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Miranda y su cornudito 27-la desvirgacion de las hermanitas

La cena había sido larga y cargada de tensión sexual. Los piropos groseros de Beto y Groncho hacia Carla y Juana no habían parado, y las dos hermanas se sonrojaban constantemente, con las bombachitas cada vez más húmedas.
Miranda miró el reloj y, con una sonrisa tranquila pero intencionada, dijo:
—Muchachos, ya es bastante tarde. ¿Por qué no se quedan a dormir? La casa es grande y hay lugar de sobra.
Beto y Groncho se miraron entre sí, claramente sorprendidos pero muy felices. Sus caras se iluminaron con una sonrisa lasciva. Sabían perfectamente lo que eso significaba: Miranda y Eduardo les estaban entregando a sus nenitas en bandeja de plata.
Beto respondió con voz ronca y satisfecha:
—Sería un honor… no vamos a decir que no.
Groncho añadió, mirando a Juana con deseo:
—Gracias… va a ser una noche muy linda.
Miranda sonrió con elegancia y continuó:
—Perfecto. Entonces pueden dormir con las nenitas en sus camas. Ahí van a estar más cómodos. Carla, tú con Beto en tu habitación. Juana, tú con Groncho en la tuya. Las camas son grandes y hay espacio.
Carla y Juana se quedaron mudas un segundo, con el corazón latiéndoles a mil. Sabían que “dormir” era solo una forma de decir. Sus caras se pusieron rojas como tomates, pero no protestaron.
Beto miró a Carla con una sonrisa triunfal y le puso una mano pesada en el muslo por debajo de la mesa:
—Qué bueno… voy a dormir con mi nenita colegiala…
Groncho hizo lo mismo con Juana, acariciándole el brazo:
—Mi angelito de vestido blanco… esta noche vamos a estar juntitos.
Miranda y Eduardo observaban todo con calma. Eduardo sentía la jaulita apretándole fuerte, excitado por la idea de que sus hijas pasaran la noche con esos dos machos sucios y dominantes. Miranda, por su parte, tenía una sonrisa maternal y morbosa.
—Entonces está decidido —dijo Miranda—. Vayan subiendo. Nos vemos mañana.
Carla y Juana subieron las escaleras acompañadas de sus respectivos pretendientes. Beto caminaba detrás de Carla, mirándole el culo con descaro. Groncho iba al lado de Juana, rozándole el brazo.
Cuando llegaron a las habitaciones:


Carla entró a su cuarto con Beto. El viejo cerró la puerta detrás de él con una sonrisa perversa.
Juana entró a su cuarto con Groncho. El anciano hizo lo mismo, cerrando la puerta con suavidad pero con intención clara.


Miranda y Eduardo se quedaron abajo, mirándose con complicidad.
Miranda susurró:
—Nuestras nenitas ya no son tan inocentes… esta noche van a dar un paso importante.
Eduardo apretó la mano de su esposa y respondió bajito:
—Y nosotros vamos a estar aquí… esperando a ver qué nos cuentan mañana.
La casa quedó en silencio, pero las dos habitaciones de las hermanas estaban a punto de volverse escenarios de una noche intensa y transformadora.


En el cuarto de Juana
La puerta se cerró detrás de ellos con un clic suave pero definitivo. Groncho y Juana quedaron solos en la habitación de la menor. La luz de la lámpara de noche era tenue, creando sombras suaves sobre las paredes.
Groncho se acercó despacio, con una sonrisa torcida y hambrienta. No era agresivo como Beto, pero sí insistente y dominante a su manera. Le acarició el brazo con sus dedos callosos y sucios, oliendo el perfume suave de la nenita.
—Qué linda estás con ese vestidito blanco… —murmuró ronco—. Parecés un angelito… pero yo sé que debajo de esa inocencia hay una nenita que quiere pecar.
Juana temblaba, nerviosa y excitada. Bajó la mirada, pero no se apartó. Groncho se acercó más, le levantó la barbilla con suavidad y la besó.
Al principio fue un beso torpe, pero Groncho lo profundizó rápidamente. Le metió la lengua gruesa y babosa en la boca, chupando la de ella con hambre. Juana soltó un gemidito asustado, pero poco a poco se dejó llevar. Sus labios suaves y rosados respondieron al beso del viejo, aunque todavía con timidez.
Desde ese momento, ya no pudieron parar.
Groncho comenzó a desnudarla con manos torpes pero decididas. Le bajó los tirantes del vestidito blanco, dejando que cayera al suelo. Juana quedó solo con su bombachita blanca y el corpiño sencillo. El viejo la miró con deseo y le quitó también el corpiño, dejando al descubierto sus tetitas planas e incipientes, apenas dos montículos suaves con pezoncitos rosados.
—Qué tetitas más lindas y chiquitas… —gruñó, inclinándose para lamerlas—. Tan suaves… tan blancas…
Juana gemía bajito, nerviosa porque era su primera vez con un hombre. Su cuerpo diminuto, blanquito y suave contrastaba brutalmente con el de Groncho: gordo, feo, peludo, con la piel arrugada y llena de manchas, oliendo fuertemente a sudor rancio, pies sucios y ropa vieja. La panza hinchada del viejo rozaba el vientre plano de Juana mientras él la besaba y lamía.
Groncho la empujó suavemente hacia la cama y se subió encima de ella. Le bajó la bombachita con lentitud, dejando al descubierto su coñito virgen, rosado y sin un solo pelo. Se inclinó y lo olió profundamente, gruñendo de placer.
—Qué rico olor a nenita virgen… tan limpio… tan dulce…
Juana temblaba de pies a cabeza, las piernas abiertas, completamente expuesta. Groncho empezó a besar y lamer cada parte de su cuerpo: el cuello, los pechitos planos, el vientre suave, los muslos delgados… saboreando la piel blanquita y delicada de la chica.
—Sos tan chiquita… tan suave… —murmuraba mientras la besaba—. Mi nenita virgen… voy a cuidarte… pero también voy a usarte…
Juana gemía nerviosa, pero no lo detenía. Sentía el peso del cuerpo gordo y feo de Groncho encima de ella, su olor fuerte y asqueroso envolviéndola, su panza sudorosa rozando su piel limpia. El contraste era abrumador: ella, una nenita diminuta, blanca y pura… y él, un viejo gordo, apestoso y dominante.
Groncho siguió besándola y tocándola, preparándola para lo que vendría. Juana estaba asustada, excitada y completamente entregada a su primer encuentro sexual con un hombre.
La noche apenas comenzaba para ella.

