Capítulo 3: La cena con Daniel
El jueves llegó más rápido de lo que Alex esperaba.
Durante toda la semana, la tensión sexual en la casa había sido palpable. Alma y Alex habían tenido sexo casi todas las noches, y en cada ocasión Alma se ponía uno de sus enterizos negros o combinaciones con medias del mismo color. Cabalgaba a Alex con más decisión, más fuerza y con una mirada diferente: más segura, más curiosa.
Esa tarde, mientras se arreglaba, Alma estaba visiblemente nerviosa.
Se había puesto un vestido negro ajustado, de manga larga y largo hasta las rodillas, pero con un escote discreto que dejaba ver la curva superior de sus pechos. Debajo llevaba un enterizo negro de encaje transparente y unas medias negras hasta el muslo. Se miró varias veces en el espejo, acomodándose los bucles negros con algunas canas.
— ¿Estoy bien? — preguntó, girando frente a Alex.
— Estás preciosa — respondió él, acercándose por detrás y abrazándola por la cintura—. Y muy sexy. Daniel no va a poder quitarte los ojos de encima.
Alma soltó un suspiro nervioso.
— No sé si estoy haciendo lo correcto… Es solo una cena, ¿verdad?
— Solo una cena — confirmó Alex, besándole el cuello—. Si no te sientes cómoda, paramos en cualquier momento. Tú decides todo.
A las ocho en punto sonó el timbre.
Daniel llegó con una botella de vino tinto y una sonrisa carismática. Era un hombre de 45 años, alto, de complexión atlética, cabello corto entrecano y una presencia segura pero agradable. Trabajaba con Alex impartiendo algunas materias de la maestría.
— ¡Qué gusto verlos! — saludó efusivamente, dándole un abrazo a Alex y dos besos en la mejilla a Alma, deteniéndose un segundo más de lo necesario.
Durante la cena, la conversación fluyó con naturalidad. Hablaron de trabajo, de los hijos ya universitarios, de la vida en Cuautitlán y Querétaro. Daniel era simpático, culto y tenía un sentido del humor ligero que hacía reír a Alma con facilidad.
Alex notaba cómo Daniel miraba a su esposa: sus ojos se desviaban constantemente hacia el escote, hacia sus caderas cuando se levantaba a traer algo de la cocina, y especialmente hacia sus piernas cuando cruzaba una sobre la otra.
Alma, por su parte, estaba más habladora de lo normal. El vino ayudaba. Sus mejillas morenas tenían un tono más rosado y sus ojos tiernos brillaban con una mezcla de nervios y excitación.
Después de la cena, pasaron a la sala. Alex sirvió otra ronda de vino. La luz era tenue y sonaba música suave de fondo.
Daniel, ya más relajado, miró a Alma y le dijo con una sonrisa:
— Debo confesarte algo, Alma. Siempre te he encontrado una mujer muy atractiva. Tienes una presencia… especial. Elegante, pero con algo muy sensual debajo.
Alma se sonrojó visiblemente y bajó la mirada, pero no pudo evitar sonreír.
— Gracias, Daniel… No estoy acostumbrada a que me digan esas cosas.
Alex intervino con voz calmada:
— Pues debería oírlo más seguido. Mi esposa es una mujer muy hermosa.
Hubo un momento de silencio cargado. Alma tomó un sorbo largo de vino y luego, sorprendiéndolos a los dos, dijo:
— La verdad es que Alex y yo hemos estado leyendo algunos relatos eróticos juntos… y últimamente hemos hablado de fantasías.
Daniel levantó una ceja, claramente interesado.
— ¿Ah sí? Suena interesante. ¿Puedo preguntar qué tipo de fantasías?
Alma miró a Alex buscando apoyo. Él asintió suavemente con la cabeza, dándole permiso para continuar.
— Fantasías… donde yo estoy con otro hombre — confesó Alma, con la voz un poco temblorosa pero clara—. Y Alex mira.
