agachado entre las macetas secas. Cada vez que la veía posar, se me ponía dura al instante. Una erección brutal, dolorosa, que me tensaba el short y me mojaba la punta sin que pudiera evitarlo.
No aguantaba. Me bajaba el short ahí mismo, agachado como un perro, y me agarraba la verga caliente y palpitante. Me jalaba rápido, con rabia, mordiéndome los labios hasta que me sabía a sangre para no gemir. Miraba cómo el sudor le brillaba entre las tetas, cómo el encaje se hundía en su coño marcado, cómo mi padre le ajustaba la postura tocándole la cadera. Me corría en minutos, disparando semen espeso contra la pared del patio o contra el piso del pasillo. Después me quedaba ahí, jadeando, con la polla todavía medio dura y el corazón lleno de asco.
Me sentía enfermo. Un enfermo asqueroso. “Es tu mamá, cabrón. Es tu mamá”, me repetía mientras limpiaba el semen con la mano temblando. Pero al día siguiente volvía a espiar. Y volvía a correrme.
En la escuela era otra tortura distinta.
Veía a los demás con sus tenis nuevos, sus celulares de última generación, riéndose mientras planeaban ir a comer hamburguesas o pollo frito. Yo solo sacaba mi pan con atún envuelto en papel periódico, manchado de aceite. Comía en un rincón, callado, mientras ellos hablaban de chicas, de fiestas, de videojuegos. Nadie sabía nada. Nadie imaginaba que por las noches yo me encerraba en mi cuarto pensando en las tetas de mi propia madre, en cómo se le marcaban los pezones cuando tenía frío, en cómo gemía bajito cuando mi padre le decía que abriera más las piernas para la cámara.
Por las noches era peor. Después de espiar las sesiones, me encerraba en mi cuarto, ponía una de las fotos que había logrado guardar en el teléfono y me masturbaba como un desesperado. A veces dos o tres veces seguidas. Me corría mirando su cara avergonzada, su cuerpo expuesto, y después me quedaba tirado en la cama, sudado y culpable, con el semen secándose en mi estómago y una culpa que me apretaba el pecho como una mano de hierro.
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Capitulo 3.5: Alexander (interludio)
La plata empezaba a entrar. Poco al principio, pero constante. Cada día más seguidores. Alexander revisaba el Instagram y el Linkfans con una sonrisa torcida que ya casi no recordaba tener.
Los comentarios le ponían la verga dura incluso a él:
“Joder, qué tetas más ricas tiene tu mujer.”
“Me la mamaba toda la noche, hermano.”
“Esa perra está para que la follen duro y la llenen.”
“Sube más, quiero verle el coño.”
Él mismo, usando una cuenta falsa de fan, subió el primer cum tribute. Imprimió una foto grande de Momy en bikini, se paró frente a ella y se corrió abundantemente, chorros gruesos que le cubrieron las tetas y la cara. Tituló el vídeo: “Para esta diosa de Zacapa”. En menos de veinticuatro horas ya había varios más. Hombres jóvenes, maduros, hasta algunos que parecían adolescentes. Todos descargando su semen sobre las fotos de su mujer.
Alexander se frotaba las manos y sonreía con frialdad. Sabía que Momy todavía no estaba lista para dar el siguiente paso. Todavía se sonrojaba cuando él le pedía poses más abiertas. Pero el camino ya estaba marcado. El Avatar estaba despertando. Y él pensaba empujarlo fuerte.
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Esas dos semanas fueron un descenso lento y deliciosamente enfermo. Cada sesión de fotos me corrompía un poco más. Cada paja escondida me hacía sentir más traidor… y más adicto.
Ya no era solo curiosidad.
Era hambre.
Era una traición sexual hacia mi propia madre que me quemaba por dentro y que, por más que me juraba que sería la última vez, sabía que nunca iba a parar.
Capítulo 04: El Descubrimiento en el Bus
Esa tarde, en el autobús escolar de regreso a casa, el mundo se me vino encima de golpe.
Estaba aburrido, sudado y con el uniforme pegado al cuerpo por el calor de Zacapa. Abrí la página de porno que visitaba casi todos los días, esa que tenía videos gratis y miles de fotos subidas por usuarios. Apenas cargó la sección de “Más vistas hoy” cuando lo vi.
Veintisiete publicaciones nuevas.
Todas con la cara de mi mamá.
