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Un castigo inesperado

1-Castigo
Rodrigo Martínez, 35 años, empresario de éxito, estaba sentado en el banquillo del juzgado, casi divertido. Vestía su traje caro, su corbata perfectamente ajustada y una expresión de absoluta soberbia en el rostro. Las acusaciones de acoso, de abuso de poder... tonterías.
Sabía que tenía amigos influyentes, dinero suficiente para comprar voluntades y, sobre todo, la absoluta certeza de que saldría de esta como siempre lo hacía.
Mientras el juez dictaba la sentencia, Rodrigo apenas escuchaba. "Condenado a dos años..." alcanzó a oír, pero ni se molestó en disimular la sonrisa burlona. Dos años, por Dios... no voy a durar ni dos semanas ahí dentro, pensó. Bastaría un par de llamadas, un par de maletines, y todo quedaría olvidado.
Pero algo fue distinto esta vez.
En lugar de que lo esposaran y lo llevaran a una patrulla, dos hombres vestidos de negro se acercaron y, con firmeza, le indicaron que debía acompañarlos. Rodrigo frunció el ceño.
-¿A dónde demonios me llevan? -preguntó, irritado.
No obtuvo respuesta.
Lo hicieron subir a una camioneta blindada. El trayecto fue breve y silencioso. Cuando bajó, se encontró ante la entrada de un edificio extraño, sin letreros, de aspecto frío e impersonal.
Esto no es la cárcel..., pensó, comenzando a inquietarse.
Lo empujaron suavemente por un pasillo iluminado con luces blancas. Finalmente, entraron a una sala grande, estéril, llena de máquinas, tubos y pantallas. Un laboratorio. Rodrigo miró alrededor, molesto y confuso.
-¿Qué mierda es esto? -exigió saber.
Un hombre mayor, con bata blanca y expresión grave, se adelantó.
-Señor Martínez. El gobierno ha aprobado un programa experimental de castigo para personas como usted. Usted ha sido seleccionado como el primer sujeto de prueba.
Rodrigo arqueó una ceja, incrédulo.
-¿Programa experimental? ¿De qué carajos me habla? Yo no he firmado nada. Esto es ilegal. ¡No tienen ni idea de quién soy!
El hombre lo observó con calma. -No necesitamos su autorización. Tenemos la orden oficial. Su condena será cumplir dos años de reeducación... en otro cuerpo.
Rodrigo estuvo a punto de reírse, pero la mueca se congeló en su rostro.
-¿En otro qué? ¡¿Qué clase de estupidez es esta?! ¡No pienso aceptar!
-No importa si acepta o no -respondió el hombre, haciendo una seña.
Antes de que Rodrigo pudiera gritar algo más, sintió un pinchazo en el brazo. Giró bruscamente la cabeza, viendo la aguja.
-¡Hijos de...! -alcanzó a decir.
Todo se volvió borroso. Sus piernas flaquearon. Una oscuridad densa se cerró a su alrededor.
Despertó con un dolor sordo en la nuca y un mareo insoportable.
Estaba tumbado en el piso frío del laboratorio. Se incorporó, apoyando las manos en el suelo... y se dio cuenta.
Sus manos. Eran más pequeñas, más finas, los dedos delgados y suaves.
Algo pesado colgaba de su pecho, haciéndole inclinar un poco el torso hacia adelante. Un mechón de cabello oscuro y lacio se deslizó por su frente, tapándole la vista. No recuerdo tener el pelo tan largo..., pensó aturdido.
Se pasó la mano por la cara, por el cuello... su piel era más suave, más tersa. Se obligó a mirar hacia abajo.
Lo que vio le arrancó un temblor involuntario.
Un par de pechos enormes, redondos, que se movían con cada respiración, cubiertos apenas por una camisa blanca muy grande que le quedaba como un camisón improvisado. Bajo la camisa, notó que sus caderas eran más anchas, sus muslos gruesos. Su cuerpo entero se sentía más... pequeño, pero más pesado en la parte superior.
Un castigo inesperado