Miranda y su cornudito 27-la desvirgacion de las hermanitas


Los besos entre Groncho y Juana se volvieron cada vez más profundos y hambrientos. El viejo metía su lengua gruesa y babosa hasta el fondo de la boca de la nenita, chupándola con fuerza, babeándola sin control. Juana respondía con timidez al principio, pero poco a poco se dejaba llevar, sus labios suaves y rosados moviéndose contra la boca podrida del anciano.
Groncho se separó un momento, respirando pesado, y miró a Juana a los ojos con una mezcla de deseo y ternura torpe.
—Mi nenita… ya es momento de quitarte tu virguito… —le susurró ronco—. Voy a ser delicado con vos… pero va a doler un poquito al principio. ¿Estás lista?
Juana temblaba de pies a cabeza. Sabía exactamente lo que se aproximaba. Su bombachita estaba completamente empapada, pero el miedo y los nervios la invadían. Asintió con la cabeza, con voz bajita y aniñada:
—Sí… estoy lista…
Groncho la acostó con cuidado sobre la cama, le abrió suavemente las piernas y se colocó entre ellas. Su cuerpo gordo y feo cubría casi por completo el cuerpo diminuto, blanquito y delicado de Juana. El contraste era abrumador: la piel suave y perfumada de la nenita contra la piel arrugada, peluda y apestosa del viejo.
Groncho escupió en su mano, lubricó su verga gruesa y venosa, y la apoyó contra la entrada virgen del coño de Juana. Empujó muy despacio, con una delicadeza inesperada para un hombre tan bruto.
Juana soltó un gemido agudo cuando sintió la cabeza de la verga abriéndola. El dolor fue intenso cuando Groncho rompió su himen. Dejó escapar unas lagrimitas que rodaron por sus mejillas, apretando las sábanas con las manos.
— ¡Ahh… duele… duele mucho…! —gimió con voz quebrada.
Groncho se quedó quieto un momento dentro de ella, besándole la frente con ternura torpe y susurrándole:
—Shhh… mi nenita… ya pasó lo peor… respirá… sos una nena buena… las nenas buenas tienen que aguantar un poquito de dolor para complacer a su macho… tu mamá te lo dijo, ¿verdad?
Juana asintió entre lágrimas, recordando las palabras de Miranda: “Las nenas buenas tienen que aguantar”.
Groncho empezó a moverse muy despacio, con embestidas suaves y profundas, dejando que el cuerpo de Juana se adaptara. El dolor seguía ahí, ardiente y punzante, pero poco a poco se mezclaba con una sensación extraña y caliente de plenitud.
—Así… buena nenita… —murmuraba Groncho mientras la penetraba con cuidado—. Tu coñito es tan apretadito… tan virgen… me estás haciendo muy feliz…
Juana gemía bajito, las lágrimas todavía corriendo por sus mejillas, pero ya no intentaba apartarse. Su cuerpo diminuto y blanquito contrastaba brutalmente con el cuerpo gordo, feo y apestoso de Groncho, que la cubría por completo.
El viejo seguía moviéndose con delicadeza, besándole el cuello y los pechitos planos, susurrándole palabras posesivas y cariñosas:
—Ahora sos mía de verdad… mi nenita virgen… ya no sos una colegiala inocente… sos mi hembra…
Juana, entre gemidos de dolor y una excitación creciente, solo podía susurrar:
—Duele… pero… sigo… soy tu nenita…
Groncho sonrió triunfal y continuó penetrándola suavemente, saboreando cada segundo de la desvirgación de la colegiala.
La noche para Juana acababa de volverse inolvidable.




Groncho siguió penetrando a Juana con movimientos suaves pero firmes. Su verga gruesa entraba y salía del coño virgen de la nenita, que todavía estaba muy apretado. Juana gemía bajito, una mezcla de dolor residual y una sensación nueva y caliente que empezaba a crecer dentro de ella.
El viejo sudaba profusamente, su panza gorda rozando el vientre plano y blanquito de Juana. Su olor fuerte y asqueroso la envolvía por completo, pero ella ya no intentaba apartarse. Poco a poco, su cuerpo se iba adaptando.
Groncho aceleró el ritmo con cuidado, respirando pesado contra el cuello de la chica.
—Qué rico coñito tenés, nenita… tan apretadito… tan virgen… me estás volviendo loco…
Juana gemía más fuerte, las lágrimas todavía en sus mejillas, pero sus caderas empezaron a moverse instintivamente, acompañando las embestidas.
Después de varios minutos, Groncho gruñó profundamente, apretó las nalgas de Juana con sus manos callosas y se corrió dentro de ella. Chorros calientes y espesos de semen inundaron su vagina recién desvirgada, llenándola por completo. Juana sintió el calor intenso dentro de su cuerpo y soltó un gemido largo y tembloroso.
Groncho se quedó unos segundos más dentro de ella, respirando agitado, y luego sacó la verga lentamente. Un hilo de semen mezclado con un poco de sangre virgen salió del coño de Juana.
El viejo la miró con una sonrisa satisfecha y posesiva, acariciándole la mejilla con ternura torpe.
—Listo… ahora sos mía de verdad, nenita. Ya no sos virgen. Te marqué por dentro.
Juana, todavía jadeando y con lagrimitas en los ojos, lo miró con una mezcla de vergüenza, dolor y una extraña felicidad.
Groncho le dio un beso suave en los labios y le preguntó con voz ronca pero cargada de emoción:
—¿Querés ser mi novia de verdad? ¿Mi nenita oficial?
Juana, entusiasmada a pesar de todo, sonrió tímidamente y respondió con voz aniñada y emocionada:
—Sí… quiero ser tu novia…
Groncho sonrió ampliamente, mostrando sus pocos dientes torcidos, y la abrazó contra su cuerpo gordo y sudoroso.
—Qué feliz me hacés, mi nenita… desde hoy sos mi novia. Voy a cuidarte… y voy a cogerte rico todas las veces que quiera.
Juana se acurrucó contra él, todavía sintiendo el semen caliente dentro de su coño y el olor fuerte del viejo envolviéndola. A pesar del dolor y la vergüenza, se sentía extrañamente feliz y orgullosa de haber dado ese paso.
Mientras tanto, en la habitación de al lado, Carla también estaba viviendo su propia experiencia con Beto.
La noche seguía avanzando… y para las dos hermanas, todo había cambiado para siempre.
En la habitación de Carla
Apenas cruzaron la puerta de la habitación de Carla, Beto cambió completamente. Ya no era el hombre que intentaba ser “agradable” durante la cena. Apenas se cerró la puerta, su actitud se volvió la de un macho dominante, bruto y rudo.
Sin decir una palabra, agarró a Carla de la cintura con fuerza, la empujó contra la pared y le estampó un beso profundo y asqueroso.
Carla sabía que esto iba a pasar… pero no esperaba que fuera tan rápido y tan brutal.
El beso fue violento desde el primer segundo. Beto le metió la lengua gruesa y babosa hasta el fondo de la garganta, chupando su lengua con hambre, mordiéndole los labios y babeándola sin control. Su boca sabía horrible: a alcohol barato fermentado, dientes cariados, tabaco rancio y un fondo ácido de comida podrida. La saliva era espesa, pegajosa y abundante, le llenaba la boca a Carla y le corría por la barbilla y el cuello.
Carla soltó un gemidito asustado contra la boca del viejo, sus manos apoyadas en el pecho gordo y sudoroso de Beto. Intentó apartarse un poco por instinto, pero él la tenía sujeta con fuerza contra la pared.
El beso era ruidoso, húmedo y dominante. Beto gemía dentro de su boca mientras le apretaba el culo por encima de la falda del uniforme.
Carla sentía náuseas por el sabor y el olor, pero al mismo tiempo un calor intenso le subía por el cuerpo. Su bombachita se mojó aún más.
Cuando Beto finalmente se separó, un grueso hilo de saliva conectaba sus bocas. La miró con ojos oscuros y posesivos, respirando pesado.
—Ahora sí… ya no hay cena ni formalidades, nenita —gruñó ronco—. Sos mía esta noche.
Sin darle tiempo a responder, le levantó la falda plisada del uniforme con brusquedad y le bajó la bombachita de un tirón, dejándola desnuda de la cintura para abajo. Le dio varias palmadas fuertes en el culo, haciendo que la carne blanca y joven se enrojeciera.
— ¡Qué culito más rico tenés, colegiala! —dijo con voz dura—. Bien firme y blanquito… justo para que un viejo como yo lo marque.
Carla jadeaba contra la pared, asustada por la rapidez y la rudeza, pero su cuerpo respondía. Sentía el culo ardiendo por las palmadas y su coño palpitando de excitación.
Beto la giró, la empujó sobre la cama boca abajo y se subió encima de ella. Su panza hinchada y sudorosa aplastó la espalda de Carla. Le separó las piernas con las rodillas y apoyó su verga gruesa y sucia contra la entrada virgen de su coño.
—Ahora vas a sentir lo que es un macho de verdad, nenita —le susurró al oído con voz ronca—. No voy a ser suave como Groncho… yo te voy a romper como corresponde.
Carla temblaba debajo de él, nerviosa y excitada al mismo tiempo. Sabía que esto iba a ser muy diferente a lo que estaba viviendo su hermana en la habitación de al lado.
Beto empujó con fuerza, rompiendo su himen de un solo movimiento. Carla soltó un grito ahogado de dolor, apretando las sábanas con las manos.
— ¡Ahhh… duele…!
Beto no se detuvo. Empezó a follarla con embestidas brutales y profundas, gruñendo como un animal mientras le tiraba del cabello.
—Así… gritá… que se escuche cómo te estoy estrenando, colegiala puta…
Carla gemía de dolor y placer mezclado, el cuerpo sacudido por las embestidas rudas de Beto. Su experiencia era completamente distinta a la de Juana: más violenta, más dominante y sin ninguna delicadeza.
Mientras tanto, en la habitación de al lado, Groncho seguía siendo más lento y “cariñoso” con Juana.
La noche avanzaba de forma diferente para las dos hermanas… pero ambas estaban siendo iniciadas por machos sucios y dominantes.


