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Nosotros y el señor del bar II

Norma tomó la tarjeta entre sus dedos y la miró en silencio durante varios segundos. Luego levantó la vista hacia mí. Tenía las mejillas rojas y los ojos brillantes.
—¿Qué hacemos, amor? —preguntó en voz baja, casi temblando.
Yo respiré profundo. El corazón me latía con fuerza. Miedo, nervios, celos y una excitación brutal me recorrían el cuerpo al mismo tiempo.
—No sé… —admití con honestidad—. Una parte de mí quiere ir… pero otra tiene miedo. Celos… nervios… no sé qué carajo sentir.
Norma se mordió el labio inferior y miró la tarjeta otra vez.
—Yo también estoy nerviosa… —confesó—. Me da miedo que después te arrepientas… o que yo me arrepienta. Pero… también estoy muy mojada. Muy caliente. No puedo dejar de pensar en lo que podría pasar.
Nos quedamos callados un rato, mirándonos. El aire entre nosotros estaba cargado.
Finalmente levanté la mano y llamé al mozo.
—La cuenta, por favor.
El mozo sonrió y negó con la cabeza.
—Ya está todo pago. El señor de la mesa de al lado se hizo cargo.
Norma y yo nos miramos. Eso terminó de decidirnos… o de confundirnos más.
Subimos al auto en silencio. Encendí el motor y empecé a manejar sin rumbo fijo. Daba vueltas por la ciudad, pasando por avenidas, plazas y calles que no llevaban a ningún lado. Ninguno de los dos hablaba. Solo se escuchaba la respiración agitada de ambos.
Norma tenía la tarjeta en la mano y la giraba una y otra vez. Yo apretaba el volante con fuerza. Los celos me apretaban el pecho, pero la verga me latía dura dentro del pantalón.
Después de casi cuarenta minutos dando vueltas sin sentido, terminé estacionando frente al edificio de la dirección que nos había dejado. Un edificio moderno, de departamentos, en una zona tranquila.
Apagué el motor. El silencio se hizo más pesado.
Norma me miró. Tenía las piernas cruzadas y se apretaba los muslos.
—Estamos acá… —susurró.
Me incliné hacia ella y la besé con pasión. Nuestras lenguas se enredaron con desesperación. Le metí la mano entre las piernas y le acaricié la concha por encima del vestido. Ella estaba empapada. Norma me bajó el cierre del pantalón y sacó mi verga dura, empezando a pajearme con fuerza mientras nos besábamos.
—Estoy muerta de miedo… —gimió contra mi boca—. Pero también estoy re caliente…
Le metí dos dedos en la concha mientras ella me pajeaba rápido.
—¿Qué querés hacer, amor? —le pregunté entre besos, con la voz ronca—. Decime la verdad.
Norma me miró a los ojos, respirando agitada, con los labios hinchados.
—Decidí vos… —susurró—. Yo voy a hacer lo que vos quieras… pero decidí vos.
La besé otra vez, con más fuerza, y luego apoyé mi frente contra la de ella.
—Bajemos —dije finalmente, con la voz temblorosa de excitación y nervios.
Norma respiró profundo, asintió, se puso de nuevo la tanga y se acomodó el vestido. Salimos del auto. Caminamos juntos hasta la puerta del edificio. El corazón me latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho.
Norma me tomó de la mano. Estaba temblando.
Miré la tarjeta, marqué el número del departamento en el portero eléctrico y, sin decir nada más…
Toqué el timbre.
El timbre sonó con un zumbido seco. La puerta se abrió casi de inmediato. El hombre nos recibió con una sonrisa tranquila. Llevaba una camisa blanca suelta y un pantalón liviano.
—Pasen, los esperaba, me llamo Andrés —dijo con voz grave y serena.
Entramos. El departamento era amplio, moderno y con luces bajas. En el living había una lámpara de pie encendida y, en una pared grande, un plasma gigante donde pasaba una película porno. En la pantalla, una mujer rubia muy tetona, de tetas naturales, estaba siendo cogida por dos hombres al mismo tiempo: uno por atrás y otro en la boca. Los gemidos eran fuertes y húmedos, y la música erótica de fondo tenía bajos profundos y un ritmo sensual.
