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Las vueltas de la vida [1]

Era una mañana de sábado como cualquier otra, en la que me desperté con ella. Guada, la morocha de grandes ojos marrones y labios carnosos que me había enamorado hacía ya más de media década, y que seguía teniendo esa forma de mirarme que me desarmaba más de lo que me gustaba admitir. Había algo en ella que me seguía enloqueciendo, sobre todo cuando aparecía esa versión más fogosa, más impulsiva, más caliente.

Cuando éramos más jóvenes, cuando todo era más desordenado y menos pensado, esa versión de ella aparecía con mucha más naturalidad. De alguna forma, sentía que había sido yo el que había empujado un poco a que eso saliera a la superficie por primera vez, como si entre los dos hubiéramos creado una dinámica distinta a la que tenía con el resto del mundo.

Con el tiempo, sin embargo, las cosas fueron cambiando. No de golpe, sino de a poco, casi sin darnos cuenta. Y lo que antes era más espontáneo empezó a aparecer cada vez menos, como si la vida en general nos hubiera ido acomodando en versiones más tranquilas, más ordenadas.

Sin embargo, esa mañana, al sentir sus labios recorriendo mi cuello, su cuerpo caliente a mis espaldas y sus manos acercándose peligrosamente a mi pija, aún dormida, volví a sentir esa faceta suya que tanto me enloquecía. Estiré mi brazo por encima de mi cabeza para acariciarla y acercarla aún más a mi, dándole mi aprobación a lo que estaba haciendo y demostrándole cuánto me gustaba despertarme así, cómo si mi creciente erección no fuera ya suficiente muestra de ello. Al observar mi reacción, ella rápidamente se colocó encima mío, agarró mi pija y suavemente se la colocó en la entrada de su ya muy húmeda concha, introduciéndosela lentamente y haciéndome sentir ese hermoso calor tan especial. No me dejó ni decir una palabra y empezó a moverse lentamente de forma muy sensual con mi pija ya en su interior, mirándome a la cara y gimiendo de la forma más hermosa que alguien se pueda imaginar.
La dejé manejar la situación por un ratito, hasta que nuestras miradas se cruzaron y con una sonrisa cómplice de parte de los dos, entendimos que ya había sido suficiente dulzura y suavidad. En ese momento, acerqué su cuerpo aún más al mío con una mano en su pelo, apreté una de sus hermosas nalgas con la otra, y comencé con el ritmo más fuerte al que estábamos acostumbrados, ya que, como dije antes, esa faceta salvaje suya solamente podía ser satisfecha con una garchada de un salvajismo acorde.
Esa mañana cogimos como dos desesperados y sentí nuevamente esa conexión tan fuerte que me había hecho enamorar de ella, y que últimamente estaba escaseando. Hicimos de todo, ella arriba, misionero, en cuatro y cuanta pose se nos ocurrió. No recuerdo cuántas veces acabó ella, pero si recuerdo esa imagen final de ella tragandosé toda mi pija hasta llenarle la boca de leche.

Me acuerdo de haberme quedado unos minutos ahí, sin apuro, con esa especie de calma rara que te deja después, cuando no hay mucho para decir y tampoco hace falta. Tenía en el cuerpo esa sensación de calor, de haber estado demasiado cerca de alguien como para pensar en otra cosa que no fuera el momento. No fue nada fuera de lo común, pero sí de esos encuentros en los que todo encaja por un rato y te olvidás completamente del resto, como si el mundo quedara en pausa solo para eso.

Y fue justo ahí, en ese estado medio suspendido, cuando escuché la frase que toda persona enamorada detesta: Tenemos que hablar.

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Buenas gente, les dejo el primer capítulo de esta serie qué voy a ir haciendo en la medida que me venga la inspiración y tenga ganas de escribir je. Cualquier sugerencia, crítica o simplemente cualquier apreciación que quieran hacer, es super bienvenida en los comentarios. También les agradecería su apoyo con puntos para alimentar mi ego de escritor y motivarme a seguir con la serie je. Espero que anden bien. Chuche.

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