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La abogada corrompida 2

Deni sintió el primer flash antes siquiera de extender la toalla sobre la arena blanca de la playa privada. El sol del mediodía caía como un reflector cruel, y sus enormes pechos naturales, apenas contenidos por el traje de playa se movieron con pesadez al agacharse. La tela del top se hundía entre aquellas dos masas firmes y redondas, creando un escote tan profundo que parecía diseñado para atraer miradas. Su culo grande y llamativo, dos nalgas perfectas y naturales que se marcaban como si la tela fuera pintura, se balanceó al caminar hacia el agua. Mateo, a su lado, charlaba animado sobre su última clase ajeno a todo.
Pero los paparazzi ya estaban allí. No eran los de siempre. Estos trabajaban con un objetivo preciso: habían sido pagados generosamente por un grupo de abogadas rivales del foro, mujeres de mediana edad que odiaban a Deni con una envidia que rayaba en lo patológico. “Esa tetona cree que es la reina solo porque gana casos y tiene un cuerpo que parece de revista porno”, le había dicho una de ellas a un fotógrafo en un bar del centro, deslizándole un sobre lleno de billetes. “Quiero que parezca una puta en la playa. Edita todo lo que haga falta. Que se vea como si estuviera ofreciéndose”.
Y los flashes no pararon. Capturaron cada paso, cada inclinación. Deni se agachó para untarse protector solar en las piernas y el bikini se le subió un poco más de lo normal, dejando ver la curva inferior de sus nalgas. Los paparazzi dispararon sin piedad. Esa misma noche, las fotos ya estaban editadas en un taller digital clandestino. En las imágenes que se filtraron a las redes y a ciertos portales de chismes, el bikini había sido “mejorado”: el top se veía más pequeño, como si apenas cubriera los pezones, dejando casi todo el volumen de sus tetas al descubierto. El culote se había transformado en un hilo dental que desaparecía entre sus nalgas grandes y firmes. Habían editado poses: Deni aparecía arqueando la espalda de forma exagerada, sacando pecho como si posara para una revista erótica, con una sonrisa que parecía invitadora. En una foto manipulada parecía estar tocándose el escote “accidentalmente”, en otra su culo ocupaba casi toda la imagen mientras caminaba hacia el mar.
Los titulares fueron brutales: “Deni López, la ‘abogada humanista’, se exhibe como una cualquiera en la playa: ¿así es como gana sus casos?”. “¿Cirugía o pura provocación? Las tetas y el culo de la leona del foro en primer plano”. Las abogadas rivales compartían las imágenes en grupos privados de WhatsApp con risitas: “Mírenla, la que juró nunca defender narcos… pero sí sabe usar su cuerpo para defender a los ricos”. La polémica explotó.
Al día siguiente, Deni llegó al juzgado con su traje habitual: camisa blanca abotonada hasta el cuello, chaqueta ajustada que apenas podía contener sus pechos enormes y firmes,  falda marcaba su culo grande y redondo. Caminaba con la cabeza alta, pero por dentro hervía. En la escalera del edificio de tribunales la esperaban reporteros. Uno, con micrófono en mano y sonrisa maliciosa, le soltó la pregunta que todos querían:
La abogada corrompida 2

