Domingo de Pascua. Último día en las Sierras. Nos volvíamos a Buenos Aires el lunes temprano. Mientras mi marido y mis hijos aún duermen, me levanto y salgo a dar un paseo al pie del Uritorco. Tengo ganas de caminar, de oxigenarme, disfrutar la naturaleza antes de volver a la ciudad.
Habíamos hecho amistad con una familia de Rosario, con quiénes coincidíamos en el río "La Toma". Acampábamos en el mismo lugar, para que sus hijos y los nuestros pudieran jugar juntos.
Julio y Sara, se llaman los rosarinos, Ingeniero Agrónomo él, Docente ella. Y al igual que nosotros, también estaban disfrutando del feriado de Semana Santa.
Aunque Julio era bueno disimulando, más de una vez lo sorprendí mirándome el culo o las tetas. Yo solo me sonreía, haciéndole saber, de forma tácita, que no me incomodaban sus miradas.
El sábado en la noche, los invitamos a cenar en casa. Y fue allí, en medio de alguna charla, que él dijo que le gustaba correr temprano por la mañana.
-Uy sí, incluso ahora, en estos días de descanso no pierde la costumbre- comenta la esposa, como quejándose.
-Es que como me voy a privar de correr al pie del Cerro...- se justifica él.
Y bueno, esa es la razón de mi madrugón, encontrármelo mientras corre. Habíamos cruzado un par de miradas, como insinuando algo, pero, aunque lo intentábamos, nunca podíamos estar solos. Siempre estaban nuestras parejas, o alguno de nuestros hijos cerca. Igual, la tensión cuando nos cruzábamos o mirábamos, era evidente.
Ya llevaba un rato caminando por dónde, había comentado, le gustaba correr, cuando me parece verlo a la distancia. No sabía si había captado mi "indirecta", ya que cuando surgió el tema, comenté que a mí también me gustaba el ejercicio matutino.
Y, como a la pasada, añadí:
-Quizás salga a caminar mañana...- mirándolo en una forma que no sé si supo interpretar.
Pero allí estaba, corriendo tal como dijo, al pie del Cerro. Aunque todavía estaba lejos, y el día recién estaba clareando, no había dudas que se trataba de Julio. Pude comprobarlo, cuando, al verme, cambió de dirección, y vino hacia dónde yo estaba.
Yo seguí caminando por la tierra seca, salpicada de piedras y raíces, alejándome cada vez más de la zona poblada, con él corriendo por detrás mío, un poco lejos todavía, aunque acercándose a paso firme y seguro.
Si finalmente íbamos a hacer algo, no podíamos mantenernos en ese mismo sendero, así que mientras trato de decidir hacia dónde desviarme, un relincho atrae mi atención.
Me gustan los caballos, obviamente en la ciudad no tengo oportunidad de ver uno, a menos que vaya a un hipódromo, por lo que salgo del camino y me meto entre la maleza, buscando de dónde proviene el sonido.
Hago un trecho, y en un claro cercano me encuentro a dos caballos, macho y hembra, en pleno ritual de apareamiento. ¿Una señal, quizás?
Me quedo un momento observándolos, por detrás de un árbol, a prudente distancia, fascinada con esa especie de danza que realizan, moviéndose uno alrededor del otro.
Entre los relinchos, escucho los pasos de Julio acercándose por detrás. No me volteo, sé muy bien que es él...
-¿Te gusta el espectáculo?- me pregunta en un susurro, pegándose a mi espalda, justo cuando el semental se levanta sobre sus patas traseras, exhibiendo un falo descomunal, amenazante.
-¡Shhhh...!- le digo, también susurrando, tratando de no interrumpir la ceremonia que tenemos enfrente.
Cuando apoya una mano en mi cintura, soy yo la que se arrima, aceptando no solo su cercanía, sino también ese excitante jueguito que estamos iniciando.
Seguro ya de mi consentimiento, apoya la otra mano, y subiendo con ambas, me agarra de las tetas, apretándomelas con fuerza y ganas.
Tengo puesta una remera y un top, así que levantándome ambos, le ofrezco mis pechos desnudos para que me los amase a su antojo.
Para cuándo la yegua separa las patas traseras y levanta la cola, mostrando una vulva hinchada y rojiza, yo ya estoy entregada.
El caballo se vuelve loco, salta, corcovea, levanta las patas delanteras, mostrando su belleza en todo su esplendor.
Mientras Julio me besa el cuello, me froto la cola contra su bragueta, palpando la dureza que allí ya se está gestando.
