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EL CAMBIO DE BRENDA
No recuerdo con claridad cómo empezó nuestra amistad. Supongo que, como tantas cosas en la vida, simplemente sucedió. Teníamos quince años, los mismos buzos del colegio llenos de garabatos con marcador, los mismos sueños torpes de adolescentes confundidas. Desde entonces, Judith y yo hemos sido inseparables, aunque nuestras vidas hayan seguido rumbos tan distintos que a veces me pregunto cómo seguimos compartiendo tanto.
Yo soy Brenda. Treinta y cinco años, estuve casada hasta no hace mucho con un hombre correcto, predecible y cada vez más distante. No tengo hijos, aunque no por falta de intentos. Trabajo en una oficina donde los días se parecen tanto entre sí que podría mezclarlos sin culpa. Mi vida es un calendario prolijamente ordenado, sin sorpresas ni excesos. Una vida que, vista desde afuera, parece tranquila… pero que por dentro, arde de una forma silenciosa.
Judith, en cambio, siempre fue un torbellino. Alta, desenvuelta, con una risa que se escuchaba desde el fondo de cualquier salón. Mientras yo aprendía a mantener las piernas cerradas y cuidar mi reputación, ella coleccionaba primeras veces como quien junta fotos en redes sociales. Cada semana tenía una historia nueva, un amante distinto, una aventura que me contaba entre risas mientras tomábamos una copa en su balcón, como si el mundo fuera suyo y ella, su dueña indiscutida.
Nunca la juzgué. Tal vez porque, en el fondo, vivía sus historias a través de ella. Me fascinaba escucharla hablar de cuerpos sudorosos, de lugares insólitos, de miradas que prometían más de lo que decían. Judith tenía una forma de contar que me dejaba con el corazón acelerado y las piernas apretadas. Y aunque jamás lo admití, muchas veces volví a casa y me masturbé recordando sus historias, imaginando que era yo quien vivía esas escenas.
Ella lo sabía. Siempre lo supo.
—Estás demasiado seria, nena. Tenés que vivir un poco. Un buen revolcón te arregla el alma —me dijo una vez, mientras yo fingía indignación y le daba un sorbo a mi gin tonic.
Lo decía riéndose, pero sus ojos brillaban con algo más. Como si me provocara. Como si me desafiara.
Y tal vez tenía razón. Tal vez ya era hora de dejar de mirar desde afuera.
Se lo dije una noche, sin buscarlo. No lo tenía planeado. Era una de esas tardes en las que el vino fluye fácil y las palabras también. Judith me miraba desde el otro lado de la mesa, con esa expresión que solo ella tiene: mezcla de curiosidad, ternura y un leve sarcasmo que nunca termina de desaparecer.
—Estoy cansada, Judith. No físicamente… es otra cosa. Me siento vacía.
Ella no dijo nada al principio. Se limitó a dar otro sorbo a su copa y a esperarme. Siempre supo cuándo callar, cuándo dejarme llenar los silencios con confesiones.
—Carlos… —empecé, y ya con solo decir su nombre sentí una punzada en el pecho—. Compartimos la cama, las mismas sábanas, pero cada noche siento que hay un muro invisible entre nosotros. Me da la espalda, literalmente. Se duerme sin decirme buenas noches. A veces lo escucho suspirar, y me pregunto si también está pensando en lo que ya no somos.
Judith frunció los labios, como si masticara una respuesta que no quería darme todavía.
—No es que no lo intente. Cocino su plato favorito. Me compro lencería nueva, aunque él apenas me mire. Lo abrazo, lo busco... pero su cuerpo es cada vez más ajeno. Hace meses que no tenemos sexo. Y si pasa, es mecánico, torpe, como si estuviéramos cumpliendo una obligación de la que ya ni recordamos el sentido.
—Brenda… —empezó, con esa voz suya que mezcla compasión y desafío—. ¿Y qué estás esperando?
—¿Esperando qué?
—Que un día se despierte, se dé cuenta de que tiene a una mujer hermosa al lado y te haga el amor como en tus fantasías... —hizo una pausa breve, cargada de intención—. O que alguien más te despierte.
No respondí. No pude. Porque lo que Judith no sabía es que yo ya me estaba despertando. Que su sola presencia, sus relatos, su libertad… ya me estaban encendiendo algo que creía muerto.
Algo que pedía salir.
Judith sonrió de lado. Esa sonrisa suya que siempre me hizo sentir como si supiera algo que yo no. Se acomodó en la silla, alzó su copa, y dejó que el vino le mojara apenas los labios antes de hablar.
—¿Querés que te cuente algo? Algo que no le conté a nadie más…
Yo asentí sin decir palabra, casi con culpa, como si supiera que lo que estaba por venir iba a dejarme más caliente que arrepentida.
—Fue hace unas semanas. Estaba en un bar del centro, esos que están llenos de ejecutivos al final del día. Me senté sola, como me gusta, sabiendo que la noche tenía hambre de algo… o de alguien. Terminé cruzando miradas con dos hombres. No juntos, separados. Pero los invité a los dos. Sin que supieran uno del otro.
Hizo una pausa, dejando que las palabras cayeran lentas, como si le gustara el efecto que tenían en mí.
—Terminaron en mi departamento. Los dos. Nunca lo habían hecho, y eso lo volvió todavía más salvaje. No te voy a dar detalles… pero Brenda, te juro que sentí cómo se me partía el alma entre sus cuerpos. Me tenían entre ellos como si fuera una muñeca preciosa y sucia al mismo tiempo. Uno me sujetaba la garganta, el otro me susurraba cosas al oído… y yo solo quería más. Nunca me sentí tan deseada.
Sentí cómo se me tensaban los muslos. Crucé las piernas debajo de la mesa sin darme cuenta, buscando una presión que calmara el ardor creciente entre ellas. Me ardía la piel, me ardía el alma.
Judith lo notó, claro. Siempre lo nota.
—¿Estás bien, nena?
—Sí… —mentí, tragando saliva—. Solo un poco de calor.
