Capítulo 2: La confesión
Habían pasado tres días desde aquella noche en la que Alma lo cabalgó mientras le leía el relato erótico. Alex no podía sacarse la imagen de la cabeza: su esposa, normalmente serena y profesional, moviéndose encima de él con una pasión que pocas veces había mostrado.
Esa noche, después de cenar, se sentaron como siempre en la sala. Alma llevaba puesto un enterizo negro de encaje, el mismo que tanto le gustaba a Alex, pero esta vez combinado con unas medias negras hasta el muslo que se sujetaban solas. Se veía deliciosamente madura y provocativa.
Alex sirvió dos copas de vino tinto y se sentó junto a ella en el sofá. Alma tenía el Kindle en la mano.
— ¿Quieres que sigamos con la misma historia? — preguntó ella con una sonrisa suave, aunque sus ojos tiernos tenían un brillo diferente.
— Sí… pero antes quiero hablar contigo de algo — respondió Alex, un poco nervioso.
Alma dejó el Kindle a un lado y lo miró con atención.
— Dime.
Alex tomó un sorbo de vino y respiró profundo.
— Me gustó mucho lo que leímos la otra noche… y me gustó todavía más cuando te subiste encima de mí y me cabalgaste. Pero hay algo que no te he dicho.
Alma levantó una ceja, curiosa.
— ¿Qué cosa?
Alex la miró directamente a los ojos.
— Cuando leía ese fragmento donde la mujer se acuesta con otro hombre… y su esposo la observa… me excité mucho. Más de lo normal. No sé si es normal o no, pero imaginarte a ti… siendo deseada por otro hombre, besándote, tocándote… me pone muy caliente.
Hubo un silencio. Alma lo miró fijamente, procesando sus palabras. Sus mejillas morenas se tiñeron de un ligero rubor.
— ¿Estás hablando en serio, Alex? — preguntó en voz baja.
— Totalmente en serio. No te estoy pidiendo que lo hagas… solo te estoy siendo honesto. Me excita la idea de que otros te deseen. De que tú te dejes desear. De verte más libre, más… sexual.
Alma bajó la mirada hacia su copa de vino. Dio un sorbo largo y luego soltó un suspiro.
— No sé qué decirte… Me sorprende. Yo siempre he sido la maestra seria, la mamá responsable. Nunca me había imaginado haciendo algo así. Me da vergüenza solo pensarlo.
— Lo sé — respondió Alex, acercándose más a ella—. Pero también sé que cuando lees esos relatos te excitas. Y cuando te pones este tipo de enterizos y medias negras para mí… te gusta sentirte deseada. Solo estoy diciendo que quizás podamos explorar eso juntos… sin prisa.
Alma se quedó callada un momento. Luego, con una sonrisa tímida pero sincera, dijo:
— Me da miedo… pero también me intriga. No te voy a mentir. Cuando leía esa parte donde la mujer se deja llevar, sentí algo aquí abajo — confesó, señalando su entrepierna—. Pero no sé si sería capaz de hacerlo de verdad.
Alex sonrió con ternura y excitación al mismo tiempo.
— No tenemos que hacer nada que tú no quieras. Solo… si alguna vez te sientes cómoda, me gustaría que lo habláramos. Sin presiones.
Alma asintió lentamente. Luego, con un tono más juguetón que Alex no esperaba, le dijo:
— Entonces… ¿te gustaría que leyera otro fragmento de esos esta noche?
— Mucho — contestó él, sintiendo cómo su verga empezaba a endurecerse.
Alma abrió el Kindle y buscó un nuevo relato. Esta vez eligió uno donde una mujer madura, casada, terminaba teniendo un encuentro con un amigo del marido.
Mientras leía en voz baja, su mano libre empezó a acariciar el muslo de Alex. Su voz se volvía más ronca conforme avanzaba la historia. Alex deslizó su mano entre las piernas de Alma y comprobó que el enterizo ya estaba húmedo.
Cuando llegó a la parte donde la protagonista se dejaba besar por el otro hombre, Alma detuvo la lectura. Miró a Alex con ojos brillantes y le preguntó en voz muy baja:
— ¿De verdad te excitaría verme besar a otro hombre?
Alex tragó saliva.
— Sí… mucho.
Alma se mordió el labio inferior. Luego, con una valentía que sorprendió a los dos, dijo:
— La próxima semana viene Daniel a la ciudad para unas reuniones de la maestría… ¿verdad?
Alex sintió un golpe de calor en el estómago.
— Sí… llega el jueves.
Alma se quedó callada unos segundos, respirando más profundo. Luego, con voz suave pero firme, añadió:
— No te prometo nada… pero tal vez… podríamos invitarlo a cenar aquí en casa. Solo a cenar. A ver qué pasa.
Alex sintió que su verga daba un salto dentro del pantalón. Tomó la cara de su esposa entre sus manos y la besó con pasión.
— Me parece perfecto — murmuró contra sus labios.
Esa noche no leyeron más.
Alma se subió encima de Alex, apartó el enterizo negro a un lado y lo cabalgó con más intensidad que nunca. Sus caderas anchas subían y bajaban con fuerza, sus nalgas rebotaban contra los muslos de él, y sus gemidos llenaban la habitación.
Mientras lo montaba, le susurró al oído con voz entrecortada:
— Si algún día pasa algo con Daniel… quiero que me mires a los ojos todo el tiempo. Quiero que veas lo que soy capaz de hacer…
Alex se corrió con fuerza dentro de ella solo de escuchar esas palabras.
Alma sonrió con satisfacción, todavía moviéndose lentamente sobre él, sintiendo cómo su semen se escurría entre sus piernas.
Por primera vez en muchos años, la maestra seria y recatada estaba empezando a despertar.