Norma se quedó parada en el medio del living, mirando la pantalla un segundo. Sus mejillas se sonrojaron.
—¡¡¡Uffff…!!!¡¡¡Qué película… !!!—murmuró.
Andrés sonrió y señaló el sillón.
—Siéntense. ¿Quieren tomar algo?
Nos sentamos. Norma quedó en el medio, entre los dos. Andrés sirvió tres vasos de whisky con hielo y nos dio uno a cada uno.
Nosotros y el señor del bar II

Durante los primeros minutos charlamos de cosas banales: el calor, el bar, cómo había empezado todo esa tarde. Pero la película porno seguía sonando de fondo, con gemidos fuertes y el sonido de la carne chocando.
Norma miró la pantalla otra vez. La mujer tetona gemía mientras los dos hombres la penetraban.
—Es bastante explícita… —comentó ella, con la voz un poco ronca.
Andrés asintió.
—Me gusta ese tipo de películas. Me excita ver a una mujer disfrutando con más de un hombre.
Norma me miró de reojo. Yo le acaricié el muslo por debajo del vestido y le dije bajito, pero lo suficientemente alto para que Andrés escuchara:
—Si querés algo esta noche… él solo va a mirar. En principio. Nada más.
Norma respiró profundo y asintió lentamente, aunque sus ojos brillaban de excitación.
—Está bien… solo mirar —repitió, como para convencerse.
Pero su mano ya estaba apoyada en mi pierna, apretándola con fuerza.
El ambiente se volvió más denso. La película seguía, la mujer gemía cada vez más fuerte, y los tres sabíamos que la noche apenas estaba empezando.
Norma cruzó las piernas y puso las manos sobre sus muslos, como si intentara controlarse. La película porno seguía reproduciéndose en el plasma gigante: la mujer rubia de tetas enormes estaba siendo cogida por dos hombres al mismo tiempo, ahora estaban haciéndole una dp. Los gemidos eran fuertes, húmedos y constantes, y la música erótica de fondo tenía un ritmo lento y profundo que llenaba el ambiente.
Norma miró la pantalla durante unos segundos. Sus mejillas se tiñeron de rojo.
—Es… más que explícita —repitió en voz baja, casi para sí misma.
Andrés tomó un sorbo de whisky y asintió.
—Sí. Me gustan las que muestran a una mujer disfrutando de verdad. Sin apuros. Sin que parezca actuado.
Norma respiró profundo. Su pecho subía y bajaba, marcando aún más sus tetas contra el vestido blanco. Yo le puse una mano en el muslo derecho y lo acaricié suavemente con el pulgar, subiendo y bajando.
—Solo mirar por ahora —repetí con calma, mirándola a ella y luego a Andrés—Nada más. Si en algún momento Norma quiere parar, paramos.
Andrés asintió respetuosamente.
—Entendido. Yo estoy acá para lo que ustedes decidan.
Norma se mordió el labio inferior y miró la pantalla otra vez. La mujer gemía fuerte mientras ahora uno de los hombres con una verga muy gruesa le cogía las tetas y el otro, que la tenía mucho más larga, la penetraba.
—Se ve… rico —susurró ella, casi sin voz.
La mano de Andrés descansaba sobre el respaldo del sillón, muy cerca del hombro de Norma. No la tocaba, pero estaba lo suficientemente cerca como para que ella sintiera su presencia.
Norma descruzó las piernas y las cruzó hacia el otro lado, haciendo que su muslo rozara el de Andrés. No fue casual. Se quedó así, presionando suavemente.
—Hace mucho calor aquí también —dijo ella, abanicándose con la mano—. ¿Puedo sacarme el vestido? Solo un poco… para estar más cómoda.
Yo asentí. Andrés tragó saliva.
Norma se puso de pie frente a nosotros, respiró hondo y moviendo su cuerpo y sus brazos al ritmo de la música se bajó lentamente los tirantes del vestido blanco. La tela cayó hasta su cintura, pero ella cruzo su brazo tapándose, se pasó sensualmente la lengua por los labios, levantó lentamente una de sus tetas y llevándose el pezón a su boca lo lamió y lo chupó mirando alternadamente a Andrés y a mí. Luego con un movimiento más lento aún descruzó su brazo dejando sus tetas enormes completamente al aire. Pesadas, redondas, con los pezones ya duros y rosados.
