Capítulo 1: Lecturas compartidas
Alex apagó la laptop después de calificar las últimas tareas de su maestría en línea. Eran casi las once de la noche. La casa en Cuautitlán estaba en silencio, como casi siempre desde que sus dos hijos se fueron a la universidad. Solo se escuchaba el suave rumor de la lluvia cayendo afuera.
Se levantó y caminó hacia la recámara principal. Al entrar, sonrió.
Alma estaba recostada en la cama, con las gafas de lectura puestas, concentrada en su Kindle. Llevaba puesto uno de esos enterizos negros que tanto le gustaban a él: ajustado, de encaje suave, que se pegaba a su cuerpo maduro de 48 años. El tejido negro contrastaba con su piel morena y resaltaba sus curvas generosas: caderas anchas, nalgas redondas y firmes, y unos pechos abundantes que aún se mantenían altos a pesar de los años.
— ¿Qué lees hoy, maestra? — preguntó Alex con voz suave, quitándose la camisa.
Alma levantó la vista. Sus ojos tiernos, color café oscuro, lo miraron por encima de las gafas. Tenía el cabello negro en bucles sueltos, con algunas canas plateadas que le daban un aire elegante y sexy al mismo tiempo.
— Una historia nueva… de una mujer casada que empieza a explorar fantasías con su esposo — respondió ella, con esa voz calmada y educada que usaba en el salón de clases.
Alex se acercó a la cama y se acostó a su lado. Pasó una mano por el muslo de Alma, sintiendo la suavidad de su piel morena.
— ¿Y te está gustando? — preguntó, mientras sus dedos subían lentamente hacia la entrepierna del enterizo.
Alma soltó un suspiro suave y cerró un momento los ojos.
— Sí… me está gustando bastante — admitió, mordiéndose ligeramente el labio inferior—. La protagonista es como yo… una mujer de casi cincuenta años, seria, dedicada a su trabajo y a su familia… pero que por dentro tiene mucho fuego guardado.
Alex sonrió. Llevaban más de veinticinco años casados y, aunque su vida sexual nunca había sido mala, desde hacía unos años habían descubierto el placer de leer juntos relatos eróticos. Eso había avivado mucho su intimidad.
— ¿Quieres leerme un fragmento? — le pidió él, con la voz ya más ronca.
Alma lo miró con esos ojos tiernos que ocultaban una creciente picardía. Se acomodó mejor en la cama, abrió las piernas ligeramente y empezó a leer en voz baja:
— “Su esposo la observaba desde el sillón mientras ella se movía encima de su amante. Nunca imaginó que ver a su mujer cabalgar a otro hombre con tanta pasión le provocaría una excitación tan intensa…”
Mientras leía, Alex deslizó su mano entre las piernas de Alma y empezó a acariciarla por encima del enterizo negro. Ella estaba ya húmeda. Su respiración se volvió más profunda, pero siguió leyendo.
— “…ella gemía sin vergüenza, moviendo sus caderas con fuerza, dominándolo completamente. Su esposo solo podía mirar y tocarse, sintiendo cómo su propia excitación crecía con cada movimiento de ella…”
Alma dejó de leer un momento cuando Alex apartó la tela del enterizo a un lado y metió dos dedos dentro de ella. Estaba caliente y muy mojada.
— Sigue leyendo… — le pidió él con voz baja.
Alma tragó saliva y continuó, aunque su voz empezaba a temblar ligeramente:
— “Lo que más le excitaba a él… era verla tomar el control. Que ella decidiera el ritmo… que lo cabalgara como quería… como una mujer que ya no tenía miedo de desear y ser deseada.”
Alex se quitó el pantalón del pijama y se colocó de espaldas en la cama. Su verga estaba completamente dura.
— Ven, Alma… — le dijo con la mirada encendida—. Cabálgame como en el libro.
Alma dudó solo un segundo. A sus 48 años todavía le daba un poco de vergüenza tomar la iniciativa tan abiertamente, pero el relato y las caricias de su esposo habían hecho su trabajo. Se subió encima de él, apartó completamente la entrepierna del enterizo negro y, lentamente, se dejó caer sobre la verga de Alex.
