You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Clases De Teatro Para Adultos - Capítulo IX

Hola, cómo les va? Llegó el final de esta historia. Espero que les haya gustado. Como dije al principio, estuvo inspirada en otra que leí en este sitio hace mucho tiempo. Si alguien lee esta historia hasta el final, y por casualidad leyó la original, no es coincidencia. Y si alguien sabe cómo contactar con el autor como para que la vuelva a publicar, agradezco la información. Como siempre, agradezco a todos los que leyeron, comentaron, puntuaron, etc. Está en preparación una secuela, pero todavía le falta bastante. Va a tardar un poco. Por ahora, espero que disfruten con este final.





Capítulo IX - Vuelta De Tuerca


Me desperté en la bañera cerca del mediodía, tiritando de frío. El agua perdió temperatura, y no me quedó más remedio que despertarme. Temblaba como una hoja, tenía la piel de gallina y me traqueteaban los dientes. Pero ese frío logró calmar un poco toda la irritación que sentía en la vagina y el ano.


Me di una ducha caliente para no morirme de hipotermia. Pero no tenía ganas de encarar el día normalmente, así que volví a la cama. Supuse que en algún momento los chicos vendrían, al menos, a preguntar si estaba bien. Habrían escuchado el ruido de la ducha, y mis pasos, y se habrían avivado.


—¡Mamá! ¿Estás ahí? ¿Estás bien? —Escuché la voz de mi hija, desde la puerta, que gracias a Dios me acordé de cerrar con llave en ese trance en el que me encontraba al volver a casa.


—Sí, mi amor, ¿qué pasó? —Pregunté, haciéndome la desentendida.


—Son las doce. ¿Qué te pasó que no te levantaste? ¿Querés un café?



Me moría por un café. Acepté su oferta para poder improvisar un verso para disfrazar la situación mientras ella lo preparaba. Me puse un camisón, guardé el toallón en su lugar, destrabé la puerta y me acosté. A los diez minutos vino mi hija, con una taza de café y una medialuna.


—Gracias, hija. No sabés cómo lo necesitaba.


Se sentó en la cama, con claras intenciones de ametrallarme a preguntas. A pesar de todo, los métodos del curso sirvieron para algo, y pude convencerla de que solamente me había pasado con la cerveza, y simplemente tenía resaca. Le pedí que no diga nada, y si podía hacer la comida, porque quería dormir un rato más. Se cagó de risa, pero me dejó tranquila.


A la tarde llamé a mi ginecóloga y le pedí por favor que me atienda urgente. Le ofrecí pagarle extra por ser un Sábado. Fui a su consultorio, le tuve que confesar cuál era la situación (aunque omití varias partes), y me revisó. Por suerte no encontró nada estropeado. Me dijo que tome analgésicos (ahora entiendo por qué se llaman así), y me hizo varias órdenes para análisis de distintos tipos, incluido un test de embarazo, solo para descartar. Me volvió a correr una sensación de frío por la espalda que duró unos segundos.


Pasé por la casa de Lili, pero no había nadie. Le dejé un papelito para que me llame. Volví a casa y tuve una charla con los chicos (esta vez con los dos) sobre los peligros del alcohol, y otro montón de cuidados que tienen que tener. Cuando se pudrieron de escuchar el sermón, me prometieron no mencionar más el tema y no tomar ni siquiera una copa de sidra en Navidad, pero rogaron por favor que los deje ir. Me ofrecí a amasarles una pizza, recordando lo que había sugerido el padre el día anterior.


El resto de la semana estuve sacando conclusiones. Todavía me sentía usada y humillada por un psicópata. Con un poco de chamuyo logró que accediera a cosas que jamás había pensado hacer. Me sentía una puta, y otras barbaridades que me mencionó mientras me sodomizaba. Pero dentro de ese océano de angustia, tengo que reconocer que ciertas partes me gustaron. La sensación de aventura, la idea de que todavía había hombres capaces de esforzarse por poseerme porque les gustaba mi cuerpo, quiérase o no, me rejuvenecieron.


Honestamente, si seguía al lado de mi marido era más que nada por los chicos y la plata, pero en gran parte porque no me veía consiguiendo un hombre decente si me volvía a quedar sola. Esa barrera desapareció. Pero principalmente me sentía bien porque después de muchos años volví a disfrutar el sexo. Nunca me cogieron tan bien como Ricardo. Evidentemente los hombres que lo habían intentado no fueron lo suficientemente hombres, o no tenían experiencia, o las dos cosas. No puedo mentir: Ricardo me llevó al cielo antes de llevarme al infierno.


