
—Me voy. Avísale a la ma —dijo Yamila sin siquiera mirarlo.
Julián, su hermano, la observó desde el umbral de la puerta con una ceja levantada. Ella llevaba un vestido blanco, extremadamente corto y con un escote provocativo que dejaba poco a la imaginación, complementado con unas sandalias rojas de tiras que le subían hasta la pantorrilla. Su maquillaje era intenso, con labios rojos y un tatuaje visible en la pierna, una estética que gritaba rebeldía.
—¿Vas a salir así? —preguntó Julián, incapaz de contener la crítica.
—Ay, no jodas —respondió ella con fastidio, rodando los ojos antes de salir de la casa y dejar la puerta abierta con un golpe seco.
El portazo resonó en la casa vacía.
Lucas se quedó mirando la puerta por unos segundos, con una mezcla de impotencia y preocupación. No era un puritano, pero lo que llevaba su hermana puesta era demasiado. El vestido apenas le cubría las nalgas, y el escote parecía diseñado para provocar. Cualquier hermano se habría alarmado.
Un rato después, Andrea, su madre, entró por la puerta principal. Llevaba el pelo recogido en un moño desprolijo y se la notaba cansada. Tendría unos cuarenta y dos años, pero había algo en su forma de moverse, en la manera en que sus jeans ajustados marcaban sus curvas, que delataba una juventud aún latente. Sus ojos oscuros, profundos, reflejaban madurez y una chispa de diversión contenida.
—¿Y Yamila? —preguntó, dejando las llaves sobre la mesa.
—Se fue hace un rato —respondió Lucas, sin levantar la vista del celular—. No dijo a dónde.
Andrea suspiró, frotándose la nuca.
—¿Viste cómo iba vestida?
Lucas dudó. Quiso contarle, pero algo lo detuvo. Tal vez el miedo a que su madre se angustiara, o quizás una lealtad confusa hacia su hermana. Al final, solo dijo:
—No me fijé.
—Bueno, ya es grande... supongo —murmuró Andrea, aunque su tono no sonaba convencido.
Se sentó a su lado en el sillón, y juntos se dispusieron a ver una película que ella había elegido. Pero Lucas no podía concentrarse. Su cabeza estaba en otro lado, atravesada por imágenes de su hermana caminando sola por calles oscuras.
La noche avanzó. Él pasaba los dedos por la pantalla del celular, desplazando memes y mensajes sin prestar atención. Su madre, con el ceño ligeramente fruncido, notó su actitud.
—Preguntale a tu hermana dónde anda, ya que estás tanto con esa cosa —dijo, con un dejo de ofensa.
Lucas esbozó una sonrisa irónica.
—Perdón, estoy compartiendo lo divertida que es la película que elegiste, mamá.
Ella se rió, un sonido cálido que rompió la tensión. —La próxima la elegís vos —dijo, dándole un leve golpe en el brazo.
Lucas le escribió a Yamila por WhatsApp, pero no hubo respuesta. Llamó, esperando que no atendiera... pero ella sí lo hizo.
—¿Qué pasó? —su voz sonaba distorsionada, rodeada de un bullicio de música y voces.
—¿Dónde andás? —preguntó Lucas, sin rodeos.
—Ni idea. Con unas amigas. Ahí te mando la ubicación —dijo, y cortó antes de que él pudiera responder.
—¿Dónde está? —quiso saber Andrea.
—No sabe bien. Con unas amigas. Ahí me pasa la ubicación.
El celular sonó un instante después. Lucas lo mostró: un punto rojo sobre un mapa, rodeado de calles poco iluminadas, en una zona alejada del centro.
Andrea se quedó mirando la pantalla un momento.
—Si es muy tarde, andá a buscarla —dijo, con la autoridad tranquila de quien ha tomado muchas decisiones a lo largo de los años.
Terminaron la película en silencio. Ella se fue a dormir, y él se retiró a su habitación, donde encendió la computadora para pasar el rato. El reloj marcaba las tres y cuarenta cuando por fin se disponía a acostarse. Recordó entonces que no había ido a buscar a su hermana.
—La puta madre... —murmuró, frotándose los ojos.
Se puso una campera, agarró las llaves del auto y salió. El motor rugió en la noche vacía, mientras él seguía las indicaciones del GPS hacia un lugar que no conocía. El camino se volvía más oscuro a medida que se alejaba del centro, rodeado de árboles altos y silencio.
El lugar era una especie de galpón reciclado en boliche improvisado. Autos mal estacionados, luces de colores asomándose por las rendijas de las puertas.
Estacionó en una zona con poca luz, apagó el motor y esperó. Le escribió a Yamila. Nada. Iba a llamarla cuando la vio salir.
Ella caminaba tambaleándose un poco, con una sonrisa soñolienta, y no estaba sola. Tres chicos la seguían, demasiado cerca, con las manos en los bolsillos y las miradas fijas en su cuerpo. Pendejos, pensó Lucas. Uno llevaba una gorra al revés, otro una remera de fútbol, el tercero una cadena que brillaba bajo la luz tenue.
Yamila se dirigía hacia el auto, pero de repente giró y dijo algo que Lucas no alcanzó a escuchar. Los chicos se rieron. Ella siguió caminando, pero mientras lo hacía, se acomodó las tetas con un gesto natural, casi inocente, ajustando el escote que ya de por sí era generoso.
Lucas sintió que la sangre le hervía. Entendió entonces lo que había pasado: la muy trola les había mostrado los pechos. A tres desconocidos. Como si fuera nada.
El impulso inicial fue bajar del auto, agarrarla del brazo y putearla hasta hacerla entrar en razón. Pero algo lo detuvo. Tal vez la vergüenza de ser visto en ese lugar, o la certeza de que ella se lo merecía. Se agachó en el asiento, escondiéndose, mientras el grupo pasaba de largo.
Por suerte, ella no reconoció el auto. Su figura se perdió entre los árboles, seguida de cerca por las tres sombras insistentes.
Lucas respiró hondo, apretando el volante con fuerza.
Adentro de él, dos sentimientos peleaban: el miedo por su hermana, y una rabia contenida que le ardía en el pecho. Sobre todo, una pregunta daba vueltas en su mente sin encontrar respuesta: *¿Qué mierda le pasa?*
Se quedó allí, paralizado, viendo cómo la noche se tragaba a su hermana y a los desconocidos, esperando el momento para actuar, aunque aún no supiera bien cómo.
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