Mi novia folla con otro hombre. Y antes de que pienses mal, no es algo triste ni humillante para mí. Yo lo acepté. Ella fue quien lo propuso. Ella es quien lo organiza todo. Y lo que más le excita, lo que realmente la vuelve loca, es rogarle a él que se corra dentro de ella mientras yo miro. No exagero. Es su parte favorita.
Empezó una noche en la que estábamos bebiendo. Me confesó que fantaseaba con follar delante de mí con un hombre que la hiciera sentir completamente tomada. Al principio me quedé callado. Un par de semanas después ya tenía a “Diego”, un tipo alto y seguro de sí mismo que conoció en el gym. Esa misma noche me miró a los ojos y me dijo: “Quiero que estés ahí. Quiero que veas todo”. Y lo vi.
Ahora es nuestra dinámica. Ella me avisa con un mensaje: “Esta noche viene Diego”. Yo llego a casa y me encuentro con que ella ya se arregló para él: lencería, tacones, el pelo perfecto. Me da un beso suave en los labios, me sirve una copa y me dice que me siente en el sillón. Diez minutos después está de rodillas frente a él, chupándosela con ganas mientras me mira de reojo.
No solo folla. Me incluye. O mejor dicho, me hace mirar. Nos habla a los dos mientras la penetra, pero siempre asegurándose de que yo escuche.
“¿Ves cómo me abre?”
“Míralo, amor… está tan adentro.”
“Es mucho más grande que tú…”
Pero cuando él está a punto de correrse, cambia. Su voz se vuelve más aguda, desesperada, casi suplicante. Y ahí empieza lo que más le gusta:
“Por favor, Diego… no te salgas.”
“Córrete dentro, bebé. Lléname.”
“Quiero toda tu leche… por favor, lléname.”
“Dámelo, por favor… quiero que me dejes llena.”
Lo dice con tanta necesidad que se me revuelve el estómago de excitación y celos al mismo tiempo. Ella nunca me había rogado así a mí. Nunca con esa voz rota y ansiosa.
Y yo me quedo ahí, sentado, mirando cómo otro hombre folla a mi novia con más fuerza de la que yo le doy, cómo ella se corre gritando su nombre, y cómo al final él obedece. Se hunde hasta el fondo y se corre dentro de ella con gruñidos profundos mientras ella tiembla y gime “sí… sí… lo siento… está tan caliente… me está llenando”.
La parte que más me destroza (y me excita) es después. Ella no me deja acercarme de inmediato. Se queda tumbada con las piernas abiertas, respirando agitada, y con una mano se toca suavemente el coño, como queriendo mantener su semen dentro. Me mira con ojos vidriosos y me dice con voz dulce:
“Míralo, amor… mira cómo me dejó.”
Luego, cuando Diego se va o se queda descansando, ella me llama. Me hace acercarme entre sus piernas. El olor es intenso: sexo, sudor y semen de otro. Ella me pone la mano en la cabeza y susurra:
“Límpame.”
Y yo lo hago. Le como el coño lleno del semen de Diego mientras ella me acaricia el pelo y me dice lo buen chico que soy. A veces me cuenta al oído cómo se sintió cuando él se corrió dentro, cómo le latió la polla, cuánto semen sintió. Y mientras me lo cuenta, se corre otra vez en mi boca.
La semana pasada fue especialmente fuerte. La tenía en cuatro, follándola duro. Yo estaba sentado al lado de la cama. Ella estiró la mano, agarró la mía y la apretó justo cuando él estaba a punto. Mirándome a los ojos, con la voz entrecortada, le rogó:
“Córrete dentro… quiero que mi novio vea cómo me llenas.”
Cuando Diego se corrió, ella tuvo un orgasmo tan fuerte que casi me clava las uñas en la mano. Después me jaló hacia ella, me besó con lengua y me susurró:
“¿Sentiste cómo me temblaba la mano? Eso fue cuando me estaba llenando…”
Ahora ya es normal. Ella sale, queda con él, vuelve a casa y a veces ni se ducha antes. Solo se abre de piernas en la cama y me llama para que “la reciba”. Me encanta y me duele al mismo tiempo. Verla tan deseada, tan satisfecha de una forma que yo solo no puedo darle… y aun así elegir volver conmigo.
Anoche me escribió: “Diego viene mañana. Quiero que estés en la habitación otra vez.”
Ya sé lo que significa. Me voy a sentar otra vez en ese sillón, con el corazón acelerado, viendo cómo otro hombre le da lo que ella más desea… y luego yo limpiaré todo.