Beto no tuvo ninguna delicadeza. Apenas rompió el himen de Carla con un empujón fuerte y seco, comenzó a follarla con embestidas brutales y profundas. Su verga gruesa y venosa entraba y salía del coño virgen de la colegiala sin piedad, golpeando contra su cervix con cada embestida.
Carla sufría. El dolor era intenso, ardiente, como si la estuvieran desgarrando por dentro. Lágrimas calientes rodaban por sus mejillas mientras apretaba las sábanas con fuerza y gemía de dolor:
— ¡Ahhh… duele… duele mucho…! ¡Por favor… más despacio…!
Beto gruñó como un animal y aceleró el ritmo, agarrándola de las caderas con sus manos callosas y sucias, tirándole del cabello para arquearla más.
— ¡Callate y tomá la verga, nenita! —le rugió al oído con voz ronca y dominante—. Esto es lo que querías… un macho de verdad que te rompa como corresponde. Gritá todo lo que quieras… me gusta oírte sufrir.
Cada embestida era dura, sin compasión. El cuerpo joven y delicado de Carla se sacudía violentamente bajo el peso del viejo gordo y sudoroso. Su coño virgen sangraba un poco, mezclándose con los fluidos de Beto, haciendo que el sonido de la penetración fuera aún más húmedo y obsceno.
Carla lloraba abiertamente, las lágrimas mojando la almohada. El dolor era casi insoportable al principio… pero en el fondo, muy en el fondo, algo oscuro y perverso le gustaba.
Le gustaba que su macho fuera así de dominante y brusco.
Le gustaba sentir que no tenía control, que Beto la estaba usando como quería, sin pedir permiso, sin suavidad. Le gustaba el contraste brutal: ella, una colegiala limpia y delicada… siendo destrozada por un viejo sucio, gordo y grosero que olía a pies y sudor rancio.
Entre sollozos y gemidos de dolor, Carla sentía cómo su coño empezaba a adaptarse, cómo el ardor se mezclaba con un placer caliente y profundo que la avergonzaba.
Beto lo notó. Le tiró más fuerte del cabello y le susurró al oído con voz triunfal:
—Mirá cómo llorás… pero tu coñito ya me está apretando más… te gusta que te trate así, ¿verdad? Te gusta que un viejo asqueroso como yo te rompa como una puta… Decilo.
Carla, con la voz quebrada por el llanto y el placer, logró murmurar entre gemidos:
—S-sí… me gusta… me gusta que seas bruto… me gusta que me domines…
Beto soltó una risa ronca y aceleró aún más las embestidas, follándola con fuerza salvaje, su panza gorda chocando contra el culo de Carla con golpes secos.
—Así me gusta… mi nenita aprendiendo rápido. Llorá todo lo que quieras… pero abrí bien las piernas para tu macho.
Carla seguía llorando, el dolor todavía presente, pero cada vez más mezclado con un placer oscuro y adictivo. Su cuerpo joven se rendía ante la brutalidad de Beto, y en el fondo de su mente sabía que esto era exactamente lo que había estado fantaseando: ser tomada de forma dominante y ruda por un hombre como él.
Mientras tanto, en la habitación de al lado, Groncho trataba a Juana con más lentitud y “cariño”, creando un contraste interesante entre las dos experiencias de las hermanas.
La noche seguía avanzando, y para Carla el dolor estaba empezando a transformarse en algo mucho más profundo y placentero.


