Gracias al amigo Maaxiua que comento el ultimo post me volvio a motivar en continuar con la historia, comenten por favor, denme ideas de alguna escena que quieran y con gusto la redacto. Bueno sin mas por el momento les dejo el capitulo 6
Mauricio abrió la puerta principal con su hijo pequeño de la mano. Apenas entró a la sala, el olor lo golpeó como una bofetada: un hedor fuerte, espeso y desagradable a sudor maduro mezclado con sexo reciente. El aire estaba cargado.
Allí estaba Severo, de pie junto al sofá, apenas cerrándose el pantalón con una mano. Su camisa estaba tirada en el suelo, completamente abierta y arrugada. El torso robusto, moreno y sudado brillaba bajo la luz. Su verga aún formaba un bulto evidente dentro del pantalón.
Mauricio se quedó paralizado. Su mente armó la escena al instante: Severo acababa de tener sexo con su hermana Diana. El olor, la ropa tirada, la expresión satisfecha de Severo… todo encajaba.
Mauricio decidió no indagar. Sabía que era cosa de pareja, cada pareja disfrutaba de su sexualidad a su manera. Respiró profundo y fingió normalidad.
—Severo… —dijo con voz tensa—. ¿Puedes decirle a mi hermana que necesito hablar con ella? Es importante, —Dio media vuelta dirigiéndose a su recamara.
—Diana no está en casa —respondió sin titubear—. Salió hace un rato.
Mauricio se detuvo y volvió a mirar a Severo. —¿No está? —preguntó, intentando mantener la calma—. ¿Quién está más en casa?
Severo terminó de abrocharse el pantalón con calma, se encogió de hombros y sonrió con una expresión burlona.
—Solo estamos Daniela y yo.
Mauricio sintió una nueva puñalada en el pecho. Su corazón se aceleró. Se negaba a pensar que Daniela pudiera haber estado aquí con su cuñado.
Pero en ese momento, el hijo pequeño de Mauricio, que había estado mirando alrededor, se agachó y recogió algo del suelo, cerca del sofá.
—Papá… ¿no es esta la blusa de mamá? —preguntó el niño inocentemente, levantando la blusa blanca que se veía húmeda de sudor.
Mauricio la reconoció al instante. Era la misma blusa que Daniela se había puesto esta mañana. Se la había visto claramente cuando se despidió de ella antes de salir.
El mundo se le vino encima.
Miró a Severo con una rabia contenida y profunda. Sus ojos ardían de furia y humillación.
Severo solo le devolvió una sonrisa burlona, sin decir una palabra. Esa sonrisa era peor que cualquier confesión.
Mauricio no se atrevió a confrontarlo. Conocía muy bien a Severo, era un hombre violento además de que su hijo estaba presente, no quería armar un alboroto. Apretó los puños, tragó saliva y subió rápidamente las escaleras hacia la habitación, con el corazón latiéndole con fuerza.
Abrió la puerta de la habitación y encontró a Daniela de espaldas, terminando de abotonarse otra blusa que acababa de ponerse. Aún tenía el cabello revuelto y las mejillas ligeramente sonrojadas.
Daniela se giró al oírlo entrar y fingió sorpresa.
—Mauricio… ya llegaste —dijo con una sonrisa nerviosa.
Mauricio se quedó en la puerta, mirándola en silencio.
—Mauricio… ¿qué pasa? —preguntó ella, intentando sonar natural.
Él la miró fijamente durante varios segundos, con la mandíbula apretada y los ojos llenos de rabia contenida.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó con voz baja pero firme.
Daniela parpadeó con inocencia fingida.
—¿A qué te refieres, amor?. Estaba cambiándome de ropa porque…
Mauricio la interrumpió, dando un paso hacia ella.
—Encontré a Severo en la sala casi desnudo, con la camisa tirada en el suelo, la casa entera huele a sexo… y solo estaban ustedes solos.
Daniela tragó saliva, visiblemente nerviosa, pero intentó mantener la compostura.
—Mauricio, no sé de qué estás hablando. Yo estaba en mi habitación y…
En ese momento, su hijo pequeño entró con algo en la mano.
—Mamá, mira… encontré tu blusa en la sala —dijo el niño inocentemente, extendiendo la blusa blanca de tirantes que Daniela había dejado olvidada.
Mauricio miró la blusa y luego a Daniela. Su rostro se endureció aún más.
—Hijo, ve a tu habitación un rato —ordenó Mauricio con voz tensa pero controlada—. Papá y mamá tienen que hablar.
El niño obedeció sin protestar y salió de la recamara.
Mauricio se acercó más a Daniela, sosteniendo la blusa en la mano como prueba.
—¿Me vas a seguir mintiendo? —preguntó con la voz temblando de rabia—. Esta es la blusa que te pusiste esta mañana. Te la vi cuando me despedí de ti antes de salir. ¿Cómo terminó tirada en la sala si tú estabas “cambiándote en tu habitación”?
Daniela se puso nerviosa. Su respiración se aceleró y miró hacia otro lado, buscando desesperadamente una excusa.
—Es que… yo… bajé un momento a la sala y… se me cayó la blusa sin querer. Estaba buscando algo y… no sé, debe haberse quedado ahí. No es lo que estás pensando, Mauricio. Te lo juro.
Mauricio soltó una risa amarga y llena de dolor.
—¿No es lo que estoy pensando? ¿Entonces por qué Severo estaba medio desnudo, por qué la casa huele a sexo y por qué tú estás aquí nerviosa, inventando excusas estúpidas?
Daniela se mordió el labio, visiblemente alterada, pero siguió intentando defenderse.
—Mauricio, por favor… estás exagerando. Severo estaba trabajando, quizás se estaba cambiando la ropa… y yo solo bajé a buscar una cosa. No pasó nada entre nosotros. Tienes que creerme.
Mauricio la miró en silencio durante unos segundos largos, con los ojos llenos de decepción y rabia contenida.
—No sé si creerte… quizás fue un error haber venido —murmuró finalmente, dejando caer la blusa sobre la cama.
Se dio la vuelta y salió de la habitación sin decir una palabra más, dejando a Daniela sola, nerviosa y con el corazón latiéndole con fuerza.
Diana regresó a la casa cargada con algunas bolsas del supermercado. Apenas abrió la puerta principal, el olor fuerte y penetrante la golpeó: una mezcla pesada de sudor masculino, sexo reciente y el característico aroma de Severo.
En la sala, Severo estaba sentado en el sofá viendo la televisión, tomándose las cervezas que había destapado, con la camisa abierta y el torso aún sudado.
Fernando arrugó la nariz al entrar a la sala.
—Joder… ¿qué es ese olor tan asqueroso? —dijo el chico, haciendo una mueca—. Huele a… no sé, algo podrido.
Severo soltó una risa grave sin decir nada ni apartar la vista de la pantalla.
—Yo mejor me voy a mi cuarto.
Subió las escaleras rápidamente, dejando solos a sus padres.
Diana dejó las bolsas en la mesa y se acercó a Severo con una mirada inquisitiva.
—¿Qué pasó? —preguntó en voz baja—. ¿Lograste avanzar con Daniela?
Severo sonrió con satisfacción y metió la mano en el bolsillo de su pantalón. Sacó la diminuta tanga roja de hilo dental de Daniela y se la mostró, colgándola de un dedo.
—Esto es lo que logré —dijo con orgullo.
Diana miró la tanga con los ojos muy abiertos, una mezcla de sorpresa y excitación.
—¿Te la cogiste? —preguntó casi en un susurro.
Severo hizo una mueca de fastidio y guardó la tanga de nuevo.
—No… el maldito de tu hermano llegó justo cuando estaba a punto de metérsela. Nos interrumpió. Estuve a segundos de follármela en este mismo sofá.
Diana se sentó a su lado, claramente intrigada.
—Entonces el chantaje… ¿Funcionó? ¿La amenazaste con contarle todo a Mauricio?
Severo soltó una risa baja y negó con la cabeza.
—No fue necesario. Daniela es una verdadera zorra. Se entregó rapidísimo. Solo tuve que enseñarle la verga, y ya tenía las piernas abiertas jaja… es una perra que anda en celo.
Diana se sorprendió, no pensaba que su cuñada fuera una mujer tan facil, sabía muy bien que su marido no tenía nada de atractivo y aun así había logrado casi follarsela, no hubo necesidad de chantaje, se alegró pensando que muy pronto ella también podría estar disfrutando del cuerpo de su cuñada.
Mientras tanto, en el baño de arriba…
Daniela estaba bajo la ducha, dejando que el agua caliente corriera por su cuerpo. Aún estaba sumamente caliente. Sentía el coño palpitando y los pechos sensibles después de lo que había pasado con Severo. Se pasó las manos por el cuerpo, recordando cómo él la había tocado, cómo la había besado, el sabor de esa enorme verga que había estado a punto de penetrarla.
Fue un error… pensó, cerrando los ojos. No debí dejar que llegara tan lejos… es detestable, es grosero y feo.
Aunque su cuerpo no podria negar lo mucho que había disfrutado. El olor fuerte de Severo, su forma bruta y dominante, su verga enorme… todo la había encendido como pocas veces.
Pero ahora necesitaba bajarse esa calentura que le había quedado. Sabía que con su marido era imposible hacer eso, él nunca había sido bueno en la cama, además de que su pene apenas llegaba a los 8 centímetros en estado de erección, y para rematar estaba molesto con ella.
Cerró el grifo, se envolvió en una toalla y se miró al espejo. Su mente ya estaba trabajando.
Alfonso… pensó. Necesito meterme a la cama con él lo antes posible.
Comenzó a maquinar un plan en silencio mientras se secaba. Sabía que tendría que ser sutil, pero decidida. No quería esperar más.
A la mañana siguiente, Daniela despertó con una determinación absoluta.
Hoy me voy a acostar con Alfonso… a como dé lugar.
No quería esperar más. Se tomó su tiempo para arreglarse con esmero. Se maquilló hermosa como siempre: sombra que resaltaba sus ojos claros, rubor suave en las mejillas y, especialmente, un labial rojo intenso y brillante que hacía que sus labios gruesos se vieran irresistibles.