Y sí… la vida es rara. Pero joder, es buena.
Empezó una noche en la que estábamos bebiendo. Me confesó que fantaseaba con follar delante de mí con un hombre que la hiciera sentir completamente tomada. Al principio me quedé callado. Un par de semanas después ya tenía a “Diego”, un tipo alto y seguro de sí mismo que conoció en el gym. Esa misma noche me miró a los ojos y me dijo: “Quiero que estés ahí. Quiero que veas todo”. Y lo vi.
Ahora es nuestra dinámica. Ella me avisa con un mensaje: “Esta noche viene Diego”. Yo llego a casa y me encuentro con que ella ya se arregló para él: lencería, tacones, el pelo perfecto. Me da un beso suave en los labios, me sirve una copa y me dice que me siente en el sillón. Diez minutos después está de rodillas frente a él, chupándosela con ganas mientras me mira de reojo.
No solo folla. Me incluye. O mejor dicho, me hace mirar. Nos habla a los dos mientras la penetra, pero siempre asegurándose de que yo escuche.
“¿Ves cómo me abre?”
“Míralo, amor… está tan adentro.”
“Es mucho más grande que tú…”
Pero cuando él está a punto de correrse, cambia. Su voz se vuelve más aguda, desesperada, casi suplicante. Y ahí empieza lo que más le gusta:
“Por favor, Diego… no te salgas.”
“Córrete dentro, bebé. Lléname.”
“Quiero toda tu leche… por favor, lléname.”
“Dámelo, por favor… quiero que me dejes llena.”
Lo dice con tanta necesidad que se me revuelve el estómago de excitación y celos al mismo tiempo. Ella nunca me había rogado así a mí. Nunca con esa voz rota y ansiosa.
Y yo me quedo ahí, sentado, mirando cómo otro hombre folla a mi novia con más fuerza de la que yo le doy, cómo ella se corre gritando su nombre, y cómo al final él obedece. Se hunde hasta el fondo y se corre dentro de ella con gruñidos profundos mientras ella tiembla y gime “sí… sí… lo siento… está tan caliente… me está llenando”.
La parte que más me destroza (y me excita) es después. Ella no me deja acercarme de inmediato. Se queda tumbada con las piernas abiertas, respirando agitada, y con una mano se toca suavemente el coño, como queriendo mantener su semen dentro. Me mira con ojos vidriosos y me dice con voz dulce:
“Míralo, amor… mira cómo me dejó.”
Luego, cuando Diego se va o se queda descansando, ella me llama. Me hace acercarme entre sus piernas. El olor es intenso: sexo, sudor y semen de otro. Ella me pone la mano en la cabeza y susurra:
“Límpame.”
Y yo lo hago. Le como el coño lleno del semen de Diego mientras ella me acaricia el pelo y me dice lo buen chico que soy. A veces me cuenta al oído cómo se sintió cuando él se corrió dentro, cómo le latió la polla, cuánto semen sintió. Y mientras me lo cuenta, se corre otra vez en mi boca.
La semana pasada fue especialmente fuerte. La tenía en cuatro, follándola duro. Yo estaba sentado al lado de la cama. Ella estiró la mano, agarró la mía y la apretó justo cuando él estaba a punto. Mirándome a los ojos, con la voz entrecortada, le rogó:
“Córrete dentro… quiero que mi novio vea cómo me llenas.”
Cuando Diego se corrió, ella tuvo un orgasmo tan fuerte que casi me clava las uñas en la mano. Después me jaló hacia ella, me besó con lengua y me susurró:
“¿Sentiste cómo me temblaba la mano? Eso fue cuando me estaba llenando…”
Ahora ya es normal. Ella sale, queda con él, vuelve a casa y a veces ni se ducha antes. Solo se abre de piernas en la cama y me llama para que “la reciba”. Me encanta y me duele al mismo tiempo. Verla tan deseada, tan satisfecha de una forma que yo solo no puedo darle… y aun así elegir volver conmigo.
Anoche me escribió: “Diego viene mañana. Quiero que estés en la habitación otra vez.”
Ya sé lo que significa. Me voy a sentar otra vez en ese sillón, con el corazón acelerado, viendo cómo otro hombre le da lo que ella más desea… y luego yo limpiaré todo.
Y sí… la vida es rara. Pero joder, es buena.
2 comentarios - Mi novia le ruega a su amante que se corra dentro de ella.