Beto siguió follándola con fuerza durante varios minutos más, embistiendo el coño recién desvirgado de Carla sin piedad. El dolor era intenso, pero poco a poco se mezclaba con un placer oscuro y profundo que la avergonzaba. Carla gemía y lloraba al mismo tiempo, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras su cuerpo joven se sacudía bajo el peso del viejo.
Finalmente, Beto gruñó como un animal y se corrió dentro de ella con embestidas finales brutales. Chorros calientes y espesos de semen inundaron el interior de Carla, llenándola por completo. Cuando sacó la verga, un hilo de sangre virgen mezclado con semen blanco chorreó por los muslos de la colegiala.
Carla jadeaba contra la almohada, temblando, todavía llorando de dolor y placer.
Beto, respirando pesado y sudoroso, la giró bruscamente para que quedara boca arriba. Sin decir una palabra, le dio tres bofetadas fuertes en la cara.
¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
Las mejillas de Carla se pusieron rojas al instante. El sonido de las cachetadas resonó en la habitación.
—Ahora sos mi novia de verdad —le dijo Beto con voz ronca y dominante, mirándola fijamente—. Y yo te doy bofetadas para marcarte como mía. Para que sepas quién es el que manda aquí. ¿Entendiste, nenita?
Carla, con la cara ardiendo y lágrimas en los ojos, asintió tímidamente, la voz quebrada:
—Sí… señor Beto… entendí…
Beto sonrió con satisfacción y, sin darle tiempo a recuperarse, le agarró la cabeza con las dos manos y le metió la verga todavía sucia y llena de esmegma en la boca.
La verga estaba caliente, cubierta de semen, sangre virgen y una capa espesa de esmegma blanco-amarillento. El olor era fuerte y nauseabundo: una mezcla de sexo, coño virgen y la suciedad acumulada bajo el prepucio.
Beto le folló la boca con brusquedad, empujando hasta el fondo de la garganta, sin ninguna delicadeza.
—Chupá, puta… limpiá todo… probá cómo sabe tu propia virginidad mezclada con mi verga sucia…
Carla tuvo arcadas fuertes, los ojos llorosos, pero se esforzó por chupar. El sabor era horrible: salado, amargo, terroso, con un toque metálico de sangre y el gusto rancio del esmegma. La verga le llenaba la boca y le llegaba casi hasta la garganta.
El cuarto apestaba intensamente: a sexo fresco, a pies sucios de Beto, a esmegma y a sudor rancio. El olor era denso y penetrante, envolviéndolo todo.
Beto gemía mientras le follaba la boca con fuerza, tirándole del cabello:
—Así… buena novia… tragá todo… vas a aprender a limpiar la verga de tu macho después de cogerte… aunque esté llena de esmegma y de tu propia sangre…
Carla lloraba y chupaba al mismo tiempo, el cuerpo temblando, pero en el fondo sentía una excitación oscura y enfermiza. Le gustaba que Beto fuera tan bruto, tan dominante, tan sin piedad.
Después de varios minutos, Beto sacó la verga de su boca, brillante de saliva, y le dio una última palmada en la cara.
—Buena chica… ahora descansá un rato… porque esta noche todavía no terminó.
Carla se quedó acostada en la cama, jadeando, con la cara roja por las bofetadas, la boca con el sabor fuerte del esmegma y el coño dolorido y lleno de semen. Su mente era un torbellino de dolor, vergüenza y placer.
Mientras tanto, en la habitación de al lado, Juana vivía una experiencia más lenta y “cariñosa” con Groncho… pero no menos intensa.
La noche seguía avanzando para las dos hermanas.


Beto miró a Carla con ojos oscuros y posesivos, todavía jadeando después de haberla desvirgado vaginalmente. Su verga seguía semi-dura, brillante de semen y fluidos.
—Es momento de desvirgarte el culo, nenita —le dijo con voz ronca y sin piedad.
Carla se asustó visiblemente. Sus ojos se abrieron de terror y retrocedió un poco en la cama.
—No… por favor… ahí no… me va a doler mucho… —suplicó con voz temblorosa, las lágrimas todavía corriendo por sus mejillas.
Beto no tuvo compasión. La agarró con fuerza de las caderas, la giró bruscamente y la puso en cuatro patas sobre la cama. Le dio dos bofetadas fuertes en la cara, haciendo que su cabeza se moviera de lado a lado.
¡Plaf! ¡Plaf!
—Como mi nenita, tenés que obedecer —gruñó dominante—. No me importa si te duele. Este culito ahora es mío y lo voy a estrenar esta noche. ¿Entendiste?
Carla lloraba más fuerte, pero asintió sumisa, la cara ardiendo por las cachetadas.
—Sí… señor Beto… obedezco… —susurró entre sollozos.
Beto escupió varias veces en su verga gruesa y sucia, lubricándola con saliva espesa. Luego apoyó la cabeza contra el ano virgen y apretado de Carla.
—Relajá el culo… —le ordenó—. Si te ponés tensa va a doler más.
Empujó despacio pero con firmeza. La cabeza de su verga comenzó a abrir el ano virgen de Carla. Ella soltó un grito agudo de dolor cuando sintió cómo la estiraba brutalmente.
— ¡Aaaahhh… duele… duele mucho…! ¡Por favor… sáquela…!
Beto no se detuvo. Siguió metiéndola lentamente, centímetro a centímetro, rompiendo la virginidad anal de la colegiala. El ano de Carla se abría con resistencia, el dolor era intenso y ardiente, como si la estuvieran desgarrando por dentro.
Carla lloraba desconsoladamente, las lágrimas mojando la almohada, el cuerpo temblando.
— ¡Me duele… es demasiado grande… me está partiendo…!
Beto le dio una palmada fuerte en el culo y siguió empujando hasta enterrar más de la mitad de su verga.
—Shhh… callate y aguantá… las nenitas buenas aguantan el dolor por su macho… Relajá el culo… así… buena chica…
Poco a poco, la verga gruesa desapareció casi por completo dentro del ano virgen de Carla. El dolor era casi insoportable al principio, pero Beto se quedó quieto un momento, dejándola adaptarse, mientras le acariciaba la espalda con una mano y le tiraba del cabello con la otra.
Carla sollozaba, el culo ardiendo, pero en el fondo sentía esa mezcla oscura de dolor y placer que empezaba a asomar. Le gustaba que Beto fuera tan bruto, tan sin piedad… le gustaba sentirse dominada de esa forma.
Beto comenzó a moverse muy despacio, sacando solo un poco y volviendo a entrar, follándole el culo virgen con cuidado pero sin detenerse.
—Así… ya casi está todo adentro… qué culo más apretadito tenés, colegiala… vas a aprender a recibir verga por el culo como una buena puta…
Carla seguía llorando y gimiendo, el cuerpo sacudido por las embestidas lentas pero profundas de Beto. Su ano virgen se estiraba alrededor de la verga gruesa del viejo, y aunque el dolor seguía siendo intenso, una sensación caliente y extraña comenzaba a crecer dentro de ella.
Beto le dio otra palmada fuerte en el culo y le susurró al oído:
—Llorá todo lo que quieras… pero este culito ya es mío… y vas a aprender a disfrutarlo.
Carla, entre lágrimas y gemidos, solo podía apretar las sábanas y dejarse llevar por la brutal desvirgación anal que su macho dominante le estaba dando.