Se puso un top rosa ajustado, escotado, sin mangas, dejando ver su hermoso ombligo, se pegaba a sus pechos y dejaba ver un generoso canalillo. Abajo eligió una minifalda tableada negra muy corta y suelta, que se movía con cada paso y apenas cubría la mitad de sus muslos. Completó el look con unos tacones rosas con plataforma que alargaban sus piernas y acentuaban su contoneo.
Se miró al espejo y sonrió satisfecha. Se veía más sexy y provocativa que de costumbre.

Bajó las escaleras con paso seguro y sensual. Se encontró con Diana en la cocina.
Diana, al verla, abrió los ojos con sorpresa y una sonrisa admirada.
—Vaya, Daniela… —dijo Diana, recorriéndola con la mirada—. Te ves espectacular hoy. Ese top rosa te queda increíble, resalta todo… y esa minifalda tableada te hace lucir esas piernas tan torneadas que tienes.
Diana se acercó un poco más y añadió con un tono más bajo y juguetón:
—Estás realmente hermosa. No sé cómo haces para verte tan bien incluso en casa.
Daniela se sorprendió gratamente por la reacción amable y halagadora de su cuñada.
—Gracias, Diana —respondió con una sonrisa—. Solo quise sentirme cómoda y bonita hoy.
En ese momento, entró a la sala buscando a su hermana.
—Diana, ¿has visto mi…?
Se detuvo en seco al ver a Daniela.
Sus ojos se abrieron como platos. Se quedó literalmente con la boca abierta, recorriendo el cuerpo de su cuñada: el top rosa escotado que marcaba sus pechos, la minifalda tableada negra tan corta que dejaba ver gran parte de sus piernas, y los tacones rosas con plataforma que la hacían lucir aún más alta y sensual.
Tragó saliva con dificultad, visiblemente impactado y nervioso.
Daniela lo miró directamente a los ojos y le dedicó una sonrisa coqueta, lenta y seductora.
—Hola, Alfonso… —dijo con voz suave y melosa.
Alfonso no pudo responder de inmediato. Solo logró balbucear un débil:
—Ho… hola, Daniela —balbuceó, con la voz entrecortada y las mejillas enrojecidas.
Daniela sonrió con dulzura y se acercó a la mesa, contoneando las caderas de forma natural.
—Buenos días —respondió con voz suave y coqueta, mirando directamente a Alfonso—. Y a ti te gusta como me arregle hoy.
—He… sí… te ves bien —respondió tímidamente.
—¿Solo bien? —preguntó ella con tono inocente pero coqueto—. Te noto un poco nervioso esta mañana.
Alfonso tragó saliva de nuevo y se removió incómodo en su silla.
—Te ves muy bien… Daniela —respondió tartamudeando.
Diana sonrió con complicidad, disfrutando de la situación.
Daniela, por su parte, mantenía su sonrisa seductora, disfrutando del evidente nerviosismo de Alfonso.
—Diana, ¿puedes acompañarme un momento? Necesito revisar unas cosas en el garaje —dijo con voz tensa.
Diana asintió, lanzando una última mirada a Daniela antes de levantarse.
—Claro, vamos.
Los dos salieron de la cocina, dejando sola a Daniela.
Daniela suspiró y se dirigió a la encimera para preparar su desayuno. Comenzó a cortar fruta y a servirse un vaso de jugo, intentando calmar la excitación que sentía después de coquetear con Alfonso.
De repente, unos brazos fuertes y calientes la rodearon por la cintura y un cuerpo grande y pesado se pegó completamente contra su espalda.
Era Severo.
Sintió inmediatamente su erección dura y gruesa presionando con fuerza contra sus pompas, separadas solo por la fina tela de la minifalda tableada negra.
—Que rica te ves hoy, Daniela… —le susurró Severo al oído con voz ronca, apretándola más contra él—. Esa minifalda tan corta y ese top rosa… ufff, te hacen ver tan zorra.

Daniela se puso muy nerviosa. Su corazón comenzó a latir con fuerza y trató de separarse un poco, pero Severo la tenía bien sujeta.
—Severo… por favor… —dijo con voz temblorosa—. Esto no está bien.
—Ayer no decias eso mientras te comía la concha.
Lo de ayer fue un error… no puede volver a suceder.
Severo mantuvo sus manos firmes en la cintura de ella y rozó su nariz contra su cuello, inhalando su perfume.
—No creo que haya sido un error… me di cuenta como disfrutaste de mi verga —murmuró, presionando más su erección contra sus pompas—. Pero dejamos algo pendiente.
Daniela intentó girarse para apartarlo, pero Severo era mucho más fuerte. Su cuerpo grande la mantenía atrapada contra la encimera.
—Severo, basta… —insistió ella, aunque su voz ya no sonaba tan convincente—. Alguien puede entrar en cualquier momento.
Severo sonrió contra su cuello y apretó sus caderas contra las de ella una vez más, dejando que sintiera claramente lo duro que estaba.
—Solo están Alfonso y Diana en la casa… están ocupados, no nos van a molestar —susurró.
Daniela cerró los ojos un segundo, sintiendo la erección de Severo presionando contra su culo y su aliento caliente en su cuello.
—Esto no puede seguir… —susurró ella.
Esta vez se mantuvo firme. Puso ambas manos sobre los antebrazos de Severo y empujó con más fuerza, intentando separarse.
—Severo, basta —dijo con voz más firme y decidida—. Ya te lo dije ayer… esto no puede seguir. Fue un error y no va a volver a pasar. Suéltame.
Intentó girarse y apartarse, pero Severo era mucho más fuerte. La mantuvo pegada contra la encimera, sin dejarla escapar.
—Vamos, Daniela… —murmuró él contra su cuello, sin aflojar el abrazo—. No te hagas la difícil ahora. Ayer te gustó… sé que te gustó.
Daniela empujó con más energía, poniendo las dos manos sobre el pecho de Severo y presionando con fuerza para alejarlo.
—Te estoy diciendo que no —repitió con tono más serio y cortante—. Suéltame ahora mismo. Si no voy a gritar. No quiero seguir con esto.
Severo soltó una risa baja, pero finalmente aflojó un poco el abrazo, aunque no la soltó del todo. Sus manos seguían en su cintura, manteniéndola cerca.
—Está bien… está bien —dijo con una sonrisa arrogante—. No te voy a obligar… pero sabes tan bien como yo que tú también lo quieres.
Daniela aprovechó el momento para apartarse completamente. Se giró hacia él, con el rostro serio y la respiración agitada.
—No, Severo. No lo quiero. Fue un error de un momento y ya está. No va a volver a pasar —dijo con claridad, mirándolo a los ojos—. Por favor, respétame.
Severo la miró durante unos segundos, todavía con esa sonrisa confiada, pero finalmente levantó las manos en señal de rendición.
—Como quieras, Daniela… —respondió con tono burlón—. Pero cuando cambies de opinión… ya sabes dónde encontrarme.
Daniela no respondió. Solo se arregló la minifalda y la blusa con manos temblorosas y salió de la cocina, dejando a Severo solo. El sonido de sus tacones se alejó por el pasillo.
Severo se quedó solo en la cocina, de pie, con la respiración pesada y los puños cerrados a los costados.
¿Qué mierda fue eso?
La rabia le subió por el pecho como un fuego lento. Se pasó una mano por la cara, todavía sintiendo el calor de la piel de Daniela en sus dedos. Su verga seguía dura dentro del pantalón, palpitando de frustración.
Quien se cree esa puta para rechazarme? Ayer me chupaba la verga como una desesperada y hoy me dice que “fue un error”…
La idea le quemaba. No esperaba que Daniela se portara así después de lo que sucedió ayer entre ellos, después de haberla tocado, después de haber sentido cómo se mojaba. Daniela había estado a punto de ceder, solo bastaba empujar su cadera para penetrarla y comenzar a cogersela. Pero hoy parecía otra… lo había rechazado tajantemente, como si fuera un perro callejero.
Severo soltó una risa corta y amarga, llena de furia.
Caminó de un lado a otro de la cocina. El rechazo le dolía en el orgullo más que en cualquier otra parte.
Me tiene loco desde el primer día. Ese culo, esas tetas, esa forma de caminar… y ahora me sale con que “no puede ser”.
Se detuvo frente a la encimera y apretó los puños con fuerza. La rabia se mezclaba con el deseo. Aún podía oler el perfume de Daniela en el aire. Recordaba perfectamente cómo había respondido al beso, cómo había gemido cuando le chupo las tetas, cómo su coño estaba mojado cuando metió los dedos bajo la minifalda.
Estaba caliente. Lo sé. Estaba mojada por mí. Y ahora se hace la santa.
Severo sonrió con rabia y arrogancia.
Esto no se va a quedar así. Esa zorra va a ser mía, Voy a cogérmela. Cueste lo que cueste. La voy a hacer mía. Y cuando lo haga, voy a hacer que me ruegue que no pare.
Se ajustó la erección dentro del pantalón con la mano, todavía dura y dolorida por la frustración.
Severo respiró profundo, intentando calmar la rabia que le quemaba el pecho.
El rechazo de Daniela no lo había detenido.
Solo lo había enfurecido… y lo había puesto más decidido que nunca.
Después de lo sucedido Daniela espero en su recamara a que Severo se fuera a trabajar para no tener que encontrarse con él nuevamente. Cuando escucho que salió, inmediatamente salió a buscar a Alfonso, llegó al garaje donde aún seguía platicando con su hermana.
—Alfonso… —llamó con tono dulce y con un dedo en la forma de manera coqueta—. ¿Podrías ayudarme un momento? Necesito mover unos muebles en mi habitación y están muy pesados para mi.
Alfonso se puso nervioso, pero no pudo negarse.
—S-sí… claro —respondió, evitando mirarla directamente.
Diana observó la escena y notó la mirada seductora de Daniela y el evidente nerviosismo de su hermano. Sonrió con complicidad, pero no dijo nada.
Los dos subieron a la habitación de Daniela. Cuando llegaron a la puerta de la habitación de invitados, Daniela entró primero y, con un movimiento natural, cerró la puerta detrás de ellos. El clic del pestillo sonó suavemente en la habitación.
Alfonso se quedó de pie en medio del cuarto, visiblemente incómodo.