Daniel se quedó callado un segundo, procesando la información. Luego sonrió con una mezcla de sorpresa y excitación.
— Vaya… Eso es muy valiente de tu parte, Alma. Y muy excitante también.
La tensión en la sala subió de golpe. Alma sentía el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Alex tenía una erección evidente.
Daniel se inclinó un poco hacia adelante y preguntó con voz más baja:
— ¿Y tú, Alma? ¿Te excita la idea de que otro hombre te toque… mientras tu esposo mira?
Alma respiró profundo. Sus ojos tiernos se encontraron con los de Daniel.
— Me da vergüenza admitirlo… pero sí. Me excita.
El silencio que siguió fue denso y eléctrico.
Daniel miró a Alex, como pidiendo permiso. Alex solo asintió ligeramente.
Entonces Daniel se levantó, se acercó lentamente a Alma y le extendió la mano. Ella la tomó y se puso de pie frente a él.
Con mucho cuidado, Daniel le acarició la mejilla y luego inclinó la cabeza para besarla.
Fue un beso suave al principio… pero pronto se volvió más profundo. Alma respondió, primero con timidez, luego con más pasión. Sus lenguas se encontraron mientras las manos de Daniel bajaban por su cintura hasta posarse en sus caderas generosas.
Alex los observaba sentado en el sillón, con la respiración agitada y el corazón a mil por hora. Ver a su esposa de 48 años besando a otro hombre con esa intensidad le provocaba una excitación brutal.
Cuando separaron sus labios, Alma tenía los ojos brillantes y las mejillas encendidas. Miró a Alex y le dijo con voz entrecortada:
— ¿Estás bien, mi amor?
— Estoy más que bien — respondió él con voz ronca.
Daniel sonrió y le susurró a Alma:
— Eres una mujer increíble… y muy besable.
Alma soltó una risita nerviosa, pero no se apartó.
La noche apenas estaba comenzando.
El jueves llegó más rápido de lo que Alex esperaba.
Durante toda la semana, la tensión sexual en la casa había sido palpable. Alma y Alex habían tenido sexo casi todas las noches, y en cada ocasión Alma se ponía uno de sus enterizos negros o combinaciones con medias del mismo color. Cabalgaba a Alex con más decisión, más fuerza y con una mirada diferente: más segura, más curiosa.
Esa tarde, mientras se arreglaba, Alma estaba visiblemente nerviosa.
Se había puesto un vestido negro ajustado, de manga larga y largo hasta las rodillas, pero con un escote discreto que dejaba ver la curva superior de sus pechos. Debajo llevaba un enterizo negro de encaje transparente y unas medias negras hasta el muslo. Se miró varias veces en el espejo, acomodándose los bucles negros con algunas canas.
— ¿Estoy bien? — preguntó, girando frente a Alex.
— Estás preciosa — respondió él, acercándose por detrás y abrazándola por la cintura—. Y muy sexy. Daniel no va a poder quitarte los ojos de encima.
Alma soltó un suspiro nervioso.
— No sé si estoy haciendo lo correcto… Es solo una cena, ¿verdad?
— Solo una cena — confirmó Alex, besándole el cuello—. Si no te sientes cómoda, paramos en cualquier momento. Tú decides todo.
A las ocho en punto sonó el timbre.
Daniel llegó con una botella de vino tinto y una sonrisa carismática. Era un hombre de 45 años, alto, de complexión atlética, cabello corto entrecano y una presencia segura pero agradable. Trabajaba con Alex impartiendo algunas materias de la maestría.
— ¡Qué gusto verlos! — saludó efusivamente, dándole un abrazo a Alex y dos besos en la mejilla a Alma, deteniéndose un segundo más de lo necesario.
Durante la cena, la conversación fluyó con naturalidad. Hablaron de trabajo, de los hijos ya universitarios, de la vida en Cuautitlán y Querétaro. Daniel era simpático, culto y tenía un sentido del humor ligero que hacía reír a Alma con facilidad.