Beto sintió que el ano de Carla empezaba a relajarse alrededor de su verga gruesa. La nenita ya no estaba tan tensa, aunque todavía lloraba y gemía de dolor.
Con una sonrisa perversa, decidió que era el momento de aumentar el ritmo.
Agarró a Carla de las caderas con más fuerza, clavándole los dedos callosos en la piel blanquita, y comenzó a follarla el culo con embestidas más rápidas y profundas. Sacaba casi toda la verga y la volvía a meter de golpe, haciendo que el culo de Carla chocara ruidosamente contra su panza gorda y sudorosa.
— ¡Así… tomá toda la verga por el culo, puta! —gruñó ronco, acelerando cada vez más.
Carla soltó un grito agudo cuando el ritmo se volvió más brutal. El dolor era intenso, ardiente, como si le estuvieran desgarrando el interior. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras apretaba las sábanas con fuerza.
— ¡Aaaahhh… duele… duele mucho…! ¡Por favor… más despacio…!
Pero Beto no bajó la velocidad. Al contrario, le dio una palmada fuerte en el culo y siguió follándola con embestidas salvajes y profundas.
— ¡Callate y aguantá! Las nenitas buenas aguantan el dolor por su macho. Tu culito ya es mío… y lo voy a usar como quiera.
Cada embestida era más fuerte que la anterior. El sonido húmedo y obsceno de la verga entrando y saliendo del ano de Carla llenaba la habitación. Su culo virgen se abría más y más alrededor de la verga gruesa del viejo, adaptándose poco a poco.
El dolor seguía siendo muy fuerte… pero algo empezó a cambiar dentro de Carla.
Poco a poco, el ardor punzante se mezclaba con una sensación caliente y profunda, un placer extraño y oscuro que nacía desde lo más adentro de su ano. Sus gemidos de dolor comenzaron a mezclarse con gemidos de placer. Sus caderas, casi sin que ella lo quisiera, empezaron a empujar ligeramente hacia atrás, recibiendo las embestidas.
Beto lo notó y sonrió triunfal.
—Mirá… ya te está gustando… tu culito ya me está apretando más rico… sos una putita nata… te gusta que te folle duro por el culo, ¿verdad?
Carla lloraba y gemía al mismo tiempo, la cara roja y mojada de lágrimas. Su voz salió entrecortada y quebrada:
—Duele… todavía duele… pero… también se siente… rico… no pares… por favor…
Beto aceleró aún más, follándola con fuerza salvaje, su panza gorda chocando contra el culo rojo de Carla con golpes secos y rápidos.
— ¡Así me gusta! Gritá… gemí… decime que te gusta que te rompa el culo… decime que sos mi puta…
Carla, pasando del dolor puro al placer mezclado, empezó a gemir más fuerte, las lágrimas todavía cayendo, pero su cuerpo ya respondía con deseo:
— ¡Me gusta… me gusta que seas bruto… me gusta que me rompas el culo… soy tu puta…!
Beto gruñó de satisfacción y siguió follándola con ritmo brutal, tirándole del cabello y dándole palmadas en el culo mientras la sodomizaba sin piedad.
Carla ya no solo sufría… ahora también disfrutaba. El dolor seguía ahí, pero el placer crecía cada vez más, convirtiendo la follada anal en algo adictivo y oscuro.
La noche para Carla se estaba volviendo inolvidable… y extremadamente intensa.




Beto siguió follándole el culo a Carla con embestidas cada vez más brutales y profundas. Su verga gruesa entraba y salía del ano de la colegiala sin piedad, haciendo que el cuerpo joven de Carla se sacudiera violentamente. El dolor seguía presente, pero el placer oscuro ya se había apoderado de ella. Carla gemía fuerte, una mezcla de llanto y excitación, empujando el culo hacia atrás instintivamente para recibir más.
De repente, Beto soltó un gruñido animal, apretó con fuerza las caderas de Carla y se corrió dentro de su ano.
Chorros calientes y espesos de semen inundaron el interior de Carla. El viejo eyaculó con fuerza, llenándole el culo virgen hasta el fondo. Carla sintió el calor intenso del semen disparándose dentro de ella, una sensación nueva y abrumadora que la hizo gemir largo y tembloroso.
— ¡Aaaahhh… me está llenando… está tan caliente…!
Beto se quedó unos segundos más dentro de ella, vaciándose completamente, antes de sacar la verga lentamente. El ano de Carla quedó abierto, rojo e hinchado, y un hilo grueso de semen blanco comenzó a chorrear hacia afuera, mezclado con un poco de sangre virgen y restos de su propia suciedad por la follada tan dura y profunda.
Carla jadeaba contra la almohada, el cuerpo temblando, el culo ardiendo y lleno. Sentía una mezcla abrumadora de dolor, humillación y un placer profundo que la avergonzaba. Le gustaba que Beto la hubiera marcado por dentro… le gustaba sentirse poseída de esa forma tan bruta.
Beto miró su obra con satisfacción. Le dio una última palmada fuerte en el culo rojo y le dijo con voz ronca y dominante:
—Ahora chupame la verga, nenita. Está llena de restos de tu culo… semen, sangre y un poco de tu caca por la follada tan dura. Limpiámela con la boca, como una buena novia debe hacer.
Carla se quedó un segundo paralizada, todavía jadeando. Recordó las palabras de su mamá: “Aunque te dé asco… aunque tenga restos de tu propia caca… tenés que obedecer a tu macho. Es parte de ser una buena hembra”.
Con lágrimas en los ojos y el cuerpo temblando, Carla se dio la vuelta, se arrodilló frente a Beto y abrió la boca.
La verga del viejo estaba sucia: cubierta de semen blanco, restos marrones de su propia caca y un poco de sangre virgen. El olor era fuerte y nauseabundo.
Carla cerró los ojos y metió la verga en su boca. El sabor era horrible: amargo, terroso, salado, con un toque metálico de sangre y el gusto fuerte de su propia suciedad. Sintió arcadas casi de inmediato, pero se obligó a seguir chupando, limpiando la verga con la lengua como su mamá le había enseñado.
Beto le agarró la cabeza con una mano y la guio, follándole la boca suavemente mientras gemía de placer.
—Así… buena puta… limpiá todo… probá cómo sabe tu propio culo en mi verga… eso es ser una novia obediente…
Carla lloraba mientras chupaba, el sabor y el olor invadiéndola por completo, pero obedecía. Su coño y su ano palpitaban, todavía doloridos y llenos de semen. En el fondo, a pesar del asco y la humillación, sentía una excitación oscura y adictiva.
Beto la miró con orgullo y le acarició el cabello mientras ella seguía limpiando su verga sucia.
—Esa es mi nenita… vas a aprender a disfrutar esto también.
Carla siguió chupando, obediente y sumisa, sabiendo que esta era solo la primera noche de muchas.