Se quedó así unos segundos, dejando que la miráramos. Luego se sentó de nuevo entre los dos, esta vez más relajada, con las tetas desnudas y el vestido arrugado en la cintura.
Andrés no podía apartar la vista.
—Son… impresionantes —murmuró.
Norma sonrió con timidez y se acomodó mejor, apoyando la espalda contra el respaldo. Sus tetas se movieron con el movimiento.
—Podés mirarlas todo lo que quieras —dijo ella bajito—. Solo mirar… por ahora.
La película seguía sonando de fondo. La mujer gemía mientras los dos hombres la penetraban. Norma respiraba más agitada. Yo le acaricié el muslo izquierdo y subí lentamente la mano hasta rozar el borde de su tanga.
Norma separó un poco las piernas.
Andrés seguía con la mano en el respaldo, muy cerca de su hombro. Sus dedos rozaron la piel desnuda de Norma por accidente… o no tan accidente.
Norma soltó un suspiro tembloroso y cerró los ojos un segundo.
—Esto es una locura… —susurró—. Estoy nerviosa… pero me encanta.
Yo le besé el cuello suavemente y le susurré al oído:
—Disfrutalo, amor.
Norma abrió los ojos, miró a Andrés y luego a mí. Tenía las mejillas rojas y la respiración acelerada.
—Estoy disfrutando como nunca… —susurró .
Su mano derecha ya había bajado y descansaba sobre mi muslo, apretándolo con fuerza. La izquierda estaba muy cerca de la pierna de Andrés.
El ambiente estaba cargado, lento, denso. La película porno seguía de fondo, los gemidos llenaban el living, y Norma, con las tetas al aire y el vestido en la cintura, respiraba agitada entre los dos hombres, cómo tantas veces habíamos fantaseado.
Andrés estaba  sentado con las piernas abiertas, la mano apoyada en el muslo y la mirada fija en el cuerpo de Norma. No decía nada. Solo miraba.
Yo me giré hacia ella, le tomé la cara con las dos manos y la besé. Fue un beso profundo, lento, con lengua. Norma gimió bajito contra mi boca y me respondió con la misma intensidad, metiendo su lengua y mordiéndome suavemente el labio.
—Te amo… —susurré contra sus labios—…y me encanta que nos esté mirando.
Norma soltó un suspiro tembloroso y me besó con más ganas. Mis manos bajaron por su cuello y le agarré las tetas con fuerza, apretándoselas, levantándolas y pellizcándole los pezones. Ella arqueó la espalda y gimió dentro de mi boca.
—Ahh… apretalas más… —susurró.
Empecé a masajearle las tetas con las dos manos, amasándolas, haciendo que se desbordaran entre mis dedos. Norma separó las piernas y yo bajé una mano por su vientre hasta meterla debajo del vestido. Le acaricié la concha por encima del la tanga. Estaba empapada.
—Estás re mojada, amor —le dije al oído, lo suficientemente alto para que Andrés escuchara—. Tu concha chorrea solo porque él te está mirando.
Norma gimió y miró de reojo a Andrés. Él tenía la mano sobre su bulto, presionándolo por encima del pantalón, pero sin sacársela. Solo observaba.
Yo le bajé el tanga hasta los tobillos y le metí dos dedos en la concha, lento, suave, despacio. Norma abrió más las piernas y empezó a mover las caderas contra mi mano.
—Marcelo… —jadeó—. Me estás metiendo los dedos delante de él… me está mirando todo…
Me incliné y le chupé un pezón con ganas, succionándolo fuerte mientras mis dedos entraban y salían de su concha. Norma me agarró la cabeza con una mano y gimió más alto.
—Chupame las tetas… sí… así… fuerte…
Andrés respiraba agitado, con los ojos clavados en la escena. Su mano se movía lentamente sobre su bulto, pero seguía sin sacarse la verga.
