Dulce salió del baño con las piernas temblorosas y el cuerpo ardiendo. El calor del líquido rosa se había vuelto casi insoportable. Sentía el clítoris hinchado y palpitante, los pezones duros rozando contra la tela del vestido y una humedad constante que empapaba por completo su tanga de encaje. Cada paso que daba hacía que sus muslos se rozaran, enviándole pequeñas descargas de placer que le robaban el aliento.
Cuando llegó a la mesa VIP, se detuvo en seco, incrédula.
El ambiente se había vuelto completamente salvaje. La música retumbaba y varias personas del público se habían acercado a su mesa. Cuatro strippers rodeaban a Tania y Brenda, que ya llevaban el sticker negro.
Brenda estaba recostada en el sillón ancho. Uno de los strippers le había quitado los zapatos y ella masturbaba con sus pies el enorme pene de uno de ellos, moviendo las plantas con habilidad mientras gemía. Al mismo tiempo, otro stripper estaba de pie frente a ella, sujetándola firmemente por el cabello y follándole la boca con agresividad. Su miembro grueso y largo entraba y salía sin piedad, empujando más allá de su garganta. Brenda tenía los ojos llorosos, saliva escurriendo por las comisuras de su boca y barbilla, pero no se apartaba. Al contrario, emitía sonidos húmedos y ahogados de placer cada vez que el pene le llegaba al fondo.


Tania, por su parte, estaba inclinada hacia adelante sobre la mesa. Uno de los strippers se encontraba detrás de ella, frotando su pene erecto y brillante entre sus nalgas, deslizándolo arriba y abajo por la hendidura sin penetrarla todavía. Tania gemía con la cara pegada al asiento mientras lamía con devoción el ano de otro stripper que estaba sentado frente a ella. Su lengua trazaba círculos lentos y profundos, entrando y saliendo, mientras el hombre gruñía de placer y le acariciaba el cabello.


La escena era obscena, ruidosa y cargada de gemidos. El público alrededor aplaudía y silbaba.
Dulce se quedó paralizada, mirando todo con la boca entreabierta. El shock y el deseo luchaban dentro de ella.
De pronto, sintió unas manos suaves pero firmes en su espalda. Steph, la barman y amiga de Héctor, la había seguido desde el baño y la empujó con sigilo directamente hacia el centro de la acción. Inmediatamente después, Steph levantó su teléfono y continuó grabando con una sonrisa traviesa.
Tania y Brenda notaron la llegada de Dulce y dejaron a un lado a los strippers por un momento. Ambas se acercaron a ella con ojos brillantes de excitación.
—¡Por fin regresaste, cumpleañera! —exclamó Tania, riendo.
Antes de que Dulce pudiera protestar, Tania extendió la mano, le arrancó el sticker verde del brazo sin pedir permiso y lo reemplazó rápidamente por uno negro.

—¡No! ¡Tania, espera! —intentó decir Dulce, aún con un resto de renuencia luchando contra el fuego que le consumía el cuerpo.
Pero ya era tarde. Brenda se colocó detrás de ella y comenzó a bajarle el cierre del vestido negro. Dulce se resistió, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¡No! ¡No quiero que todo el mundo me vea desnuda! —protestó, con la voz entrecortada.
Brenda no se detuvo. Le bajó el vestido hasta la cintura y, con rapidez, le colocó dos delicadas pezoneras negras con brillos que cubrían apenas sus pezones endurecidos. Luego continuó desnudándola por completo, dejando caer el vestido al suelo. Dulce quedó solo con el tanga negro de encaje y las botas hasta la rodilla. Steph seguía grabando desde un ángulo perfecto: Dulce de espaldas a la cámara, por lo que su rostro no se veía, pero sí se apreciaba claramente su figura menuda, su espalda desnuda y, sobre todo, el tanga negro de encaje que apenas cubría su culo firme y el corazón que Héctor le había afeitado esa misma mañana.