Ambos soltaron un gemido al mismo tiempo.
Alma apoyó las manos en el pecho de su marido y empezó a moverse. Primero con movimientos suaves y circulares, después con embestidas más profundas y decididas. Sus caderas anchas y sus nalgas generosas subían y bajaban con un ritmo cada vez más intenso.
— ¿Así te gusta? — preguntó ella, con la voz entrecortada.
— Joder, sí… — respondió Alex, agarrando con fuerza sus caderas—. Me encanta cuando me cabalgas… cuando tomas el control.
Alma sonrió con una mezcla de ternura y lujuria. Aceleró el movimiento, cabalgándolo con más fuerza, haciendo que sus nalgas rebotaran contra los muslos de él. Sus bucles negros con canas se movían desordenados sobre su rostro.
Alex no podía apartar la vista de ella: su esposa, la respetada docente, convertida en una mujer sexual y dominante encima de él. Esa imagen lo estaba volviendo loco.
Cuando Alma sintió que el orgasmo se acercaba, se inclinó hacia adelante, apoyó sus pechos sobre el pecho de Alex y le susurró al oído con voz entrecortada:
— Me estoy viniendo, Alex… ¡haaaag…!
Su cuerpo se tensó y tembló con fuerza mientras apretaba la verga de su marido con su interior. Alex no aguantó más y se corrió dentro de ella con un gruñido profundo, abrazándola con fuerza por la cintura.
Se quedaron un rato en silencio, recuperando el aliento. Alma todavía encima de él, con el enterizo negro completamente mojado en la entrepierna.
— Cada vez me gusta más cuando lees en voz alta — murmuró Alex, acariciando la espalda de su esposa.
Alma soltó una risita suave y lo besó en los labios.
— Y a mí cada vez me da más curiosidad saber hasta dónde podemos llegar con estas lecturas…
Alex la miró a los ojos. Había algo nuevo en la mirada de Alma esa noche. Una chispa que antes solo aparecía muy de vez en cuando.
Y él estaba decidido a avivarla.
Alex apagó la laptop después de calificar las últimas tareas de su maestría en línea. Eran casi las once de la noche. La casa en Cuautitlán estaba en silencio, como casi siempre desde que sus dos hijos se fueron a la universidad. Solo se escuchaba el suave rumor de la lluvia cayendo afuera.
Se levantó y caminó hacia la recámara principal. Al entrar, sonrió.
Alma estaba recostada en la cama, con las gafas de lectura puestas, concentrada en su Kindle. Llevaba puesto uno de esos enterizos negros que tanto le gustaban a él: ajustado, de encaje suave, que se pegaba a su cuerpo maduro de 48 años. El tejido negro contrastaba con su piel morena y resaltaba sus curvas generosas: caderas anchas, nalgas redondas y firmes, y unos pechos abundantes que aún se mantenían altos a pesar de los años.
— ¿Qué lees hoy, maestra? — preguntó Alex con voz suave, quitándose la camisa.
Alma levantó la vista. Sus ojos tiernos, color café oscuro, lo miraron por encima de las gafas. Tenía el cabello negro en bucles sueltos, con algunas canas plateadas que le daban un aire elegante y sexy al mismo tiempo.
— Una historia nueva… de una mujer casada que empieza a explorar fantasías con su esposo — respondió ella, con esa voz calmada y educada que usaba en el salón de clases.
Alex se acercó a la cama y se acostó a su lado. Pasó una mano por el muslo de Alma, sintiendo la suavidad de su piel morena.
— ¿Y te está gustando? — preguntó, mientras sus dedos subían lentamente hacia la entrepierna del enterizo.
Alma soltó un suspiro suave y cerró un momento los ojos.
— Sí… me está gustando bastante — admitió, mordiéndose ligeramente el labio inferior—. La protagonista es como yo… una mujer de casi cincuenta años, seria, dedicada a su trabajo y a su familia… pero que por dentro tiene mucho fuego guardado.