—¿Qué… qué muebles necesitas mover? —preguntó, mirando alrededor.
Daniela sonrió con dulzura y señaló el mueble del televisor, un pequeño rack bajo que claramente no necesitaba ser movido.
—Ese de ahí —dijo con voz suave y coqueta—. Quiero cambiarlo un poco de lugar, se ve mejor más hacia la ventana.
Alfonso miró el mueble. Era evidente que moverlo no tenía ningún sentido práctico, era algo trivial y sin importancia. Frunció el ceño por un segundo, pero no dijo nada. Se acercó, lo levantó sin esfuerzo y lo desplazó unos centímetros hacia la ventana.
—Ya está… —murmuró, limpiándose las manos en los pantalones—. Tengo que ir a terminar unas cosas en el garaje.
Se giró rápidamente hacia la puerta, claramente con intención de salir lo antes posible.
—Espera, Alfonso —dijo Daniela con voz suave pero firme, acercándose un paso—. No te vayas tan rápido. Quiero hablar contigo un momento.
Alfonso se detuvo, con la mano aún en la manija de la puerta. Su espalda se tensó.
—¿Sobre qué? —preguntó, sin girarse del todo.
Daniela dio otro paso más cerca, quedando a solo un metro de él.
—¿Has pensado en lo que platicamos la última vez? —preguntó con voz melosa—. Sobre que nos tratáramos más… sobre que no hubiera tanta distancia entre nosotros.
Alfonso tragó saliva con dificultad y miró hacia un lado.
—Daniela… yo… creo que eso no es una buena idea —balbuceó—. Mauricio es mi hermano y… yo no debería…
Daniela inclinó ligeramente la cabeza y lo miró con una expresión de fingida tristeza.
—¿Será que soy tan fea como para no querer conocerme? —preguntó con tono suave y coqueto, aunque claramente provocador.
Alfonso abrió los ojos sorprendido y negó rápidamente con la cabeza.
— ¡No! Claro que no —respondió de inmediato, con la voz nerviosa pero sincera—. Tú eres… muy hermosa, Daniela. Demasiado hermosa. No es eso.
Daniela sonrió con dulzura y se acercó aún más, hasta quedar a solo unos centímetros de él. Lentamente, tomó las manos de Alfonso entre las suyas, entrelazando sus dedos con delicadeza.

—¿De verdad lo crees? —preguntó con voz baja y tierna, volviendo a tomar las manos de Alfonso como en aquella ocasión.
Alfonso se puso aún más rojo. Sus manos temblaban ligeramente.
—Claro que sí —admitió casi en un susurro—. Eres… eres una mujer muy guapa.
Se pegó suavemente a él. Sus pechos rozaron el torso de Alfonso a través de la fina tela del top rosa. El contacto fue deliberado, cálido y provocador.
Alfonso bajó la mirada sin poder evitarlo. Sus ojos se clavaron en el escote profundo y en la forma en que sus pechos se presionaban contra él. Tragó saliva con fuerza.
—Eres tan… femenina —murmuró casi sin darse cuenta, con la voz entrecortada—. Tan linda… tan perfecta.
Daniela no soltó sus manos. Al contrario, las apretó un poco más y se inclinó ligeramente, haciendo que sus pechos se rozaran más contra su pecho.
—Entonces… ¿por qué me evitas? —susurró ella con voz suave y seductora, mirándolo a los ojos con intensidad—.
Alfonso estaba completamente rojo, con la respiración agitada y la mirada perdida entre los ojos de Daniela y el profundo escote de su top rosa. Sus manos seguían entre las de ella, sin atreverse a soltarse.
—No es que no quiera… es que no debo. —Admitió con voz ronca y temblorosa
Daniela sonrió con ternura y soltó una de sus manos para acariciarle suavemente la mejilla. Luego, sin darle tiempo a reaccionar más, se puso de puntillas, acercando su boca a los labios de él y lo besó.
Fue un beso lento al principio, suave y cálido. Sus labios gruesos y pintados de rojo se posaron sobre los de Alfonso con delicadeza, pero con clara intención. Alfonso se tensó un segundo, pero no se apartó. Poco a poco, sus labios comenzaron a responder. El beso se volvió más profundo cuando Daniela poso ambas manos en la nuca de él, inclinó la cabeza y rozó su lengua contra la de él.
Alfonso soltó un gemido ahogado y, finalmente, cedió un poco más. Sus manos subieron tímidamente hasta la cintura de Daniela y la sujetaron con suavidad, sin apartarla. Su respiración se volvió pesada contra la boca de ella.

Daniela sonrió en el beso, satisfecha, y lo besó con más pasión, enredando su lengua con la de él mientras sus pechos seguían presionados contra su torso.
Cuando separaron sus labios por un instante, Daniela lo miró a los ojos, con la respiración entrecortada y una sonrisa seductora.
—¿Ves? —susurró contra su boca—. No es tan malo… solo quiero estar más cerca de ti.
Alfonso estaba completamente perdido. Sus manos seguían en la cintura de Daniela, su mirada estaba nublada por el deseo y ya no intentaba alejarse.
Daniela volvió a estirar su cuello para volver a besarlo. Alfonso, que hasta ese momento había intentado resistirse, finalmente se rindió por completo. Sus manos que estaban en la cintura de Daniela la apretaron contra su cuerpo. Ya no había duda ni culpa en su toque; solo deseo. La atrajo más hacia él, pegándola contra su torso, sintiendo cómo sus pechos se presionaban contra él a través de la fina tela del top rosa.
Daniela soltó un gemido suave contra su boca y lo besó con más fuerza, mordiendo ligeramente su labio inferior. Sus manos bajaron por el cuello de Alfonso y se enredaron en su cabello, atrayéndolo aún más.
El beso se volvió salvaje, profundo y lleno de necesidad. Sus lenguas se enredaban con urgencia, sus respiraciones se mezclaban y sus cuerpos se pegaban cada vez más. Alfonso ya no pensaba en Mauricio, ni en su esposa, ni en nada. Solo existía Daniela: su olor, su calor, sus labios y la forma en que su cuerpo se movía contra el de él.
Daniela, sin separar sus labios de los de Alfonso, llevó las manos al pecho de él y comenzó a desabotonarle la camisa con dedos hábiles y ansiosos. Uno a uno, los botones fueron cediendo, revelando su torso atlético y definido.
Cuando terminó de desabotonar la camisa, se la quitó lentamente por los hombros, deslizándola por sus brazos fuertes. Se apartó apenas unos centímetros para contemplarlo. Sus ojos recorrieron el pecho marcado, los abdominales visibles y los brazos tonificados.
—Qué cuerpo tienes, Alfonso —susurró Daniela con voz ronca y admirativa, pasando las yemas de los dedos por su pecho—. Eres tan… fuerte, me encanta.
Alfonso respiraba agitado, claramente excitado y nervioso por el cumplido.
Daniela sonrió con picardía, tomó una de sus manos y entrelazó sus dedos con los de él.
—Ven… vamos a la cama —le dijo con voz suave pero decidida.
Lo guio hasta la cama, tomándolo de la mano. Cuando llegaron, Daniela lo miró a los ojos y le susurró:
—Recuéstate.
Alfonso obedeció, sentándose primero y luego acostándose de espaldas sobre la cama. Daniela se subió encima de él con lentitud, sentándose a horcajadas sobre sus caderas. Se inclinó hacia adelante y comenzó a besar y lamer su pecho y abdomen con deseo. Sus labios suaves y calientes recorrían su piel, bajando por el centro de su torso mientras su lengua trazaba líneas húmedas sobre sus abdominales.
Sus manos, al mismo tiempo, acariciaban sus brazos fuertes y su torso, sintiendo cada músculo bajo sus dedos.
Alfonso soltó un gemido bajo y cerró los ojos, sintiéndose en el cielo. Nunca había imaginado que Daniela fuera tan apasionada. Su cuerpo temblaba de placer y anticipación.
—Daniela… —murmuró con voz ronca.
Sin poder contenerse más, Alfonso subió las manos y le bajó el top rosa por los hombros, dejando sus pechos completamente expuestos. Sus manos grandes y cálidas los tomaron con deseo, acariciándolos, apretándolos suavemente y rozando sus pezones endurecidos con los pulgares.
Daniela soltó un gemido suave contra su pecho al sentir las manos de Alfonso sobre sus senos. Siguió besando y lamiendo su abdomen, bajando cada vez más.
Daniela subió más, besando el pecho y cuello de Alfonso, hasta llegar a su boca, comenzaron a besarse con creciente pasión en medio de la habitación. Ella, sin separar sus labios de los de él, bajó las manos hasta el cinturón de Alfonso y comenzó a desabrocharlo con dedos ansiosos.
Alfonso soltó un gemido ahogado contra su boca, pero no la detuvo.
En ese preciso instante, se abría la puerta principal de la casa en la planta baja.
Era Sandra, acababa de regresar, cansada de un dia pesado en el trabajo.
Subió las escaleras directamente hacia su habitación. Al entrar, no encontró a Alfonso. Frunció el ceño. Sabía que hoy él no había ido a trabajar y cuando era su día de descanso siempre se la pasaba en su recamara viendo alguna serie o leyendo.
—¿Alfonso? —llamó, pero no hubo respuesta.
Bajó nuevamente y se encontró con Diana en la sala.
—Diana, ¿has visto a Alfonso? —preguntó con tono serio.
Diana negó con la cabeza.
—No, no lo he visto desde hace un rato. ¿Por qué?
Sandra apretó los labios.
—¿Quién más está en la casa? —preguntó.
—Solo yo, Alfonso y Daniela —respondió Diana con naturalidad.
Sandra sintió un golpe en el pecho. Su expresión cambió a preocupación y furia contenida.
Esa puta no perdería el tiempo para acercarse a su marido…
Sin decir una palabra más, Sandra salió corriendo hacia la habitación de Daniela. Llegó a la puerta y giró la manija. Estaba cerrada con seguro.
—¡Alfonso! —gritó, golpeando la puerta con fuerza—. ¡Sé que estás ahí! ¡Abre la puerta!
