Soy Sara, 47 años, recién divorciada y con un cuerpo que todavía da pelea (gracias al gym y a la genética, qué le vamos a hacer). La fiesta de egresados de mi hijo mayor fue el sábado pasado en unas cabañas enormes que alquilaron los padres. Había pileta, quincho gigante, música a full y como cincuenta pibes y pibas corriendo por todos lados con el gorro de egresados puesto.

Yo estaba sentada sola en el fondo del terreno, en una de esas sillas de plástico blancas que nadie usa. Tenía un cigarrillo en la mano y miraba el humo subir mientras los chicos bailaban como monos cerca de la tarima. Las otras familias estaban todas en sus mesas, riendo, sacándose fotos, brindando. Mi hijo estaba ahí con sus amigos, feliz como una perdiz, y eso me ponía contenta de verdad. Pero yo… bueno, estaba con la cabeza hecha un lío.
Hacía apenas cuatro meses que el inútil de mi ex había decidido que “necesitaba encontrarse a sí mismo” y me dejó con la casa a medio pagar, las cuotas del auto y un montón de papeles del divorcio que me daban ganas de prender fuego. Así que ahí estaba yo, la mamá divorciada, fumando sola como en una película mala de domingo a la noche.
“Muy bien, Sara. Mientras las otras madres bailan cumbia con sus maridos, vos estás acá haciendo de cenicero humano. Qué glamour”.
De repente escucho pasos en la hierba y aparece por mi costado uno de los compañeros de mi hijo. Lucas, tiene 18 recién cumplidos, alto, hombros anchos, juega al rugby, pelo revuelto y esa sonrisa de pibe que todavía no sabe lo que es pagar impuestos. Me mira y me dice:
— ¿Qué hacés tan sola acá atrás, Sara? ¿Acompañando a las estatuas del jardín?
Me saco una sonrisa su boludez
— Mirá, Lucas, estoy ensayando mi rol de “madre misteriosa y trágica”. Te sugiero que no te quedes que te contagio.
El chico se rio y se sentó al lado mío sin pedir permiso. Charlamos un par boludeces: el calor, la música que estaba medio vieja, que los pibes ya estaban todos borrachos desde las once.
De golpe me dice:
— Vení, vamos a buscar algo para tomar. No podés estar acá sola con cara de viuda.
Dudé un segundo. Me parecieron horas. En mi cabeza pasó rapidito un pensamiento que ni te cuento.
“Sara, este pibe es compañero de tu hijo… tiene la edad de tu hijo… pero por otro lado... mirá qué brazos tiene y cómo te mira las tetas disimuladamente”.
El diablito que tengo adentro ganó fácil. Me levanté y apagué el cigarrillo.
— Dale, pero si me emborrachás vas a tener que cargarme hasta la mesa.
Fuimos caminando hacia la cabaña principal que estaba al otro extremo. Adentro estaba más tranquilo, la cocina era grande y tenía una mesada enorme. Lucas abrió la heladera, sacó una botella de vodka y dos vasos de plástico. Me sirvió un trago bien cargadito, chocamos los vasos y dijo:
— Por los egresados.
— Y por las madres que sobrevivimos — contesté yo, guiñándole un ojo.
Tomamos de un trago. Apenas bajé el vaso, el pibe se me vino encima como si hubiera estado esperando toda la noche. Me agarró de la cintura y me plantó un beso que me dejó sin aire. Fue de esos besos urgentes, con lengua desde el primer segundo. Mi primer pensamiento fue “¿Qué carajos estoy haciendo?”, pero el segundo... “Que siga, por favor”. Su boca sabía a vodka y a juventud, y hacía meses que nadie me besaba así.
Empezamos a manosearnos como dos adolescentes en el baño del boliche. Sus manos eran grandes y calientes. Bajó el cierre de mi vestido negro sin pedirme permiso y yo ni lo frené. Solo respiré fuerte contra su oreja y le dije bajito, casi ronca:
— Hacelo de una vez.

No se lo tuvo que decir dos veces. De un tirón me bajó todo el vestido hasta los tobillos. Me quedé en ropa interior.