A la mañana siguiente
La casa estaba en silencio. El sol entraba suavemente por las ventanas. Miranda se levantó temprano, se puso una bata ligera y caminó descalza por el pasillo.
Primero entró silenciosamente al cuarto de Juana. Groncho dormía profundamente boca arriba, roncando con la boca abierta, su cuerpo gordo y sudoroso ocupando gran parte de la cama. Juana estaba acurrucada contra él, desnuda, con la cabeza apoyada en su pecho peludo. Parecía exhausta pero tranquila.
Miranda se acercó con cuidado, se sentó en el borde de la cama y acarició suavemente el cabello de su hija menor sin despertar a Groncho.
—Juana… hijita… despertate un poquito —susurró con voz suave.
Juana abrió los ojos lentamente, parpadeando con sueño. Al ver a su mamá, se sonrojó intensamente y se cubrió un poco con la sábana.
Miranda le sonrió con cariño y le preguntó en voz muy baja:
—Contame… ¿cómo fue tu desvirgación anoche? Quiero saber todo, mi nenita. ¿Cómo te sentiste?
Juana se mordió el labio, todavía avergonzada, pero confió en su mamá y empezó a hablar en susurros:
—Fue… diferente a lo que imaginaba, mami. Groncho fue bastante delicado al principio. Me besó mucho… me acarició todo el cuerpo… me lamió los pechitos y me olió… Me puse muy nerviosa cuando me dijo que era momento de quitarme el virguito. Me acostó, me abrió las piernas y me la metió despacio. Cuando rompió el himen… dolió mucho. Sentí un pinchazo fuerte y ardiente. Lloré un poco… pero él me abrazó y me dijo que era una nena buena y que tenía que aguantar. Después empezó a moverse más lento… y el dolor fue bajando. Se sintió… lleno… caliente… raro… pero después empezó a gustarme. Cuando se corrió adentro mío… sentí el calor del semen y eso me hizo sentir… marcada. Como si ya fuera suya de verdad. Me dolió bastante, pero también me gustó que fuera tan cariñoso conmigo a pesar de ser tan viejo y sucio. Me abrazó toda la noche y me dijo que ahora soy su novia oficial.
Miranda le acarició la mejilla con ternura y le dio un beso en la frente.
—Mi nenita valiente… estoy orgullosa de vos. El primer dolor es normal, pero aprendiste a aguantar y a disfrutar. ¿Te gustó sentirlo adentro?
Juana se sonrojó más todavía y asintió bajito:
—Sí… al final me gustó… sentí que era suya… y eso me puso muy caliente.
Miranda sonrió con morbo maternal.
—Qué bueno, hijita. Ahora descansá un rato más. No despiertes a Groncho todavía. Mamá va a hablar con tu hermana.
Salió del cuarto sin hacer ruido y entró al de Carla.
Carla estaba durmiendo acurrucada contra el cuerpo gordo de Beto, que roncaba pesadamente. Miranda se sentó en el borde de la cama y acarició el cabello de su hija mayor.
—Carla… despertate un poquito, mi amor… quiero que me cuentes cómo fue tu desvirgación.
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Miranda entró silenciosamente al cuarto de Carla. Beto seguía durmiendo profundamente, roncando con la boca abierta, su cuerpo gordo y sudoroso ocupando casi toda la cama. Carla estaba acurrucada a un lado, con la sábana apenas cubriéndola.
Miranda se acercó con cuidado, se sentó en el borde de la cama y acarició suavemente el cabello de su hija mayor.
—Carla… hijita… vení conmigo un momento —susurró—. Vamos a mi habitación para que me cuentes todo en privado. Dejemos que Beto siga durmiendo.
Carla abrió los ojos, todavía somnolienta y con el cuerpo dolorido. Asintió sin decir nada y se levantó con dificultad. Cuando se puso de pie, la sábana cayó y Miranda pudo ver el estado en que se encontraba su hija.
El aspecto de Carla era desastroso.
Tenía el ano enrojecido e hinchado, claramente usado con fuerza. Su vagina también estaba roja e irritada, con restos de semen seco en los muslos. Los labios estaban hinchados y enrojecidos por los besos bruscos y salvajes de Beto durante la noche. Las nalgas mostraban marcas visibles de las palmadas fuertes que le había dado el viejo: huellas rojas de manos en la piel blanca y delicada. Además, tenía lágrimas secas en las mejillas y el rostro cansado, con el cabello revuelto.
Miranda sintió una punzada de preocupación maternal, pero también un morbo profundo al ver las marcas de la noche anterior. La tomó suavemente de la mano y la llevó a su propio dormitorio, cerrando la puerta con llave para que nadie las interrumpiera.
Una vez solas, Miranda hizo que Carla se sentara en la cama y la miró con cariño y preocupación.
—Mi amor… contame todo lo que pasó anoche con Beto. No te guardes nada. Mamá está aquí para escucharte y cuidarte. ¿Cómo fue? ¿Te dolió mucho? ¿Cómo te sentiste?
Carla bajó la mirada, todavía con vergüenza, pero confió en su mamá y empezó a hablar con voz baja y temblorosa:
—Fue… muy diferente a lo de Juana, mami. Beto fue mucho más bruto y rápido. Apenas entramos al cuarto me empujó contra la pared y me besó muy fuerte… me metió la lengua hasta el fondo y me babeó toda. Me asusté porque fue tan repentino… Después me bajó la falda y la bombachita de un tirón y me dio varias palmadas fuertes en el culo. Me dolió… pero también me puso muy caliente. Luego me puso en cuatro patas y me desvirgó el coño de un solo empujón. Lloré mucho… el dolor era muy fuerte, como si me estuviera partiendo. Pero él no paraba… me follaba duro y me decía que era su puta. Después… me dio dos bofetadas en la cara y me dijo que ahora era suya y que tenía que obedecerle siempre.
Miranda escuchaba con atención, acariciándole el cabello.
—¿Y después? —preguntó suavemente.
Carla continuó, con la voz entrecortada:
—Después me folló el culo… Fue todavía más duro. Me dolió muchísimo cuando me la metió… lloré y le pedí que fuera más despacio, pero él me dijo que las nenitas buenas aguantan. Me dio más palmadas y me folló fuerte por el culo hasta que se corrió adentro. Sentí el semen caliente llenándome… y después me obligó a chuparle la verga, que estaba sucia con semen y restos de mi culo. Me dio asco… pero obedecí. Cuando terminó, me abrazó y me dijo que ahora era su novia de verdad.
Miranda la abrazó fuerte y le besó la frente.
—Mi nenita valiente… sé que fue muy duro y doloroso. Beto es un macho bruto y dominante, no es suave como Groncho. Pero vos aguantaste y obedeciste… eso es lo que una buena hembra hace. Mamá está orgullosa de vos por soportar el dolor y por dejarte llevar. ¿Cómo te sentiste después… cuando ya no dolía tanto?
Carla se sonrojó y confesó bajito:
—Al final… cuando el dolor bajó… empezó a gustarme. Me sentía… dominada… poseída. Me gustó que fuera tan rudo conmigo… aunque me diera miedo y me hiciera llorar. Sentí que era suya de verdad.
Miranda sonrió con ternura y morbo.
—Ese es el contraste que te calienta, hijita. El dolor y el placer juntos.