Ella sonrió otra vez. Lenta. Cómplice.
—Te vendría bien una noche así, ¿sabés? No por los hombres… por vos. Para recordarte lo que sos capaz de hacer sentir.
No dije nada. Pero esa noche, en la cama, mientras Carlos dormía de espaldas como siempre, metí la mano bajo las sábanas y no pensé en él.
Pensé en Judith.
Pasaron un par de meses desde aquella noche con Judith. Y aunque volví a mi casa, a mi rutina, a mi marido… algo dentro mío ya no era el mismo.
Intenté seguir como si nada hubiera cambiado. Puse la mesa, cociné sin ganas, reí cuando tocaba, y abrí las piernas las pocas veces que Carlos me lo pidió, más por compromiso que por deseo. Pero todo sabía a cartón, a encierro, a algo que se había roto sin remedio.
Judith me escribía de vez en cuando. Mensajes breves, como chispazos de un mundo al que apenas me había asomado. Yo los leía a escondidas, sonriendo con culpa, imaginando, deseando.
Y entonces un día, Carlos me lo dijo sin rodeos, mientras revolvía su café matinal:
—Me voy a Santiago por trabajo. Una semana… tal vez diez días. No estoy seguro.
Asentí con la cabeza. No pregunté más. Ni cuándo salía el vuelo, ni con quién viajaba, ni si me iba a llamar. Me limité a observar cómo hacía su valija con esa frialdad meticulosa que lo caracterizaba. Me dio un beso en la frente al irse, como quien acaricia a una mascota antes de dejarla sola.
Y sola me quedé.
Durante las primeras horas caminé por la casa sin rumbo, como si me costara creerlo. No había pasos, ni televisión de fondo, ni órdenes solapadas. El silencio era tan profundo que me hizo sonreír. Me senté en el sofá, sola, con las piernas cruzadas, mirando nada. Y entonces lo hice: me preparé pochoclos, elegí una película tonta, y me tiré en la cama en ropa interior.
Esa noche no dormí. Me masturbé como si el cuerpo me lo hubiera estado pidiendo a gritos durante años. No una vez. Varias. Sobre el sillón, en el baño, en la cocina. Me acabe fuerte, intensa, sucia, saboreando cada ola de placer sin sentir vergüenza. Era como recuperar el lenguaje de una mujer que había estado muda demasiado tiempo.
Y al otro día, lo volví a hacer. Y al siguiente.
Andaba semidesnuda por la casa, a veces solo con una bata abierta, otras con una remera y nada más. Me gustaba mirarme al espejo y tocarme sin apuro. Me gustaba saber que no tenía que fingir, que no tenía que dar explicaciones.
No era feliz. Pero por primera vez en mucho tiempo, era libre.
Y eso, por ahora, alcanzaba.
Esa noche no esperaba visitas. Estaba tirada en el sillón, en tanga y una camiseta vieja, viendo una comedia tonta con un bol de pochoclos medio frío en el regazo, cuando sonó el timbre.
—¿Quién…? —murmuré, sin levantarme enseguida.
Pero al mirar por la mirilla, ahí estaba ella. Judith. Con esa sonrisa de quien ya sabe que va a descolocarte.
—¿Se puede? —dijo apenas abrí la puerta, alzando una bolsa con sushi, otra con una botella de vino y una tercera que olía a chocolate.
—¿Qué hacés acá?
—Vine a rescatarte de tu encierro sexual autogestionado.
Me reí sin poder evitarlo. Hacía días que no veía a nadie. No sabía si me alegraba o me asustaba tenerla ahí. Pero la dejé pasar. Siempre la dejaba pasar.
Extendimos una manta en el suelo del living y comimos con las manos, bebimos del pico de la botella, hablamos de hombres, de nosotras, de lo que soñábamos cuando éramos más jóvenes. Judith se rió tanto que por momentos terminó recostada boca arriba, con la boca abierta, sin poder respirar. Yo la miraba y me sentía viva de nuevo.
Después del postre, ya con la segunda botella abierta, me miró como si tuviera algo muy claro en mente.
—Tengo ganas de salir.
—¿Salir? ¿A dónde?
—A dar una vuelta. A mostrarte algo. —Su voz era suave, pero firme—. Dale, ponete algo.
—¿Qué cosa?
—Algo provocativo.
—¿Provocativo?
—Sí. Como para que te veas en el espejo y te guste lo que ves. Como para que te sientas deseada. Como para que el mundo sepa que seguís estando viva.
La miré con la ceja alzada, dudando.
—Judith…
—No me preguntes. Solo hacelo.
Tenía esa manera de decir las cosas que no daba lugar a objeciones. Era como si ya todo estuviera decidido. Busqué un vestido negro corto que hacía años no usaba, me puse unas sandalias con taco, y un labial apagado pero fuerte que hacía juego con el atrevimiento que me hervía por dentro.
Judith me miró y asintió satisfecha.
—Perfecta.
Subimos a su coche. En silencio.
Yo no sabía a dónde íbamos. Pero ella sí.
Y aunque no me lo dijo, yo intuía que esa noche iba a cruzar una frontera.
Dimos vueltas durante más de una hora. Judith no decía a dónde íbamos. Solo sonreía, ponía música suave, y cada tanto me miraba de reojo como si se deleitara con mi desconcierto.
Yo tampoco preguntaba. Parte de mí quería saber. Pero otra parte prefería dejarse llevar. La noche era cálida, la ciudad se iba diluyendo en calles menos iluminadas, más desiertas, más clandestinas.
Finalmente, dobló en una calle lateral, casi imperceptible, y se detuvo frente a un portón negro, sin cartel, sin luces. Solo un intercomunicador oxidado.
—¿Dónde estamos?
—En un lugar donde podés dejar de ser vos —susurró.
Apretó un código y el portón se abrió con un chirrido lento y pesado. Ingresamos a un patio oscuro, con paredes altas y sin ventanas. Era como entrar a otro mundo.
Judith me tomó de la mano, fuerte.
—Confía en mí.