Me había puesto un conjunto negro elegante, de encaje pero funcional, de los que usás cuando querés sentirte linda aunque estés sola y sin planes. Lucas me miró de arriba abajo, lento, como si estuviera viendo algo prohibido.
— ¿No te gusta lo que ves? — le pregunté, medio en broma medio nerviosa.
— Me encanta — dijo, y se lanzó a comerme a besos el cuello, las tetas por encima del corpiño, la panza. Me sentía deseada de una manera que hacía años no sentía.
Me arrodillé ahí mismo, en la cocina de la cabaña. Le bajé el pantalón y el bóxer de un solo movimiento. Su pija estaba dura, joven, parada como un mástil. La agarré y empecé a chupársela con ganas. Sabía a piel limpia y a hormonas de pibe de 18. Lucas me tomó de la cabeza con las dos manos, me sujetó con fuerza y empezó a follarme la boca, suave pero firme. Yo gemía alrededor de su verga, babeando, disfrutando cada centímetro.
No aguanté mucho. Me paré, me di vuelta, me bajé la tanga hasta las rodillas y me apoyé sobre la mesada de la cocina, ofreciéndole el culo como si fuera un buffet libre. Tenía las nalgas bien levantadas, el vestido arrugado en el suelo. Lucas me agarró de las caderas y sentí como me penetró de un solo empujón. Gemí como una puta en celo. Era grueso y estaba durísimo.
Mientras me cogía por atrás empecé a pensar cosas que me ponían como loca.

“Mirá vos, Sara, mientras tu ex está quién sabe dónde llorando por su crisis de los cuarenta, vos estás acá dejándote coger por un amigo de tu hijo. Te lo merecés, nena. Te lo merecés todo”.
Esa idea sucia me excitó al límite.
—mmm.... aaahhh... —gemía retorciendome sobre la mesada. El me cogia con mas fuerza.
Me di vuelta rápido, me subí sentada sobre la mesada, abrí las piernas y lo atraje hacia mí abrazándolo con las dos. Ahora me cogía de frente, cuerpo contra cuerpo, mis caderas contra las de él, mis tetas rebotando.
Estaba acalorada, sudada. Me saqué el corpiño yo misma y le ofrecí mis tetas grandes. Lucas se prendió como un chico hambriento, chupando y mordiendo los pezones mientras me seguía metiendose fuerte. Sentía todo: su pija entrando y saliendo, el ruido mojado, su respiración agitada contra mi piel.
Era la puta gloria. Llegué al orgasmo arqueando la espalda como si me estuviera dando un ataque.
—AAAAAHHH... SIIIIII.... COGEME POR FAVOR COGEMEEEEE!!! —grité fuerte, sin importarme una mierda si alguien escuchaba. Fue un orgasmo largo, de esos que te sacuden todo el cuerpo con espasmos y temblores. Mis piernas se sacudían en el aire y segundos después Lucas empezó a gruñir
— Mierda me voy a venir…
— ADENTRO! — le dije sin pensarlo dos veces, mirándolo a los ojos—. Acabá todo adentro, mi amor. Quiero sentirlo todo.
Eso lo volvió loco. Me dio unas últimas embestidas profundas con toda su fuerza y se corrió con chorros calientes, gruesos, que me llenaron hasta rebalsar. Sentí cómo me chorreaba por los muslos y se deslizaba hasta mis nalgas en la madera. Fue una sensación increíble, prohibida y deliciosa. Él se corrió en oleadas cada vez mas suaves mientras yo estaba prendida a su espalda con mi sexo totalmente dilatado por él.
Nos quedamos ahí jadeando, sudados, pegados. Me parecieron horas de eterna felicidad. Nos miramos y nos largamos a reír como dos idiotas. Lucas todavía adentro mío, medio blando ya, me dijo con una sonrisa pícara:
— La mamá más caliente de todo el curso, te juro.