-No... no... ¡NO! -gruñó, con la voz extrañamente más aguda.
-Bienvenida, Lucía -dijo el hombre de bata, que lo observaba desde unos metros-. Ahora eres una adolescente de 17 años. Vas a cumplir tu condena así: dos años de reeducación como estudiante de preparatoria. Si alguien descubre quién eres en realidad... quedarás atrapada para siempre en ese cuerpo.
Rodrigo -ahora Lucía- apretó los puños, furiosa, sintiendo cómo los enormes pechos rebotaban al hacer el gesto.
-¡Malditos! ¡Esto no puede estar pasando! ¡DEVUÉLVANME MI CUERPO!
-No podemos. Es irreversible durante el tiempo que dure la condena. Y te recomiendo que no intentes nada. Recuerda: si te expulsan del colegio, tampoco tendrás segunda oportunidad.
Rodrigo sentía la cara arder de rabia y humillación. Quiso levantarse, pero el peso en su pecho lo desequilibró. Se miró las piernas... más blancas, más suaves, más pequeñas. El boxer que llevaba estaba tan apretado que marcaba su nueva anatomía femenina. Se sentía ridículo... y asqueado.
Rodrigo seguía temblando, mirando sus manos, su pecho enorme y su reflejo distorsionado en el suelo brillante del laboratorio. Apenas podía respirar de la rabia y la humillación.
El hombre de bata blanca se aclaró la garganta.
-Escúcheme con atención, Lucía. En unos minutos lo llevaremos a su nuevo departamento. Vivirá sola allí durante los dos años de su condena.
Rodrigo alzó la vista, la mirada perdida, casi sin poder asimilarlo.
-En dos semanas comenzarán las clases. Tendrá ese tiempo para acostumbrarse a su... nueva condición -continuó el hombre, manteniendo un tono frío-. En el departamento encontrará ropa, algunos muebles básicos y todo lo necesario. También hemos preparado los documentos: acta de nacimiento, historial escolar, todo bajo el nombre de Lucía Martínez.
Rodrigo apretó los dientes, la respiración agitada.
-¡No pienso aceptar esto! ¡No me importa lo que digan! -escupió con voz aguda, que a sus propios oídos sonaba ridícula.
El doctor lo observó un segundo, en silencio. Luego, con un gesto breve, hizo una seña al asistente.
-Es mejor que haga lo que le hemos dicho... si realmente quiere volver algún día a su antigua vida -dijo el doctor con calma.
Rodrigo alcanzó a sentir el pinchazo de la aguja en su brazo.
-¡Maldito...! -balbuceó.
Todo se volvió borroso de nuevo, como si la sala se apagara lentamente a su alrededor. Su último pensamiento, antes de caer en la oscuridad, fue una mezcla de odio, miedo... y una humillación ardiente en el pecho.
El rugido del motor lo sacó de su sopor. Abrió los ojos cuando el conductor lo sacudió con brusquedad.
-Ya llegamos -dijo con voz seca, sin siquiera mirarlo-. Y recuerda: no se te ocurra huir. Créeme, en tu situación no sería nada conveniente.
Rodrigo tragó saliva, incómodo. El hombre le puso unas llaves en la mano.
-Tu habitación es la 5B.
Lo bajaron de la camioneta sin más explicaciones. Por un instante, la idea de correr, escapar de ese absurdo castigo, se clavó en su mente. Podía dejarlo todo atrás... ¿pero adónde iría? No tardó en comprender que cualquier intento sería inútil. Estaba atrapado.
Suspirando con rabia contenida, se encaminó al edificio. Cada paso en la escalera era una tortura: el balanceo de aquellos senos desmesurados lo acompañaba con un rebote molesto y ridículamente visible. Sentía que todo su nuevo cuerpo se movía sin control, humillándolo con cada escalón.
Cuando por fin alcanzó el 5B, introdujo la llave y entró. Apenas cruzó el umbral, se detuvo en seco. El departamento era diminuto, con lo justo para sobrevivir: un par de muebles desgastados, una cocina estrecha, un baño al fondo y poco más. Nada de lujo, nada de la vida opulenta a la que estaba acostumbrado.
La humillación le golpeó más fuerte que el olor a encierro. ¿Ese era su nuevo hogar? Un lugar miserable, indigno... pero que ahora tendría que aceptar como propio.
Después de observar cada rincón del departamento, se dio cuenta de que apenas había lo justo para sobrevivir: pocos utensilios en la cocina, algo de comida que alcanzaría quizá para un mes, y nada más. Todo parecía preparado para que él se mantuviera encerrado en ese lugar.
Con un nudo en la garganta, entró en la habitación. Abrió los cajones esperando encontrar algo que le recordara su vida anterior, pero lo que halló solo lo hizo enfurecer más: ropa íntima, vestidos, faldas, blusas... todo extremadamente femenino. No había ni una sola prenda masculina.
Golpeó con rabia el cajón, pero pronto entendió que no tenía alternativa. Si quería vestirse, debía usar aquello. Con resignación, se quitó la camisa blanca que aún llevaba puesta, y al verse en el espejo su mirada se detuvo en su propio reflejo: los pechos que ahora colgaban de su torso eran grandes, demasiado notables para su gusto. -¿Por qué tuvieron que hacerlos tan grandes...? -murmuró con rabia, como si alguien pudiera escucharlo.
Luego, tragando saliva, se deshizo de sus bóxers. Le costó alzar la mano, pero finalmente tomó un sujetador negro del cajón, junto con unas bragas a juego. Sentía que cada prenda le quemaba en la piel mientras se las ponía. Ajustarse el brasier fue torpe y desesperante, y cuando al fin logró engancharlo, volvió a mirarse al espejo.
gender bender


Lo que vio lo hizo estremecerse de vergüenza. Una adolescente de cuerpo curvilíneo, con lencería negra que resaltaba aún más su nueva figura. Se sintió humillado, como si alguien se burlara de él desde las sombras. Apretó los puños, furioso y avergonzado al mismo tiempo.
Después de verse en el espejo con ese conjunto negro, su rostro se encendió de vergüenza. No podía creer lo que estaba viendo reflejado: un cuerpo femenino que ahora era suyo, forzado a habitarlo. Con rapidez, se apartó del espejo, casi tropezando, y se volvió a poner la camisa blanca que había usado al llegar. Sentía que esa prenda masculina era su último refugio, un pequeño recordatorio de lo que había sido.
Se dejó caer sobre la cama, con la respiración agitada, mirando al techo. Dos años... repitió en su mente, con una mezcla de rabia y miedo. Dos años atrapado en esa nueva identidad, en ese cuerpo que no había pedido. Y apenas era el comienzo.

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