Todo empezó un martes cualquiera en el gimnasio del barrio. Yo, Matías, estaba terminando mi rutina de piernas, sudado y cansado después de cuatro series de sentadillas pesadas. Levanté la vista y ahí estaba ella: Astrid.
Tenía el pelo negro largo recogido en una coleta alta con un scrunchie rosa chillón, lentes de armazón negro que le daban un aire medio nerd-sexy, y un cuerpo que claramente pasaba muchas horas entrenando. Llevaba una chaqueta beige ajustada que se le pegaba al torso y unos shorts negros cortos que apenas cubrían esas nalgas redondas, firmes y levantadas que parecían el resultado de meses de hip thrust y sentadillas. Se estaba sacando fotos en el espejo, arqueando la espalda, sacando el culo hacia atrás con esa postura que todas las chicas del gym conocen.
Me quedé mirándola más tiempo del que debería. Cuando se dio vuelta y me pescó, en vez de ponerse incómoda, sonrió de lado y levantó una ceja.
—¿Necesitás algo o solo estás apreciando la técnica? —me dijo con voz calmada pero con un toque burlón.
Me acerqué secándome la cara con la toalla.
—Perdón, es que… hacés las sentadillas con una forma impecable. Soy Matías, por cierto.
—Astrid —respondió estrechándome la mano. Tenía la palma suave pero el agarre firme—. Gracias. Entreno glúteos cuatro veces por semana, así que supongo que se nota.
Charlamos un rato sobre rutinas. Me contó que llevaba casi un año yendo al mismo gym pero que recién ahora estaba empezando a tomárselo más en serio. Tenía 24 años, estudiaba enfermería y vivía sola en un departamento cerca. Yo le conté que tenía 27, trabajaba en marketing y que el gym era mi escape del estrés.
Al final de la charla me pidió mi Instagram.
—Para mandarte la rutina de glúteos que uso —dijo guiñándome un ojo.
Esa noche me escribió. Empezamos hablando de entrenamiento, pero la conversación derivó rápido a cosas más personales. Me contó que había salido de una relación tóxica hacía seis meses y que ahora solo quería divertirse y enfocarse en ella. Yo le confesé que hacía rato no conocía a alguien que me llamara tanto la atención.
Al día siguiente volvimos a coincidir en el gym. Esta vez entrenamos juntos. Cada vez que hacía hip thrust, me miraba por el espejo mientras bajaba lento, abriendo las piernas un poco más de lo necesario. Yo la corregía la postura, rozando apenas su cintura, y sentía cómo se le ponía la piel de gallina.
—Tenés manos fuertes —comentó en voz baja cuando nadie nos escuchaba.
—Y vos tenés una espalda que pide que la agarren —le respondí sin filtro.
Se rio, mordiéndose el labio.
Pasaron tres días más de mensajes constantes y entrenamientos juntos. La tensión era evidente. Una noche, después de una sesión especialmente dura, me invitó a su departamento.
—Traé proteína si querés… o vino. Lo que prefieras —me escribió.
Llegué alrededor de las 9 pm. Astrid me abrió la puerta con el pelo suelto, recién duchada, usando una remera holgada negra que le caía sobre un hombro y shorts cortos de algodón. Olía a vainilla y shampoo.
—Pasá, Matías. No mordí… todavía —dijo sonriendo.
Nos sentamos en el sillón del living a tomar vino. Hablamos de todo: de nuestras familias, de las presiones de la facultad y el trabajo, de lo que buscábamos en la vida. Astrid era divertida, sarcástica y muy directa. En un momento se acercó más y apoyó su mano en mi pierna.
—Sabés que desde el primer día me di cuenta cómo me mirabas el culo, ¿no? —me dijo mirándome a los ojos.
—No pude evitarlo. Es… perfecto.
Se rio bajito y se acercó hasta casi rozar mis labios.
—Entonces hacé algo al respecto.
La besé. Fue un beso lento al principio, exploratorio. Su boca era suave y sabía a vino tinto. Poco a poco se fue poniendo más intenso. Le pasé la mano por la cintura y la atraje hacia mí. Astrid se subió a horcajadas sobre mis piernas y sentí el calor de su cuerpo contra el mío.
—Llevo días pensando en esto —susurró mientras me besaba el cuello.
Le saqué la remera despacio. Debajo no tenía corpiño. Sus tetas eran grandes, redondas, naturales, con pezones marrones claros ya duros. Las acaricié con las manos, sintiendo su peso, y bajé la boca para chuparlos. Astrid soltó un gemido suave y arqueó la espalda, agarrándome del pelo.
—Despacio… me gusta sentir todo —me pidió.
La levanté en brazos y la llevé a la cama. La acosté y le bajé los shorts junto con la tanga negra. Su concha estaba completamente depilada, hinchada y brillando de humedad. Pasé dos dedos por su entrada y la sentí temblar.