Cruzamos un corredor, hasta una puerta custodiada por un hombre de traje oscuro. Ella lo saludó como si fueran viejos conocidos. Él asintió y nos dejó pasar.
Adentro, el ambiente era denso. Luz roja, música tenue, olor a cuero, perfume caro y algo más… algo húmedo, animal. No había letreros. Solo pasillos. Solo puertas. Solo sombras.
Una mujer joven se acercó y nos miró a ambas. Llevaba un vestido ajustado, cabellos recogidos, labios rojos y una libreta en la mano.
—¿Primera vez? —le preguntó a Judith, señalándome.
Judith asintió con una sonrisa cómplice. La mujer me miró como se mira a una novata. Con una mezcla de curiosidad y lástima.
—Entonces vení, Brenda.
Me sobresalté. ¿Cómo sabía mi nombre?
—Ella ya es clienta. Vos sos la invitada esta noche —agregó, con voz firme.
Nos condujeron por un pasillo tapizado en terciopelo oscuro. Las luces eran apenas líneas tenues en el suelo. Escuchaba sonidos apagados tras las puertas: gemidos, risas ahogadas, susurros.
Mi corazón latía con fuerza. No entendía. Pero tampoco quería escapar.
Y de pronto, sin aviso, sin palabras… me soltaron.
La mujer cerró una puerta tras de mí.
Y Judith… ya no estaba.
Me giré, confundida, y la puerta se trabó con un clic seco.
Estaba sola, en un cuarto desconocido, oscuro, prohibido, el aire olía a deseo, y a destino.
El silencio en esa habitación era tan profundo que podía oír el ritmo de mi propia respiración. Estaba de pie, sola, sin saber cuánto tiempo había pasado desde que Judith me dejó allí. Mis ojos apenas distinguían formas en la oscuridad, pero no me atrevía a moverme. Cada fibra de mi cuerpo estaba en alerta. No por miedo. No exactamente. Era algo distinto. Era esa mezcla vertiginosa de nervios, expectativa… y deseo
Entonces lo escuché. Un click suave, mecánico. Algo se activaba frente a mí. Una luz roja se encendió sobre la pared, bañando en un resplandor tenue una cortina negra. El corazón me dio un salto. La cortina se deslizó lentamente a los costados, revelando lo que ya presentía: un agujero perfectamente redondo, limpio, a la altura exacta donde debe estar.
Un glory hole, había visto algunos videos y sabia de que se trataba
No supe si reír o temblar. Todo encajaba. La mirada de Judith. Su sonrisa misteriosa. Su “confía en mí”. Me había traído justo aquí, sabiendo perfectamente lo que era.
Y yo… yo me había dejado llevar.
Tragué saliva. La habitación olía a limpieza, sí, pero también había algo más. Ese aroma inconfundible de piel, de hombres. De sexo.
Dí un paso. Y luego otro. Como si algo más fuerte que mi voluntad me impulsara. Me sentía eléctrica, viva. Completamente consciente de cada parte de mi cuerpo. Del calor entre mis piernas. De la humedad que crecía sin control.
Y entonces apareció.
Emergió con calma, casi desafiante. Un pene. Grueso, firme, palpitante. No veía al hombre detrás, y eso lo hacía más intenso. Más mío. Porque en ese momento, él me pertenecía. Y yo… iba a hacerle sentir que nunca olvidaría mi boca.
Me arrodillé despacio, con la espalda recta, la cabeza en alto. No era sumisión. Era ceremonia. Era poder.
Lo tomé con una mano, suave. Estaba caliente, vibrante. Lo lamí primero, de abajo hacia arriba, como probándolo. Y después lo recibí dentro. Sentí cómo se deslizaba en mi boca, cómo él jadeaba al otro lado, cómo yo perdía la noción del tiempo. Lo succioné despacio, luego más profundo, más rápido, más decidida. Lo sentí rendirse poco a poco.
Y entonces llegó. Una descarga cálida, espesa, llenándome. Tragué sin dudar. Cada gota. Y cuando terminó, lo dejé salir, despacio, orgullosa. Sin decir una palabra.
Pero no había terminado.
Otro click. Otra luz. Otro pene.
Y yo… sonreí.
Perdí la cuenta después del quinto.
Ya no sabía cuántos habían pasado, cuántos penes extraños habían atravesado ese agujero buscando mi boca ansiosa, mi lengua hambrienta, mi garganta abierta. Solo sabía que no podía parar. Que no quería.
Me sentía sucia. Y era delicioso.
No había rostros. No había nombres. Solo carne dura, caliente, húmeda. Solo gemidos sordos y descargas espesas llenando mi boca, una y otra vez. Me arrodillaba, me inclinaba, los lamía con devoción. Llevaba el ritmo, marcaba los tiempos, decidía cuándo usarlos con ternura y cuándo torturarlos con succiones lentas, infinitas, que los hacían temblar.
Y tragaba. Siempre tragaba, no dejaba escapar ni una gota. Porque era mío. Porque me gustaba sentir cómo bajaba por mi garganta, cómo se acumulaba dentro de mí. Mi estómago comenzaba a sentirse lleno, hinchado, pesado. Y eso solo me excitaba más.
Estaba sola. Y eso lo hacía todo posible. Nadie me juzgaba. Nadie me miraba con desaprobación. Nadie me decía cómo debía comportarme. Ni siquiera yo.
Porque la otra Brenda —esa esposa correcta, esa mujer de casa con rutinas y silencios— se habría horrorizado. Habría salido corriendo de ese antro de sexo anónimo como si quemara. Habría llamado a Judith para reprocharle la locura, para acusarla de haberla llevado al infierno.
Pero esa Brenda… ya no estaba.

Esta era otra. Era yo, desnuda de vergüenzas, libre de todo filtro. Una puta feliz, una perra sin correa, entregada por completo al placer de chupar vergas que no conocía, una tras otra, una tras otra, sin descanso, sin nombre, sin rostro.
