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Comienzos

Soy un hombre casado desde hace treinta años. Si alguien me viera desde afuera, diría que tuve una vida ordenada: trabajo, rutinas, familia, la calma razonable de quien aprendió a no hacer olas. Y, sin embargo, desde hace décadas llevo un segundo nombre, una respiración aparte, una sombra que vuelve cuando quiere. En el chat soy Marce.

No nació del juego ni de la curiosidad inocente. Nació de algo más turbio, más viejo, más difícil de nombrar. De chico aprendí demasiado pronto que el cuerpo puede confundirse, que el miedo puede mezclarse con otra cosa, y que la vergüenza, cuando prende hondo, no se va nunca del todo. Durante años no pensé en eso como deseo. Lo pensé como una mancha. Como un pliegue secreto de mi carácter. Algo que debía quedar enterrado bajo la vida normal.

Pero no quedó enterrado.

A los dieciséis encontré, por azar, una tanga olvidada entre ropa de mi casa. No sabría explicar qué me llevó a probármela. Tal vez fue impulso, tal vez desafío, tal vez una necesidad muda de verme en otro papel, en otro borde. Me miré al espejo y sentí una sacudida íntima, una mezcla de pudor y fascinación. No era solamente la prenda: era lo que me hacía. La forma en que me obligaba a mirarme distinto. La manera en que convertía mi cuerpo en una insinuación.

Ahí empezó el secreto.

Comienzos


Primero fueron tangas escondidas, pequeños rituales solitarios, la urgencia de vestirme a puertas cerradas cuando sabía que nadie iba a volver. Después llegaron el corpiño, las medias finas, una blusa apenas ajustada, el labial pasado con mano torpe, el temblor de verme transformado sin dejar de ser yo. O peor: siendo más yo que nunca en esa deformación deliberada. No me sentía mujer. Nunca fue eso. Me excitaba otra cosa: sentirme expuesto, degradado, ofrecido. Volverme objeto de una mirada dura. Darle a alguien el poder de rebajarme.

Con los años entendí que no buscaba ternura. Buscaba autoridad. Aspereza. Hombres secos, toscos, incluso un poco brutales en sus modales, de esos que no piden permiso porque creen que el permiso les sobra. Hombres machistas, de voz mandona, de gesto impaciente, capaces de hacerme sentir menos. Y en esa humillación había un alivio oscuro, como si al someterme saldara una deuda privada. Como si me castigara por algo antiguo, algo que nunca terminé de perdonarme aunque no hubiera sido culpa mía.

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Ese es el mecanismo más vergonzoso de admitir: no era sólo placer. Era autocastigo. Yo mismo me iba llevando hasta ahí. Yo mismo me preparaba.

A veces pasaban meses, incluso años, sin que hiciera nada. Vida normal. Marido normal. Conversaciones normales. Y de pronto volvía la comezón. Un calor en la nuca. Una idea fija. Entonces abría el placard escondido donde guardaba mi pequeño ajuar clandestino: la lencería negra, una tanga de encaje, las medias hasta el muslo, los tacos que aprendí a usar despacio para no torcerme, un labial rojo demasiado evidente para la luz del día. Me vestía con una concentración casi religiosa. Elegía cada prenda no para verme lindo, sino para volverme provocación. Una promesa. Un blanco.

Los tacos me transformaban más que ninguna otra cosa. Me obligaban a caminar despacio, a medir cada paso, a sentir el peso de las piernas y el movimiento de la cadera. Eran una disciplina. Una forma de obediencia anticipada. Con el rouge puesto y la boca apenas entreabierta, yo mismo me parecía una caricatura indecente de feminidad, y justamente por eso me excitaba. No quería pasar por mujer. Quería que se notara el artificio. Quería que un hombre lo viera y entendiera enseguida qué clase de secreto tenía adelante. Quería provocarlo. Quería tentar su desprecio.

A veces salía así, apenas cubierto por un tapado largo o ropa discreta encima, sabiendo lo que llevaba oculto debajo. Otras veces bastaba con caminar al atardecer, con cierto vaivén estudiado, sintiendo sobre la espalda esa clase de mirada masculina que desnuda antes de tocar. Nunca me interesó seducir desde la dulzura. Me excitaba despertar lo más crudo: la lascivia, la burla, la prepotencia. Que me hablaran como si ya supieran que podían usarme. Que adivinaran enseguida que yo estaba ahí para eso.

Y lo peor —o lo más sincero— es que no me sentía víctima de ese juego. Me sentía cómplice. Iba hacia hombres así porque quería perder contra ellos. Porque había placer en no defenderme demasiado, en ceder, en dejar que la escena tomara una forma de desigualdad donde yo quedara abajo, literal y simbólicamente. Después, a solas, podía odiarme un poco. O mucho. Pero incluso esa resaca formaba parte del circuito. La vergüenza completaba lo que el deseo había empezado.

Nunca fue frecuente. Una o dos veces por año, a veces menos. Lo suficiente para sostener la doble vida sin romperla. Lo suficiente para que Marce no muriera del todo. En la superficie seguí siendo un hombre correcto, incluso feliz por momentos. Pero debajo de esa prolijidad siempre respiró la otra parte: la que necesita encaje negro bajo la ropa seria, la que se pinta los labios frente al espejo con el pulso alterado, la que encuentra en la humillación una forma torcida de descanso.

No sé si eso tiene cura. Tampoco sé si quiero curarlo. Hay noches en que me digo que es apenas una compulsión, una cicatriz que aprendió a hablar el idioma del deseo. Y hay otras en que acepto algo más simple y más brutal: que una parte de mí necesita ser rebajada para excitarse, necesita ofrecerse, provocar, encender en ciertos hombres la peor clase de apetito y sentirse elegida justamente por eso.

Cuando aparece, Marce no pide amor. Pide uso. Pide riesgo. Pide tacos, lencería, labial corrido y la electricidad de saberse a un paso de hacer algo que después va a negar con una sonrisa tranquila, sentado a la mesa de siempre, en la vida de siempre.

Y tal vez ese sea el secreto verdadero. No lo que hago, sino la calma con que después vuelvo a mi sitio, como si no hubiera pasado nada. Como si debajo del pantalón correcto no siguiera viva, agazapada, esa otra forma de mí que sólo descansa cuando alguien la mira con dureza y la hace sentir, por un rato, exactamente lo que vino a buscar.

1 comentarios - Comienzos

Donmonti
LINDA TU HISTORIA !!!!contnuara? como sigue? hablamos?