Apoderándose ya no solo de mi cuerpo, sino también de mis sentidos, mete una mano dentro de mi calza y se hunde en mi sexo, promiscuo, invasivo.
-¡Estás empapada...!- me susurra al oído.
Y casi como un reflejo de mi propio estado, la yegua levanta la cola y suelta un chorro de orina. El macho corcovea excitado, olisqueando el aire con movimientos espasmódicos.
Julio hace lo mismo, me huele, me olfatea, moviendo los dedos en mi interior, masturbándome.
Olvidándome de todo, me doy la vuelta y me cuelgo de su cuello, tocándole la pija por encima del short de fútbol, él me agarra fuerte de la cola, y pegándome a su cuerpo, nos besamos con frenesí, con locura, con unas ganas que, al igual que los caballos que tenemos cerca, nos convierte en animales salvajes, indómitos.
Enseguida nos sacamos la ropa, con urgencia, con desesperación, quedando solo en zapatillas, apretándonos el uno contra el otro, mientras nuestras lenguas siguen enredándose, ávidas, jugosas.
Me pongo de cuclillas y le chupo la pija, comiéndosela entera, pese a que tiene un buen tamaño el rosarino. Se la babeo toda, dejándosela en un estado candente, impactante.
Me levanto y apoyándome contra el tronco del árbol, le ofrezco mi retaguardia, ya húmeda y encendida. Ahora se pone de cuclillas él y abriéndome, me pasa la lengua por toda la raya, metiéndose en mi brecha, chupándome toda por dentro, sorbiendo con fruición el juguito con el que desde hace rato me estoy mojando.
Se levanta y me pasea la pija arriba y abajo, azotándome con ella, haciéndome sentir su dureza y vigor.
Antes de que intente, siquiera, penetrarme, me agacho y saco una tira de preservativos que tengo guardada en una de mis medias. Se sonríe cuando se la doy.
El sábado por la tarde, paseando por el centro de Capilla, mientras mi familia esperaba por una mesa en un restaurante, aproveché y fui a la farmacia a comprar shampoo... en realidad fui a comprar forros... el shampoo solo fue una excusa.
No estaba segura de que pudiéramos concretar algo, pero ante la mínima posibilidad, quería estar preparada. Ya saben, puta prevenida...
El rosarino se pone uno de los preservativos, y ahora sí, me apunta con su erección, vigoroso, amenazante. No me hago desear como la yegua, yo misma me abro la concha pidiéndole, casi rogándole, que me la meta.
Estoy ansiosa, desesperada, la piel ardiendo de deseo.
-¡Dale... Cogeme... Reventame...!- le pido, llorando casi de excitación.
Y entonces, al igual que el semental que tenemos a unos metros, se posiciona, me mide con la pija, y...
¡¡¡Uaaaauuuuuhhhhhh...!!!
...me la manda a guardar con un topetazo final que me estremece toda, arrancándome unos gemidos que podrían competir con los relinchos de la yegua en cuánto a expresiones de placer.
Me agarra de la cintura, y me la hace sentir en toda su extensión, garchándome a morir, brutal, arrebatado, haciéndome vibrar las nalgas al ritmo de sus embestidas.
Coger al aire libre, en medio de la naturaleza, con el sol asomando en el horizonte, sintiendo en la piel la fresca brisa matinal, el rocío, es una experiencia que todos deberían tener. Los sentidos se acentúan, las emociones se intensifican, todo es más fuerte, poderoso.
Al principio cogemos de parados, él tras de mí, pero luego, cuando el placer aumenta, me levanta una pierna, abriéndome aún más, y sosteniéndola en alto, me bombea con mayor agresividad todavía.
¡¡¡PUM... PAM... PUM... PAM... PUM... PAM...!!!
Es alucinante... mis pezones parecen dos piedras incrustadas en mis pechos de tan duros que se me ponen.
Cuando me la saca, ahora soy yo la que se orina, aunque no es meo lo que me sale, sino todo ese flujo vaginal que tenía contenido y que la presión, el empuje de su verga, libera.
-¡Que pedazo de hembra... No te imaginás las ganas que tenía de cogerte...!- me confiesa, sacándose el forro todo pringoso, y poniéndose otro.
-¡Acá me tenés...!- le digo, regalada, desafiante.
Me agarra de la cintura y me alza de golpe, ensartándome con un solo movimiento, como si su verga fuera la lanza, y mi concha la diana. Mis piernas lo rodean con urgencia, apretándolo contra mí, sintiendo la firmeza de su cuerpo sosteniéndome sin titubeos.