“Cum tribute a esta perra de Zacapa”
“Semen para la puta de Linkfans”
“Me corrí 3 veces seguidas viendo a esta milf”
“Alguien más quiere llenarle la cara a esta zorra?”
“Más fotos de ella, por favor. Quiero correrme en sus tetas”
Sentí que la sangre se me bajaba toda a la verga de golpe. Se me puso dura en segundos, tan brutalmente que me dolió. La polla me presionaba contra la tela del pantalón del uniforme, palpitando, mojando el bóxer con precum caliente. Tuve que cruzar las piernas con fuerza y poner la mochila encima del regazo para que nadie se diera cuenta. El corazón me latía tan fuerte que parecía que me iba a reventar el pecho… y la verga al mismo tiempo.
Miraba las miniaturas sin poder parpadear. Ahí estaba ella, mi mamá, con los ojos avergonzados mirando a cámara, los pechos casi saliéndose del sostén barato. Y encima, chorros blancos de semen de desconocidos cubriéndole la cara, las tetas, la boca. Hombres que ni conocía se estaban corriendo sobre mi madre mientras yo estaba sentado en un bus lleno de compañeros.
Me temblaban las manos. Tenía la boca seca y la polla tan hinchada que cada bache del camino era una tortura. Sentía vergüenza, asco de mí mismo, pero también una excitación tan fuerte que pensé que me iba a correr ahí mismo sin tocarme. Apreté los dientes y miré por la ventana, respirando agitado, contando los segundos para llegar a casa.
Cuando por fin bajé del bus, caminaba raro, casi encorvado, intentando esconder la erección que no bajaba. Entré a la casa y el olor a comida me golpeó. Mi mamá estaba en la cocina, con un short viejo de algodón y una camiseta sin sostén debajo. Se le marcaban los pezones ligeramente. Me miró con una sonrisa cansada pero cariñosa.
—Bańate y cámbiate, hijo. Luego bajas a almorzar. Tu papá está arriba tomando más fotos.
Esa frase normal, tan cotidiana, me golpeó como una patada en el estómago. “Tu papá está tomando más fotos”. Fotos de ella. Fotos que ahora otros hombres usaban para masturbarse y correrse.
Subí las escaleras casi corriendo, con la verga todavía dura y dolorida. Cerré la puerta de mi cuarto con pestillo, me arranqué el uniforme como si me quemara y lo tiré al piso. Me quedé solo en bóxer, la polla marcándose obscenamente, con una mancha húmeda en la tela.
Encendí el monitor y abrí una de las fotos más recientes de mi mamá: ella de rodillas en la sala, mirando a cámara con los pechos casi fuera del sostén negro, los labios entreabiertos. La imagen llenó toda la pantalla.
Saqué el teléfono, lo puse en modo video y lo apoyé de forma que grabara la pantalla sin mostrar mi cara. Me bajé el bóxer de un tirón. Tenía la verga morada, hinchada, las venas marcadas y la punta brillando de precum. Me escupí en la mano y empecé a masturbarme como un animal desesperado.
Gruñía bajito, respirando por la boca. Movía la mano rápido, fuerte, mientras miraba la cara de mi mamá en la pantalla. Recordaba los comentarios: “perra”, “zorra”, “llénala”. Me imaginaba a todos esos hombres corriéndose sobre ella y eso me ponía aún más enfermo… y más caliente.
—Joder… mamá… —susurré sin querer, con la voz rota.
El orgasmo me llegó como un golpe. Me corrí con fuerza, chorros gruesos y calientes de semen que salpicaron la pantalla, cayendo directamente sobre los ojos, la boca y las tetas de mi madre. Uno tras otro, abundantes, pegajosos. Seguí jalando hasta que no salió más, temblando entero, con las rodillas débiles.
Grabé todo el momento.
Después, todavía jadeando y con la polla semi-dura goteando, subí el vídeo a la misma página. Titulo: “Semen fresco para esta hermosa perra”.
Me quedé sentado en la silla, desnudo, mirando cómo mi semen chorreaba lentamente por la pantalla sobre la imagen de mi mamá. El corazón aún me latía fuerte. La culpa me apretaba el pecho, pero la verga me dio otro latido traicionero.
Ya no había forma de volver atrás.
El Avatar ya no solo estaba naciendo.
Yo también me estaba convirtiendo en parte de él.
Continuará.
Este relato fue escrito por AGJH la persona detrás de esta cuenta aquí de antemano les agradezco si llegaron a leer asta aquí y nos vemos en la siguiente parte...
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