Miranda abrazó a Carla con ternura, acariciándole la espalda mientras su hija todavía temblaba ligeramente por todo lo vivido la noche anterior. La miró a los ojos con una mezcla de cariño maternal y sabiduría perversa.
—Mi nenita… te tocó un macho dominante como novio. Beto es bruto, rudo y no va a pedir permiso. Eso es parte de su naturaleza. Y vos, como su hembra, tenés que obedecerlo en todo. Aunque te duela, aunque te dé miedo, aunque te humille… tenés que aceptar su dominio. Al final te va a gustar. El dolor se transforma en placer, la vergüenza se convierte en excitación. Las nenitas como vos terminan necesitando esa rudeza.
Carla bajó la mirada, todavía con las marcas rojas de las bofetadas en las mejillas y el culo sensible.
Miranda continuó dándole consejos prácticos y explícitos:
—Primero: nunca le digas “no” directamente. Si te pide algo, aunque te asuste, respondés “sí, mi macho” o “como vos quieras”. Las hembras buenas obedecen sin discutir. Si te duele el culo, gemís y decís “duele… pero seguí, por favor”. Eso lo pone más caliente.
Segundo: cuando te folle el culo o la boca, relajate lo más que puedas. Abrí bien las piernas o la boca y dejá que entre profundo. Aunque te dé arcadas o te duela, aguantá. Después del dolor viene esa sensación de estar completamente llena y poseída. Te va a gustar sentirte usada.
Tercero: siempre agradécele después. Aunque te haya hecho llorar o te haya dejado llena de semen y restos, besale la verga y decile “gracias por cogerme, mi macho” o “gracias por marcarme”. Eso les encanta a los hombres brutos. Les hace sentir que son dueños de vos.
Cuarto: tenélo contento en todo momento. Cuando te pida que le chupes la verga aunque esté sucia, hacelo con ganas. Cuando te dé palmadas o bofetadas, no te quejes… bajá la mirada y decí “gracias por marcarme”. Los machos como Beto se excitan con la sumisión total. Si querés que te trate bien (dentro de su rudeza), mostrále siempre que sos obediente y agradecida.
Quinto: aprendé a disfrutar el contraste. Él es sucio, viejo, grosero y apestoso… vos sos joven, limpia y delicada. Ese contraste es lo que lo calienta y lo que te va a calentar a vos también. Cuando te bese con su boca asquerosa o te folle con su verga sucia, recordá que eso es lo que te excita ahora. Ya no querés un chico limpio de la escuela… querés un macho de verdad.
Miranda le levantó la cara a Carla con suavidad y la miró fijamente:
—Beto es dominante y bruto… y eso es bueno para vos. Vas a sufrir un poco al principio, pero vas a aprender a amar esa rudeza. Tu rol como su novia es complacerlo, abrirte para él y agradecerle después. Si hacés eso, él va a estar contento y te va a tratar como su nenita favorita.
Carla asintió lentamente, todavía con el cuerpo dolorido pero con una nueva comprensión.
—Entiendo, mami… voy a tratar de obedecerlo y de tenerlo contento.
Miranda la abrazó fuerte y le dio un beso en la frente.
—Esa es mi nenita buena. Ahora descansá un rato más. Si querés contarme más detalles de lo que sentiste anoche, estoy aquí. Mamá te va a seguir enseñando todo lo que necesitás saber para ser una buena hembra para tu macho.
Carla se quedó abrazada a su mamá, procesando todo. Su ano y su vagina todavía palpitaban de dolor, pero en el fondo ya sentía una excitación oscura y nueva al pensar en volver a someterse a Beto.
La mañana después de la desvirgación apenas comenzaba… y Carla ya estaba aprendiendo su nuevo rol como novia de un macho dominante y bruto.




Miércoles por la mañana
Carla y Juana se vistieron con cuidado para ir a la escuela. Se pusieron sus uniformes habituales: falda plisada gris, blusa blanca, medias hasta la rodilla y zapatos negros. Se peinaron el cabello, se lavaron la cara y se miraron en el espejo. Ambas tenían ojeras por la noche intensa que habían vivido, pero también un brillo especial en los ojos.
Sus machos seguían durmiendo profundamente en sus respectivas habitaciones. Se escuchaban los ronquidos fuertes y roncos de Beto y Groncho a través de las puertas cerradas.
Las dos hermanas bajaron las escaleras listas para salir. Al llegar a la puerta de entrada, dijeron casi al unísono:
—Mami, nos vamos a la escuela.
Miranda, que estaba en la cocina preparando el desayuno, las detuvo con voz firme pero cariñosa:
—Un momento, hijitas. ¿A dónde creen que van?
Carla y Juana se miraron confundidas.
—A la escuela, mami… —respondió Carla.
Miranda se acercó a ellas con una sonrisa maternal y un toque de autoridad. Las miró de arriba abajo y les dijo con calma:
—Hoy no van a ir a la escuela. Hoy es su primer día oficial como novias. Y como primer día de novias, tienen que complacer a sus novios. Beto y Groncho todavía están durmiendo… y cuando se despierten van a querer atención. Esa es la prioridad ahora. La escuela puede esperar.
Carla y Juana se quedaron quietas, procesando las palabras de su mamá. Sus caras se pusieron rojas de vergüenza y excitación al mismo tiempo.
Juana preguntó bajito:
—¿Entonces… nos quedamos en casa todo el día… para atenderlos?
Miranda asintió con una sonrisa suave pero decidida.
—Exacto. Hoy su rol principal es ser buenas novias. Cuando se despierten sus machos, van a querer desayunar, que las besen, que las toquen… y probablemente que las cojan. Ustedes tienen que estar disponibles y obedientes. Eso es lo que significa ser novia de un hombre como ellos.
Carla tragó saliva y preguntó:
—¿Y qué les decimos a la escuela? ¿Qué excusa ponemos?
Miranda respondió con naturalidad:
—Les voy a mandar una nota diciendo que están enfermas. No se preocupen por eso. Lo importante hoy es que aprendan a complacer a sus novios. Recuerden todo lo que les enseñé: obedecer, agradecer, abrirse cuando ellos quieran, y disfrutar aunque duela un poco. Son sus primeras horas como novias oficiales… quiero que las vivan plenamente.
Juana, todavía sonrojada, murmuró:
—Está bien, mami… vamos a quedarnos.
Miranda las abrazó a las dos con cariño y les susurró:
—Esa es mi nenitas buenas. Ahora suban, arréglense un poco más lindas y esperen a que sus machos se despierten. Cuando bajen, atiéndanlos con una sonrisa y con disposición. Mamá va a estar cerca por si necesitan algún consejo.
Carla y Juana subieron las escaleras de nuevo, el corazón latiéndoles fuerte. Ya no iban a la escuela. Hoy su “trabajo” era ser novias… y eso significaba entregarse a Beto y Groncho durante todo el día.
La mañana acababa de volverse mucho más intensa para las dos hermanas.




