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El Sacrificio de mi Esposa en el Fin del Mundo 1

Capítulo 1
La alarma del celular sonó a las 6:45 a.m., como siempre. Alex estiró el brazo y la apagó con un gruñido. A su lado, Laura se removió bajo las sábanas, aún medio dormida. Su cuerpo cálido se pegó al de él por un segundo, el cabello castaño claro cayéndole sobre la cara. Tenía 29 años y seguía siendo la mujer más hermosa que Alex había visto.
—Cinco minutos más… —murmuró ella con voz ronca, enterrando la cara en su pecho.
Alex sonrió y la abrazó. Llevaban seis años casados y todavía se sentían como recién casados la mayoría de los días. Él trabajaba como diseñador gráfico freelance desde casa, y ella era coordinadora de marketing en una empresa de cosméticos. Vivían en un departamento decente en el quinto piso de un edificio en las afueras de la ciudad. No eran ricos, pero estaban cómodos.
—Hoy tengo reunión importante a las diez —dijo Laura mientras se levantaba, solo con una camiseta holgada de Alex que apenas le cubría los muslos—. ¿Me preparas café?
—Claro, amor.
Mientras Laura se duchaba, Alex preparó el desayuno. Huevos, tostadas y café. Todo normal. Todo tranquilo.
A las 8:20 Laura salió del baño ya vestida: falda lápiz negra ajustada, blusa blanca que marcaba sus senos firmes y tacones. Se veía profesional y sexy al mismo tiempo. Le dio un beso largo a Alex antes de irse.
—Te quiero. No trabajes demasiado.
—Te quiero más. Éxito en la reunión.
La puerta se cerró. Alex se sentó frente a su computadora y abrió los archivos del proyecto que debía entregar esa semana.
Todo era normal.
Hasta las 11:47 a.m.
Su celular empezó a vibrar sin parar. Notificaciones de noticias, WhatsApp, Twitter. Abrió una y se quedó congelado.
“Caos en el centro: múltiples ataques violentos. Personas mordiéndose entre sí.”
Luego otro:
“El gobierno declara estado de emergencia. Quédense en sus casas.”
Y después los videos. Gente corriendo por las calles, gritos, personas tiradas en el piso siendo atacadas por otras que parecían… enfermas. Rabiosas.
Alex intentó llamar a Laura. Ocupado. Volvió a intentarlo. Nada.
Corrió a la ventana. Desde el quinto piso se veía parte de la avenida principal. Ya había humo, autos chocados y gente corriendo despavorida.
El teléfono sonó. Era Laura.
—¡Alex! ¡Dios mío! ¡Hay gente atacando a otros en la calle! ¡Estoy escondida en el baño de la oficina!
—Quédate ahí. No salgas. Voy por ti.
—No vengas, es un caos afuera. Escucho disparos…
La llamada se cortó.
Alex sintió el pánico subirle por el pecho. Agarró una mochila, metió agua, comida enlatada, un cuchillo de cocina, linterna, ropa y el cargador. Bajó corriendo las escaleras.
El edificio ya estaba en pánico. Vecinos gritando, algunos tratando de huir en auto. En la calle era peor. Vio a lo lejos cómo un hombre atacaba a una mujer y le mordía el cuello. Sangre. Gritos.
Corrió hacia la empresa de Laura, esquivando gente y autos abandonados. Tardó casi 40 minutos en llegar. La ciudad se estaba desmoronando a una velocidad aterradora.
Encontró a Laura escondida en el estacionamiento subterráneo con otras tres personas. Ella corrió hacia él y lo abrazó fuerte, temblando.
—Alex… tengo miedo.
—Vamos a casa. Agarramos lo que podamos y nos vamos de la ciudad. El bosque del norte. Ahí estaremos más seguros mientras esto se calma.
Lograron volver al departamento. Tardaron casi dos horas. Las calles eran un infierno: choques, incendios, gente corriendo, y cada vez más de esos… infectados.
En el departamento llenaron dos mochilas grandes con todo lo útil: comida, medicinas, ropa, una tienda de campaña pequeña, sleeping bags y el arma que Alex tenía guardada (una pistola 9mm con solo 15 balas).
A las 4 p.m. salieron del edificio. La ciudad ya estaba perdida.
Condujeron hacia el norte, evitando las autopistas principales. El auto aguantó hasta que se quedó sin gasolina a las afueras, cerca de la entrada al bosque nacional.
—Tenemos que seguir a pie —dijo Alex.
Laura asintió, aunque se veía exhausta. Caminaron durante horas entre los árboles. El sol se estaba poniendo. Escuchaban disparos lejanos y gritos ocasionales.
Encontraron un claro relativamente seguro y montaron la tienda. Esa noche durmieron abrazados, escuchando los sonidos extraños del bosque.
Laura lloraba en silencio.
—Todo va a estar bien, amor —le susurró Alex—. Mañana buscaremos la zona segura que mencionaron en las noticias. Dicen que los militares tienen un campamento fortificado a unos 40 km de aquí.
Al día siguiente
Llegaron al campamento militar al atardecer. Era un lugar improvisado pero grande: vallas, torres de vigilancia, tiendas y cientos de sobrevivientes.
Un soldado los recibió.
—Bienvenidos. Nombre, edad y relación.
—Alex y Laura Mendoza. Casados.
Los registraron y les asignaron una tienda pequeña en la zona C. Les dieron comida caliente (por primera vez en dos días) y agua.
Esa noche, mientras comían cerca de una fogata, Alex notó que varios hombres miraban a Laura. Ella era una de las mujeres más atractivas del campamento. Cuerpo curvilíneo, cara bonita y esa forma de moverse que llamaba la atención incluso sin querer.
Un oficial alto, de unos 38 años, se acercó. Se presentó como el Capitán Reyes.
—Bienvenidos. Si necesitan algo, avísenme. Especialmente tú, Laura —dijo con una sonrisa amable pero con algo más en la mirada—. Las mujeres fuertes son muy valiosas aquí.


El Sacrificio de mi Esposa en el Fin del Mundo 1

Laura sonrió por educación y se pegó más a Alex.
Esa noche, en su tienda, hicieron el amor por primera vez desde que empezó el apocalipsis. Fue desesperado, casi como una afirmación de que todavía estaban vivos y juntos.
Pero mientras Laura dormía sobre su pecho, Alex no podía dejar de pensar en las miradas que había visto.
Y en que el Capitán Reyes había mencionado que “pronto empezarían a asignar tareas y responsabilidades” para poder quedarse en el campamento.
Tareas que, según había escuchado, no todos podían cumplir.

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