—Estás empapada…
—Porque llevo toda la semana fantaseando con vos —confesó con voz ronca.
Me arrodillé entre sus piernas y empecé a comerla despacio. Primero lamí alrededor, luego el clítoris, después metí la lengua dentro. Astrid gemía cada vez más fuerte, moviendo las caderas contra mi cara. Le metí dos dedos y los curvé buscando ese punto que la hizo gritar.
—Ahí… joder, Matías, justo ahí…
Cuando se corrió, apretó mis dedos con fuerza y soltó un gemido largo y entrecortado, temblando entera. Me miró con los ojos vidriosos y sonrió.
—Ahora te toca a vos.
Me bajó el pantalón y liberó mi pija, que ya estaba dura como piedra. La miró con deseo y empezó a chuparla lento, desde la base hasta la cabeza, usando mucha saliva. Me miraba a los ojos mientras la metía profundo, casi hasta la garganta. Era una sensación increíble.
—No quiero correrme todavía —le dije jadeando.
Astrid se subió encima mío, se acomodó y bajó despacio, metiéndose toda mi verga de una sola vez. Soltamos un gemido al unísono. Empezó a cabalgarme lento, moviendo las caderas en círculos, luego más rápido. Sus tetas rebotaban delante de mi cara. Las agarré y las apreté mientras ella se apoyaba en mi pecho.
—Me encanta cómo me llenás… —gimió.
La di vuelta y la puse en cuatro. Ese culo en pompa era una visión. Le di una nalgada suave y la penetré desde atrás con fuerza. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Astrid agarraba las sábanas y pedía más.
—Más fuerte… cogeme como si me hubieras querido coger desde el primer día en el gym.
La embestí más duro, agarrándola de la cintura, tirando de su pelo. Sentía cómo su concha me apretaba. Cuando ya no aguanté más, le avisé:
—Me voy a correr…
—Adentro… quiero sentirte —suplicó.
Me corrí profundo dentro de ella con varios chorros calientes. Astrid tuvo su segundo orgasmo casi al mismo tiempo, apretándome con espasmos.
Después nos quedamos abrazados, sudados y respirando agitados. Me acariciaba el pecho con las uñas.
—No pensé que iba a pasar tan rápido… pero me alegra que haya pasado —me dijo sonriendo.
—Yo tampoco. Pero quiero que esto siga, Astrid. No quiero que sea solo una noche.
Ella me miró y me besó suave.
—Entonces volvamos al gym mañana… y después vemos qué pasa en los vestuarios.


Tenía el pelo negro largo recogido en una coleta alta con un scrunchie rosa chillón, lentes de armazón negro que le daban un aire medio nerd-sexy, y un cuerpo que claramente pasaba muchas horas entrenando. Llevaba una chaqueta beige ajustada que se le pegaba al torso y unos shorts negros cortos que apenas cubrían esas nalgas redondas, firmes y levantadas que parecían el resultado de meses de hip thrust y sentadillas. Se estaba sacando fotos en el espejo, arqueando la espalda, sacando el culo hacia atrás con esa postura que todas las chicas del gym conocen.
Me quedé mirándola más tiempo del que debería. Cuando se dio vuelta y me pescó, en vez de ponerse incómoda, sonrió de lado y levantó una ceja.
—¿Necesitás algo o solo estás apreciando la técnica? —me dijo con voz calmada pero con un toque burlón.
Me acerqué secándome la cara con la toalla.
—Perdón, es que… hacés las sentadillas con una forma impecable. Soy Matías, por cierto.
—Astrid —respondió estrechándome la mano. Tenía la palma suave pero el agarre firme—. Gracias. Entreno glúteos cuatro veces por semana, así que supongo que se nota.
Charlamos un rato sobre rutinas. Me contó que llevaba casi un año yendo al mismo gym pero que recién ahora estaba empezando a tomárselo más en serio. Tenía 24 años, estudiaba enfermería y vivía sola en un departamento cerca. Yo le conté que tenía 27, trabajaba en marketing y que el gym era mi escape del estrés.
Al final de la charla me pidió mi Instagram.
—Para mandarte la rutina de glúteos que uso —dijo guiñándome un ojo.
Esa noche me escribió. Empezamos hablando de entrenamiento, pero la conversación derivó rápido a cosas más personales. Me contó que había salido de una relación tóxica hacía seis meses y que ahora solo quería divertirse y enfocarse en ella. Yo le confesé que hacía rato no conocía a alguien que me llamara tanto la atención.
Al día siguiente volvimos a coincidir en el gym. Esta vez entrenamos juntos. Cada vez que hacía hip thrust, me miraba por el espejo mientras bajaba lento, abriendo las piernas un poco más de lo necesario. Yo la corregía la postura, rozando apenas su cintura, y sentía cómo se le ponía la piel de gallina.