De cualquier manera, decidí abandonar el curso. Estaba claro que la idea no era hacer una obra sino enganchar alguna boludita (boludaza, en este caso), hacerle el verso, y cepillársela. Por supuesto, no pensaba ir el Miércoles a la hora de siempre a decírselo en la cara. Seguramente me iba a convencer de quedarme. Ya había vencido mis defensas una vez, tranquilamente lo podía volver a hacer. Tenía unos días para inventar una excusa para la familia. Y otra para Lili.


El Miércoles a la tarde, después de casi una semana, me llamó Lili. Me invitó a tomar un café en el centro, en el lugar de siempre, a eso de las siete. Me pasaba a buscar. Me puso en compromiso, porque si de ahí quería ir al instituto, yo tenía que volver caminando. Pero no dije nada, para no meter la pata.


Fuimos al café, y durante todo el trayecto no dijimos casi nada. Nos sentamos en la misma mesa de siempre, y Lili prendió un cigarrillo con lo que quedaba del que estaba a punto de tirar.


—Lili, ¿qué te pasa? Estás seria, no parás de fumar… hace casi una semana que no charlamos…


—Pato, no sé cómo decirte esto. Me estoy comiendo las uñas hace varios días. Soy una porquería. No merecés tenerme de amiga.


—Lili, la puta madre, ¿qué estás diciendo? Decime qué pasó, no te voy a matar. —Me estaba asustando con su seriedad.


—Pato, no puedo seguir haciendo el curso. Ni los ensayos… Ya no sé ni cómo llamarlos. No puedo seguir más.


—Pero eso no es tan grave. Quedate tranquila que yo tampoco pienso seguir con ese degenerado. —Me di cuenta que hablé de más inmediatamente después de soltar eso.


—¿Cómo sabés que es un degenerado? —Preguntó Lili, casi acorralándome. Traté de buscar algún episodio que pudiera tomar de base para mentir convincentemente, y algo encontré.


—¿Me estás cargando? —Pregunté, falsamente ofendida. —Yo estaba a dos metros cuando te cogió, haciéndose el coreógrafo de Hollywood. No sé cómo hiciste para no pegarle un sopapo y denunciarlo…


—No, Pato. Si yo estaba más caliente que él. Me tuve que morder los labios para no gritar. El problema fue lo que pasó después.


¿Cómo mierda se había enterado de lo que pasó después? ¿Habrá hablado este hijo de mil putas?


—Dejame que te cuente, Pato. Me siento una prostituta asquerosa.


—Dejate de joder, y decime qué pasó.


—El Jueves, terminó el ensayo… Polvo… llámalo como quieras, y nos fuimos a la mierda. Quedé extasiada. Llegué a mi casa y me tuve que masturbar. Todavía quedaba algo de leche adentro. El Viernes, como sabrás, Ricardo avisó temprano que suspendía las clases porque se iba a Santa Fe todo el día.


Esa fue la excusa que puso el hijo de puta para poder garcharme sin parar. Y avisó temprano. Tenía todo listo, y yo entré como una boluda.


—A eso de las ocho, más o menos, me llamó para pedirme disculpas, que se había propasado, pero que quería verme para hablarme de frente, como un hombre de verdad.


A las ocho, calculé, estaba durmiendo, recuperándome del segundo polvo. Usó esa pausa para encarar a Lili. Hay que reconocer que audacia no le faltaba.


—Me pidió que vaya el Sábado a la tarde al bar que está a la vuelta del instituto. Yo me imaginaba que no era solamente para pedir disculpas. Tampoco era necesario que me pida demasiado. Si me hizo gozar como nunca.


Todo lo que me venía diciendo me resultaba tristemente familiar.


—Así que me preparé como para la guerra. Vos me conocés. Me puse lo mejor que tengo. Fui al bar pensando que ahí nomás iba a empezar con un atraque convencional: “¿Querés tomar algo? ¿Vamos a algún lugar más tranquilo?” Como haría un hombre normal. En vez de eso, me pidió disculpas por salirse del guion, blah, blah, blah, el teatro, etc. Me dijo que tuvo que recurrir a cogerme así para impresionarte a vos, para que vieras lo que era sacrificarse por la obra, los compañeros, blah blah blah, el guion, etc. Y ahí me tocó el orgullo. Tengo que reconocer que al nombrarte me dio un ataque de celos. Me estaba dando matraca solamente para demostrarte un concepto pelotudo a vos… No lo podía tolerar.