—Doctora López, ¿qué opina de las fotos que circulan en internet? Se ve… muy diferente a la imagen seria que proyecta en los estrados. ¿Esas poses son reales o…?
Deni se detuvo. Su voz salió firme, fría, profesional, aunque sus mejillas ardían por dentro.
—Esas imágenes han sido manipuladas de forma burda y malintencionada. Son montajes pagados por personas que no soportan que una mujer gane casos con talento y ética, no con escándalos baratos. Demandaré a quien corresponda por difamación, violación a la privacidad y daño moral. Mi cuerpo no es noticia. Mi trabajo, sí.
Los reporteros insistieron. Otro le puso el teléfono con una de las fotos editadas en la pantalla:
—Aquí se le ve prácticamente desnuda, doctora. ¿No cree que eso afecta su credibilidad como defensora humanista?
Deni sonrió con esa sonrisa de abogada que había destruido a más de un fiscal.
—Mi credibilidad se mide en sentencias absolutorias, no en pixels manipulados. Y si alguien cree que un bikini editado me va a detener, está muy equivocado.
Se dio la vuelta y entró al juzgado con el culo balanceándose bajo la falda, dejando a los reporteros con la boca abierta. Pero por dentro, la humillación era un nudo caliente en su estómago. Sabía que esas fotos editadas la reducían a carne, a tetas y culo, a una mujer que “usaba su cuerpo” para distraer.
Aun así, Deni no se detuvo. Esa misma semana aceptó un caso que muchos colegas rechazaron por miedo al escándalo: la familia Mendoza, una de las más poderosas del estado, acusada de desviar más de 800 millones de pesos de fondos públicos a cuentas offshore. El padre, un exfuncionario, la madre y dos hijos estaban en la mira de la Fiscalía. Era un caso de corrupción pura, pero Deni vio la oportunidad. “Todo ser humano merece una defensa digna”, declaró en la primera audiencia, ignorando los murmullos en la sala que decían “incluso ella, con sus fotos de puta en la playa”.
Y ganó. Ganó de forma aplastante. En una jugada maestra de tres semanas, desmontó las pruebas una por una: irregularidades en las pericias, testigos que se contradecían, falta de cadena de custodia. La familia Mendoza salió absuelta en todos los cargos. Los medios serios hablaron de “otra victoria imposible de la leona del foro”. Su popularidad subió como espuma. Nuevos clientes ricos la llamaban a todas horas. Las abogadas rivales que habían pagado a los paparazzi se tragaron su rabia en silencio.
Pero la humillación no se detuvo.
Mateo, en la universidad, lo vivía en carne propia. El chico listo pero ingenuo, el que siempre intentaba caer bien a todos, ahora era el blanco de burlas constantes. En el recreo del campus, un grupo de amigos —o lo que él creía que eran amigos— le rodearon con los teléfonos en la mano.
—Mira, Mateo, ¿esa es tu mamá? —le dijo uno, mostrándole la foto editada donde Deni parecía estar casi desnuda, tetas desbordando, culo en primer plano, en una pose provocativa—. Joder, qué tetas más grandes tiene. ¿Son naturales o qué?
Otro se rio y le pasó el brazo por los hombros.
—Tu mamá es famosa por dos cosas, bro: por ganar casos imposibles… y por usar ese culo y esas tetas como arma secreta. ¿Así es como convence a los jueces? ¿Les pone las fotos en la cara?
Mateo se puso rojo hasta las orejas. Intentó reírse, como siempre hacía para no parecer “tonto”, pero la voz le tembló.
—Son montajes… mi mamá ya dijo que las van a demandar…
—Claro, claro —se burló un tercero, haciendo zoom en la imagen editada donde el bikini parecía inexistente—. Pero mira cómo se ve. “La abogada humanista que defiende corruptos con su cuerpo”. En el grupo de la facultad ya le pusieron de apodo “la mamá tetona de Mateo”. ¿No te molesta que todos tengan fotos de tu mamá casi en pelotas?
Uno de ellos, el más cruel, le mostró una carpeta en su teléfono llena de las imágenes manipuladas.
—Guárdalas, hombre. Para que veas lo que tu mamá “no enseña de más” en el juzgado. Dicen que por eso gana tanto: distrae a todos con esas tetas operadas… o naturales, da igual. Eres el hijo de la abogada que utiliza su cuerpo como herramienta, Mateo. Deberías estar orgulloso… 
Mateo se rio nervioso, pero por dentro sentía una humillación que le quemaba la cara. Esa noche, en casa, no le contó todo a su madre. Solo le dijo que “algunos compañeros habían visto las fotos”. Deni lo abrazó fuerte, sus enormes pechos presionándose contra el pecho de su hijo de 16 años, y le acarició el cabello como siempre.
—No les hagas caso, mi amor. Son envidiosos. Tú y yo estamos por encima de eso.
puta

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