Cuando me empieza a garchar, echo la cabeza hacia atrás, y suelto un rugido pletórico de satisfacción. Un grito primigenio, instintivo, animal.
Mis manos se aferran a su espalda, recorriéndola, sintiendo cada músculo tensarse bajo mis dedos.
Me sostiene y me bombea con una seguridad que me provoca, que me invita a abandonarme, a entregarme por completo.
El roce de los cuerpos se vuelve inevitable, cada pequeño movimiento intensifica las sensaciones. Me aferro más fuerte, mis piernas ajustándose a su cintura, imprimiéndole un ritmo que empiezo a marcar casi sin darme cuenta.
Un calor creciente me recorre, y no puedo evitar buscarlo más, acercarme, presionarme contra él como si fuera lo único que existe.
-No me sueltes...- murmuró, casi sin voz, más como una necesidad que como una petición.
Él responde con más firmeza, elevándome apenas. Mi respiración se entrecorta, mi cuerpo reacciona antes que mi mente, y me dejo llevar por esa intensidad compartida, por esa mezcla de deseo y vértigo.
Apoyo la frente contra la suya, respirando el mismo aire, y por un momento todo lo demás desaparece. Solo estamos nosotros, suspendidos en ese instante, donde el tiempo parece detenerse y cada sensación se vuelve más intensa.
Todo es tensión, cercanía, y ese pulso constante que crece entre los dos, como si en cualquier momento fuera a desbordarse.
Trato de aguantarme las ganas, pero ya no puedo más. Me suelto de su cuello, caigo de pie, y abriéndome de piernas, suelto otro violento chorro de flujo.
Él tampoco se aguanta... Los dos estamos completamente desnudos, solo con las zapatillas puestas, por lo que junta la ropa de ambos, haciendo un montoncito, se echa encima, y exhibiendo una erección privilegiada, me invita a seguir disfrutándola.
No puedo decir que no... Ya me había dado a mansalva, pero la concha me seguía pidiendo más.... ¡Pequeña golosa!
Me pongo encima, de cuclillas, me la meto, y empiezo a deslizarme arriba y abajo, subiendo, bajando a pura flexión, mientras mis pechos son objeto de su constante manoseo.
Acabo yo primero, profundamente ensartada, estallando de gozo y placer, sintiendo que mis gemidos y jadeos se mezclan con los sonidos habituales de la naturaleza.
Yo ya había tenido lo mío, estaba satisfecha en exceso, pero el rosarino estaba sobrepasado. Con todo lo que me había dado, seguía duro y enhiesto, con la testosterona a tope.
Me hubiera gustado seguir cogiendo, pero ya el sol se estaba elevando, hasta los caballos habían terminado con lo suyo, y pastaban mansamente a un costado, ya sin interesarse el uno en el otro.
Así que lo que hago, para no dejarlo en ese estado, es sacarle el forro y hacerle una paja. Se la sacudo fuerte, acompañando el movimiento de mis manos con besos y lamidas, hasta que...
💦💦💦💦💦💦💦💦💦
...el semen fluye en sendos chorrazos, espesos, cargadísimos, que salen disparados con inevitable violencia.
Ya más calmados, nos levantamos, sacudimos la ropa que estaba toda amontonada, y nos vestimos. Sabemos que tenemos que despedirnos. Ellos vuelven a Rosario esa misma noche, nosotros a Buenos Aires al otro día. Quisiéramos decir muchas cosas, pero elegimos no decir nada. Después de lo que acabamos de experimentar, las palabras sobran.
El adiós es con un beso, intenso, apasionado, como el momento que acabamos de compartir. Luego tan solo nos miramos, sonreímos y tomando cada quién un rumbo distinto, nos alejamos, sin mirar atrás, dejando en aquel lugar, al pie del Cerro, el explícito testimonio de nuestra presencia: los forros usados cargados de leche. Perdón, pero no teníamos dónde tirarlos.
Cuando llego a la casa, que no está muy lejos de dónde estuvimos cogiendo con Julio, mi marido y mis hijos ya están desayunando. Los saludo desde la sala, y voy directamente al baño a darme una ducha.
Luego desayunamos juntos, y vamos a la misa de Pascua. Allí nos encontramos con la familia rosarina.