Dentro de la habitación, Daniela y Alfonso se separaron de golpe. Ambos tenían la respiración agitada. Alfonso se apresuró a cerrarse el cinturón, tomó su camisa rápidamente y se la comenzó a abotonar, Daniela no se alarmó, solo se divertía con la situación, tenía el cabello revuelto y el labial en sus labios un tanto desalineado.
—¡Abre! —insistió Sandra, golpeando con más fuerza—. ¡Sé que están ahí!
Alfonso, pálido y nervioso, miró a Daniela. Ella solo le sonrió.
Alfonso terminó de abotonarse la camisa con torpeza y abrió la puerta.
Sandra entró como un huracán. Su mirada pasó de Alfonso (con la camisa desacomodada y el rostro enrojecido) a Daniela, que estaba sentada en la cama, con el cabello revuelto y una sonrisa burlona en los labios mientras se acomodaba el top rosa.
Sandra se quedó sin palabras por un segundo, pero luego explotó:
—¿Qué demonios estaban haciendo aquí? —gritó, con la voz llena de rabia y dolor—. ¡Y no te atrevas a mentirme, Alfonso! ¡Y tú… tú, puta barata!, te advertí que no te acercaras a mi esposo ¿No te bastó con follarte al hijo de Diana?
Daniela no dijo nada. Solo mantuvo esa sonrisa burlona y desafiante, acomodándose el top con lentitud, como si nada hubiera pasado.
Alfonso, completamente desarmado, solo pudo balbucear:
—Sandra, por favor… no es lo que piensas. Solo estábamos… hablando. Daniela me pidió ayuda con unos muebles y…
—¡Cállate! —lo interrumpió Sandra, con los ojos llenos de lágrimas de furia—. ¿Crees que soy estúpida?, ¡Mírate como tienes la camisa y ella vestida como una prostituta!, claramente algo pasó aquí.
Daniela, en lugar de asustarse o avergonzarse, se cruzó de brazos lentamente y sonrió con esa expresión burlona y desafiante que tanto enfurecía a Sandra.
—¿Ya terminaste de gritar? —preguntó Daniela con voz calmada y fría—. No sé de qué estás hablando, Sandra. Alfonso solo me estaba ayudando a mover un mueble. Si tu mente sucia imagina otra cosa, eso es problema tuyo, no mío.
Sandra dio un paso más hacia ella, temblando de ira.
—¡No te hagas la inocente! ¡Sabes que se lo de Fernando! ¡Eres una puta que se abre de piernas con tan solo ver una verga!
Alfonso intentó intervenir, poniéndose entre las dos.
—Sandra, basta… por favor. No grites. Diana está abajo y…
—¡No me digas que me calle! —le espetó Sandra, empujándolo ligeramente—. ¡Esta perra es una cualquiera! ¡Por si no lo sabías entérate de una vez, la muy puta se folló a tu sobrino y ahora te quiere a ti! ¿No te das cuenta?
Daniela soltó una risa baja y fría, mirándola con superioridad.
—Sandra… si tanto te preocupa tu marido, deberías aprender a follártelo mejor. Tal vez así no estaría tan desesperado mirandome tanto
—¡Eres una puta sin vergüenza! —gritó, dando un paso más hacia Daniela—. ¡Te voy a partir la cara!
Sin pensarlo dos veces, Sandra levantó la mano derecha y la lanzó con fuerza hacia el rostro de Daniela, buscando abofetearla.
Mauricio reaccionó con rapidez y agarró el brazo de Sandra en el aire, deteniendo el golpe a solo centímetros de la cara de Daniela.
—¡Sandra, basta! —ordenó Mauricio con voz fuerte y autoritaria, sujetándola con firmeza—.
Sandra forcejeó furiosa, intentando liberarse.
—¡Suéltame! ¡Esta zorra se merece una buena cachetada! ¡O acaso la vas a defender!
En ese preciso instante, Diana apareció en la puerta de la habitación, alertada por los gritos. Se quedó paralizada al ver la escena: Sandra forcejeando con Alfonso, Daniela de pie con expresión serena pero tensa.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Diana, con los ojos muy abiertos y la voz alarmada.
Sandra, aún retenida por Alfonso, señaló a Daniela con la mano libre, gritando:
—¡Pregúntale a tu cuñada! ¡Es una puta! ¡Se acostó con tu hijo y ahora estaba aquí intentando seducir a mi marido! ¡Los encontré casi desnudos!
Diana miró a Daniela con una expresión indescifrable. No parecía sorprendida por la acusación sobre Fernando, pero sí por la intensidad del momento. Su mirada se suavizó un poco al posarse en Daniela, casi con un toque de complicidad.
Daniela, por su parte, no se inmutó. Mantuvo la postura erguida, con una sonrisa calmada y ligeramente burlona en los labios. No parecía asustada ni avergonzada.
—Sandra está exagerando, Diana —respondió Daniela con voz tranquila y clara, sin levantar el tono—. Solo estábamos hablando. Alfonso me estaba ayudando con un mueble y Sandra entró gritando como loca. No pasó nada.
Sandra soltó una risa sarcástica y llena de rabia.
—¡Claro! ¡Solo “hablando”! ¡Con la camisa de mi marido que se nota que se la acaba de poner y tú acomodandote ese pedazo de tela que apenas cubre tus asquerosos pechos que no dejas de exhibirlos!... ¡No soy idiota!
Diana miró a su hermano, quien seguía sujetando a Sandra, y luego volvió a mirar a Daniela. Su expresión era una mezcla de sorpresa, preocupación y algo más difícil de leer.
—Todos cálmense —dijo Diana con voz autoritaria, intentando tomar control de la situación—. Gritar no va a resolver nada. Alfonso, suelta el brazo de Sandra. Daniela, explícame qué está pasando realmente.
Daniela miró a Diana directamente a los ojos y respondió con calma y seguridad:
—No pasó nada, Diana. Sandra está imaginando cosas porque me tiene celos desde que llegué. Eso es todo.
Diana miró Sandra. Luego habló con voz calmada pero firme:
—Sandra, ya basta. Esto no se resuelve a golpes. Por favor, cálmate.
Sandra soltó un sollozo de rabia, se liberó del agarre de Alfonso y salió de la habitación hecha una furia.
Alfonso la siguió inmediatamente, preocupado.
—Sandra, espera… —dijo mientras corría detrás de ella.
La habitación quedó en silencio. Solo quedaron Diana y Daniela.
Daniela respiró hondo y miró a Diana con expresión seria.
—Diana… sobre lo de Fernando —empezó Daniela, con la voz algo temblorosa—. Yo…
Diana la interrumpió.
—No es necesario que me expliques nada, Daniela —dijo Diana con tono calmado y sorprendentemente comprensivo—. Ya lo sabía. Los vi aquel día.
Daniela se quedó muda, sorprendida.
Diana continuó con una sonrisa serena:
—Sé que te acostaste con mi hijo. Y aunque me sorprendió mucho… lo entiendo. Fernando ya es un hombre. Es normal que se sienta muy atraído hacia ti. Eres una mujer muy hermosa y sensual. Cualquier hombre en su lugar habría perdido la cabeza de la misma manera.
Hizo una pausa y miró a Daniela directamente a los ojos.
—Pero no debe volver a pasar. Fernando ahora es tu sobrino. Y si mi hermano se entera… se puede armar un gran alboroto.
Daniela asintió lentamente, aliviada pero aún nerviosa.
—No te preocupes, Diana. Te prometo que no volverá a pasar.
Diana solo sonrió con una expresión que Daniela no supo descifrar del todo y salió de la habitación, dejando a Daniela sola con sus pensamientos.
Esa noche, la cena fue extraña y tensa.
Solo estaban sentados a la mesa: Severo, Diana, Daniela y el hijo pequeño de Daniela. Fernando no se encontraba en casa, había ido a un viaje con algunos amigos por parte del colegio y regresaría hasta mañana, Sandra y Alfonso se habían quedado en su habitación contigua, probablemente discutiendo sobre lo que había ocurrido.
El ambiente era incómodo. Nadie hablaba mucho. Fernando miraba directamente a Daniela. Diana comía en silencio, lanzando ocasionales vistazos a su cuñada. Severo, en cambio, parecía el más relajado de todos, mirándole con descaro el escote de Daniela.
De pronto, el celular de Daniela sonó sobre la mesa. Ella lo tomó y vio que era Mauricio.
—Hola, amor —respondió.
La voz de Mauricio sonaba cansada al otro lado de la línea:
—Daniela, soy yo. No voy a llegar a dormir esta noche. Tengo una cirugía de emergencia que debo atender. Es complicada y me voy a quedar en el hospital. Cuídate, ¿sí?
—Está bien… cuídate tú también —respondió ella con voz suave.
Colgó la llamada y miró a los presentes en la mesa.
—Era Mauricio —anunció—. Me avisó que no va a llegar a dormir esta noche. Tiene una cirugía de emergencia.
En cuanto terminó de decirlo, una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en el rostro de Severo. Sus ojos brillaron con un destello de malicia mientras miraba a Daniela.
—Vaya… qué lástima —dijo Severo con tono fingidamente compasivo, aunque la sonrisa no desaparecía de su cara—. Entonces esta noche dormirás solita.
Diana miró a su esposo, notando perfectamente la expresión de Severo.
Daniela sintió un escalofrío con las palabras de Severo. Sabía que Severo era un hombre arriesgado pero confiaba en que no podría hacer nada estando Diana en casa.
La cena continuó en un silencio aún más denso, pero ahora cargado de una expectativa peligrosa.
Severo no dejaba de mirar a Daniela de vez en cuando, con esa sonrisa confiada que decía mucho más que cualquier palabra.
La cena terminó, Severo y Diana se retiraron a su habitación.
Ya estando acostados Diana comentó.
—Es una lástima que no estemos solos con Daniela —dijo Diana en voz baja—. Si Alfonso, Sandra y el niño no estuvieran, podríamos poner en marcha nuestro plan. Imagínate… ahorita estaríamos los tres juntos en la cama. Sería perfecto.
Severo sonrió y le siguió la corriente, acostándose a su lado.
—Sí… sería nuestra oportunidad perfecta —respondió él, aunque en su mente ya tenía otros planes—. Quién sabe, tal vez pronto se presente la oportunidad.