Algunos eran tímidos, entraban con cuidado. Otros eran salvajes, empujaban como si quisieran ahogarme. Y yo los recibía a todos. Me adaptaba a cada uno, me volvía experta en segundos. Usaba la lengua, la garganta, la saliva. Los dejaba enredarse en mí, rendirse en mí. Y cuando se venían, cuando los sentía temblar y gemir, los tragaba como si fuera un ritual sagrado.
Uno. Dos. Siete. Doce. Quince.
El último lo saboreé más lento. Lo hice durar. Me arrodillé con elegancia, con una sonrisa tranquila, como una reina satisfecha. Lo miré fijamente, como si pudiera ver a través de la pared, como si él supiera que estaba ante alguien distinto. Lo lamí con ternura, lo devoré con hambre, y cuando se vino… lo recibí como un premio, provocando un ahogo que me costó apagar
Cuando retrocedió y el agujero quedó vacío, me dejé caer hacia atrás. Respiraba agitada, el maquillaje hecho un desastre, la boca húmeda, las rodillas marcadas en el suelo.
Me sentía vacía por fuera y llena por dentro, llena de semen, llena de placer, llena de mí misma, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí libre.
Al salir, Judith me esperaba apoyada en el guardabarros de su coche, fumaba un cigarro y tenía el rostro marcado por impaciencias e incógnitas, subimos y arrancamos, sin decir palabras. Avanzaba por calles perdidas, las luces de los faroles colándose a intervalos por las ventanas, dibujando sombras en su rostro. El silencio reinaba desde que me subí, todavía con las piernas temblorosas y el estómago... lleno, muy lleno.
Judith rompió el silencio con una sonrisa ladeada, sin apartar la vista del camino.
—¿Y? ¿Cómo te fue, santa Brenda?
Me reí. No sabía ni por dónde empezar.
—Digamos que… me voy a acostar con una ingesta calórica bastante inusual —dije, sobándome el vientre con una sonrisa culpable.
—¿Eh?
—Me tragué la leche de unos quince tipos —solté, mirando por la ventana, como si eso hiciera menos brutal la confesión.
Judith pegó un volantazo suave y me miró escandalizada.
—¡¿Quince?! ¡¿QUINCE?! —casi gritó, con los ojos fuera de órbita—. ¿Qué hiciste, te quedaste a vivir ahí adentro?
Me encogí de hombros, divertida.
—Uno tras otro, sin parar. Apenas salía uno, ya el otro estaba listo. Como si me hubieran estado esperando…
—¡No te creo! —rió con incredulidad—. ¡Pero si estuviste menos de una hora! ¡Eso es un gangbang con cronómetro!
—Te juro —dije llevándome una mano al pecho dramáticamente—. Si me hacen una ecografía ahora, van a ver natación sincronizada.
Judith soltó una carcajada que hizo retumbar el coche.
—¡Sos una enferma! —dijo entre risas—. ¿Y no vomitaste? ¿No te atragantaste?
—Una vez casi me ahogo —confesé—. Pero ya estaba tan metida en el ritmo que… no podía parar. Era como estar en trance.
—O sea que… ¿lo disfrutaste?
Asentí, seria ahora. La mirada de Judith se suavizó un poco, bajó la velocidad al acercarnos a mi calle.
—¿Y cómo te sentís?
—Llena —dije con un tono divertido de doble sentido, pero con una sinceridad profunda escondida detrás de esa broma.
Ella se quedó en silencio un segundo, como buscando las palabras, pero solo asintió con una sonrisa torcida mientras estacionaba frente a mi casa.
—Andá a descansar, loca, mañana quiero detalles escabrosos.
—Vas a tenerlos —le prometí, y bajé del coche aún con la sensación de que el mundo era irreal.
Ya en casa, cerré la puerta con llave, subí las escaleras descalza y me tiré en la cama sin sacarme ni la ropa. Cerré los ojos y reviví cada instante: las manos temblorosas, los primeros jadeos, las oleadas calientes llenándome la boca una y otra vez… y yo bebiendo sin protestar, como si lo necesitara para vivir, saboreaba mi saliva una y otra vez como intentando sentir el sabor a hombre, o a hombres.
Metí la mano entre mis piernas sin pensarlo. El cuerpo me ardía otra vez. No era deseo, era necesidad. Me masturbé con furia, con una imagen distinta para cada orgasmo. Uno, dos, tres… no los conté. Solo gemí bajito, como si aún estuviera en aquella habitación oscura, como si ellos pudieran oírme.
Y cuando terminé, exhausta, sentí cómo el sueño me abrazaba. Me dormí con una sonrisa saciada. Por fin, saciada.
Pasaron semanas. Quizás un par de meses. Perdí la cuenta. Pero el camino hasta ese lugar ya no me parecía extraño. Ni oscuro. Al contrario, había algo en esa rutina clandestina que me daba vida. Iba sola, sin Judith, ya no necesitaba ser llevada. Entraba, cerraba la puerta, me arrodillaba frente al agujero, abría la boca y dejaba que el mundo desapareciera.
Solo pijas. Solo leche.
Nada de nombres, nada de palabras, yo estaba ahí para tragar, para saciarme, para llenar un vacío que ya no tenía forma, solo apetito.
Y después, como si fuera una actriz que se pone el disfraz de esposa, volvía a casa, me sacaba la ropa, sin lavarme los dientes besaba a mi marido en la boca con la leche de otros todavía bajándome por el cuerpo. Él, como siempre, ajeno, inofensivo. Un hombre bueno, diría cualquiera. Pero ya no lo amaba, ya no me tocaba, ya no me miraba, y yo... ya no lo soportaba.
Empecé a odiarlo, con una rabia fría, silenciosa. No por lo que era, sino por lo que me obligaba a fingir que seguía siendo, una esposa correcta, una mujer decente, una farsa.
Lo peor de todo: él no cambió, yo sí.
Un día lo miré mientras hablaba de cualquier tontería —el trabajo, la política, una serie en Netflix— y supe que no había retorno. Me levanté de la mesa, le dije que ya no podía más, que me iba, no gritó, no lloró, creo que en el fondo, también lo sabía.
Empaqué lo poco que me importaba, me fui sin mirar atrás.