Alex notaba cómo Daniel miraba a su esposa: sus ojos se desviaban constantemente hacia el escote, hacia sus caderas cuando se levantaba a traer algo de la cocina, y especialmente hacia sus piernas cuando cruzaba una sobre la otra.
Alma, por su parte, estaba más habladora de lo normal. El vino ayudaba. Sus mejillas morenas tenían un tono más rosado y sus ojos tiernos brillaban con una mezcla de nervios y excitación.
Después de la cena, pasaron a la sala. Alex sirvió otra ronda de vino. La luz era tenue y sonaba música suave de fondo.
Daniel, ya más relajado, miró a Alma y le dijo con una sonrisa:
— Debo confesarte algo, Alma. Siempre te he encontrado una mujer muy atractiva. Tienes una presencia… especial. Elegante, pero con algo muy sensual debajo.
Alma se sonrojó visiblemente y bajó la mirada, pero no pudo evitar sonreír.
— Gracias, Daniel… No estoy acostumbrada a que me digan esas cosas.
Alex intervino con voz calmada:
— Pues debería oírlo más seguido. Mi esposa es una mujer muy hermosa.
Hubo un momento de silencio cargado. Alma tomó un sorbo largo de vino y luego, sorprendiéndolos a los dos, dijo:
— La verdad es que Alex y yo hemos estado leyendo algunos relatos eróticos juntos… y últimamente hemos hablado de fantasías.
Daniel levantó una ceja, claramente interesado.
— ¿Ah sí? Suena interesante. ¿Puedo preguntar qué tipo de fantasías?
Alma miró a Alex buscando apoyo. Él asintió suavemente con la cabeza, dándole permiso para continuar.
— Fantasías… donde yo estoy con otro hombre — confesó Alma, con la voz un poco temblorosa pero clara—. Y Alex mira.
Daniel se quedó callado un segundo, procesando la información. Luego sonrió con una mezcla de sorpresa y excitación.
— Vaya… Eso es muy valiente de tu parte, Alma. Y muy excitante también.
La tensión en la sala subió de golpe. Alma sentía el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Alex tenía una erección evidente.
Daniel se inclinó un poco hacia adelante y preguntó con voz más baja:
— ¿Y tú, Alma? ¿Te excita la idea de que otro hombre te toque… mientras tu esposo mira?
Alma respiró profundo. Sus ojos tiernos se encontraron con los de Daniel.
— Me da vergüenza admitirlo… pero sí. Me excita.
El silencio que siguió fue denso y eléctrico.
Daniel miró a Alex, como pidiendo permiso. Alex solo asintió ligeramente.
Entonces Daniel se levantó, se acercó lentamente a Alma y le extendió la mano. Ella la tomó y se puso de pie frente a él.
Con mucho cuidado, Daniel le acarició la mejilla y luego inclinó la cabeza para besarla.
Fue un beso suave al principio… pero pronto se volvió más profundo. Alma respondió, primero con timidez, luego con más pasión. Sus lenguas se encontraron mientras las manos de Daniel bajaban por su cintura hasta posarse en sus caderas generosas.
Alex los observaba sentado en el sillón, con la respiración agitada y el corazón a mil por hora. Ver a su esposa de 48 años besando a otro hombre con esa intensidad le provocaba una excitación brutal.
Cuando separaron sus labios, Alma tenía los ojos brillantes y las mejillas encendidas. Miró a Alex y le dijo con voz entrecortada:
— ¿Estás bien, mi amor?
— Estoy más que bien — respondió él con voz ronca.
Daniel sonrió y le susurró a Alma:
— Eres una mujer increíble… y muy besable.
Alma soltó una risita nerviosa, pero no se apartó.
La noche apenas estaba comenzando.
0 comentarios - Relato de Alma y Alex 3