Capítulo 5: La primera vez
El beso entre Alma y Daniel se prolongó más de lo esperado. Sus bocas se movían con creciente urgencia, mientras las manos de él seguían recorriendo sus nalgas por encima del encaje negro del enterizo. Alex observaba todo desde el sillón, con la boca seca y el pulso acelerado.
Cuando finalmente separaron sus labios, Alma tenía la respiración agitada. Sus ojos tiernos brillaban con una mezcla de vergüenza y deseo. Miró a su esposo como buscando una última confirmación.
Alex asintió lentamente, sin decir una palabra.
Daniel, con voz ronca, le preguntó cerca del oído:
— ¿Quieres que sigamos, Alma?
Ella tardó unos segundos en responder. Luego, casi en un susurro, dijo:
— Sí… pero despacio.
Daniel la tomó suavemente de la mano y la llevó hasta el centro de la sala. La hizo girar lentamente para poder verla de frente. El enterizo negro se ajustaba perfectamente a su cuerpo maduro, marcando sus caderas anchas y la curva generosa de sus nalgas. Sus pezones se notaban endurecidos bajo la tela fina.
Daniel se acercó y volvió a besarla, esta vez con más calma. Sus manos subieron por la cintura de Alma hasta llegar a sus hombros. Con cuidado, bajó los tirantes del enterizo, dejando que la prenda se deslizara hacia abajo poco a poco.
Alma sintió un escalofrío cuando el encaje pasó por sus pechos y cayó hasta su cintura. Instintivamente cruzó los brazos sobre su pecho, pero Daniel tomó sus muñecas con suavidad y las apartó.
— No te escondas… — murmuró—. Eres hermosa.
Alex sintió un nudo en la garganta al ver a su esposa semidesnuda frente a otro hombre. Su verga palpitaba dentro del pantalón.
Daniel se arrodilló frente a ella y terminó de bajar el enterizo hasta los tobillos. Alma levantó un pie y luego el otro para quitárselo por completo. Ahora solo llevaba las medias negras hasta el muslo y una pequeña tanga del mismo color.
Daniel besó su vientre, justo debajo del ombligo, y fue descendiendo lentamente. Cuando llegó a la tela de la tanga, la besó por encima, sintiendo el calor que emanaba de ella. Alma soltó un gemido suave y puso una mano sobre la cabeza de él.
Alex no aguantó más sentado. Se levantó y se acercó. Se colocó detrás de su esposa, abrazándola por la cintura y besándole el cuello mientras Daniel seguía besando y lamiendo sobre la tanga.
— ¿Estás bien? — le susurró Alex al oído.
— Estoy… muy nerviosa — confesó Alma con voz temblorosa—. Pero no quiero parar.
Daniel apartó la tanga a un lado con los dedos y pasó su lengua lentamente por toda su rajita. Alma se estremeció con fuerza y dejó escapar un gemido más largo. Sus piernas temblaron ligeramente.
Alex la sostuvo con más firmeza, sintiendo cómo el cuerpo de su esposa reaccionaba a cada lamida. Daniel lamió con más dedicación, concentrándose en su clítoris, mientras introducía un dedo con cuidado dentro de ella.
Alma echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Alex, y jadeó:
— Ay… Dios… qué rico…
Sus caderas empezaron a moverse casi por instinto, buscando más contacto con la boca de Daniel. Alex deslizó sus manos hacia sus pechos y los acarició suavemente, pellizcando sus pezones.
Minutos después, Alma tuvo su primer orgasmo de la noche. Fue intenso pero contenido: su cuerpo se tensó, sus muslos temblaron y soltó un gemido ahogado mientras apretaba con fuerza la cabeza de Daniel contra su sexo.
Cuando bajó de la nube, Alma tenía las piernas débiles. Alex la ayudó a sentarse en el sofá. Daniel se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió.
— Sabes deliciosa — le dijo con sinceridad.
Alma, todavía recuperando el aliento, miró a su esposo y luego a Daniel. Con voz suave pero decidida, dijo:
— Quiero sentirte dentro de mí…
Daniel miró a Alex, quien asintió una vez más.