En el departamento, Héctor abrió la nueva story de Steph. El video mostraba exactamente esa imagen: el tanga negro, las botas, el cuerpo pequeño y curvilíneo de su novia siendo despojado de ropa en medio de un bar lleno de gente. Sintió una oleada brutal de celos y rabia que le apretó el pecho… pero, al mismo tiempo, una erección dura e inexplicable le creció dentro del pantalón. No podía apartar la vista.

Una vez con el sticker negro puesto, los cuatro strippers centraron toda su atención en Dulce.
La rodearon. Manos fuertes y expertas recorrieron cada rincón de su cuerpo: acariciaron sus pechos pequeños pero firmes por encima de las pezoneras, bajaron por su cintura estrecha, apretaron sus nalgas y deslizaron dedos por el interior de sus muslos. Uno de ellos se inclinó y lamió lentamente su cuello, otro besó su clavícula, mientras un tercero frotaba su enorme pene erecto contra su vientre, dejando rastros brillantes de líquido preseminal.

—Eres tan hermosa… tan pequeña y perfecta —le susurró uno al oído con voz ronca y seductora—. Déjanos adorarte esta noche. Deja que te hagamos sentir cosas que nunca has sentido.
—Tu cuerpo está pidiendo más… mírate cómo tiemblas —dijo otro, frotando su miembro contra su cadera—. Vamos a hacer que te corras tantas veces que ni siquiera recuerdes tu nombre.
Dulce jadeaba. El afrodisiaco la tenía al borde del abismo. Ya no podía resistirse. Cada caricia, cada palabra la hundía más profundo en un pozo de placer sin fondo.
El stripper con el miembro más grande —grueso, largo y venoso— se colocó frente a ella. Su pene estaba completamente erecto, la cabeza brillante y goteando abundante líquido preseminal que tenía un aroma dulce y extrañamente hipnotizante. Se perfiló justo frente a la boca de Dulce, tan cerca que ella podía sentir el calor que emanaba.

En ese preciso instante, un recuerdo fugaz cruzó por la mente de Dulce: nunca había dado una mamada en su vida. Ni siquiera a Héctor. Siempre le había parecido algo grotesco y sucio.
Pero ese pensamiento se desvaneció casi al instante. El aroma del líquido preseminal la mareaba de deseo. Sin poder controlarse, abrió la boca de manera instintiva, los labios temblando, esperando recibirlo.
Cuando llegó a la mesa VIP, se detuvo en seco, incrédula.
El ambiente se había vuelto completamente salvaje. La música retumbaba y varias personas del público se habían acercado a su mesa. Cuatro strippers rodeaban a Tania y Brenda, que ya llevaban el sticker negro.
Brenda estaba recostada en el sillón ancho. Uno de los strippers le había quitado los zapatos y ella masturbaba con sus pies el enorme pene de uno de ellos, moviendo las plantas con habilidad mientras gemía. Al mismo tiempo, otro stripper estaba de pie frente a ella, sujetándola firmemente por el cabello y follándole la boca con agresividad. Su miembro grueso y largo entraba y salía sin piedad, empujando más allá de su garganta. Brenda tenía los ojos llorosos, saliva escurriendo por las comisuras de su boca y barbilla, pero no se apartaba. Al contrario, emitía sonidos húmedos y ahogados de placer cada vez que el pene le llegaba al fondo.


Tania, por su parte, estaba inclinada hacia adelante sobre la mesa. Uno de los strippers se encontraba detrás de ella, frotando su pene erecto y brillante entre sus nalgas, deslizándolo arriba y abajo por la hendidura sin penetrarla todavía. Tania gemía con la cara pegada al asiento mientras lamía con devoción el ano de otro stripper que estaba sentado frente a ella. Su lengua trazaba círculos lentos y profundos, entrando y saliendo, mientras el hombre gruñía de placer y le acariciaba el cabello.