Habían pasado tres días desde aquella noche en la que Alma lo cabalgó mientras le leía el relato erótico. Alex no podía sacarse la imagen de la cabeza: su esposa, normalmente serena y profesional, moviéndose encima de él con una pasión que pocas veces había mostrado.
Esa noche, después de cenar, se sentaron como siempre en la sala. Alma llevaba puesto un enterizo negro de encaje, el mismo que tanto le gustaba a Alex, pero esta vez combinado con unas medias negras hasta el muslo que se sujetaban solas. Se veía deliciosamente madura y provocativa.
Alex sirvió dos copas de vino tinto y se sentó junto a ella en el sofá. Alma tenía el Kindle en la mano.
— ¿Quieres que sigamos con la misma historia? — preguntó ella con una sonrisa suave, aunque sus ojos tiernos tenían un brillo diferente.
— Sí… pero antes quiero hablar contigo de algo — respondió Alex, un poco nervioso.
Alma dejó el Kindle a un lado y lo miró con atención.
— Dime.
Alex tomó un sorbo de vino y respiró profundo.
— Me gustó mucho lo que leímos la otra noche… y me gustó todavía más cuando te subiste encima de mí y me cabalgaste. Pero hay algo que no te he dicho.
Alma levantó una ceja, curiosa.
— ¿Qué cosa?
Alex la miró directamente a los ojos.
— Cuando leía ese fragmento donde la mujer se acuesta con otro hombre… y su esposo la observa… me excité mucho. Más de lo normal. No sé si es normal o no, pero imaginarte a ti… siendo deseada por otro hombre, besándote, tocándote… me pone muy caliente.
Hubo un silencio. Alma lo miró fijamente, procesando sus palabras. Sus mejillas morenas se tiñeron de un ligero rubor.
— ¿Estás hablando en serio, Alex? — preguntó en voz baja.
— Totalmente en serio. No te estoy pidiendo que lo hagas… solo te estoy siendo honesto. Me excita la idea de que otros te deseen. De que tú te dejes desear. De verte más libre, más… sexual.
Alma bajó la mirada hacia su copa de vino. Dio un sorbo largo y luego soltó un suspiro.
— No sé qué decirte… Me sorprende. Yo siempre he sido la maestra seria, la mamá responsable. Nunca me había imaginado haciendo algo así. Me da vergüenza solo pensarlo.
— Lo sé — respondió Alex, acercándose más a ella—. Pero también sé que cuando lees esos relatos te excitas. Y cuando te pones este tipo de enterizos y medias negras para mí… te gusta sentirte deseada. Solo estoy diciendo que quizás podamos explorar eso juntos… sin prisa.
Alma se quedó callada un momento. Luego, con una sonrisa tímida pero sincera, dijo:
— Me da miedo… pero también me intriga. No te voy a mentir. Cuando leía esa parte donde la mujer se deja llevar, sentí algo aquí abajo — confesó, señalando su entrepierna—. Pero no sé si sería capaz de hacerlo de verdad.
Alex sonrió con ternura y excitación al mismo tiempo.
— No tenemos que hacer nada que tú no quieras. Solo… si alguna vez te sientes cómoda, me gustaría que lo habláramos. Sin presiones.
Alma asintió lentamente. Luego, con un tono más juguetón que Alex no esperaba, le dijo:
— Entonces… ¿te gustaría que leyera otro fragmento de esos esta noche?
— Mucho — contestó él, sintiendo cómo su verga empezaba a endurecerse.
Alma abrió el Kindle y buscó un nuevo relato. Esta vez eligió uno donde una mujer madura, casada, terminaba teniendo un encuentro con un amigo del marido.
Mientras leía en voz baja, su mano libre empezó a acariciar el muslo de Alex. Su voz se volvía más ronca conforme avanzaba la historia. Alex deslizó su mano entre las piernas de Alma y comprobó que el enterizo ya estaba húmedo.
Cuando llegó a la parte donde la protagonista se dejaba besar por el otro hombre, Alma detuvo la lectura. Miró a Alex con ojos brillantes y le preguntó en voz muy baja:
— ¿De verdad te excitaría verme besar a otro hombre?
Alex tragó saliva.
— Sí… mucho.
Alma se mordió el labio inferior. Luego, con una valentía que sorprendió a los dos, dijo:
— La próxima semana viene Daniel a la ciudad para unas reuniones de la maestría… ¿verdad?
Alex sintió un golpe de calor en el estómago.
— Sí… llega el jueves.
Alma se quedó callada unos segundos, respirando más profundo. Luego, con voz suave pero firme, añadió:
— No te prometo nada… pero tal vez… podríamos invitarlo a cenar aquí en casa. Solo a cenar. A ver qué pasa.
Alex sintió que su verga daba un salto dentro del pantalón. Tomó la cara de su esposa entre sus manos y la besó con pasión.
— Me parece perfecto — murmuró contra sus labios.
Esa noche no leyeron más.
Alma se subió encima de Alex, apartó el enterizo negro a un lado y lo cabalgó con más intensidad que nunca. Sus caderas anchas subían y bajaban con fuerza, sus nalgas rebotaban contra los muslos de él, y sus gemidos llenaban la habitación.
Mientras lo montaba, le susurró al oído con voz entrecortada:
— Si algún día pasa algo con Daniel… quiero que me mires a los ojos todo el tiempo. Quiero que veas lo que soy capaz de hacer…
Alex se corrió con fuerza dentro de ella solo de escuchar esas palabras.
Alma sonrió con satisfacción, todavía moviéndose lentamente sobre él, sintiendo cómo su semen se escurría entre sus piernas.
Por primera vez en muchos años, la maestra seria y recatada estaba empezando a despertar.
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