Lo peor es que era verdad. Pero no podía decírselo.


—Pero se dio cuenta lo que me había provocado. Entonces cambió de rol y pasó al ataque. Me propuso ir al escenario a seguir ensayando. Me espoleó con la idea de que si hacía las escenas tan bien como el Jueves, te echaba a vos y me daba el papel de Alicia.


—Me querías serruchar el piso. Qué bonito, ¿eh?


—No, Pato, por favor, no pienses eso. Quería ensayar cualquier escena para que me volviera a coger. ¿Qué carajo me importaba hacer de Alicia, de Mercedes, o de aguatera suplente?


—Te lo decía en joda, ya me imaginaba por dónde venía la mano.


—Bueno, el asunto es que fuimos a la sala de ensayos. Le pregunté qué escena quería ensayar. Me dijo, sin dudar un segundo, la del pool.


Claro, no era ningún boludo. Ensayar las escenas en las que Mercedes tenía sexo hubiera sido muy poca cosa. Aparte tenía que seguir con el cuento de probar a Lili en el papel de Alicia.


—Me mandó a cambiarme mientras él armaba el pool. No armó un carajo, se quedó mirándome desde lejos mientras me sacaba la ropa. Le di un mini-espectáculo. Al sacarme la tanga dejé el culo bien arriba, más tiempo del normal. Me puse ese vestido blanco y volví para la mesa, contoneándome como gata en celo. Ahí me explicó la escena, los diálogos (que sabía de memoria) y la coreografía sexual. Tenía que correrme el vestido…


Lili me explicó con lujo de detalles cómo era la escena de sexo que yo perfectamente conocía. Como no estaba en el guion, pensó que yo no sabía los pormenores. Es admirable la exactitud con la que Ricardo planteó la escena en ambas ocasiones.


—Bueno, ahí empezamos. La parte dramática salió diez puntos. Y la parte erótica… Dios mío…


—Contame, no me dejes así.


—Como habíamos arreglado, me levantó el vestido y se arrodilló atrás mío. Qué lengua que tiene. Se ve que habla tanto que con eso la entrena. Me chupó todo lo que te puedas imaginar. Me masajeó el clítoris, me metió la lengua en el culo…


—Hablá bajo…


—Me encontró el punto G, me mojé hasta las rodillas, me metió dos dedos en… donde había metido la lengua… Me hizo volar de placer.


Se ve que el hijo de puta pensó en reutilizar lo que le había dado resultado. ¿Para qué cambiar lo que funciona?


—Y ahí vino lo mejor. Como la escena requería que Alicia fingiera sufrir, sin avisarme nada me la metió en el culo. Fuerte. Me la enterró hasta los huevos. No sabés el grito que pegué.


Me lo imaginaba, pero no se lo dije. Primera diferencia con Lili. A mí me tuvo que convencer, y a ella la sorprendió.


—Ahí nomás le pedí que no fuera tan bruto. Me empezó a bombear despacio, pero sin frenar. Dolía una barbaridad. Le pedí que me la saque, pero él seguía ensimismado en el papel.


Ensimismado puede ser, pero no en el papel. Tampoco se lo dije.


—No paró de darme pijazos por quince minutos, haciéndome sufrir. Menos mal que ya había tenido algo de experiencia en ese rubro. Pero después de esos quince minutos… ¡Mamita querida!… ¡Qué placer! Empecé a gritar y gemir como una yegua. No sabía que se podía gozar tanto con el culo. Pensé que era un mito del cine porno.


Segunda diferencia con Lili.


—Me dio con todo diez minutos más. O quince, no tengo ni idea. A todo esto ya había mandado el personaje a la mierda. Le pedía que me parta en ocho, que me deje renga. Me volvió más loca de lo que ya estaba. Simultáneamente me metió unos dedos en la concha. No pude más de placer y acabé como poseída por el demonio. Dejé un charco al lado de la pata de la mesa. Pero ahí nomás acabó él también. Pegó un rugido como para voltear un búfalo, y me llenó los intestinos con leche.