Se quitó la ropa con rapidez. Su verga estaba dura y gruesa. Alma lo observó con una mezcla de curiosidad y nervios. Se recostó en el sofá, abrió las piernas y extendió los brazos hacia Alex, buscando su mano.
Daniel se colocó entre sus piernas, frotó la cabeza de su verga contra la entrada húmeda de Alma y empezó a empujar lentamente.
Alma apretó con fuerza la mano de su esposo y soltó un gemido largo cuando Daniel entró en ella. Poco a poco, centímetro a centímetro, la fue llenando.
— Despacio… — suplicó ella con voz entrecortada.
Daniel obedeció, moviéndose con ritmo lento y profundo. Alma cerró los ojos y se concentró en las sensaciones. Sus caderas empezaron a responder, levantándose para recibir cada embestida.
Alex no apartaba la vista de donde sus cuerpos se unían. Ver la verga de otro hombre entrando y saliendo de su esposa era una experiencia abrumadora.
Alma abrió los ojos, miró a Alex y, con la voz rota por el placer, le dijo:
— ¿Estás viendo cómo me está cogiendo, mi amor?
Alex solo pudo asentir, completamente hipnotizado.
Daniel aumentó un poco el ritmo. Alma empezó a gemir más fuerte, sus nalgas rebotaban contra el sofá con cada embestida. Sus manos apretaban con fuerza la mano de Alex.
Cuando sintió que se acercaba otro orgasmo, Alma miró fijamente a su esposo y jadeó:
— Me voy a venir otra vez… ¡haaaag…!
Su cuerpo se arqueó y tembló con fuerza mientras Daniel seguía moviéndose dentro de ella. Segundos después, Daniel soltó un gruñido y se corrió profundamente en su interior.
Los tres quedaron en silencio, solo se escuchaban las respiraciones agitadas.
Alma, todavía con Daniel dentro de ella, miró a Alex con los ojos brillantes y una sonrisa cansada pero satisfecha.
— Esto recién empieza… ¿verdad?
El beso entre Alma y Daniel se prolongó más de lo esperado. Sus bocas se movían con creciente urgencia, mientras las manos de él seguían recorriendo sus nalgas por encima del encaje negro del enterizo. Alex observaba todo desde el sillón, con la boca seca y el pulso acelerado.
Cuando finalmente separaron sus labios, Alma tenía la respiración agitada. Sus ojos tiernos brillaban con una mezcla de vergüenza y deseo. Miró a su esposo como buscando una última confirmación.
Alex asintió lentamente, sin decir una palabra.
Daniel, con voz ronca, le preguntó cerca del oído:
— ¿Quieres que sigamos, Alma?
Ella tardó unos segundos en responder. Luego, casi en un susurro, dijo:
— Sí… pero despacio.
Daniel la tomó suavemente de la mano y la llevó hasta el centro de la sala. La hizo girar lentamente para poder verla de frente. El enterizo negro se ajustaba perfectamente a su cuerpo maduro, marcando sus caderas anchas y la curva generosa de sus nalgas. Sus pezones se notaban endurecidos bajo la tela fina.
Daniel se acercó y volvió a besarla, esta vez con más calma. Sus manos subieron por la cintura de Alma hasta llegar a sus hombros. Con cuidado, bajó los tirantes del enterizo, dejando que la prenda se deslizara hacia abajo poco a poco.
Alma sintió un escalofrío cuando el encaje pasó por sus pechos y cayó hasta su cintura. Instintivamente cruzó los brazos sobre su pecho, pero Daniel tomó sus muñecas con suavidad y las apartó.
— No te escondas… — murmuró—. Eres hermosa.
Alex sintió un nudo en la garganta al ver a su esposa semidesnuda frente a otro hombre. Su verga palpitaba dentro del pantalón.
Daniel se arrodilló frente a ella y terminó de bajar el enterizo hasta los tobillos. Alma levantó un pie y luego el otro para quitárselo por completo. Ahora solo llevaba las medias negras hasta el muslo y una pequeña tanga del mismo color.