La escena era obscena, ruidosa y cargada de gemidos. El público alrededor aplaudía y silbaba.
Dulce se quedó paralizada, mirando todo con la boca entreabierta. El shock y el deseo luchaban dentro de ella.
De pronto, sintió unas manos suaves pero firmes en su espalda. Steph, la barman y amiga de Héctor, la había seguido desde el baño y la empujó con sigilo directamente hacia el centro de la acción. Inmediatamente después, Steph levantó su teléfono y continuó grabando con una sonrisa traviesa.
Tania y Brenda notaron la llegada de Dulce y dejaron a un lado a los strippers por un momento. Ambas se acercaron a ella con ojos brillantes de excitación.
—¡Por fin regresaste, cumpleañera! —exclamó Tania, riendo.
Antes de que Dulce pudiera protestar, Tania extendió la mano, le arrancó el sticker verde del brazo sin pedir permiso y lo reemplazó rápidamente por uno negro.

—¡No! ¡Tania, espera! —intentó decir Dulce, aún con un resto de renuencia luchando contra el fuego que le consumía el cuerpo.
Pero ya era tarde. Brenda se colocó detrás de ella y comenzó a bajarle el cierre del vestido negro. Dulce se resistió, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¡No! ¡No quiero que todo el mundo me vea desnuda! —protestó, con la voz entrecortada.
Brenda no se detuvo. Le bajó el vestido hasta la cintura y, con rapidez, le colocó dos delicadas pezoneras negras con brillos que cubrían apenas sus pezones endurecidos. Luego continuó desnudándola por completo, dejando caer el vestido al suelo. Dulce quedó solo con el tanga negro de encaje y las botas hasta la rodilla. Steph seguía grabando desde un ángulo perfecto: Dulce de espaldas a la cámara, por lo que su rostro no se veía, pero sí se apreciaba claramente su figura menuda, su espalda desnuda y, sobre todo, el tanga negro de encaje que apenas cubría su culo firme y el corazón que Héctor le había afeitado esa misma mañana.

En el departamento, Héctor abrió la nueva story de Steph. El video mostraba exactamente esa imagen: el tanga negro, las botas, el cuerpo pequeño y curvilíneo de su novia siendo despojado de ropa en medio de un bar lleno de gente. Sintió una oleada brutal de celos y rabia que le apretó el pecho… pero, al mismo tiempo, una erección dura e inexplicable le creció dentro del pantalón. No podía apartar la vista.

Una vez con el sticker negro puesto, los cuatro strippers centraron toda su atención en Dulce.
La rodearon. Manos fuertes y expertas recorrieron cada rincón de su cuerpo: acariciaron sus pechos pequeños pero firmes por encima de las pezoneras, bajaron por su cintura estrecha, apretaron sus nalgas y deslizaron dedos por el interior de sus muslos. Uno de ellos se inclinó y lamió lentamente su cuello, otro besó su clavícula, mientras un tercero frotaba su enorme pene erecto contra su vientre, dejando rastros brillantes de líquido preseminal.

—Eres tan hermosa… tan pequeña y perfecta —le susurró uno al oído con voz ronca y seductora—. Déjanos adorarte esta noche. Deja que te hagamos sentir cosas que nunca has sentido.
—Tu cuerpo está pidiendo más… mírate cómo tiemblas —dijo otro, frotando su miembro contra su cadera—. Vamos a hacer que te corras tantas veces que ni siquiera recuerdes tu nombre.
Dulce jadeaba. El afrodisiaco la tenía al borde del abismo. Ya no podía resistirse. Cada caricia, cada palabra la hundía más profundo en un pozo de placer sin fondo.
El stripper con el miembro más grande —grueso, largo y venoso— se colocó frente a ella. Su pene estaba completamente erecto, la cabeza brillante y goteando abundante líquido preseminal que tenía un aroma dulce y extrañamente hipnotizante. Se perfiló justo frente a la boca de Dulce, tan cerca que ella podía sentir el calor que emanaba.

En ese preciso instante, un recuerdo fugaz cruzó por la mente de Dulce: nunca había dado una mamada en su vida. Ni siquiera a Héctor. Siempre le había parecido algo grotesco y sucio.
Pero ese pensamiento se desvaneció casi al instante. El aroma del líquido preseminal la mareaba de deseo. Sin poder controlarse, abrió la boca de manera instintiva, los labios temblando, esperando recibirlo.
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