—Ya se está poniendo medio asquerosa esta conversación.


—El asunto es que al volver del baño, había preparado el mate y me estaba esperando en calzoncillos en la cama. Me pidió que me acueste al lado de él, y aparte del mate me convidó unas facturas.


Seguramente de la panadería de la esquina. Me mordí la lengua para no hablar de más.


—Ahí me dijo que de ahora en más íbamos a ensayar solamente la parte dramática. Que ya había aprobado lo más jodido de las escenas sexuales, y que estaba lista para seguir. Para tocarme el orgullo me dijo que no sabía cómo iba a hacer para despedirte a vos. De cualquier manera, me propuso quedarme después de hora los Jueves, pero no para ensayar, sino, directamente para garchar. 


Por suerte tenía todo organizado. Los Jueves la morocha, los Viernes la rubia. Que no se le mezcle la hacienda.


—Ya veía por donde venía la mano, entonces lo apreté para que me dé un ejemplo práctico. Me propuso sencillamente coger en ese mismo momento, sobre esa misma cama. No terminó de decirlo que ya me había sacado el resto de la ropa y le estaba chupando la pija. Qué cosa de locos, qué señora poronga. Las veces anteriores no la había visto de cerca. Es un espectáculo.


Cuando empezó a describirla me puse a pensar. ¿Por qué me estaba contando todo esto con lujo de detalles? ¿Quería darme celos? ¿Por qué no me dijo de manera concisa que habían cogido y listo? Algo raro había.


—Estuvimos un rato largo haciendo un sesenta y nueve, hasta que me pidió que me siente arriba de él. Lo cabalgué como para desarmarlo. Estuvimos un rato así, y yo ya quería cambiar de posición, pero no aguantó, y terminó adentro, sin avisar, antes que yo. Y encima con un silencio espantoso. Mirá si será viejo y choto, que me rogó por veinte minutos para descansar.

Clases De Teatro Para Adultos - Capítulo IX


O se le había pasado el efecto del Viagra del Viernes, o era un auténtico viejo choto, uno más del montón, cuando no lo tomaba. Qué desilusión.


—Le di los veinte minutos, y le tuve que dar otros veinte. Cuando se despertó, empezó con un discurso sobre la naturalidad, y cómo le gusta garchar como Dios manda, y que se vaya a la mierda el guion, etc. Llegó a decirme que todavía le faltaba hacerme el amor. Y ahí la pudrió, porque dentro de las pelotudeces que dijo, mencionó algo de avanzar la relación. Ahí nomás lo corté y le dije que si quería una relación, estaba hablando con la persona equivocada.


Tercera diferencia con Lili. Siempre tuvo las cosas claras. Si quería sexo, lo iba a buscar. No le interesaba que le endulcen el oído. En ese aspecto la admiré por su fuerza de voluntad.


—Le dije que si quería seguir cogiendo, sin compromiso, no había problema. Pero le dije que no quería saber nada con engancharme, obviamente porque estoy en pareja, y porque ya estoy grande para andar escapándome, etc.


—¿Y? —Pregunté con ansiedad.


—Me mandó a lavar los platos. Me puteó en todos los idiomas. Me tiró la ropa y me dijo que me vista y que me las tome. Y que si quería actuar, me ponga las pilas, me comporte como una profesional, etc. Se ve que no le gustó que le corte el rostro.


—¿Te pegó? ¿Te revoleó con el termo?


—No, si estaba fusilado. Lo único que me dijo fue que si abandonaba la obra por esa boludez, que al menos tenga el valor de decirlo delante de todo el grupo.


—Qué sorete hijo de puta. Te hace hablar delante de todos. No tiene vergüenza.


—Yo tampoco tengo vergüenza. Acompañame y le digo lo que le tengo que decir.


—Te acompaño hasta la puerta, pero no quiero ver a ese hijo de puta, ni a los otros dos boludos.


Pagamos el café y fuimos al instituto. No había nadie. Parecía vacío. Esperamos un rato en la vereda, a ver si aparecía alguien, y no tuvimos suerte. Ya era sospechoso.