Pasaron los minutos y Diana cayó dormida. El reloj marcaba las 12:15 am. Severo sabía perfectamente que Diana tenía el sueño pesado, nada la despertaba. Era com
Mauricio abrió la puerta principal con su hijo pequeño de la mano. Apenas entró a la sala, el olor lo golpeó como una bofetada: un hedor fuerte, espeso y desagradable a sudor maduro mezclado con sexo reciente. El aire estaba cargado.
Allí estaba Severo, de pie junto al sofá, apenas cerrándose el pantalón con una mano. Su camisa estaba tirada en el suelo, completamente abierta y arrugada. El torso robusto, moreno y sudado brillaba bajo la luz. Su verga aún formaba un bulto evidente dentro del pantalón.
Mauricio se quedó paralizado. Su mente armó la escena al instante: Severo acababa de tener sexo con su hermana Diana. El olor, la ropa tirada, la expresión satisfecha de Severo… todo encajaba.
Mauricio decidió no indagar. Sabía que era cosa de pareja, cada pareja disfrutaba de su sexualidad a su manera. Respiró profundo y fingió normalidad.
—Severo… —dijo con voz tensa—. ¿Puedes decirle a mi hermana que necesito hablar con ella? Es importante, —Dio media vuelta dirigiéndose a su recamara.
—Diana no está en casa —respondió sin titubear—. Salió hace un rato.
Mauricio se detuvo y volvió a mirar a Severo. —¿No está? —preguntó, intentando mantener la calma—. ¿Quién está más en casa?
Severo terminó de abrocharse el pantalón con calma, se encogió de hombros y sonrió con una expresión burlona.
—Solo estamos Daniela y yo.
Mauricio sintió una nueva puñalada en el pecho. Su corazón se aceleró. Se negaba a pensar que Daniela pudiera haber estado aquí con su cuñado.
Pero en ese momento, el hijo pequeño de Mauricio, que había estado mirando alrededor, se agachó y recogió algo del suelo, cerca del sofá.
—Papá… ¿no es esta la blusa de mamá? —preguntó el niño inocentemente, levantando la blusa blanca que se veía húmeda de sudor.
Mauricio la reconoció al instante. Era la misma blusa que Daniela se había puesto esta mañana. Se la había visto claramente cuando se despidió de ella antes de salir.
El mundo se le vino encima.
Miró a Severo con una rabia contenida y profunda. Sus ojos ardían de furia y humillación.
Severo solo le devolvió una sonrisa burlona, sin decir una palabra. Esa sonrisa era peor que cualquier confesión.
Mauricio no se atrevió a confrontarlo. Conocía muy bien a Severo, era un hombre violento además de que su hijo estaba presente, no quería armar un alboroto. Apretó los puños, tragó saliva y subió rápidamente las escaleras hacia la habitación, con el corazón latiéndole con fuerza.
Abrió la puerta de la habitación y encontró a Daniela de espaldas, terminando de abotonarse otra blusa que acababa de ponerse. Aún tenía el cabello revuelto y las mejillas ligeramente sonrojadas.
Daniela se giró al oírlo entrar y fingió sorpresa.
—Mauricio… ya llegaste —dijo con una sonrisa nerviosa.
Mauricio se quedó en la puerta, mirándola en silencio.
—Mauricio… ¿qué pasa? —preguntó ella, intentando sonar natural.
Él la miró fijamente durante varios segundos, con la mandíbula apretada y los ojos llenos de rabia contenida.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó con voz baja pero firme.
Daniela parpadeó con inocencia fingida.
—¿A qué te refieres, amor?. Estaba cambiándome de ropa porque…
Mauricio la interrumpió, dando un paso hacia ella.
—Encontré a Severo en la sala casi desnudo, con la camisa tirada en el suelo, la casa entera huele a sexo… y solo estaban ustedes solos.
Daniela tragó saliva, visiblemente nerviosa, pero intentó mantener la compostura.
—Mauricio, no sé de qué estás hablando. Yo estaba en mi habitación y…
En ese momento, su hijo pequeño entró con algo en la mano.
—Mamá, mira… encontré tu blusa en la sala —dijo el niño inocentemente, extendiendo la blusa blanca de tirantes que Daniela había dejado olvidada.
Mauricio miró la blusa y luego a Daniela. Su rostro se endureció aún más.
—Hijo, ve a tu habitación un rato —ordenó Mauricio con voz tensa pero controlada—. Papá y mamá tienen que hablar.
El niño obedeció sin protestar y salió de la recamara.
Mauricio se acercó más a Daniela, sosteniendo la blusa en la mano como prueba.
—¿Me vas a seguir mintiendo? —preguntó con la voz temblando de rabia—. Esta es la blusa que te pusiste esta mañana. Te la vi cuando me despedí de ti antes de salir. ¿Cómo terminó tirada en la sala si tú estabas “cambiándote en tu habitación”?
Daniela se puso nerviosa. Su respiración se aceleró y miró hacia otro lado, buscando desesperadamente una excusa.
—Es que… yo… bajé un momento a la sala y… se me cayó la blusa sin querer. Estaba buscando algo y… no sé, debe haberse quedado ahí. No es lo que estás pensando, Mauricio. Te lo juro.
Mauricio soltó una risa amarga y llena de dolor.
—¿No es lo que estoy pensando? ¿Entonces por qué Severo estaba medio desnudo, por qué la casa huele a sexo y por qué tú estás aquí nerviosa, inventando excusas estúpidas?
Daniela se mordió el labio, visiblemente alterada, pero siguió intentando defenderse.
—Mauricio, por favor… estás exagerando. Severo estaba trabajando, quizás se estaba cambiando la ropa… y yo solo bajé a buscar una cosa. No pasó nada entre nosotros. Tienes que creerme.
Mauricio la miró en silencio durante unos segundos largos, con los ojos llenos de decepción y rabia contenida.
—No sé si creerte… quizás fue un error haber venido —murmuró finalmente, dejando caer la blusa sobre la cama.
Se dio la vuelta y salió de la habitación sin decir una palabra más, dejando a Daniela sola, nerviosa y con el corazón latiéndole con fuerza.
Diana regresó a la casa cargada con algunas bolsas del supermercado. Apenas abrió la puerta principal, el olor fuerte y penetrante la golpeó: una mezcla pesada de sudor masculino, sexo reciente y el característico aroma de Severo.
En la sala, Severo estaba sentado en el sofá viendo la televisión, tomándose las cervezas que había destapado, con la camisa abierta y el torso aún sudado.
Fernando arrugó la nariz al entrar a la sala.
—Joder… ¿qué es ese olor tan asqueroso? —dijo el chico, haciendo una mueca—. Huele a… no sé, algo podrido.
Severo soltó una risa grave sin decir nada ni apartar la vista de la pantalla.
—Yo mejor me voy a mi cuarto.
Subió las escaleras rápidamente, dejando solos a sus padres.
Diana dejó las bolsas en la mesa y se acercó a Severo con una mirada inquisitiva.
—¿Qué pasó? —preguntó en voz baja—. ¿Lograste avanzar con Daniela?
Severo sonrió con satisfacción y metió la mano en el bolsillo de su pantalón. Sacó la diminuta tanga roja de hilo dental de Daniela y se la mostró, colgándola de un dedo.
—Esto es lo que logré —dijo con orgullo.
Diana miró la tanga con los ojos muy abiertos, una mezcla de sorpresa y excitación.
—¿Te la cogiste? —preguntó casi en un susurro.
Severo hizo una mueca de fastidio y guardó la tanga de nuevo.
—No… el maldito de tu hermano llegó justo cuando estaba a punto de metérsela. Nos interrumpió. Estuve a segundos de follármela en este mismo sofá.
Diana se sentó a su lado, claramente intrigada.
—Entonces el chantaje… ¿Funcionó? ¿La amenazaste con contarle todo a Mauricio?
Severo soltó una risa baja y negó con la cabeza.
—No fue necesario. Daniela es una verdadera zorra. Se entregó rapidísimo. Solo tuve que enseñarle la verga, y ya tenía las piernas abiertas jaja… es una perra que anda en celo.
Diana se sorprendió, no pensaba que su cuñada fuera una mujer tan facil, sabía muy bien que su marido no tenía nada de atractivo y aun así había logrado casi follarsela, no hubo necesidad de chantaje, se alegró pensando que muy pronto ella también podría estar disfrutando del cuerpo de su cuñada.
Mientras tanto, en el baño de arriba…
Daniela estaba bajo la ducha, dejando que el agua caliente corriera por su cuerpo. Aún estaba sumamente caliente. Sentía el coño palpitando y los pechos sensibles después de lo que había pasado con Severo. Se pasó las manos por el cuerpo, recordando cómo él la había tocado, cómo la había besado, el sabor de esa enorme verga que había estado a punto de penetrarla.
Fue un error… pensó, cerrando los ojos. No debí dejar que llegara tan lejos… es detestable, es grosero y feo.
Aunque su cuerpo no podria negar lo mucho que había disfrutado. El olor fuerte de Severo, su forma bruta y dominante, su verga enorme… todo la había encendido como pocas veces.
Pero ahora necesitaba bajarse esa calentura que le había quedado. Sabía que con su marido era imposible hacer eso, él nunca había sido bueno en la cama, además de que su pene apenas llegaba a los 8 centímetros en estado de erección, y para rematar estaba molesto con ella.
Cerró el grifo, se envolvió en una toalla y se miró al espejo. Su mente ya estaba trabajando.
Alfonso… pensó. Necesito meterme a la cama con él lo antes posible.
Comenzó a maquinar un plan en silencio mientras se secaba. Sabía que tendría que ser sutil, pero decidida. No quería esperar más.
A la mañana siguiente, Daniela despertó con una determinación absoluta.
Hoy me voy a acostar con Alfonso… a como dé lugar.
No quería esperar más. Se tomó su tiempo para arreglarse con esmero. Se maquilló hermosa como siempre: sombra que resaltaba sus ojos claros, rubor suave en las mejillas y, especialmente, un labial rojo intenso y brillante que hacía que sus labios gruesos se vieran irresistibles.