Yo no había querido pedirle a Julio ningún dato, tampoco darle los míos, ya que aunque la había pasado bien, no quería que un día se me apareciera en la puerta de la oficina. Pero mi marido, insistió en intercambiar con ellos números y correos para estar en contacto. Así que si vuelve a pasar, la culpa ya no será solo mía...
Habíamos hecho amistad con una familia de Rosario, con quiénes coincidíamos en el río "La Toma". Acampábamos en el mismo lugar, para que sus hijos y los nuestros pudieran jugar juntos.
Julio y Sara, se llaman los rosarinos, Ingeniero Agrónomo él, Docente ella. Y al igual que nosotros, también estaban disfrutando del feriado de Semana Santa.
Aunque Julio era bueno disimulando, más de una vez lo sorprendí mirándome el culo o las tetas. Yo solo me sonreía, haciéndole saber, de forma tácita, que no me incomodaban sus miradas.
El sábado en la noche, los invitamos a cenar en casa. Y fue allí, en medio de alguna charla, que él dijo que le gustaba correr temprano por la mañana.
-Uy sí, incluso ahora, en estos días de descanso no pierde la costumbre- comenta la esposa, como quejándose.
-Es que como me voy a privar de correr al pie del Cerro...- se justifica él.
Y bueno, esa es la razón de mi madrugón, encontrármelo mientras corre. Habíamos cruzado un par de miradas, como insinuando algo, pero, aunque lo intentábamos, nunca podíamos estar solos. Siempre estaban nuestras parejas, o alguno de nuestros hijos cerca. Igual, la tensión cuando nos cruzábamos o mirábamos, era evidente.
Ya llevaba un rato caminando por dónde, había comentado, le gustaba correr, cuando me parece verlo a la distancia. No sabía si había captado mi "indirecta", ya que cuando surgió el tema, comenté que a mí también me gustaba el ejercicio matutino.
Y, como a la pasada, añadí:
-Quizás salga a caminar mañana...- mirándolo en una forma que no sé si supo interpretar.
Pero allí estaba, corriendo tal como dijo, al pie del Cerro. Aunque todavía estaba lejos, y el día recién estaba clareando, no había dudas que se trataba de Julio. Pude comprobarlo, cuando, al verme, cambió de dirección, y vino hacia dónde yo estaba.
Yo seguí caminando por la tierra seca, salpicada de piedras y raíces, alejándome cada vez más de la zona poblada, con él corriendo por detrás mío, un poco lejos todavía, aunque acercándose a paso firme y seguro.
Si finalmente íbamos a hacer algo, no podíamos mantenernos en ese mismo sendero, así que mientras trato de decidir hacia dónde desviarme, un relincho atrae mi atención.
Me gustan los caballos, obviamente en la ciudad no tengo oportunidad de ver uno, a menos que vaya a un hipódromo, por lo que salgo del camino y me meto entre la maleza, buscando de dónde proviene el sonido.
Hago un trecho, y en un claro cercano me encuentro a dos caballos, macho y hembra, en pleno ritual de apareamiento. ¿Una señal, quizás?
Me quedo un momento observándolos, por detrás de un árbol, a prudente distancia, fascinada con esa especie de danza que realizan, moviéndose uno alrededor del otro.
Entre los relinchos, escucho los pasos de Julio acercándose por detrás. No me volteo, sé muy bien que es él...
-¿Te gusta el espectáculo?- me pregunta en un susurro, pegándose a mi espalda, justo cuando el semental se levanta sobre sus patas traseras, exhibiendo un falo descomunal, amenazante.
-¡Shhhh...!- le digo, también susurrando, tratando de no interrumpir la ceremonia que tenemos enfrente.
Cuando apoya una mano en mi cintura, soy yo la que se arrima, aceptando no solo su cercanía, sino también ese excitante jueguito que estamos iniciando.
Seguro ya de mi consentimiento, apoya la otra mano, y subiendo con ambas, me agarra de las tetas, apretándomelas con fuerza y ganas.
Tengo puesta una remera y un top, así que levantándome ambos, le ofrezco mis pechos desnudos para que me los amase a su antojo.
Para cuándo la yegua separa las patas traseras y levanta la cola, mostrando una vulva hinchada y rojiza, yo ya estoy entregada.
El caballo se vuelve loco, salta, corcovea, levanta las patas delanteras, mostrando su belleza en todo su esplendor.
Mientras Julio me besa el cuello, me froto la cola contra su bragueta, palpando la dureza que allí ya se está gestando.
Apoderándose ya no solo de mi cuerpo, sino también de mis sentidos, mete una mano dentro de mi calza y se hunde en mi sexo, promiscuo, invasivo.