Al otro día llamé por teléfono, y la operadora me dijo que el número estaba fuera de servicio. Cerca del mediodía fui sola, a ver si al menos estaba la secretaria. Lo único que había era un conocido mío, empleado de una inmobiliaria, poniendo un cartel de alquiler en la puerta. Le pregunté qué pasaba y me dijo que al inquilino anterior se le había vencido el contrato el Lunes. Le pregunté más datos y me dijo que no podía divulgar esa información. Pero me permitió entrar a ver la propiedad.


Adentro no quedó nada. La secretaría estaba vacía. El aula estaba vacía. En la cocina no quedaba ni la yerba. Fui al salón de ensayos, no quedaba nada. Era un galpón y nada más. Qué desolación.


Siempre tuve la sospecha que Ricardo, si ese era su nombre, montó todo ese circo para hacer entrar a amas de casa insatisfechas con el cuento del teatro. Hasta donde sabía, habían caído dos. Pero esto ya era otra cosa. Era demasiado elaborado, y requería demasiado tiempo como para levantar minas y nada más. Con menos esfuerzo podía ir a un boliche, levantarse dos pendejas, y pasarla bomba. Algo raro había. 


Y ahí me cayó la ficha. Ahí me acordé que habíamos pagado la supuesta matrícula por todo el año. No sé cuántos más habrán caído, pero solo con los diez de nuestra clase ya tenían una buena torta. Si tenían dos cursos más, era una estafa espectacular.


Volví a mi casa masticando bronca. ¿Cómo podía ser tan boluda? Se me había ido la guita de la indemnización en esa estafa. Aparte de todo lo otro, que era más grave. Literalmente, pagué una fortuna para hacerme romper el culo. La llamé a Lili y le comenté. Se indignó tanto como yo. Me prometió que iba a consultar con un amigo de la fiscalía, algún comisario, etc.


A los pocos días salió en el diario. Alguien denunció que lo habían estafado con el cuento del curso (no daban nombres) y la policía convocaba a los posibles damnificados, solicitando información que pudiera ayudar con la búsqueda. La prensa ya los había bautizado como ‘La Banda De Los Actores’. Pensé en ir a la comisaría, pero no quería tener que divulgar la parte más atroz. Me daba vergüenza (y bronca) tener que admitir que había sido engañada, seducida, y cogida por un farsante.


Para cerrar la historia: Unos meses después, leyendo la revista del cable, veo que el Viernes a las doce y media de la noche (Sábado, técnicamente) dan una película que se llama ‘Una Mujer Acorralada’. Le avisé a Lili y esperé toda la semana para verla. Y ahí me di cuenta que Ricardo, o como mierda se llame, infló notablemente las escenas de sexo. La del pool, en el contexto de la historia, era buenísima, pero no mostraba nada. La de la cocina tampoco. Y encima le cambió el final. Debo reconocer que el que escribió Ricardo era bastante mejor que el de la película. De cualquier manera, no pude evitar notar lo parecida que soy a la protagonista.


Todavía hoy, incluso sabiendo parte de la verdad, mi teoría es que Ricardo me vio parecida, y aprovechó el verso del teatro para hacerme caer en sus garras… al menos como complemento personal de la estafa que nos hicieron a todos. Y yo como una estúpida, caí. Nunca voy a poder comprobar esa teoría, ni otras cosas que no me cierran de todo este asunto.


¿Qué hubiera pasado si Lili o yo, o las dos, decidíamos seguir con los ensayos (y su posterior sesión de sexo) después del Lunes, si se les vencía el alquiler y lo sabían? No me quiero devanar el cerebro haciendo conjeturas raras.


Y esa es la primera parte de la historia. Al poco tiempo me divorcié, y puse una inmobiliaria propia. Me fue bastante bien (al principio, teniendo en cuenta en qué país estamos), y más o menos pude rehacer mi vida sin mayores sobresaltos. Todos los días pienso en lo que pasó, e, inconscientemente, imagino cómo actuar en caso de volver a encontrarme a Ricardo, en la calle, o en cualquier situación cotidiana. A veces pienso en cómo matarlo, pero después pienso en todas las respuestas que le tendría que sacar antes de eso.


Quizá lo mejor sea dar vuelta la página, mirar para adelante, y esperar con optimismo que todo haya sido un sobresalto menor. Después de todo, no creo que un estafador de esa magnitud vuelva al lugar del crimen. No va a ser tan imprudente. ¿O sí?


FIN

0 comentarios - Clases De Teatro Para Adultos - Capítulo IX