Se puso un top rosa ajustado, escotado, sin mangas, dejando ver su hermoso ombligo, se pegaba a sus pechos y dejaba ver un generoso canalillo. Abajo eligió una minifalda tableada negra muy corta y suelta, que se movía con cada paso y apenas cubría la mitad de sus muslos. Completó el look con unos tacones rosas con plataforma que alargaban sus piernas y acentuaban su contoneo.
Se miró al espejo y sonrió satisfecha. Se veía más sexy y provocativa que de costumbre.

Bajó las escaleras con paso seguro y sensual. Se encontró con Diana en la cocina.
Diana, al verla, abrió los ojos con sorpresa y una sonrisa admirada.
—Vaya, Daniela… —dijo Diana, recorriéndola con la mirada—. Te ves espectacular hoy. Ese top rosa te queda increíble, resalta todo… y esa minifalda tableada te hace lucir esas piernas tan torneadas que tienes.
Diana se acercó un poco más y añadió con un tono más bajo y juguetón:
—Estás realmente hermosa. No sé cómo haces para verte tan bien incluso en casa.
Daniela se sorprendió gratamente por la reacción amable y halagadora de su cuñada.
—Gracias, Diana —respondió con una sonrisa—. Solo quise sentirme cómoda y bonita hoy.
En ese momento, entró a la sala buscando a su hermana.
—Diana, ¿has visto mi…?
Se detuvo en seco al ver a Daniela.
Sus ojos se abrieron como platos. Se quedó literalmente con la boca abierta, recorriendo el cuerpo de su cuñada: el top rosa escotado que marcaba sus pechos, la minifalda tableada negra tan corta que dejaba ver gran parte de sus piernas, y los tacones rosas con plataforma que la hacían lucir aún más alta y sensual.
Tragó saliva con dificultad, visiblemente impactado y nervioso.
Daniela lo miró directamente a los ojos y le dedicó una sonrisa coqueta, lenta y seductora.
—Hola, Alfonso… —dijo con voz suave y melosa.
Alfonso no pudo responder de inmediato. Solo logró balbucear un débil:
—Ho… hola, Daniela —balbuceó, con la voz entrecortada y las mejillas enrojecidas.
Daniela sonrió con dulzura y se acercó a la mesa, contoneando las caderas de forma natural.
—Buenos días —respondió con voz suave y coqueta, mirando directamente a Alfonso—. Y a ti te gusta como me arregle hoy.
—He… sí… te ves bien —respondió tímidamente.
—¿Solo bien? —preguntó ella con tono inocente pero coqueto—. Te noto un poco nervioso esta mañana.
Alfonso tragó saliva de nuevo y se removió incómodo en su silla.
—Te ves muy bien… Daniela —respondió tartamudeando.
Diana sonrió con complicidad, disfrutando de la situación.
Daniela, por su parte, mantenía su sonrisa seductora, disfrutando del evidente nerviosismo de Alfonso.
—Diana, ¿puedes acompañarme un momento? Necesito revisar unas cosas en el garaje —dijo con voz tensa.
Diana asintió, lanzando una última mirada a Daniela antes de levantarse.
—Claro, vamos.
Los dos salieron de la cocina, dejando sola a Daniela.
Daniela suspiró y se dirigió a la encimera para preparar su desayuno. Comenzó a cortar fruta y a servirse un vaso de jugo, intentando calmar la excitación que sentía después de coquetear con Alfonso.
De repente, unos brazos fuertes y calientes la rodearon por la cintura y un cuerpo grande y pesado se pegó completamente contra su espalda.
Era Severo.
Sintió inmediatamente su erección dura y gruesa presionando con fuerza contra sus pompas, separadas solo por la fina tela de la minifalda tableada negra.
—Que rica te ves hoy, Daniela… —le susurró Severo al oído con voz ronca, apretándola más contra él—. Esa minifalda tan corta y ese top rosa… ufff, te hacen ver tan zorra.

Daniela se puso muy nerviosa. Su corazón comenzó a latir con fuerza y trató de separarse un poco, pero Severo la tenía bien sujeta.
—Severo… por favor… —dijo con voz temblorosa—. Esto no está bien.
—Ayer no decias eso mientras te comía la concha.
Lo de ayer fue un error… no puede volver a suceder.
Severo mantuvo sus manos firmes en la cintura de ella y rozó su nariz contra su cuello, inhalando su perfume.
—No creo que haya sido un error… me di cuenta como disfrutaste de mi verga —murmuró, presionando más su erección contra sus pompas—. Pero dejamos algo pendiente.
Daniela intentó girarse para apartarlo, pero Severo era mucho más fuerte. Su cuerpo grande la mantenía atrapada contra la encimera.
—Severo, basta… —insistió ella, aunque su voz ya no sonaba tan convincente—. Alguien puede entrar en cualquier momento.
Severo sonrió contra su cuello y apretó sus caderas contra las de ella una vez más, dejando que sintiera claramente lo duro que estaba.
—Solo están Alfonso y Diana en la casa… están ocupados, no nos van a molestar —susurró.
Daniela cerró los ojos un segundo, sintiendo la erección de Severo presionando contra su culo y su aliento caliente en su cuello.
—Esto no puede seguir… —susurró ella.
Esta vez se mantuvo firme. Puso ambas manos sobre los antebrazos de Severo y empujó con más fuerza, intentando separarse.
—Severo, basta —dijo con voz más firme y decidida—. Ya te lo dije ayer… esto no puede seguir. Fue un error y no va a volver a pasar. Suéltame.
Intentó girarse y apartarse, pero Severo era mucho más fuerte. La mantuvo pegada contra la encimera, sin dejarla escapar.
—Vamos, Daniela… —murmuró él contra su cuello, sin aflojar el abrazo—. No te hagas la difícil ahora. Ayer te gustó… sé que te gustó.
Daniela empujó con más energía, poniendo las dos manos sobre el pecho de Severo y presionando con fuerza para alejarlo.
—Te estoy diciendo que no —repitió con tono más serio y cortante—. Suéltame ahora mismo. Si no voy a gritar. No quiero seguir con esto.
Severo soltó una risa baja, pero finalmente aflojó un poco el abrazo, aunque no la soltó del todo. Sus manos seguían en su cintura, manteniéndola cerca.
—Está bien… está bien —dijo con una sonrisa arrogante—. No te voy a obligar… pero sabes tan bien como yo que tú también lo quieres.
Daniela aprovechó el momento para apartarse completamente. Se giró hacia él, con el rostro serio y la respiración agitada.
—No, Severo. No lo quiero. Fue un error de un momento y ya está. No va a volver a pasar —dijo con claridad, mirándolo a los ojos—. Por favor, respétame.
Severo la miró durante unos segundos, todavía con esa sonrisa confiada, pero finalmente levantó las manos en señal de rendición.
—Como quieras, Daniela… —respondió con tono burlón—. Pero cuando cambies de opinión… ya sabes dónde encontrarme.
Daniela no respondió. Solo se arregló la minifalda y la blusa con manos temblorosas y salió de la cocina, dejando a Severo solo. El sonido de sus tacones se alejó por el pasillo.
Severo se quedó solo en la cocina, de pie, con la respiración pesada y los puños cerrados a los costados.
¿Qué mierda fue eso?
La rabia le subió por el pecho como un fuego lento. Se pasó una mano por la cara, todavía sintiendo el calor de la piel de Daniela en sus dedos. Su verga seguía dura dentro del pantalón, palpitando de frustración.
Quien se cree esa puta para rechazarme? Ayer me chupaba la verga como una desesperada y hoy me dice que “fue un error”…
La idea le quemaba. No esperaba que Daniela se portara así después de lo que sucedió ayer entre ellos, después de haberla tocado, después de haber sentido cómo se mojaba. Daniela había estado a punto de ceder, solo bastaba empujar su cadera para penetrarla y comenzar a cogersela. Pero hoy parecía otra… lo había rechazado tajantemente, como si fuera un perro callejero.
Severo soltó una risa corta y amarga, llena de furia.
Caminó de un lado a otro de la cocina. El rechazo le dolía en el orgullo más que en cualquier otra parte.
Me tiene loco desde el primer día. Ese culo, esas tetas, esa forma de caminar… y ahora me sale con que “no puede ser”.
Se detuvo frente a la encimera y apretó los puños con fuerza. La rabia se mezclaba con el deseo. Aún podía oler el perfume de Daniela en el aire. Recordaba perfectamente cómo había respondido al beso, cómo había gemido cuando le chupo las tetas, cómo su coño estaba mojado cuando metió los dedos bajo la minifalda.
Estaba caliente. Lo sé. Estaba mojada por mí. Y ahora se hace la santa.
Severo sonrió con rabia y arrogancia.
Esto no se va a quedar así. Esa zorra va a ser mía, Voy a cogérmela. Cueste lo que cueste. La voy a hacer mía. Y cuando lo haga, voy a hacer que me ruegue que no pare.
Se ajustó la erección dentro del pantalón con la mano, todavía dura y dolorida por la frustración.
Severo respiró profundo, intentando calmar la rabia que le quemaba el pecho.
El rechazo de Daniela no lo había detenido.
Solo lo había enfurecido… y lo había puesto más decidido que nunca.
Después de lo sucedido Daniela espero en su recamara a que Severo se fuera a trabajar para no tener que encontrarse con él nuevamente. Cuando escucho que salió, inmediatamente salió a buscar a Alfonso, llegó al garaje donde aún seguía platicando con su hermana.
—Alfonso… —llamó con tono dulce y con un dedo en la forma de manera coqueta—. ¿Podrías ayudarme un momento? Necesito mover unos muebles en mi habitación y están muy pesados para mi.
Alfonso se puso nervioso, pero no pudo negarse.
—S-sí… claro —respondió, evitando mirarla directamente.
Diana observó la escena y notó la mirada seductora de Daniela y el evidente nerviosismo de su hermano. Sonrió con complicidad, pero no dijo nada.
Los dos subieron a la habitación de Daniela. Cuando llegaron a la puerta de la habitación de invitados, Daniela entró primero y, con un movimiento natural, cerró la puerta detrás de ellos. El clic del pestillo sonó suavemente en la habitación.
Alfonso se quedó de pie en medio del cuarto, visiblemente incómodo.
—¿Qué… qué muebles necesitas mover? —preguntó, mirando alrededor.