-¡Estás empapada...!- me susurra al oído.
Y casi como un reflejo de mi propio estado, la yegua levanta la cola y suelta un chorro de orina. El macho corcovea excitado, olisqueando el aire con movimientos espasmódicos.
Julio hace lo mismo, me huele, me olfatea, moviendo los dedos en mi interior, masturbándome.
Olvidándome de todo, me doy la vuelta y me cuelgo de su cuello, tocándole la pija por encima del short de fútbol, él me agarra fuerte de la cola, y pegándome a su cuerpo, nos besamos con frenesí, con locura, con unas ganas que, al igual que los caballos que tenemos cerca, nos convierte en animales salvajes, indómitos.
Enseguida nos sacamos la ropa, con urgencia, con desesperación, quedando solo en zapatillas, apretándonos el uno contra el otro, mientras nuestras lenguas siguen enredándose, ávidas, jugosas.
Me pongo de cuclillas y le chupo la pija, comiéndosela entera, pese a que tiene un buen tamaño el rosarino. Se la babeo toda, dejándosela en un estado candente, impactante.
Me levanto y apoyándome contra el tronco del árbol, le ofrezco mi retaguardia, ya húmeda y encendida. Ahora se pone de cuclillas él y abriéndome, me pasa la lengua por toda la raya, metiéndose en mi brecha, chupándome toda por dentro, sorbiendo con fruición el juguito con el que desde hace rato me estoy mojando.
Se levanta y me pasea la pija arriba y abajo, azotándome con ella, haciéndome sentir su dureza y vigor.
Antes de que intente, siquiera, penetrarme, me agacho y saco una tira de preservativos que tengo guardada en una de mis medias. Se sonríe cuando se la doy.
El sábado por la tarde, paseando por el centro de Capilla, mientras mi familia esperaba por una mesa en un restaurante, aproveché y fui a la farmacia a comprar shampoo... en realidad fui a comprar forros... el shampoo solo fue una excusa.
No estaba segura de que pudiéramos concretar algo, pero ante la mínima posibilidad, quería estar preparada. Ya saben, puta prevenida...
El rosarino se pone uno de los preservativos, y ahora sí, me apunta con su erección, vigoroso, amenazante. No me hago desear como la yegua, yo misma me abro la concha pidiéndole, casi rogándole, que me la meta.
Estoy ansiosa, desesperada, la piel ardiendo de deseo.
-¡Dale... Cogeme... Reventame...!- le pido, llorando casi de excitación.
Y entonces, al igual que el semental que tenemos a unos metros, se posiciona, me mide con la pija, y...
¡¡¡Uaaaauuuuuhhhhhh...!!!
...me la manda a guardar con un topetazo final que me estremece toda, arrancándome unos gemidos que podrían competir con los relinchos de la yegua en cuánto a expresiones de placer.
Me agarra de la cintura, y me la hace sentir en toda su extensión, garchándome a morir, brutal, arrebatado, haciéndome vibrar las nalgas al ritmo de sus embestidas.
Coger al aire libre, en medio de la naturaleza, con el sol asomando en el horizonte, sintiendo en la piel la fresca brisa matinal, el rocío, es una experiencia que todos deberían tener. Los sentidos se acentúan, las emociones se intensifican, todo es más fuerte, poderoso.
Al principio cogemos de parados, él tras de mí, pero luego, cuando el placer aumenta, me levanta una pierna, abriéndome aún más, y sosteniéndola en alto, me bombea con mayor agresividad todavía.
¡¡¡PUM... PAM... PUM... PAM... PUM... PAM...!!!
Es alucinante... mis pezones parecen dos piedras incrustadas en mis pechos de tan duros que se me ponen.
Cuando me la saca, ahora soy yo la que se orina, aunque no es meo lo que me sale, sino todo ese flujo vaginal que tenía contenido y que la presión, el empuje de su verga, libera.
-¡Que pedazo de hembra... No te imaginás las ganas que tenía de cogerte...!- me confiesa, sacándose el forro todo pringoso, y poniéndose otro.
-¡Acá me tenés...!- le digo, regalada, desafiante.
Me agarra de la cintura y me alza de golpe, ensartándome con un solo movimiento, como si su verga fuera la lanza, y mi concha la diana. Mis piernas lo rodean con urgencia, apretándolo contra mí, sintiendo la firmeza de su cuerpo sosteniéndome sin titubeos.