Norma me miró con los ojos vidriosos y susurró:
—Quiero chupártela…
Me desabroché el pantalón y saqué mi verga dura. Norma se inclinó hacia un lado, todavía sentada entre los dos, y se metió mi pija en la boca. Empezó a chupármela con ganas, bajando la cabeza, haciendo ruidos húmedos y babeando.
—Glup… glup… mmmhh… —gemía mientras me mamaba.
Yo le agarraba el pelo y le cogía la boca con movimientos suaves. Con la otra mano le seguía metiendo los dedos en la concha.
—Chupámela rico, amor… —le dije—. Dejá que Andrés te vea cómo mamás.
Norma sacó mi verga un segundo, con hilos de saliva colgando, y miró a Andrés mientras me pajaba.
—¿Te gusta verme chupando la pija de mi marido? —le preguntó con voz ronca.
Andrés asintió, con la respiración pesada.
—Mucho… —respondió.
Norma sonrió y volvió a metérsela en la boca, chupando con más ganas, moviendo la cabeza arriba y abajo. Sus tetas rebotaban con cada movimiento.
Yo le metí tres dedos en la concha y empecé a cogérsela más rápido. Norma gemía alrededor de mi verga, babeando abundantemente.
—Ahh… me voy…voy a acabar…ahhh —advirtió, sacando mi pija un segundo.
Se corrió con fuerza, apretando mis dedos dentro de ella, temblando y soltando un gemido largo y ahogado. Sus jugos me chorrearon por la mano.
Cuando al fin terminó de sentir su orgasmo tenía los labios hinchados, la cara roja y una sonrisa de pura lujuria. Me miró y luego miró a Andrés.
—Quiero seguir… —susurró—. Quiero que me cojas, Marcelo… mientras él mira.
Andrés ya no aguantaba más. Se desabrochó el pantalón con manos temblorosas y sacó su verga. Era más gorda que la mía, más corta pero gruesa, con una cabeza grande y venosa que brillaba de líquido preseminal. Empezó a pajearse despacio, con movimientos firmes, mirando fijamente cómo Norma me chupaba.
Norma abrió los ojos y giró la cabeza. En cuanto vio la verga de Andrés, se quedó congelada un segundo, con mi pija todavía en la boca. Sus ojos se abrieron más y se le fueron directamente a esa pija gruesa que él movía arriba y abajo.
—Dios… —susurró, sacando mi verga de su boca con un hilo de saliva colgando—. Qué gorda…
No podía dejar de mirarla. Sus ojos estaban clavados en la verga de Andrés, en cómo su mano subía y bajaba por ese tronco grueso.
—Mirala… —le dije yo, agarrándole el pelo—. Mirá cómo se pajea por vos.
Norma soltó un gemido largo y bajo. Se mordió el labio con fuerza y siguió mirando la pija de Andrés mientras yo le metía los dedos más rápido en la concha.
—Está tan gorda… —murmuró, casi hipnotizada—. Me imagino cómo me abriría…
Andrés se pajeaba más rápido ahora, respirando pesado, apuntando su verga gruesa hacia las tetas de Norma.
Norma empezó a temblar. Sus muslos se apretaron alrededor de mi mano y su concha se contrajo con fuerza.
—Ahhh… me estoy corriendo… otra vez…—gimió, sin dejar de mirar la pija de Andrés—…solo de mirarla… me estoy corriendo como una puta…
Acabó salvajemente. Todo su cuerpo se sacudió con violencia. Soltó un grito ahogado y sus jugos me chorrearon por la mano, cayendo al piso. Sus tetas rebotaban con cada espasmo y sus ojos seguían fijos en la verga gruesa de Andrés, que seguía pajeándose frente a ella.
—Qué rico… —jadeó Norma, todavía temblando—. Me corrí solo de ver su pija… es tan gorda… me muero de ganas de probarla…– me dijo.
Siguió mirando la verga de Andrés con los ojos vidriosos, respirando agitada, mientras yo le seguía metiendo los dedos lentamente, prolongando su orgasmo.
Andrés se pajeaba más fuerte, con la cabeza de su verga gruesa brillando a pocos centímetros de la cara de Norma.
Norma se pasó la lengua por los labios y me miró un segundo, con una expresión de pura lujuria.
—Marcelo… amor…—susurró, casi suplicando—¿Puedo…?

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