Alex sonrió. Llevaban más de veinticinco años casados y, aunque su vida sexual nunca había sido mala, desde hacía unos años habían descubierto el placer de leer juntos relatos eróticos. Eso había avivado mucho su intimidad.
— ¿Quieres leerme un fragmento? — le pidió él, con la voz ya más ronca.
Alma lo miró con esos ojos tiernos que ocultaban una creciente picardía. Se acomodó mejor en la cama, abrió las piernas ligeramente y empezó a leer en voz baja:
— “Su esposo la observaba desde el sillón mientras ella se movía encima de su amante. Nunca imaginó que ver a su mujer cabalgar a otro hombre con tanta pasión le provocaría una excitación tan intensa…”
Mientras leía, Alex deslizó su mano entre las piernas de Alma y empezó a acariciarla por encima del enterizo negro. Ella estaba ya húmeda. Su respiración se volvió más profunda, pero siguió leyendo.
— “…ella gemía sin vergüenza, moviendo sus caderas con fuerza, dominándolo completamente. Su esposo solo podía mirar y tocarse, sintiendo cómo su propia excitación crecía con cada movimiento de ella…”
Alma dejó de leer un momento cuando Alex apartó la tela del enterizo a un lado y metió dos dedos dentro de ella. Estaba caliente y muy mojada.
— Sigue leyendo… — le pidió él con voz baja.
Alma tragó saliva y continuó, aunque su voz empezaba a temblar ligeramente:
— “Lo que más le excitaba a él… era verla tomar el control. Que ella decidiera el ritmo… que lo cabalgara como quería… como una mujer que ya no tenía miedo de desear y ser deseada.”
Alex se quitó el pantalón del pijama y se colocó de espaldas en la cama. Su verga estaba completamente dura.
— Ven, Alma… — le dijo con la mirada encendida—. Cabálgame como en el libro.
Alma dudó solo un segundo. A sus 48 años todavía le daba un poco de vergüenza tomar la iniciativa tan abiertamente, pero el relato y las caricias de su esposo habían hecho su trabajo. Se subió encima de él, apartó completamente la entrepierna del enterizo negro y, lentamente, se dejó caer sobre la verga de Alex.
Ambos soltaron un gemido al mismo tiempo.
Alma apoyó las manos en el pecho de su marido y empezó a moverse. Primero con movimientos suaves y circulares, después con embestidas más profundas y decididas. Sus caderas anchas y sus nalgas generosas subían y bajaban con un ritmo cada vez más intenso.
— ¿Así te gusta? — preguntó ella, con la voz entrecortada.
— Joder, sí… — respondió Alex, agarrando con fuerza sus caderas—. Me encanta cuando me cabalgas… cuando tomas el control.
Alma sonrió con una mezcla de ternura y lujuria. Aceleró el movimiento, cabalgándolo con más fuerza, haciendo que sus nalgas rebotaran contra los muslos de él. Sus bucles negros con canas se movían desordenados sobre su rostro.
Alex no podía apartar la vista de ella: su esposa, la respetada docente, convertida en una mujer sexual y dominante encima de él. Esa imagen lo estaba volviendo loco.
Cuando Alma sintió que el orgasmo se acercaba, se inclinó hacia adelante, apoyó sus pechos sobre el pecho de Alex y le susurró al oído con voz entrecortada:
— Me estoy viniendo, Alex… ¡haaaag…!
Su cuerpo se tensó y tembló con fuerza mientras apretaba la verga de su marido con su interior. Alex no aguantó más y se corrió dentro de ella con un gruñido profundo, abrazándola con fuerza por la cintura.
Se quedaron un rato en silencio, recuperando el aliento. Alma todavía encima de él, con el enterizo negro completamente mojado en la entrepierna.
— Cada vez me gusta más cuando lees en voz alta — murmuró Alex, acariciando la espalda de su esposa.
Alma soltó una risita suave y lo besó en los labios.
— Y a mí cada vez me da más curiosidad saber hasta dónde podemos llegar con estas lecturas…
Alex la miró a los ojos. Había algo nuevo en la mirada de Alma esa noche. Una chispa que antes solo aparecía muy de vez en cuando.
Y él estaba decidido a avivarla.
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