Cuando me empieza a garchar, echo la cabeza hacia atrás, y suelto un rugido pletórico de satisfacción. Un grito primigenio, instintivo, animal.
Mis manos se aferran a su espalda, recorriéndola, sintiendo cada músculo tensarse bajo mis dedos.
Me sostiene y me bombea con una seguridad que me provoca, que me invita a abandonarme, a entregarme por completo.
El roce de los cuerpos se vuelve inevitable, cada pequeño movimiento intensifica las sensaciones. Me aferro más fuerte, mis piernas ajustándose a su cintura, imprimiéndole un ritmo que empiezo a marcar casi sin darme cuenta.
Un calor creciente me recorre, y no puedo evitar buscarlo más, acercarme, presionarme contra él como si fuera lo único que existe.
-No me sueltes...- murmuró, casi sin voz, más como una necesidad que como una petición.
Él responde con más firmeza, elevándome apenas. Mi respiración se entrecorta, mi cuerpo reacciona antes que mi mente, y me dejo llevar por esa intensidad compartida, por esa mezcla de deseo y vértigo.
Apoyo la frente contra la suya, respirando el mismo aire, y por un momento todo lo demás desaparece. Solo estamos nosotros, suspendidos en ese instante, donde el tiempo parece detenerse y cada sensación se vuelve más intensa.
Todo es tensión, cercanía, y ese pulso constante que crece entre los dos, como si en cualquier momento fuera a desbordarse.
Trato de aguantarme las ganas, pero ya no puedo más. Me suelto de su cuello, caigo de pie, y abriéndome de piernas, suelto otro violento chorro de flujo.
Él tampoco se aguanta... Los dos estamos completamente desnudos, solo con las zapatillas puestas, por lo que junta la ropa de ambos, haciendo un montoncito, se echa encima, y exhibiendo una erección privilegiada, me invita a seguir disfrutándola.
No puedo decir que no... Ya me había dado a mansalva, pero la concha me seguía pidiendo más.... ¡Pequeña golosa!
Me pongo encima, de cuclillas, me la meto, y empiezo a deslizarme arriba y abajo, subiendo, bajando a pura flexión, mientras mis pechos son objeto de su constante manoseo.
Acabo yo primero, profundamente ensartada, estallando de gozo y placer, sintiendo que mis gemidos y jadeos se mezclan con los sonidos habituales de la naturaleza.
Yo ya había tenido lo mío, estaba satisfecha en exceso, pero el rosarino estaba sobrepasado. Con todo lo que me había dado, seguía duro y enhiesto, con la testosterona a tope.
Me hubiera gustado seguir cogiendo, pero ya el sol se estaba elevando, hasta los caballos habían terminado con lo suyo, y pastaban mansamente a un costado, ya sin interesarse el uno en el otro.
Así que lo que hago, para no dejarlo en ese estado, es sacarle el forro y hacerle una paja. Se la sacudo fuerte, acompañando el movimiento de mis manos con besos y lamidas, hasta que...
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...el semen fluye en sendos chorrazos, espesos, cargadísimos, que salen disparados con inevitable violencia.
Ya más calmados, nos levantamos, sacudimos la ropa que estaba toda amontonada, y nos vestimos. Sabemos que tenemos que despedirnos. Ellos vuelven a Rosario esa misma noche, nosotros a Buenos Aires al otro día. Quisiéramos decir muchas cosas, pero elegimos no decir nada. Después de lo que acabamos de experimentar, las palabras sobran.
El adiós es con un beso, intenso, apasionado, como el momento que acabamos de compartir. Luego tan solo nos miramos, sonreímos y tomando cada quién un rumbo distinto, nos alejamos, sin mirar atrás, dejando en aquel lugar, al pie del Cerro, el explícito testimonio de nuestra presencia: los forros usados cargados de leche. Perdón, pero no teníamos dónde tirarlos.
Cuando llego a la casa, que no está muy lejos de dónde estuvimos cogiendo con Julio, mi marido y mis hijos ya están desayunando. Los saludo desde la sala, y voy directamente al baño a darme una ducha.
Luego desayunamos juntos, y vamos a la misa de Pascua. Allí nos encontramos con la familia rosarina.
Yo no había querido pedirle a Julio ningún dato, tampoco darle los míos, ya que aunque la había pasado bien, no quería que un día se me apareciera en la puerta de la oficina. Pero mi marido, insistió en intercambiar con ellos números y correos para estar en contacto. Así que si vuelve a pasar, la culpa ya no será solo mía...
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