Y en el espejo, por primera vez, vi a otra Brenda, una que no pide permiso, que no se disculpa, que abre la boca por gusto, no por deber, que se traga el mundo y sonríe.
Ya no soy la misma mujer.
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Yo soy Brenda. Treinta y cinco años, estuve casada hasta no hace mucho con un hombre correcto, predecible y cada vez más distante. No tengo hijos, aunque no por falta de intentos. Trabajo en una oficina donde los días se parecen tanto entre sí que podría mezclarlos sin culpa. Mi vida es un calendario prolijamente ordenado, sin sorpresas ni excesos. Una vida que, vista desde afuera, parece tranquila… pero que por dentro, arde de una forma silenciosa.
Judith, en cambio, siempre fue un torbellino. Alta, desenvuelta, con una risa que se escuchaba desde el fondo de cualquier salón. Mientras yo aprendía a mantener las piernas cerradas y cuidar mi reputación, ella coleccionaba primeras veces como quien junta fotos en redes sociales. Cada semana tenía una historia nueva, un amante distinto, una aventura que me contaba entre risas mientras tomábamos una copa en su balcón, como si el mundo fuera suyo y ella, su dueña indiscutida.
Nunca la juzgué. Tal vez porque, en el fondo, vivía sus historias a través de ella. Me fascinaba escucharla hablar de cuerpos sudorosos, de lugares insólitos, de miradas que prometían más de lo que decían. Judith tenía una forma de contar que me dejaba con el corazón acelerado y las piernas apretadas. Y aunque jamás lo admití, muchas veces volví a casa y me masturbé recordando sus historias, imaginando que era yo quien vivía esas escenas.
Ella lo sabía. Siempre lo supo.
—Estás demasiado seria, nena. Tenés que vivir un poco. Un buen revolcón te arregla el alma —me dijo una vez, mientras yo fingía indignación y le daba un sorbo a mi gin tonic.
Lo decía riéndose, pero sus ojos brillaban con algo más. Como si me provocara. Como si me desafiara.
Y tal vez tenía razón. Tal vez ya era hora de dejar de mirar desde afuera.
Se lo dije una noche, sin buscarlo. No lo tenía planeado. Era una de esas tardes en las que el vino fluye fácil y las palabras también. Judith me miraba desde el otro lado de la mesa, con esa expresión que solo ella tiene: mezcla de curiosidad, ternura y un leve sarcasmo que nunca termina de desaparecer.
—Estoy cansada, Judith. No físicamente… es otra cosa. Me siento vacía.
Ella no dijo nada al principio. Se limitó a dar otro sorbo a su copa y a esperarme. Siempre supo cuándo callar, cuándo dejarme llenar los silencios con confesiones.
—Carlos… —empecé, y ya con solo decir su nombre sentí una punzada en el pecho—. Compartimos la cama, las mismas sábanas, pero cada noche siento que hay un muro invisible entre nosotros. Me da la espalda, literalmente. Se duerme sin decirme buenas noches. A veces lo escucho suspirar, y me pregunto si también está pensando en lo que ya no somos.
Judith frunció los labios, como si masticara una respuesta que no quería darme todavía.
—No es que no lo intente. Cocino su plato favorito. Me compro lencería nueva, aunque él apenas me mire. Lo abrazo, lo busco... pero su cuerpo es cada vez más ajeno. Hace meses que no tenemos sexo. Y si pasa, es mecánico, torpe, como si estuviéramos cumpliendo una obligación de la que ya ni recordamos el sentido.
—Brenda… —empezó, con esa voz suya que mezcla compasión y desafío—. ¿Y qué estás esperando?
—¿Esperando qué?
—Que un día se despierte, se dé cuenta de que tiene a una mujer hermosa al lado y te haga el amor como en tus fantasías... —hizo una pausa breve, cargada de intención—. O que alguien más te despierte.
No respondí. No pude. Porque lo que Judith no sabía es que yo ya me estaba despertando. Que su sola presencia, sus relatos, su libertad… ya me estaban encendiendo algo que creía muerto.
Algo que pedía salir.
Judith sonrió de lado. Esa sonrisa suya que siempre me hizo sentir como si supiera algo que yo no. Se acomodó en la silla, alzó su copa, y dejó que el vino le mojara apenas los labios antes de hablar.
—¿Querés que te cuente algo? Algo que no le conté a nadie más…
Yo asentí sin decir palabra, casi con culpa, como si supiera que lo que estaba por venir iba a dejarme más caliente que arrepentida.
—Fue hace unas semanas. Estaba en un bar del centro, esos que están llenos de ejecutivos al final del día. Me senté sola, como me gusta, sabiendo que la noche tenía hambre de algo… o de alguien. Terminé cruzando miradas con dos hombres. No juntos, separados. Pero los invité a los dos. Sin que supieran uno del otro.
Hizo una pausa, dejando que las palabras cayeran lentas, como si le gustara el efecto que tenían en mí.
—Terminaron en mi departamento. Los dos. Nunca lo habían hecho, y eso lo volvió todavía más salvaje. No te voy a dar detalles… pero Brenda, te juro que sentí cómo se me partía el alma entre sus cuerpos. Me tenían entre ellos como si fuera una muñeca preciosa y sucia al mismo tiempo. Uno me sujetaba la garganta, el otro me susurraba cosas al oído… y yo solo quería más. Nunca me sentí tan deseada.
Sentí cómo se me tensaban los muslos. Crucé las piernas debajo de la mesa sin darme cuenta, buscando una presión que calmara el ardor creciente entre ellas. Me ardía la piel, me ardía el alma.
Judith lo notó, claro. Siempre lo nota.
—¿Estás bien, nena?
—Sí… —mentí, tragando saliva—. Solo un poco de calor.
Ella sonrió otra vez. Lenta. Cómplice.
—Te vendría bien una noche así, ¿sabés? No por los hombres… por vos. Para recordarte lo que sos capaz de hacer sentir.