—Tenés manos fuertes —comentó en voz baja cuando nadie nos escuchaba.
—Y vos tenés una espalda que pide que la agarren —le respondí sin filtro.
Se rio, mordiéndose el labio.
Pasaron tres días más de mensajes constantes y entrenamientos juntos. La tensión era evidente. Una noche, después de una sesión especialmente dura, me invitó a su departamento.
—Traé proteína si querés… o vino. Lo que prefieras —me escribió.
Llegué alrededor de las 9 pm. Astrid me abrió la puerta con el pelo suelto, recién duchada, usando una remera holgada negra que le caía sobre un hombro y shorts cortos de algodón. Olía a vainilla y shampoo.
—Pasá, Matías. No mordí… todavía —dijo sonriendo.
Nos sentamos en el sillón del living a tomar vino. Hablamos de todo: de nuestras familias, de las presiones de la facultad y el trabajo, de lo que buscábamos en la vida. Astrid era divertida, sarcástica y muy directa. En un momento se acercó más y apoyó su mano en mi pierna.
—Sabés que desde el primer día me di cuenta cómo me mirabas el culo, ¿no? —me dijo mirándome a los ojos.
—No pude evitarlo. Es… perfecto.
Se rio bajito y se acercó hasta casi rozar mis labios.
—Entonces hacé algo al respecto.
La besé. Fue un beso lento al principio, exploratorio. Su boca era suave y sabía a vino tinto. Poco a poco se fue poniendo más intenso. Le pasé la mano por la cintura y la atraje hacia mí. Astrid se subió a horcajadas sobre mis piernas y sentí el calor de su cuerpo contra el mío.
—Llevo días pensando en esto —susurró mientras me besaba el cuello.
Le saqué la remera despacio. Debajo no tenía corpiño. Sus tetas eran grandes, redondas, naturales, con pezones marrones claros ya duros. Las acaricié con las manos, sintiendo su peso, y bajé la boca para chuparlos. Astrid soltó un gemido suave y arqueó la espalda, agarrándome del pelo.
—Despacio… me gusta sentir todo —me pidió.
La levanté en brazos y la llevé a la cama. La acosté y le bajé los shorts junto con la tanga negra. Su concha estaba completamente depilada, hinchada y brillando de humedad. Pasé dos dedos por su entrada y la sentí temblar.
—Estás empapada…
—Porque llevo toda la semana fantaseando con vos —confesó con voz ronca.
Me arrodillé entre sus piernas y empecé a comerla despacio. Primero lamí alrededor, luego el clítoris, después metí la lengua dentro. Astrid gemía cada vez más fuerte, moviendo las caderas contra mi cara. Le metí dos dedos y los curvé buscando ese punto que la hizo gritar.
—Ahí… joder, Matías, justo ahí…
Cuando se corrió, apretó mis dedos con fuerza y soltó un gemido largo y entrecortado, temblando entera. Me miró con los ojos vidriosos y sonrió.
—Ahora te toca a vos.
Me bajó el pantalón y liberó mi pija, que ya estaba dura como piedra. La miró con deseo y empezó a chuparla lento, desde la base hasta la cabeza, usando mucha saliva. Me miraba a los ojos mientras la metía profundo, casi hasta la garganta. Era una sensación increíble.
—No quiero correrme todavía —le dije jadeando.
Astrid se subió encima mío, se acomodó y bajó despacio, metiéndose toda mi verga de una sola vez. Soltamos un gemido al unísono. Empezó a cabalgarme lento, moviendo las caderas en círculos, luego más rápido. Sus tetas rebotaban delante de mi cara. Las agarré y las apreté mientras ella se apoyaba en mi pecho.
—Me encanta cómo me llenás… —gimió.
La di vuelta y la puse en cuatro. Ese culo en pompa era una visión. Le di una nalgada suave y la penetré desde atrás con fuerza. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Astrid agarraba las sábanas y pedía más.
—Más fuerte… cogeme como si me hubieras querido coger desde el primer día en el gym.
La embestí más duro, agarrándola de la cintura, tirando de su pelo. Sentía cómo su concha me apretaba. Cuando ya no aguanté más, le avisé:
—Me voy a correr…
—Adentro… quiero sentirte —suplicó.
Me corrí profundo dentro de ella con varios chorros calientes. Astrid tuvo su segundo orgasmo casi al mismo tiempo, apretándome con espasmos.
Después nos quedamos abrazados, sudados y respirando agitados. Me acariciaba el pecho con las uñas.
—No pensé que iba a pasar tan rápido… pero me alegra que haya pasado —me dijo sonriendo.
—Yo tampoco. Pero quiero que esto siga, Astrid. No quiero que sea solo una noche.
Ella me miró y me besó suave.
—Entonces volvamos al gym mañana… y después vemos qué pasa en los vestuarios.


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