Miranda se sentó en el borde de la cama y miró a Carla y Juana con una mezcla de cariño maternal y autoridad suave. Las dos hermanas estaban frente a ella, todavía vestidas con sus uniformes escolares, nerviosas pero atentas.
—Antes de que suban a atender a sus novios, mamá quiere darles más consejos sobre la sumisión. Porque ser novia de un macho como Beto o Groncho no es solo abrir las piernas… es una actitud completa.
Miranda habló con voz calmada pero firme, mirándolas a los ojos:
—La sumisión no es solo sexual… es mental. Aunque te duela, aunque te dé asco, aunque te humille… tu primera reacción debe ser aceptar. No discutas, no te quejes delante de él. Bajás la mirada, decís “sí, mi macho” o “como vos quieras”. La sumisión verdadera empieza en la cabeza: vos ya no decidís… él decide. Tu placer viene de complacerlo a él.
Segundo consejo: Cuando te dé órdenes groseras o te trate como a una puta, no te ofendas. Al contrario… agradecé. Si te dice “arrodillate y chupame la verga sucia”, vos te arrodillás y lo hacés con ganas. Si te da palmadas fuertes en el culo o te tira del pelo, gemís y decís “gracias por marcarme”. La humillación es parte del placer para un macho dominante. Cuanto más te degraden, más sumisa tenés que sentirte… y más excitada.
Tercero: Aprendan a disfrutar el dolor. Cuando te metan la verga en el culo y te duela, no pidan que pare. Decís “duele… pero seguí, por favor”. El dolor es temporal, pero la sensación de estar completamente poseída y abierta para tu macho es adictiva. Con el tiempo, ese dolor se transforma en placer profundo. Las nenas buenas aprenden a amar ese ardor.
Cuarto: Siempre mantené la diferencia. Vos sos la nenita limpia, delicada y perfumada. Él es el macho sucio, grosero y apestoso. No intentes cambiarlo. Al contrario… resaltá el contraste. Cuando te bese con su boca asquerosa, abrí la boca y dejá que te llene de saliva. Cuando te folle después de no bañarse, abrí bien las piernas y dejá que su olor te envuelva. Ese contraste es lo que más los calienta… y lo que más te va a calentar a vos también.
Quinto y más importante: Tu cuerpo ya no es tuyo. Es de tu macho. Si te pide que le chupes la verga después de cogerte el culo, aunque esté embarrada con tu propia caca, lo hacés sin dudar. Si te quiere coger el culo dos o tres veces seguidas sin limpiarse, abrís las nalgas y lo dejás. Si te da bofetadas o palmadas fuertes, bajás la mirada y agradecés. La sumisión total significa que aceptás todo sin condiciones.
Miranda les tomó las manos a las dos y las miró con seriedad amorosa:
—Beto y Groncho son machos brutos y dominantes. No van a ser suaves. Van a ser groseros, van a ser rudos, van a oler fuerte y van a tratarlas como a sus hembras. Su trabajo como novias es obedecer, agradecer y disfrutar. Si hacen eso… ellos van a estar contentos y ustedes van a descubrir un placer que nunca imaginaron.
Carla y Juana escuchaban en silencio, las caras rojas y los cuerpos claramente excitados con las palabras de su mamá.
Miranda sonrió con ternura y añadió:
—Ahora suban. Arréglense lindas y esperen a que sus machos se despierten. Recuerden: hoy es su primer día oficial como novias. Sean obedientes, sumisas y agradecidas. Mamá está orgullosa de ustedes.
Las dos hermanas se levantaron, todavía procesando los consejos. Subieron las escaleras sabiendo que esa mañana no irían a la escuela… irían a cumplir su nuevo rol.
Miranda se quedó sentada en la cama, sonriendo con morbo y orgullo maternal. Sus hijas estaban creciendo… y aprendiendo rápido.


Juana subió las escaleras con la bandeja del desayuno en las manos. Había preparado café con leche, tostadas con manteca y un vaso de jugo, tal como su mamá le había enseñado. El corazón le latía fuerte. Era la primera mañana como novia oficial de Groncho.
Entró silenciosamente a su habitación. Groncho dormía profundamente, boca arriba, roncando con la boca abierta. Su cuerpo gordo y peludo ocupaba casi toda la cama, y el olor fuerte a sudor rancio, pies sucios y aliento nocturno llenaba el cuarto.
Juana se acercó a la cama, dejó la bandeja en la mesita de noche y se inclinó para despertarlo con suavidad.
—Groncho… mi macho… despertate… te traje el desayuno a la cama…
Groncho abrió los ojos lentamente. Al ver a Juana con su camisola corta y tanguita, sonriendo tímidamente con la bandeja, una sonrisa torcida y feliz apareció en su cara fea y arrugada.
—Mi nenita… qué linda sorpresa…
Sin darle tiempo a nada más, se incorporó, la agarró de la nuca con una mano callosa y le estampó un beso asqueroso y profundo.
Su boca apestosa se pegó a la de Juana. La lengua gruesa y babosa entró de golpe, chupando la de ella con hambre. El sabor era repugnante: aliento nocturno rancio, restos de comida vieja, dientes cariados y un toque ácido de saliva espesa. El olor era fuerte y nauseabundo, a boca sin lavar, a tabaco viejo y a cuerpo sin higienizar.
Juana sintió una oleada de asco inmediato. Su estómago se revolvió y tuvo que contener una arcada. Todavía le costaba aguantar el olor y el sabor de su macho. Era tan diferente a todo lo que había imaginado… tan sucio, tan viejo, tan crudo.
Pero recordó las palabras de su mamá: “Aunque te dé asco… aunque el olor sea fuerte… tenés que complacerlo. Sos su novia ahora. Las nenas buenas se dejan llevar.”
Entonces Juana cerró los ojos, relajó el cuerpo y se dejó llevar.
Respondió al beso con timidez al principio, dejando que la lengua de Groncho invadiera su boca. Poco a poco, sus labios suaves empezaron a moverse contra los del viejo, aceptando la saliva espesa y el sabor desagradable.
Groncho gruñó de placer dentro del beso y la atrajo más hacia él, apretándole el culito por encima de la tanguita mientras seguía besándola de forma babosa y dominante.
Juana gemía bajito contra su boca, una mezcla de asco y excitación recorriéndole el cuerpo. Sentía el contraste brutal: su boca limpia y perfumada contra la boca apestosa y sucia de su macho. Y aunque le daba náuseas… también sentía cómo su coñito se mojaba lentamente.
Cuando Groncho finalmente se separó, un grueso hilo de saliva conectaba sus bocas. La miró con satisfacción y le dijo ronco:
—Qué rico besito me diste, mi nenita… ya estás aprendiendo a besar como una buena novia.
Juana, con los labios hinchados y brillantes de saliva del viejo, bajó la mirada con timidez y respondió bajito, siguiendo los consejos de su mamá:
—Gracias, mi macho… te traje el desayuno… porque anoche me cogiste rico…
Groncho sonrió ampliamente, claramente feliz y excitado con la actitud obediente de su nenita.
—Qué buena novia sos… vení, dame otro besito mientras desayuno…
Juana se inclinó de nuevo y le dio otro beso profundo, dejando que él la babeara mientras empezaba a comer. Aunque el asco seguía allí, ella se dejaba llevar… porque ahora era su novia, y las novias buenas complacen a su macho.
Miranda, que pasaba por el pasillo, sonrió con orgullo al escuchar los sonidos suaves del beso. Su nenita menor estaba aprendiendo rápido.






Groncho terminó de tomar el último sorbo de café y dejó la taza en la bandeja. Miró a Juana, que seguía sentada a su lado en la cama, todavía sonrojada y con los labios hinchados por los besos anteriores.
Con voz ronca y dominante, pero con un tono casi juguetón, le ordenó:
—Bajate la bombachita, nena… quiero saborear tus juguitos de nenita.
Juana se sonrojó intensamente. Sus manos temblaron un poco, pero obedeció. Se puso de pie al lado de la cama, se bajó lentamente la tanguita blanca hasta los tobillos y quedó expuesta frente a su macho. Su coñito virgen, rosado y todavía sensible por la noche anterior, quedó a la vista de Groncho.
El viejo sonrió con hambre, se inclinó hacia adelante y la tomó de las caderas con sus manos callosas. La acercó a su cara y hundió la nariz entre sus piernas, aspirando profundamente.
—Mmm… qué rico olor a nenita fresca… —gruñó de placer.
Luego sacó la lengua gruesa y áspera y comenzó a lamerle la vagina. Lamió despacio al principio, saboreando los jugos claros y dulces que ya empezaban a brotar de ella. Su lengua plana recorría los labios menores, subía hasta el clítoris y volvía a bajar, absorbiendo todo con gusto.
Juana soltó un gemidito ahogado y tuvo que apoyarse en los hombros del viejo para no caerse. El contraste era brutal: su coñito limpio, suave y perfumado siend

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