No dije nada. Pero esa noche, en la cama, mientras Carlos dormía de espaldas como siempre, metí la mano bajo las sábanas y no pensé en él.
Pensé en Judith.
Pasaron un par de meses desde aquella noche con Judith. Y aunque volví a mi casa, a mi rutina, a mi marido… algo dentro mío ya no era el mismo.
Intenté seguir como si nada hubiera cambiado. Puse la mesa, cociné sin ganas, reí cuando tocaba, y abrí las piernas las pocas veces que Carlos me lo pidió, más por compromiso que por deseo. Pero todo sabía a cartón, a encierro, a algo que se había roto sin remedio.
Judith me escribía de vez en cuando. Mensajes breves, como chispazos de un mundo al que apenas me había asomado. Yo los leía a escondidas, sonriendo con culpa, imaginando, deseando.
Y entonces un día, Carlos me lo dijo sin rodeos, mientras revolvía su café matinal:
—Me voy a Santiago por trabajo. Una semana… tal vez diez días. No estoy seguro.
Asentí con la cabeza. No pregunté más. Ni cuándo salía el vuelo, ni con quién viajaba, ni si me iba a llamar. Me limité a observar cómo hacía su valija con esa frialdad meticulosa que lo caracterizaba. Me dio un beso en la frente al irse, como quien acaricia a una mascota antes de dejarla sola.
Y sola me quedé.
Durante las primeras horas caminé por la casa sin rumbo, como si me costara creerlo. No había pasos, ni televisión de fondo, ni órdenes solapadas. El silencio era tan profundo que me hizo sonreír. Me senté en el sofá, sola, con las piernas cruzadas, mirando nada. Y entonces lo hice: me preparé pochoclos, elegí una película tonta, y me tiré en la cama en ropa interior.
Esa noche no dormí. Me masturbé como si el cuerpo me lo hubiera estado pidiendo a gritos durante años. No una vez. Varias. Sobre el sillón, en el baño, en la cocina. Me acabe fuerte, intensa, sucia, saboreando cada ola de placer sin sentir vergüenza. Era como recuperar el lenguaje de una mujer que había estado muda demasiado tiempo.
Y al otro día, lo volví a hacer. Y al siguiente.
Andaba semidesnuda por la casa, a veces solo con una bata abierta, otras con una remera y nada más. Me gustaba mirarme al espejo y tocarme sin apuro. Me gustaba saber que no tenía que fingir, que no tenía que dar explicaciones.
No era feliz. Pero por primera vez en mucho tiempo, era libre.
Y eso, por ahora, alcanzaba.
Esa noche no esperaba visitas. Estaba tirada en el sillón, en tanga y una camiseta vieja, viendo una comedia tonta con un bol de pochoclos medio frío en el regazo, cuando sonó el timbre.
—¿Quién…? —murmuré, sin levantarme enseguida.
Pero al mirar por la mirilla, ahí estaba ella. Judith. Con esa sonrisa de quien ya sabe que va a descolocarte.
—¿Se puede? —dijo apenas abrí la puerta, alzando una bolsa con sushi, otra con una botella de vino y una tercera que olía a chocolate.
—¿Qué hacés acá?
—Vine a rescatarte de tu encierro sexual autogestionado.
Me reí sin poder evitarlo. Hacía días que no veía a nadie. No sabía si me alegraba o me asustaba tenerla ahí. Pero la dejé pasar. Siempre la dejaba pasar.
Extendimos una manta en el suelo del living y comimos con las manos, bebimos del pico de la botella, hablamos de hombres, de nosotras, de lo que soñábamos cuando éramos más jóvenes. Judith se rió tanto que por momentos terminó recostada boca arriba, con la boca abierta, sin poder respirar. Yo la miraba y me sentía viva de nuevo.
Después del postre, ya con la segunda botella abierta, me miró como si tuviera algo muy claro en mente.
—Tengo ganas de salir.
—¿Salir? ¿A dónde?
—A dar una vuelta. A mostrarte algo. —Su voz era suave, pero firme—. Dale, ponete algo.
—¿Qué cosa?
—Algo provocativo.
—¿Provocativo?
—Sí. Como para que te veas en el espejo y te guste lo que ves. Como para que te sientas deseada. Como para que el mundo sepa que seguís estando viva.
La miré con la ceja alzada, dudando.
—Judith…
—No me preguntes. Solo hacelo.
Tenía esa manera de decir las cosas que no daba lugar a objeciones. Era como si ya todo estuviera decidido. Busqué un vestido negro corto que hacía años no usaba, me puse unas sandalias con taco, y un labial apagado pero fuerte que hacía juego con el atrevimiento que me hervía por dentro.
Judith me miró y asintió satisfecha.
—Perfecta.
Subimos a su coche. En silencio.
Yo no sabía a dónde íbamos. Pero ella sí.
Y aunque no me lo dijo, yo intuía que esa noche iba a cruzar una frontera.
Dimos vueltas durante más de una hora. Judith no decía a dónde íbamos. Solo sonreía, ponía música suave, y cada tanto me miraba de reojo como si se deleitara con mi desconcierto.
Yo tampoco preguntaba. Parte de mí quería saber. Pero otra parte prefería dejarse llevar. La noche era cálida, la ciudad se iba diluyendo en calles menos iluminadas, más desiertas, más clandestinas.
Finalmente, dobló en una calle lateral, casi imperceptible, y se detuvo frente a un portón negro, sin cartel, sin luces. Solo un intercomunicador oxidado.
—¿Dónde estamos?
—En un lugar donde podés dejar de ser vos —susurró.
Apretó un código y el portón se abrió con un chirrido lento y pesado. Ingresamos a un patio oscuro, con paredes altas y sin ventanas. Era como entrar a otro mundo.
Judith me tomó de la mano, fuerte.
—Confía en mí.
Cruzamos un corredor, hasta una puerta custodiada por un hombre de traje oscuro. Ella lo saludó como si fueran viejos conocidos. Él asintió y nos dejó pasar.
Adentro, el ambiente era denso. Luz roja, música tenue, olor a cuero, perfume caro y algo más… algo húmedo, animal. No había letreros. Solo pasillos. Solo puertas. Solo sombras.
