
Habíamos llegado a La Rioja hacía solo dos días y todavía nos estábamos acomodando al ritmo de la ciudad. Esa noche Lau decidió vestirse para matar. Se puso un vestido largo beige, ajustadísimo, de esos que se le pegaban al cuerpo como una segunda piel. El escote en la espalda era profundo y dejaba ver la curva de su cintura, y tenía una abertura lateral que subía hasta medio muslo, mostrando sus piernas morenas cada vez que caminaba. Debajo llevaba un conjunto de ropa interior blanco que yo mismo le había visto ponerse: un corpiño push-up blanco de encaje que le levantaba las tetas firmes y redondas, y una tanga blanca mínima que apenas le cubría la concha y se le hundía entre las nalgas grandes y jugosas. El pelo largo y oscuro le caía suelto sobre los hombros, y se había pintado los labios de un rojo oscuro que le quedaba de puta madre.
Salimos a caminar por el centro. La calle estaba iluminada con faroles y las luces de los negocios. Lau caminaba delante mío, moviendo las caderas despacio, y cada paso hacía que la abertura del vestido se abriera un poco más y se le viera la piel. Yo ya estaba medio duro solo de mirarla.
—Lucho… hoy me siento muy caliente —me dijo bajito cuando nos paramos en un semáforo—. Este vestido me hace sentir… no sé… como si todos me estuvieran mirando.
Llegamos a un boliche tranquilo pero con buena música. Pedimos unos tragos y nos pusimos a bailar pegados. Lau se restregaba contra mí con suavidad, rozándome la pija con el culo. Después de un rato empezó a mirar alrededor. Sus ojos se detuvieron en un tipo alto, morocho, de unos 35 años que estaba en la barra. Se llamaba Diego. No fue directo. Primero solo miradas, después una sonrisa cuando él miró hacia nosotros. Yo le susurré al oído:
—¿Te gusta?
Ella se mordió el labio y asintió, sin decir nada.
Después de dos tragos más, Lau se animó. Se acercó a la barra con el vaso en la mano y empezó a charlar con él. Yo me quedé un poco atrás, observando. Ella reía, se acomodaba el pelo, cruzaba las piernas dejando que la abertura del vestido se abriera y se le viera el muslo. Diego no podía disimular que le gustaba. La charla se fue poniendo más coqueta, pero todavía sutil.
Cerca de la una y media, Lau volvió conmigo y me dijo al oído, con la voz un poco temblorosa de excitación:
—Lucho… le dije que somos de San Luis y que estamos de vacaciones… le comenté que nos gustaría tomar la última copa más tranquilos en el hotel. Aceptó.
Llegamos a la habitación. Apenas cerramos la puerta, Lau se sacó los tacos y se quedó descalza sobre la alfombra. Se dio vuelta, me miró y después miró a Diego.
—Nunca hice esto… —murmuró, pero su respiración ya estaba acelerada.
Diego se acercó primero y le dio un beso suave en el cuello. Lau cerró los ojos y suspiró. Yo me senté en el sillón, mirando. Quería ver cómo empezaba todo.
Lau se dio vuelta y me miró mientras Diego le bajaba despacio el vestido por los hombros. El vestido cayó al piso y quedó solo con el conjunto blanco de encaje. Las tetas se le veían perfectas, casi saliéndose del corpiño. La tanga blanca era tan chiquita que se le marcaba el bulto de la concha ya hinchada.
—Qué rica que estás… —dijo Diego con voz ronca, pasando las manos por su cintura.
La acostaron en la cama. Diego se puso arriba y empezó a besarle las tetas por encima del encaje. Lau gemía bajito. Yo me abrí el pantalón y saqué la pija, empezando a pajearme despacio mientras los miraba.
—Lucho… mirame —me pidió Lau con los ojos entrecerrados.
Diego le bajó el corpiño y le chupó los pezones con ganas, mordiéndolos suavemente. Lau arqueó la espalda.
—Ay sí… chupame las tetas… me encanta…
Yo me acerqué un poco más. Diego le corrió la tanga blanca hacia un lado y le metió dos dedos en la concha. Estaba empapada.
—Está re mojada… —dijo Diego sorprendido.
Le metió tres dedos, después cuatro. Lau abrió más las piernas y empezó a mover las caderas contra su mano.
—Meteme más dedos… abrime la concha… —jadeó.
Diego le metió casi toda la mano, follándola con los dedos mientras le chupaba las tetas. Lau temblaba. Yo me pajé más rápido, sentado al lado de la cama.
Después la pusieron en cuatro. Diego se colocó atrás y le frotó la pija contra el culo. Lau empujó hacia atrás.
—Metémela… quiero sentirte adentro —suplicó.
Diego le escupió en el ano y empujó. Su verga gruesa entró despacio en el culo de Lau. Ella soltó un gemido largo y profundo:
— ¡Aaaahhh… qué rica pija… llename el orto…
Mientras Diego empezaba a cogérsela en el culo con ritmo, Lau me miró y estiró la mano.
—Vení… dame tu pija… quiero chupártela mientras me cogen.
Me arrodillé frente a ella. Lau abrió la boca y se metió mi verga hasta la garganta, babeando y gimiendo alrededor de mi pija cada vez que Diego empujaba.
—Chupala bien, puta… tragala toda —le dije agarrándole el pelo.
La cogimos así un buen rato. Diego le daba fuerte en el culo, yo le follaba la boca. Lau estaba descontrolada, babeando, gimiendo y pidiendo más.
Después la dieron vuelta. Diego se acostó y Lau se sentó encima de él, metiéndose la pija en la concha de un solo golpe.
— ¡Qué gruesa! Me está rellenando toda la concha… —gritó.
Yo me puse atrás y le metí la pija otra vez en el culo. Doble penetración. Lau empezó a cabalgarlos a los dos, gritando:
— ¡Me están rompiendo los dos agujeros! ¡Cojanme más fuerte, carajo! ¡Soy la puta de los dos!
Se corrió por primera vez así, temblando y apretando las pijas con su concha y su culo. Seguimos cogiéndola sin parar, cambiándole de posición, chupándole las tetas, metiéndole los dedos en la concha y en el ano mientras la follábamos.
Al final Lau se arrodilló entre los dos, con la cara roja, el pelo revuelto y el cuerpo brillando de sudor. Abrió la boca y sacó la lengua.
—Corranse… quiero toda la leche en la boca y en las tetas… —pidió con voz ronca.
Yo fui el primero. Le solté varios chorros espesos y calientes directo en la lengua y sobre las tetas. Diego siguió y le llenó la boca y la cara de leche. Lau tragó lo que pudo, lamiéndose los labios y recogiendo el semen con los dedos para metérselo a la boca.
Quedó tirada en la cama, respirando agitada, con semen chorreando por sus tetas, su cara, su concha y su culo. Nos miró a los dos con una sonrisa satisfecha pero todavía llena de ganas y dijo bajito:
—Esto fue… increíble.
Pero recién es la primera noche de dos semanas… todavía tenemos muchos días por delante.
Mañana o pasado quiero que sigamos… quiero más.
2 comentarios - Noche 1 en La Rioja