Yo, todavía con las piernas abiertas y su semen chorreándome, le contesté sin filtro:
— Y vos el mejor regalo de egresado que me podría haber hecho la vida. La próxima vez traé condón, pendejo, que no soy tu profesora de biología.
Nos reímos más fuerte.
“Mierda… todavía lo siento latiendo adentro mío, caliente y espeso. Mi propio hijo está allá afuera festejando con sus amigos mientras yo tengo el culo lleno de semen de uno de ellos. Si el inútil de su padre supiera que el compañero de su hijo me acaba de llenar la concha como una puta barata… me correría de nuevo solo de pensarlo. Qué rico se siente ser la mamá zorra que nadie se imagina.”
Me bajé de la mesada con las piernas temblando, busqué mi ropa interior y el vestido tirados por el piso. Nos vestimos rápido, acomodándonos el pelo como pudimos. Justo cuando terminábamos de arreglarnos, se abre la puerta de la cocina de un golpe y entra mi hijo con cara de “¿dónde estabas?”.
— Mamá, te estaba buscando por todos lados. ¿Qué haces?
Miré a Lucas de reojo y contesté con la cara más inocente del mundo.
— Nada, amor. Estaba tomando algo con Lucas. Resulta que ahora es muy simpático.
Mi hijo sonrió, todo contento.
— ¡Bien! Me alegra que se lleven bien. Vení, Lucas, sentate un rato en nuestra mesa. Hay lugar.
Los tres salimos de la cocina juntos. Yo caminando con las piernas todavía flojas, sintiendo cómo me chorreaba un poquito entre las piernas con cada paso, y con una sonrisa de oreja a oreja que no me la iba a sacar nadie.
Al final de la noche, mientras volvíamos a casa en el auto, mi hijo me dijo que había sido la mejor fiesta de su vida. Yo solo sonreí
“Para mí también, hijo. Para mí también”.

Y bueno, nena, esa es la anécdota. ¿Viste que a veces la vida te compensa las malas rachas de la forma más inesperada? Ahora cada vez que veo a Lucas en casa cuando viene a visitar a mi hijo, nos miramos y sonreímos con complicidad. Nadie sabe nada. Y yo… yo me siento más viva que nunca.
¿Querés que te cuente la revancha que tuvimos en el quincho a la semana siguiente? Porque eso ya es otra historia…

Yo estaba sentada sola en el fondo del terreno, en una de esas sillas de plástico blancas que nadie usa. Tenía un cigarrillo en la mano y miraba el humo subir mientras los chicos bailaban como monos cerca de la tarima. Las otras familias estaban todas en sus mesas, riendo, sacándose fotos, brindando. Mi hijo estaba ahí con sus amigos, feliz como una perdiz, y eso me ponía contenta de verdad. Pero yo… bueno, estaba con la cabeza hecha un lío.
Hacía apenas cuatro meses que el inútil de mi ex había decidido que “necesitaba encontrarse a sí mismo” y me dejó con la casa a medio pagar, las cuotas del auto y un montón de papeles del divorcio que me daban ganas de prender fuego. Así que ahí estaba yo, la mamá divorciada, fumando sola como en una película mala de domingo a la noche.
“Muy bien, Sara. Mientras las otras madres bailan cumbia con sus maridos, vos estás acá haciendo de cenicero humano. Qué glamour”.
De repente escucho pasos en la hierba y aparece por mi costado uno de los compañeros de mi hijo. Lucas, tiene 18 recién cumplidos, alto, hombros anchos, juega al rugby, pelo revuelto y esa sonrisa de pibe que todavía no sabe lo que es pagar impuestos. Me mira y me dice:
— ¿Qué hacés tan sola acá atrás, Sara? ¿Acompañando a las estatuas del jardín?
Me saco una sonrisa su boludez
— Mirá, Lucas, estoy ensayando mi rol de “madre misteriosa y trágica”. Te sugiero que no te quedes que te contagio.
El chico se rio y se sentó al lado mío sin pedir permiso. Charlamos un par boludeces: el calor, la música que estaba medio vieja, que los pibes ya estaban todos borrachos desde las once.