Una mujer joven se acercó y nos miró a ambas. Llevaba un vestido ajustado, cabellos recogidos, labios rojos y una libreta en la mano.
—¿Primera vez? —le preguntó a Judith, señalándome.
Judith asintió con una sonrisa cómplice. La mujer me miró como se mira a una novata. Con una mezcla de curiosidad y lástima.
—Entonces vení, Brenda.
Me sobresalté. ¿Cómo sabía mi nombre?
—Ella ya es clienta. Vos sos la invitada esta noche —agregó, con voz firme.
Nos condujeron por un pasillo tapizado en terciopelo oscuro. Las luces eran apenas líneas tenues en el suelo. Escuchaba sonidos apagados tras las puertas: gemidos, risas ahogadas, susurros.
Mi corazón latía con fuerza. No entendía. Pero tampoco quería escapar.
Y de pronto, sin aviso, sin palabras… me soltaron.
La mujer cerró una puerta tras de mí.
Y Judith… ya no estaba.
Me giré, confundida, y la puerta se trabó con un clic seco.
Estaba sola, en un cuarto desconocido, oscuro, prohibido, el aire olía a deseo, y a destino.
El silencio en esa habitación era tan profundo que podía oír el ritmo de mi propia respiración. Estaba de pie, sola, sin saber cuánto tiempo había pasado desde que Judith me dejó allí. Mis ojos apenas distinguían formas en la oscuridad, pero no me atrevía a moverme. Cada fibra de mi cuerpo estaba en alerta. No por miedo. No exactamente. Era algo distinto. Era esa mezcla vertiginosa de nervios, expectativa… y deseo
Entonces lo escuché. Un click suave, mecánico. Algo se activaba frente a mí. Una luz roja se encendió sobre la pared, bañando en un resplandor tenue una cortina negra. El corazón me dio un salto. La cortina se deslizó lentamente a los costados, revelando lo que ya presentía: un agujero perfectamente redondo, limpio, a la altura exacta donde debe estar.
Un glory hole, había visto algunos videos y sabia de que se trataba
No supe si reír o temblar. Todo encajaba. La mirada de Judith. Su sonrisa misteriosa. Su “confía en mí”. Me había traído justo aquí, sabiendo perfectamente lo que era.
Y yo… yo me había dejado llevar.
Tragué saliva. La habitación olía a limpieza, sí, pero también había algo más. Ese aroma inconfundible de piel, de hombres. De sexo.
Dí un paso. Y luego otro. Como si algo más fuerte que mi voluntad me impulsara. Me sentía eléctrica, viva. Completamente consciente de cada parte de mi cuerpo. Del calor entre mis piernas. De la humedad que crecía sin control.
Y entonces apareció.
Emergió con calma, casi desafiante. Un pene. Grueso, firme, palpitante. No veía al hombre detrás, y eso lo hacía más intenso. Más mío. Porque en ese momento, él me pertenecía. Y yo… iba a hacerle sentir que nunca olvidaría mi boca.
Me arrodillé despacio, con la espalda recta, la cabeza en alto. No era sumisión. Era ceremonia. Era poder.
Lo tomé con una mano, suave. Estaba caliente, vibrante. Lo lamí primero, de abajo hacia arriba, como probándolo. Y después lo recibí dentro. Sentí cómo se deslizaba en mi boca, cómo él jadeaba al otro lado, cómo yo perdía la noción del tiempo. Lo succioné despacio, luego más profundo, más rápido, más decidida. Lo sentí rendirse poco a poco.
Y entonces llegó. Una descarga cálida, espesa, llenándome. Tragué sin dudar. Cada gota. Y cuando terminó, lo dejé salir, despacio, orgullosa. Sin decir una palabra.
Pero no había terminado.
Otro click. Otra luz. Otro pene.
Y yo… sonreí.
Perdí la cuenta después del quinto.
Ya no sabía cuántos habían pasado, cuántos penes extraños habían atravesado ese agujero buscando mi boca ansiosa, mi lengua hambrienta, mi garganta abierta. Solo sabía que no podía parar. Que no quería.
Me sentía sucia. Y era delicioso.
No había rostros. No había nombres. Solo carne dura, caliente, húmeda. Solo gemidos sordos y descargas espesas llenando mi boca, una y otra vez. Me arrodillaba, me inclinaba, los lamía con devoción. Llevaba el ritmo, marcaba los tiempos, decidía cuándo usarlos con ternura y cuándo torturarlos con succiones lentas, infinitas, que los hacían temblar.
Y tragaba. Siempre tragaba, no dejaba escapar ni una gota. Porque era mío. Porque me gustaba sentir cómo bajaba por mi garganta, cómo se acumulaba dentro de mí. Mi estómago comenzaba a sentirse lleno, hinchado, pesado. Y eso solo me excitaba más.
Estaba sola. Y eso lo hacía todo posible. Nadie me juzgaba. Nadie me miraba con desaprobación. Nadie me decía cómo debía comportarme. Ni siquiera yo.
Porque la otra Brenda —esa esposa correcta, esa mujer de casa con rutinas y silencios— se habría horrorizado. Habría salido corriendo de ese antro de sexo anónimo como si quemara. Habría llamado a Judith para reprocharle la locura, para acusarla de haberla llevado al infierno.
Pero esa Brenda… ya no estaba.

Esta era otra. Era yo, desnuda de vergüenzas, libre de todo filtro. Una puta feliz, una perra sin correa, entregada por completo al placer de chupar vergas que no conocía, una tras otra, una tras otra, sin descanso, sin nombre, sin rostro.
Algunos eran tímidos, entraban con cuidado. Otros eran salvajes, empujaban como si quisieran ahogarme. Y yo los recibía a todos. Me adaptaba a cada uno, me volvía experta en segundos. Usaba la lengua, la garganta, la saliva. Los dejaba enredarse en mí, rendirse en mí. Y cuando se venían, cuando los sentía temblar y gemir, los tragaba como si fuera un ritual sagrado.