Daniel besó su vientre, justo debajo del ombligo, y fue descendiendo lentamente. Cuando llegó a la tela de la tanga, la besó por encima, sintiendo el calor que emanaba de ella. Alma soltó un gemido suave y puso una mano sobre la cabeza de él.
Alex no aguantó más sentado. Se levantó y se acercó. Se colocó detrás de su esposa, abrazándola por la cintura y besándole el cuello mientras Daniel seguía besando y lamiendo sobre la tanga.
— ¿Estás bien? — le susurró Alex al oído.
— Estoy… muy nerviosa — confesó Alma con voz temblorosa—. Pero no quiero parar.
Daniel apartó la tanga a un lado con los dedos y pasó su lengua lentamente por toda su rajita. Alma se estremeció con fuerza y dejó escapar un gemido más largo. Sus piernas temblaron ligeramente.
Alex la sostuvo con más firmeza, sintiendo cómo el cuerpo de su esposa reaccionaba a cada lamida. Daniel lamió con más dedicación, concentrándose en su clítoris, mientras introducía un dedo con cuidado dentro de ella.
Alma echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Alex, y jadeó:
— Ay… Dios… qué rico…
Sus caderas empezaron a moverse casi por instinto, buscando más contacto con la boca de Daniel. Alex deslizó sus manos hacia sus pechos y los acarició suavemente, pellizcando sus pezones.
Minutos después, Alma tuvo su primer orgasmo de la noche. Fue intenso pero contenido: su cuerpo se tensó, sus muslos temblaron y soltó un gemido ahogado mientras apretaba con fuerza la cabeza de Daniel contra su sexo.
Cuando bajó de la nube, Alma tenía las piernas débiles. Alex la ayudó a sentarse en el sofá. Daniel se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió.
— Sabes deliciosa — le dijo con sinceridad.
Alma, todavía recuperando el aliento, miró a su esposo y luego a Daniel. Con voz suave pero decidida, dijo:
— Quiero sentirte dentro de mí…
Daniel miró a Alex, quien asintió una vez más.
Se quitó la ropa con rapidez. Su verga estaba dura y gruesa. Alma lo observó con una mezcla de curiosidad y nervios. Se recostó en el sofá, abrió las piernas y extendió los brazos hacia Alex, buscando su mano.
Daniel se colocó entre sus piernas, frotó la cabeza de su verga contra la entrada húmeda de Alma y empezó a empujar lentamente.
Alma apretó con fuerza la mano de su esposo y soltó un gemido largo cuando Daniel entró en ella. Poco a poco, centímetro a centímetro, la fue llenando.
— Despacio… — suplicó ella con voz entrecortada.
Daniel obedeció, moviéndose con ritmo lento y profundo. Alma cerró los ojos y se concentró en las sensaciones. Sus caderas empezaron a responder, levantándose para recibir cada embestida.
Alex no apartaba la vista de donde sus cuerpos se unían. Ver la verga de otro hombre entrando y saliendo de su esposa era una experiencia abrumadora.
Alma abrió los ojos, miró a Alex y, con la voz rota por el placer, le dijo:
— ¿Estás viendo cómo me está cogiendo, mi amor?
Alex solo pudo asentir, completamente hipnotizado.
Daniel aumentó un poco el ritmo. Alma empezó a gemir más fuerte, sus nalgas rebotaban contra el sofá con cada embestida. Sus manos apretaban con fuerza la mano de Alex.
Cuando sintió que se acercaba otro orgasmo, Alma miró fijamente a su esposo y jadeó:
— Me voy a venir otra vez… ¡haaaag…!
Su cuerpo se arqueó y tembló con fuerza mientras Daniel seguía moviéndose dentro de ella. Segundos después, Daniel soltó un gruñido y se corrió profundamente en su interior.
Los tres quedaron en silencio, solo se escuchaban las respiraciones agitadas.
Alma, todavía con Daniel dentro de ella, miró a Alex con los ojos brillantes y una sonrisa cansada pero satisfecha.
— Esto recién empieza… ¿verdad?
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