De golpe me dice:
— Vení, vamos a buscar algo para tomar. No podés estar acá sola con cara de viuda.
Dudé un segundo. Me parecieron horas. En mi cabeza pasó rapidito un pensamiento que ni te cuento.
“Sara, este pibe es compañero de tu hijo… tiene la edad de tu hijo… pero por otro lado... mirá qué brazos tiene y cómo te mira las tetas disimuladamente”.
El diablito que tengo adentro ganó fácil. Me levanté y apagué el cigarrillo.
— Dale, pero si me emborrachás vas a tener que cargarme hasta la mesa.
Fuimos caminando hacia la cabaña principal que estaba al otro extremo. Adentro estaba más tranquilo, la cocina era grande y tenía una mesada enorme. Lucas abrió la heladera, sacó una botella de vodka y dos vasos de plástico. Me sirvió un trago bien cargadito, chocamos los vasos y dijo:
— Por los egresados.
— Y por las madres que sobrevivimos — contesté yo, guiñándole un ojo.
Tomamos de un trago. Apenas bajé el vaso, el pibe se me vino encima como si hubiera estado esperando toda la noche. Me agarró de la cintura y me plantó un beso que me dejó sin aire. Fue de esos besos urgentes, con lengua desde el primer segundo. Mi primer pensamiento fue “¿Qué carajos estoy haciendo?”, pero el segundo... “Que siga, por favor”. Su boca sabía a vodka y a juventud, y hacía meses que nadie me besaba así.
Empezamos a manosearnos como dos adolescentes en el baño del boliche. Sus manos eran grandes y calientes. Bajó el cierre de mi vestido negro sin pedirme permiso y yo ni lo frené. Solo respiré fuerte contra su oreja y le dije bajito, casi ronca:
— Hacelo de una vez.

No se lo tuvo que decir dos veces. De un tirón me bajó todo el vestido hasta los tobillos. Me quedé en ropa interior.
Me había puesto un conjunto negro elegante, de encaje pero funcional, de los que usás cuando querés sentirte linda aunque estés sola y sin planes. Lucas me miró de arriba abajo, lento, como si estuviera viendo algo prohibido.
— ¿No te gusta lo que ves? — le pregunté, medio en broma medio nerviosa.
— Me encanta — dijo, y se lanzó a comerme a besos el cuello, las tetas por encima del corpiño, la panza. Me sentía deseada de una manera que hacía años no sentía.
Me arrodillé ahí mismo, en la cocina de la cabaña. Le bajé el pantalón y el bóxer de un solo movimiento. Su pija estaba dura, joven, parada como un mástil. La agarré y empecé a chupársela con ganas. Sabía a piel limpia y a hormonas de pibe de 18. Lucas me tomó de la cabeza con las dos manos, me sujetó con fuerza y empezó a follarme la boca, suave pero firme. Yo gemía alrededor de su verga, babeando, disfrutando cada centímetro.
No aguanté mucho. Me paré, me di vuelta, me bajé la tanga hasta las rodillas y me apoyé sobre la mesada de la cocina, ofreciéndole el culo como si fuera un buffet libre. Tenía las nalgas bien levantadas, el vestido arrugado en el suelo. Lucas me agarró de las caderas y sentí como me penetró de un solo empujón. Gemí como una puta en celo. Era grueso y estaba durísimo.
Mientras me cogía por atrás empecé a pensar cosas que me ponían como loca.

“Mirá vos, Sara, mientras tu ex está quién sabe dónde llorando por su crisis de los cuarenta, vos estás acá dejándote coger por un amigo de tu hijo. Te lo merecés, nena. Te lo merecés todo”.
Esa idea sucia me excitó al límite.
—mmm.... aaahhh... —gemía retorciendome sobre la mesada. El me cogia con mas fuerza.
Me di vuelta rápido, me subí sentada sobre la mesada, abrí las piernas y lo atraje hacia mí abrazándolo con las dos. Ahora me cogía de frente, cuerpo contra cuerpo, mis caderas contra las de él, mis tetas rebotando.