Daniela sonrió con dulzura y señaló el mueble del televisor, un pequeño rack bajo que claramente no necesitaba ser movido.
—Ese de ahí —dijo con voz suave y coqueta—. Quiero cambiarlo un poco de lugar, se ve mejor más hacia la ventana.
Alfonso miró el mueble. Era evidente que moverlo no tenía ningún sentido práctico, era algo trivial y sin importancia. Frunció el ceño por un segundo, pero no dijo nada. Se acercó, lo levantó sin esfuerzo y lo desplazó unos centímetros hacia la ventana.
—Ya está… —murmuró, limpiándose las manos en los pantalones—. Tengo que ir a terminar unas cosas en el garaje.
Se giró rápidamente hacia la puerta, claramente con intención de salir lo antes posible.
—Espera, Alfonso —dijo Daniela con voz suave pero firme, acercándose un paso—. No te vayas tan rápido. Quiero hablar contigo un momento.
Alfonso se detuvo, con la mano aún en la manija de la puerta. Su espalda se tensó.
—¿Sobre qué? —preguntó, sin girarse del todo.
Daniela dio otro paso más cerca, quedando a solo un metro de él.
—¿Has pensado en lo que platicamos la última vez? —preguntó con voz melosa—. Sobre que nos tratáramos más… sobre que no hubiera tanta distancia entre nosotros.
Alfonso tragó saliva con dificultad y miró hacia un lado.
—Daniela… yo… creo que eso no es una buena idea —balbuceó—. Mauricio es mi hermano y… yo no debería…
Daniela inclinó ligeramente la cabeza y lo miró con una expresión de fingida tristeza.
—¿Será que soy tan fea como para no querer conocerme? —preguntó con tono suave y coqueto, aunque claramente provocador.
Alfonso abrió los ojos sorprendido y negó rápidamente con la cabeza.
— ¡No! Claro que no —respondió de inmediato, con la voz nerviosa pero sincera—. Tú eres… muy hermosa, Daniela. Demasiado hermosa. No es eso.
Daniela sonrió con dulzura y se acercó aún más, hasta quedar a solo unos centímetros de él. Lentamente, tomó las manos de Alfonso entre las suyas, entrelazando sus dedos con delicadeza.

—¿De verdad lo crees? —preguntó con voz baja y tierna, volviendo a tomar las manos de Alfonso como en aquella ocasión.
Alfonso se puso aún más rojo. Sus manos temblaban ligeramente.
—Claro que sí —admitió casi en un susurro—. Eres… eres una mujer muy guapa.
Se pegó suavemente a él. Sus pechos rozaron el torso de Alfonso a través de la fina tela del top rosa. El contacto fue deliberado, cálido y provocador.
Alfonso bajó la mirada sin poder evitarlo. Sus ojos se clavaron en el escote profundo y en la forma en que sus pechos se presionaban contra él. Tragó saliva con fuerza.
—Eres tan… femenina —murmuró casi sin darse cuenta, con la voz entrecortada—. Tan linda… tan perfecta.
Daniela no soltó sus manos. Al contrario, las apretó un poco más y se inclinó ligeramente, haciendo que sus pechos se rozaran más contra su pecho.
—Entonces… ¿por qué me evitas? —susurró ella con voz suave y seductora, mirándolo a los ojos con intensidad—.
Alfonso estaba completamente rojo, con la respiración agitada y la mirada perdida entre los ojos de Daniela y el profundo escote de su top rosa. Sus manos seguían entre las de ella, sin atreverse a soltarse.
—No es que no quiera… es que no debo. —Admitió con voz ronca y temblorosa
Daniela sonrió con ternura y soltó una de sus manos para acariciarle suavemente la mejilla. Luego, sin darle tiempo a reaccionar más, se puso de puntillas, acercando su boca a los labios de él y lo besó.
Fue un beso lento al principio, suave y cálido. Sus labios gruesos y pintados de rojo se posaron sobre los de Alfonso con delicadeza, pero con clara intención. Alfonso se tensó un segundo, pero no se apartó. Poco a poco, sus labios comenzaron a responder. El beso se volvió más profundo cuando Daniela poso ambas manos en la nuca de él, inclinó la cabeza y rozó su lengua contra la de él.
Alfonso soltó un gemido ahogado y, finalmente, cedió un poco más. Sus manos subieron tímidamente hasta la cintura de Daniela y la sujetaron con suavidad, sin apartarla. Su respiración se volvió pesada contra la boca de ella.

Daniela sonrió en el beso, satisfecha, y lo besó con más pasión, enredando su lengua con la de él mientras sus pechos seguían presionados contra su torso.
Cuando separaron sus labios por un instante, Daniela lo miró a los ojos, con la respiración entrecortada y una sonrisa seductora.
—¿Ves? —susurró contra su boca—. No es tan malo… solo quiero estar más cerca de ti.
Alfonso estaba completamente perdido. Sus manos seguían en la cintura de Daniela, su mirada estaba nublada por el deseo y ya no intentaba alejarse.
Daniela volvió a estirar su cuello para volver a besarlo. Alfonso, que hasta ese momento había intentado resistirse, finalmente se rindió por completo. Sus manos que estaban en la cintura de Daniela la apretaron contra su cuerpo. Ya no había duda ni culpa en su toque; solo deseo. La atrajo más hacia él, pegándola contra su torso, sintiendo cómo sus pechos se presionaban contra él a través de la fina tela del top rosa.
Daniela soltó un gemido suave contra su boca y lo besó con más fuerza, mordiendo ligeramente su labio inferior. Sus manos bajaron por el cuello de Alfonso y se enredaron en su cabello, atrayéndolo aún más.
El beso se volvió salvaje, profundo y lleno de necesidad. Sus lenguas se enredaban con urgencia, sus respiraciones se mezclaban y sus cuerpos se pegaban cada vez más. Alfonso ya no pensaba en Mauricio, ni en su esposa, ni en nada. Solo existía Daniela: su olor, su calor, sus labios y la forma en que su cuerpo se movía contra el de él.
Daniela, sin separar sus labios de los de Alfonso, llevó las manos al pecho de él y comenzó a desabotonarle la camisa con dedos hábiles y ansiosos. Uno a uno, los botones fueron cediendo, revelando su torso atlético y definido.
Cuando terminó de desabotonar la camisa, se la quitó lentamente por los hombros, deslizándola por sus brazos fuertes. Se apartó apenas unos centímetros para contemplarlo. Sus ojos recorrieron el pecho marcado, los abdominales visibles y los brazos tonificados.
—Qué cuerpo tienes, Alfonso —susurró Daniela con voz ronca y admirativa, pasando las yemas de los dedos por su pecho—. Eres tan… fuerte, me encanta.
Alfonso respiraba agitado, claramente excitado y nervioso por el cumplido.
Daniela sonrió con picardía, tomó una de sus manos y entrelazó sus dedos con los de él.
—Ven… vamos a la cama —le dijo con voz suave pero decidida.
Lo guio hasta la cama, tomándolo de la mano. Cuando llegaron, Daniela lo miró a los ojos y le susurró:
—Recuéstate.
Alfonso obedeció, sentándose primero y luego acostándose de espaldas sobre la cama. Daniela se subió encima de él con lentitud, sentándose a horcajadas sobre sus caderas. Se inclinó hacia adelante y comenzó a besar y lamer su pecho y abdomen con deseo. Sus labios suaves y calientes recorrían su piel, bajando por el centro de su torso mientras su lengua trazaba líneas húmedas sobre sus abdominales.
Sus manos, al mismo tiempo, acariciaban sus brazos fuertes y su torso, sintiendo cada músculo bajo sus dedos.
Alfonso soltó un gemido bajo y cerró los ojos, sintiéndose en el cielo. Nunca había imaginado que Daniela fuera tan apasionada. Su cuerpo temblaba de placer y anticipación.
—Daniela… —murmuró con voz ronca.
Sin poder contenerse más, Alfonso subió las manos y le bajó el top rosa por los hombros, dejando sus pechos completamente expuestos. Sus manos grandes y cálidas los tomaron con deseo, acariciándolos, apretándolos suavemente y rozando sus pezones endurecidos con los pulgares.
Daniela soltó un gemido suave contra su pecho al sentir las manos de Alfonso sobre sus senos. Siguió besando y lamiendo su abdomen, bajando cada vez más.
Daniela subió más, besando el pecho y cuello de Alfonso, hasta llegar a su boca, comenzaron a besarse con creciente pasión en medio de la habitación. Ella, sin separar sus labios de los de él, bajó las manos hasta el cinturón de Alfonso y comenzó a desabrocharlo con dedos ansiosos.
Alfonso soltó un gemido ahogado contra su boca, pero no la detuvo.
En ese preciso instante, se abría la puerta principal de la casa en la planta baja.
Era Sandra, acababa de regresar, cansada de un dia pesado en el trabajo.
Subió las escaleras directamente hacia su habitación. Al entrar, no encontró a Alfonso. Frunció el ceño. Sabía que hoy él no había ido a trabajar y cuando era su día de descanso siempre se la pasaba en su recamara viendo alguna serie o leyendo.
—¿Alfonso? —llamó, pero no hubo respuesta.
Bajó nuevamente y se encontró con Diana en la sala.
—Diana, ¿has visto a Alfonso? —preguntó con tono serio.
Diana negó con la cabeza.
—No, no lo he visto desde hace un rato. ¿Por qué?
Sandra apretó los labios.
—¿Quién más está en la casa? —preguntó.
—Solo yo, Alfonso y Daniela —respondió Diana con naturalidad.
Sandra sintió un golpe en el pecho. Su expresión cambió a preocupación y furia contenida.
Esa puta no perdería el tiempo para acercarse a su marido…
Sin decir una palabra más, Sandra salió corriendo hacia la habitación de Daniela. Llegó a la puerta y giró la manija. Estaba cerrada con seguro.
—¡Alfonso! —gritó, golpeando la puerta con fuerza—. ¡Sé que estás ahí! ¡Abre la puerta!
Dentro de la habitación, Daniela y Alfonso se separaron de golpe. Ambos tenían la respiración agitada. Alfonso se apresuró a cerrarse el cinturón, tomó su camisa rápidamente y se la comenzó a abotonar, Daniela no se alarmó, solo se divertía con la situación, tenía el cabello revuelto y el labial en sus labios un tanto desalineado.