Uno. Dos. Siete. Doce. Quince.
El último lo saboreé más lento. Lo hice durar. Me arrodillé con elegancia, con una sonrisa tranquila, como una reina satisfecha. Lo miré fijamente, como si pudiera ver a través de la pared, como si él supiera que estaba ante alguien distinto. Lo lamí con ternura, lo devoré con hambre, y cuando se vino… lo recibí como un premio, provocando un ahogo que me costó apagar
Cuando retrocedió y el agujero quedó vacío, me dejé caer hacia atrás. Respiraba agitada, el maquillaje hecho un desastre, la boca húmeda, las rodillas marcadas en el suelo.
Me sentía vacía por fuera y llena por dentro, llena de semen, llena de placer, llena de mí misma, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí libre.
Al salir, Judith me esperaba apoyada en el guardabarros de su coche, fumaba un cigarro y tenía el rostro marcado por impaciencias e incógnitas, subimos y arrancamos, sin decir palabras. Avanzaba por calles perdidas, las luces de los faroles colándose a intervalos por las ventanas, dibujando sombras en su rostro. El silencio reinaba desde que me subí, todavía con las piernas temblorosas y el estómago... lleno, muy lleno.
Judith rompió el silencio con una sonrisa ladeada, sin apartar la vista del camino.
—¿Y? ¿Cómo te fue, santa Brenda?
Me reí. No sabía ni por dónde empezar.
—Digamos que… me voy a acostar con una ingesta calórica bastante inusual —dije, sobándome el vientre con una sonrisa culpable.
—¿Eh?
—Me tragué la leche de unos quince tipos —solté, mirando por la ventana, como si eso hiciera menos brutal la confesión.
Judith pegó un volantazo suave y me miró escandalizada.
—¡¿Quince?! ¡¿QUINCE?! —casi gritó, con los ojos fuera de órbita—. ¿Qué hiciste, te quedaste a vivir ahí adentro?
Me encogí de hombros, divertida.
—Uno tras otro, sin parar. Apenas salía uno, ya el otro estaba listo. Como si me hubieran estado esperando…
—¡No te creo! —rió con incredulidad—. ¡Pero si estuviste menos de una hora! ¡Eso es un gangbang con cronómetro!
—Te juro —dije llevándome una mano al pecho dramáticamente—. Si me hacen una ecografía ahora, van a ver natación sincronizada.
Judith soltó una carcajada que hizo retumbar el coche.
—¡Sos una enferma! —dijo entre risas—. ¿Y no vomitaste? ¿No te atragantaste?
—Una vez casi me ahogo —confesé—. Pero ya estaba tan metida en el ritmo que… no podía parar. Era como estar en trance.
—O sea que… ¿lo disfrutaste?
Asentí, seria ahora. La mirada de Judith se suavizó un poco, bajó la velocidad al acercarnos a mi calle.
—¿Y cómo te sentís?
—Llena —dije con un tono divertido de doble sentido, pero con una sinceridad profunda escondida detrás de esa broma.
Ella se quedó en silencio un segundo, como buscando las palabras, pero solo asintió con una sonrisa torcida mientras estacionaba frente a mi casa.
—Andá a descansar, loca, mañana quiero detalles escabrosos.
—Vas a tenerlos —le prometí, y bajé del coche aún con la sensación de que el mundo era irreal.
Ya en casa, cerré la puerta con llave, subí las escaleras descalza y me tiré en la cama sin sacarme ni la ropa. Cerré los ojos y reviví cada instante: las manos temblorosas, los primeros jadeos, las oleadas calientes llenándome la boca una y otra vez… y yo bebiendo sin protestar, como si lo necesitara para vivir, saboreaba mi saliva una y otra vez como intentando sentir el sabor a hombre, o a hombres.
Metí la mano entre mis piernas sin pensarlo. El cuerpo me ardía otra vez. No era deseo, era necesidad. Me masturbé con furia, con una imagen distinta para cada orgasmo. Uno, dos, tres… no los conté. Solo gemí bajito, como si aún estuviera en aquella habitación oscura, como si ellos pudieran oírme.
Y cuando terminé, exhausta, sentí cómo el sueño me abrazaba. Me dormí con una sonrisa saciada. Por fin, saciada.
Pasaron semanas. Quizás un par de meses. Perdí la cuenta. Pero el camino hasta ese lugar ya no me parecía extraño. Ni oscuro. Al contrario, había algo en esa rutina clandestina que me daba vida. Iba sola, sin Judith, ya no necesitaba ser llevada. Entraba, cerraba la puerta, me arrodillaba frente al agujero, abría la boca y dejaba que el mundo desapareciera.
Solo pijas. Solo leche.
Nada de nombres, nada de palabras, yo estaba ahí para tragar, para saciarme, para llenar un vacío que ya no tenía forma, solo apetito.
Y después, como si fuera una actriz que se pone el disfraz de esposa, volvía a casa, me sacaba la ropa, sin lavarme los dientes besaba a mi marido en la boca con la leche de otros todavía bajándome por el cuerpo. Él, como siempre, ajeno, inofensivo. Un hombre bueno, diría cualquiera. Pero ya no lo amaba, ya no me tocaba, ya no me miraba, y yo... ya no lo soportaba.
Empecé a odiarlo, con una rabia fría, silenciosa. No por lo que era, sino por lo que me obligaba a fingir que seguía siendo, una esposa correcta, una mujer decente, una farsa.
Lo peor de todo: él no cambió, yo sí.
Un día lo miré mientras hablaba de cualquier tontería —el trabajo, la política, una serie en Netflix— y supe que no había retorno. Me levanté de la mesa, le dije que ya no podía más, que me iba, no gritó, no lloró, creo que en el fondo, también lo sabía.
Empaqué lo poco que me importaba, me fui sin mirar atrás.
Y en el espejo, por primera vez, vi a otra Brenda, una que no pide permiso, que no se disculpa, que abre la boca por gusto, no por deber, que se traga el mundo y sonríe.
Ya no soy la misma mujer.
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