Estaba acalorada, sudada. Me saqué el corpiño yo misma y le ofrecí mis tetas grandes. Lucas se prendió como un chico hambriento, chupando y mordiendo los pezones mientras me seguía metiendose fuerte. Sentía todo: su pija entrando y saliendo, el ruido mojado, su respiración agitada contra mi piel.
Era la puta gloria. Llegué al orgasmo arqueando la espalda como si me estuviera dando un ataque.
—AAAAAHHH... SIIIIII.... COGEME POR FAVOR COGEMEEEEE!!! —grité fuerte, sin importarme una mierda si alguien escuchaba. Fue un orgasmo largo, de esos que te sacuden todo el cuerpo con espasmos y temblores. Mis piernas se sacudían en el aire y segundos después Lucas empezó a gruñir
— Mierda me voy a venir…
— ADENTRO! — le dije sin pensarlo dos veces, mirándolo a los ojos—. Acabá todo adentro, mi amor. Quiero sentirlo todo.
Eso lo volvió loco. Me dio unas últimas embestidas profundas con toda su fuerza y se corrió con chorros calientes, gruesos, que me llenaron hasta rebalsar. Sentí cómo me chorreaba por los muslos y se deslizaba hasta mis nalgas en la madera. Fue una sensación increíble, prohibida y deliciosa. Él se corrió en oleadas cada vez mas suaves mientras yo estaba prendida a su espalda con mi sexo totalmente dilatado por él.
Nos quedamos ahí jadeando, sudados, pegados. Me parecieron horas de eterna felicidad. Nos miramos y nos largamos a reír como dos idiotas. Lucas todavía adentro mío, medio blando ya, me dijo con una sonrisa pícara:
— La mamá más caliente de todo el curso, te juro.
Yo, todavía con las piernas abiertas y su semen chorreándome, le contesté sin filtro:
— Y vos el mejor regalo de egresado que me podría haber hecho la vida. La próxima vez traé condón, pendejo, que no soy tu profesora de biología.
Nos reímos más fuerte.
“Mierda… todavía lo siento latiendo adentro mío, caliente y espeso. Mi propio hijo está allá afuera festejando con sus amigos mientras yo tengo el culo lleno de semen de uno de ellos. Si el inútil de su padre supiera que el compañero de su hijo me acaba de llenar la concha como una puta barata… me correría de nuevo solo de pensarlo. Qué rico se siente ser la mamá zorra que nadie se imagina.”
Me bajé de la mesada con las piernas temblando, busqué mi ropa interior y el vestido tirados por el piso. Nos vestimos rápido, acomodándonos el pelo como pudimos. Justo cuando terminábamos de arreglarnos, se abre la puerta de la cocina de un golpe y entra mi hijo con cara de “¿dónde estabas?”.
— Mamá, te estaba buscando por todos lados. ¿Qué haces?
Miré a Lucas de reojo y contesté con la cara más inocente del mundo.
— Nada, amor. Estaba tomando algo con Lucas. Resulta que ahora es muy simpático.
Mi hijo sonrió, todo contento.
— ¡Bien! Me alegra que se lleven bien. Vení, Lucas, sentate un rato en nuestra mesa. Hay lugar.
Los tres salimos de la cocina juntos. Yo caminando con las piernas todavía flojas, sintiendo cómo me chorreaba un poquito entre las piernas con cada paso, y con una sonrisa de oreja a oreja que no me la iba a sacar nadie.
Al final de la noche, mientras volvíamos a casa en el auto, mi hijo me dijo que había sido la mejor fiesta de su vida. Yo solo sonreí
“Para mí también, hijo. Para mí también”.

Y bueno, nena, esa es la anécdota. ¿Viste que a veces la vida te compensa las malas rachas de la forma más inesperada? Ahora cada vez que veo a Lucas en casa cuando viene a visitar a mi hijo, nos miramos y sonreímos con complicidad. Nadie sabe nada. Y yo… yo me siento más viva que nunca.
¿Querés que te cuente la revancha que tuvimos en el quincho a la semana siguiente? Porque eso ya es otra historia…
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