—¡Abre! —insistió Sandra, golpeando con más fuerza—. ¡Sé que están ahí!
Alfonso, pálido y nervioso, miró a Daniela. Ella solo le sonrió.
Alfonso terminó de abotonarse la camisa con torpeza y abrió la puerta.
Sandra entró como un huracán. Su mirada pasó de Alfonso (con la camisa desacomodada y el rostro enrojecido) a Daniela, que estaba sentada en la cama, con el cabello revuelto y una sonrisa burlona en los labios mientras se acomodaba el top rosa.
Sandra se quedó sin palabras por un segundo, pero luego explotó:
—¿Qué demonios estaban haciendo aquí? —gritó, con la voz llena de rabia y dolor—. ¡Y no te atrevas a mentirme, Alfonso! ¡Y tú… tú, puta barata!, te advertí que no te acercaras a mi esposo ¿No te bastó con follarte al hijo de Diana?
Daniela no dijo nada. Solo mantuvo esa sonrisa burlona y desafiante, acomodándose el top con lentitud, como si nada hubiera pasado.
Alfonso, completamente desarmado, solo pudo balbucear:
—Sandra, por favor… no es lo que piensas. Solo estábamos… hablando. Daniela me pidió ayuda con unos muebles y…
—¡Cállate! —lo interrumpió Sandra, con los ojos llenos de lágrimas de furia—. ¿Crees que soy estúpida?, ¡Mírate como tienes la camisa y ella vestida como una prostituta!, claramente algo pasó aquí.
Daniela, en lugar de asustarse o avergonzarse, se cruzó de brazos lentamente y sonrió con esa expresión burlona y desafiante que tanto enfurecía a Sandra.
—¿Ya terminaste de gritar? —preguntó Daniela con voz calmada y fría—. No sé de qué estás hablando, Sandra. Alfonso solo me estaba ayudando a mover un mueble. Si tu mente sucia imagina otra cosa, eso es problema tuyo, no mío.
Sandra dio un paso más hacia ella, temblando de ira.
—¡No te hagas la inocente! ¡Sabes que se lo de Fernando! ¡Eres una puta que se abre de piernas con tan solo ver una verga!
Alfonso intentó intervenir, poniéndose entre las dos.
—Sandra, basta… por favor. No grites. Diana está abajo y…
—¡No me digas que me calle! —le espetó Sandra, empujándolo ligeramente—. ¡Esta perra es una cualquiera! ¡Por si no lo sabías entérate de una vez, la muy puta se folló a tu sobrino y ahora te quiere a ti! ¿No te das cuenta?
Daniela soltó una risa baja y fría, mirándola con superioridad.
—Sandra… si tanto te preocupa tu marido, deberías aprender a follártelo mejor. Tal vez así no estaría tan desesperado mirandome tanto
—¡Eres una puta sin vergüenza! —gritó, dando un paso más hacia Daniela—. ¡Te voy a partir la cara!
Sin pensarlo dos veces, Sandra levantó la mano derecha y la lanzó con fuerza hacia el rostro de Daniela, buscando abofetearla.
Mauricio reaccionó con rapidez y agarró el brazo de Sandra en el aire, deteniendo el golpe a solo centímetros de la cara de Daniela.
—¡Sandra, basta! —ordenó Mauricio con voz fuerte y autoritaria, sujetándola con firmeza—.
Sandra forcejeó furiosa, intentando liberarse.
—¡Suéltame! ¡Esta zorra se merece una buena cachetada! ¡O acaso la vas a defender!
En ese preciso instante, Diana apareció en la puerta de la habitación, alertada por los gritos. Se quedó paralizada al ver la escena: Sandra forcejeando con Alfonso, Daniela de pie con expresión serena pero tensa.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Diana, con los ojos muy abiertos y la voz alarmada.
Sandra, aún retenida por Alfonso, señaló a Daniela con la mano libre, gritando:
—¡Pregúntale a tu cuñada! ¡Es una puta! ¡Se acostó con tu hijo y ahora estaba aquí intentando seducir a mi marido! ¡Los encontré casi desnudos!
Diana miró a Daniela con una expresión indescifrable. No parecía sorprendida por la acusación sobre Fernando, pero sí por la intensidad del momento. Su mirada se suavizó un poco al posarse en Daniela, casi con un toque de complicidad.
Daniela, por su parte, no se inmutó. Mantuvo la postura erguida, con una sonrisa calmada y ligeramente burlona en los labios. No parecía asustada ni avergonzada.
—Sandra está exagerando, Diana —respondió Daniela con voz tranquila y clara, sin levantar el tono—. Solo estábamos hablando. Alfonso me estaba ayudando con un mueble y Sandra entró gritando como loca. No pasó nada.
Sandra soltó una risa sarcástica y llena de rabia.
—¡Claro! ¡Solo “hablando”! ¡Con la camisa de mi marido que se nota que se la acaba de poner y tú acomodandote ese pedazo de tela que apenas cubre tus asquerosos pechos que no dejas de exhibirlos!... ¡No soy idiota!
Diana miró a su hermano, quien seguía sujetando a Sandra, y luego volvió a mirar a Daniela. Su expresión era una mezcla de sorpresa, preocupación y algo más difícil de leer.
—Todos cálmense —dijo Diana con voz autoritaria, intentando tomar control de la situación—. Gritar no va a resolver nada. Alfonso, suelta el brazo de Sandra. Daniela, explícame qué está pasando realmente.
Daniela miró a Diana directamente a los ojos y respondió con calma y seguridad:
—No pasó nada, Diana. Sandra está imaginando cosas porque me tiene celos desde que llegué. Eso es todo.
Diana miró Sandra. Luego habló con voz calmada pero firme:
—Sandra, ya basta. Esto no se resuelve a golpes. Por favor, cálmate.
Sandra soltó un sollozo de rabia, se liberó del agarre de Alfonso y salió de la habitación hecha una furia.
Alfonso la siguió inmediatamente, preocupado.
—Sandra, espera… —dijo mientras corría detrás de ella.
La habitación quedó en silencio. Solo quedaron Diana y Daniela.
Daniela respiró hondo y miró a Diana con expresión seria.
—Diana… sobre lo de Fernando —empezó Daniela, con la voz algo temblorosa—. Yo…
Diana la interrumpió.
—No es necesario que me expliques nada, Daniela —dijo Diana con tono calmado y sorprendentemente comprensivo—. Ya lo sabía. Los vi aquel día.
Daniela se quedó muda, sorprendida.
Diana continuó con una sonrisa serena:
—Sé que te acostaste con mi hijo. Y aunque me sorprendió mucho… lo entiendo. Fernando ya es un hombre. Es normal que se sienta muy atraído hacia ti. Eres una mujer muy hermosa y sensual. Cualquier hombre en su lugar habría perdido la cabeza de la misma manera.
Hizo una pausa y miró a Daniela directamente a los ojos.
—Pero no debe volver a pasar. Fernando ahora es tu sobrino. Y si mi hermano se entera… se puede armar un gran alboroto.
Daniela asintió lentamente, aliviada pero aún nerviosa.
—No te preocupes, Diana. Te prometo que no volverá a pasar.
Diana solo sonrió con una expresión que Daniela no supo descifrar del todo y salió de la habitación, dejando a Daniela sola con sus pensamientos.
Esa noche, la cena fue extraña y tensa.
Solo estaban sentados a la mesa: Severo, Diana, Daniela y el hijo pequeño de Daniela. Fernando no se encontraba en casa, había ido a un viaje con algunos amigos por parte del colegio y regresaría hasta mañana, Sandra y Alfonso se habían quedado en su habitación contigua, probablemente discutiendo sobre lo que había ocurrido.
El ambiente era incómodo. Nadie hablaba mucho. Fernando miraba directamente a Daniela. Diana comía en silencio, lanzando ocasionales vistazos a su cuñada. Severo, en cambio, parecía el más relajado de todos, mirándole con descaro el escote de Daniela.
De pronto, el celular de Daniela sonó sobre la mesa. Ella lo tomó y vio que era Mauricio.
—Hola, amor —respondió.
La voz de Mauricio sonaba cansada al otro lado de la línea:
—Daniela, soy yo. No voy a llegar a dormir esta noche. Tengo una cirugía de emergencia que debo atender. Es complicada y me voy a quedar en el hospital. Cuídate, ¿sí?
—Está bien… cuídate tú también —respondió ella con voz suave.
Colgó la llamada y miró a los presentes en la mesa.
—Era Mauricio —anunció—. Me avisó que no va a llegar a dormir esta noche. Tiene una cirugía de emergencia.
En cuanto terminó de decirlo, una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en el rostro de Severo. Sus ojos brillaron con un destello de malicia mientras miraba a Daniela.
—Vaya… qué lástima —dijo Severo con tono fingidamente compasivo, aunque la sonrisa no desaparecía de su cara—. Entonces esta noche dormirás solita.
Diana miró a su esposo, notando perfectamente la expresión de Severo.
Daniela sintió un escalofrío con las palabras de Severo. Sabía que Severo era un hombre arriesgado pero confiaba en que no podría hacer nada estando Diana en casa.
La cena continuó en un silencio aún más denso, pero ahora cargado de una expectativa peligrosa.
Severo no dejaba de mirar a Daniela de vez en cuando, con esa sonrisa confiada que decía mucho más que cualquier palabra.
La cena terminó, Severo y Diana se retiraron a su habitación.
Ya estando acostados Diana comentó.
—Es una lástima que no estemos solos con Daniela —dijo Diana en voz baja—. Si Alfonso, Sandra y el niño no estuvieran, podríamos poner en marcha nuestro plan. Imagínate… ahorita estaríamos los tres juntos en la cama. Sería perfecto.
Severo sonrió y le siguió la corriente, acostándose a su lado.
—Sí… sería nuestra oportunidad perfecta —respondió él, aunque en su mente ya tenía otros planes—. Quién sabe, tal vez pronto se presente la oportunidad.
Pasaron los minutos y Diana cayó dormida. El reloj marcaba las 12:15 am. Severo sabía perfectamente que Diana tenía el sueño pesado, nada la despertaba. Era com
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